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Full text of "París, fin de siglo : comedia satírica en cuatro actos"

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ADMINISTRACION LIRICO-DRAMATICA 


PARÍS, FIN DE SIGLO 

#>- 9 

COMEDIA SATÍRICA EN CUATRO ACTOS 

ARREGLAD \ Á LA ESCENA ESPAÑOLA 

POR 

MARIANO PINA DOMÍNGUEZ 


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MADRID uj>7;_ 

FLORENCIO FISCOWICH j| EDUARDO’ 

Cedaceros, 4, 2.° 

1892 


Pozas, 2, 27 






PARIS, FIN DE SIGLO 


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V ' • 




PARIS, FIN DE SIGLO 

COMEDIA SATÍRICA EN CUATRO ACTOS 

ARREGLADA Á LA ESCENA ESPAÑOLA 

POR 

MARIANO PINA DOMÍNGUEZ 


Estrenada en Madrid, en el TEATRO DE LA PRINCESA, el 19 de 

é 

Diciembre de 1S91. * 


1 


MADRID 

IMPRENTA DE JOSÉ RODRÍGUEZ 

ATOCHA, 100, PRINCIPAL 


1892 




* - • 




• 

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: • • f 

PERSONAJES 

ACTORES 

L LA MARQUESA. 


Tubau. 

^CLAR\ . 


Pino. 

— LA BARONESA. 


Alvarez. 

BERTA. 


Badillo. 

—' ADRIANA. 


Ortíz. 

EULALIA. 


Blanco. 

—- UNA DONCELLA . 


Egea. 

— LA DAMA DEL COMPTOIR... 


Badillo (M.) 

^ ROS A . . 


N. N. 

CLEMENTINA . 


N. N. 



Manini. 



Valles. 

~ JORGE . 


Osuna. 

— ARTURO . 


Peña. 

— MIRANDOL . 


Manso. 

— RIVOLET .. 


González. 

— EL DUQUE DE CASTELI . 


Gutiérrez. 

— JULIO . 


Vázquez. 

ADRIÁN . 

••••*♦ » 

Olona. 

— CRIADO l.° . 


Calvo. 

^ CRIADO 2.° . 


Bermúdez. 

LACAYITO ... 


N. N. 


Esta obra es propiedad de D, CEFERINO PALENCIA. Y D. MARIANO 
PINA DOMINGUEZ, y nadie podrá, sin su permiso, reimprimirla ni re¬ 
presentarla en España y sus posesiones de Ultramar, ni en los países 
con los cuales so hayan celebrado ó se celebren en adelante tratados in* 
ternacionales de propiedad literaria. 

Los comisionados de las Galerías El T^dtV0 f de D. Flo r encio Fisco* 
wich, y la Administación lirico-dré$mtica, de D. EDUARDO hi¬ 
dalgo, son los encargados exclusivamente de conceder ó negar^ jjrper- 
miso de representación y del cobro por mitad de los derechos de pro¬ 
piedad. 

Queda hecho el dopósito que marca la ley. 


t 


























ACTO 





En el restaurant de Bignon. Mostrador á la izquierda primer término» 
Mesas servidas para comor: una en el centro de la escena, otra á la 
derecha. Reloj en el testero do la izquierda. 


ESCENA PRIMERA 

RIVOLET, ARTURO,^feRlAN ( maitre d’hotel.) Varios CA¬ 
BALLEROS en diferentes mesas. LA SEÑORA DEL COMPTOIR, 

sentada detrás del mostrador. Rivolet y Arture en la mesa del centro. 


Riv. ¿Ha pedido usted el almuerzo? (Lee un periódico.) 

Art. No. Estoy medio dormido, y cuando estoy asi, sólo 

pienso en dormir. (Vuelve á quedar medio dormido.) 
Caball. ¡Mozo! Tome usted. (Paga.) 

Mozo. Gracias, caballero. 

RlV. (Dando un puñetazo sobre la mesa.) ¡Mil rayos! 

Art. ¡Eh! ¿Quién me llama? 

Riv. ¡Esto es indigno! 

Art. ¿El qué? 

Riv. Este artículo/ 

Art. ¡Bah! La culpa es de usted, que lee periódicos políti¬ 
cos. Yo no leo más que la Guía de ferrocarriles. 










— 6 — 


Riv. Bien hecho. Esa no cambia nunca de opinión. ¿Pero 
no vamos á almorzar hoy? ¡Ehl 

Art. ¿Almorzamos ó no? 

Adrián. Dispensen ustedes. Estaba apuntando el almuerzo del 
señor Duque de Casteli, que está allí en el otro 
salón. ¡Yaya! Pidan ustedes... Ostras, lenguado, sal¬ 
món frío con salsa verde. 

Art. No, no. Nada de pescado. 

Adrián. Tortilla de riñones. 

Riv. No. Nada de huevos. 

Adrián. Solomillo con trufas. 

Art. No. Nada de carne. 

Adrián. Entonces... 

Art. Mira, sírvenos lo que quieras. 

Riv. Y á mí también. 

Art. Pero muy asado. No tengo hambre. 

Adrián. El señor Vizconde no se siente muy bien hoy por la 
mañana, ¿verdad? 

Art. Me acosté á las ocho... Hubo en el Círculo una partida 
monstruo. Yo perdí... hasta el bolsillo. 

Adrián. ¡Já, já, já! (Se retira.) 

Riv. Hombre, usted pierde siempre. 

Art. Tengo mala sombra; pero ya llegará. 

SEÑORA. (Toca el timbro y Adrián se acerca.) Dice el COCÍnerO que 

se ha concluido el lenguado. No le ofrezca usted más. 

Adrián. Cómo se conoce que es esta la primera vez que des¬ 
empeña usted su cargo en el restaurant. 

Señora. ¿Porqué? 

Adrián. Tenga usted presente una cosa. Cuando se acaba un 
plato, este es el primero que debe ofrecerse. El 
parroquiano no le acepta nunca. Ya lo sabe usted. 

Art. Estoy seguro de ganar veinte mil francos en las carre 
ras de mañana. Apostaré por Fra-Diávolo. Es un ca¬ 
ballo que no pierde jamás. 

Adrián. Dispense usted, señor Vizconde. Yo aposté por él la 
semana pasada y me costó el dinero. 

Art. ¿De veras? 




Adrián. Le aconsejo á usted que ponga por Gartibelza. 

Art. Gracias. Seguiré ese consejo. 

ESCENA II 

DICHOS y ALFREDO, por la segunda de la derecha. 

ALF. (Saliendo muy de prisa y sentándose en la mesa del centro.) 

¡Pronto! ¡Adrián! Sírveme cualquier cosa... No me 

importa .. (Mirando el reloj del restauran!.) ¡Cáspila! ¡Las 

dos! 

Adrián. No señor; no haga usted caso. Está parado. 

Alf. ¡Ah, sí! ¡Nunca me acuerdo! Entonces me vas á dar... 
Adrián. Lenguado, riquísimo. 

Alf. ¡Quita de ahí! Una docena de ostras y pollo frío... ¡A 
escape!... (Viendo á Rivolet y Arturo.) ¡Galla! ¿Sois VOS— 
otros? ¿Qué tal? 

Riv. Así, así. 

Art. Bien, ¿y tú? 

Alf. Pasando. 

Art. (á Rivoiot.) Diga usted. ¿Quién es ese? 

Riv. ¡Hombre! ¿Le tutea usted y me pregunta quién es? 
Art. t Claro! Yo le tuteo, pero no le conozco. 

Riv. Alfredo Merán... Vicepresidente del Círculo. 

Art. ¡Ah! Sí. ¿Dónde diablo le he visto? 

Alf. ¿Qué hay de nuevo? 

Art. Nada. . Ni siquiera gané anoche. 

Alf. ¡Pero chico, tú estás abonado á soltar el dinero!... 

(viondo á Jorge, que acaba de entrar*''? que busca una mesa.) 

¡Demonio! ¡Sí! ¡Es el mismo! ¡Jorge! 

JORGE. ¡Alfredo! (Acercándose.) 

escena III 

DICHOS y JORGE, por la segunda de la derecha. 

Alf. ¿Tú por aquí? ¿Vienes solo? 

Jorge. Ya lo ves. 

Alf. Siéntate. Almorzarás conmigo, ; 


— 8 — 


Jorge. 

Adrián. 

Alf. 


Jorge. 

Alf. 

Adrián. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 


Jorge. 

Alf. 


Jorge. 

Art. 

Adrián. 

Art. 

Adrián. 

Art. 

Adrián. 


Con mucho gusto. (Se sienta.) 

Este caballero tomará pescado... Tenemos un len¬ 
guado riquísimo. 

¡Cómo! ¿Te atreves á ofrecer lenguado á un amigo 
íntimo? ¡Si no estoy aquí te lo encaja! ¿Qué quieres 
tomar? 

Cualquier cosa. Una chuleta. 

Bueno. 

En seguida. 

¿Desde cuándo en París? 

Desde hace tres días. 

¿Sabes que no nos hemos visto... qué sé )o en cuánto 
tiempo? 

En diez años.. 

¡Diez años! ¡Cómo pasa la vida! Pero díme: ¿qué has 
hecho en esos diez años? 

Nada. Vivir en mi país. 

¿En Normandía? 

No. En Bretaña. 

¡Justo! Nos conocimos en el colegio de Vannes. Tú 
ganabas todos los premios, por lo cual no gané nunca 
ninguno. Muy bonito país. Sólo tiene el defecto de 
hallarse situado lejos del boulevard. 

Pero la vida allí es muy dichosa. 

Para los románticos como tú. ¡Oh, divina! Me pa¬ 
rece que te estoy viendo. En un caserón viejo y des- 
tarlado. Rodeado de antiguos servidores... y de un 
perrazo enorme... ¡Já, já, já! 

¡Calla, excéptico! 

¡Pues señor, esto no se puede comer! ¡Adrián! 

Señor Vizconde... 

Tráeme una ración de lenguado. 

¿Lenguado? no señor, de ningún modo. No seré yo 
quien dé lenguado al señor Vizconde. 

¿Por qué? 

Porque... hoy está muy fresco y le haría daño. Voy á 
traerle á usted langosta. 


— 9 — 


Art. Eso es lo que siempre me sienta mal. 

Adrián. Por lo mismo debe usted comerla. Á ver si se acos¬ 
tumbra el estómago. 

Art. Bueno. Venga. 

Adrián. En seguida. 

Alf. Mira, hijito mío: cuando se llama uno como tú, Jorge 
de Kerjoel, y se posee unagran fortuna, no debe vivirse 
en Concarneau, ni en Plougastel, sino en París. ¿No 
te gusta París? 

Jorge. No he formado opinión todavía. 

Alf. Ya la formarás. ¿Vienes por mucho tiempo? 

Jorge. Lo ignoro. Eso dependerá de las circunstancias. De 
todas maneras pasaré algunos meses. 

Alf. ¡Magnífico! ¿Dónde vives? 

Jorge. En Passy. He alquilado un hotel. 

Alf. ¡Oh! muy lejos chico, muy lejos 

Jorge. Me gusta mucho tener un jardinito. 

Alf. ¿Un jardín? ¿Sin duda por los grandes árboles?... 

Jorge. ¡Cabal! 

Alf. Pero condenado, ¿no los tienes en el boulevard? Ver¬ 
dad que son raquíticos, pero no impiden que pase el 
sol. Así comprendo yo los árboles... ¡Ah! ¡El boule¬ 
vard! Mira. Si me llevasen más allá de la plaza de la 
Opera, me asfixiaba. Yo amo el boulevard como tú la 
Bretaña. Con su ruido atronador, con su continuo 
movimiento, con su infinita variedad de tipos, con 
sus cafés al aire libre, donde se asa uno en verano y 
se hiela en invierno; con todo, en fin, lo que tiene 
de exótico y encantador... Pero esa chuleta es muy 
mala... ¡Adrián! ¡Valiente almuerzo! 

Adrián. Señorito... 

Alf. Tráenos un buen trozo de aquel pastel trufado. (Se- 

lando al mostrador.) 

Adrián. ¿De aquel? Lo siento, señorito... Ya no hay. 

Alf. ¿Cómo que no hay? ¡Si lo estoy viendo! 

Adrián. Dispense usted. Ese último resto lo guardamos para 
el señor Duque de Casteli. 


— 10 — 


Alf. ¿Eh? 

Adrián. Lo encargó expresamente. ¡Imposible! Lo encargó 
expresamente. (Marchándose.) 

Alf. ¡Habrá goloso! 

ESCENA IV 

DICHOS y MIRANDOL, por la segunda de la derecha. 

Mirand. ¿Qué veo? ¡Arturo! ¡Rivolet! 

Riv. ¡Amigo Mirandol! 

Mirand. ¡Alfredo! 

Alf. ¡Canario! Hoy es día de los resucitados. ¿De dónde 
sale usted? 

Mirand. Estuve viajando tres años. 

Art. ¿Es posible? 

Mirand. He dado la vuelta al mundo, 

Art. ¡Qué pesado debe ser eso! 

Alf. ¿Y por qué tal capricho? 

Mirand. Por variar. Verá usted. Yo... francamente... ustedes 
habrán observado que soy hombre corto de palabra, 
¡vamos! de poca conversación. No se me ocurre nunca 
decir lo que dicen otros. 

Alf. ¡Es verdad! 

Mirand. ¿Lo notaron ustedes? 

Art. Hace tiempo. 

Mirand. Pues bien; yo me dije. Después de viajar, contaré mis 

viajes. Así tendré cuerda siempre 

Alf. ¡Demonio! 

Mirand. ¡Oh! ¡Si vieran ustedes qué de aventuras! Ya les con¬ 
taré á ustedes. 

Alf. Luégo, luégo. 

Art. Más tarde. 

Riv. Sí. Mucho más tarde. 

s * 

Mirand. Ahora tampoco puedo. Almuerzo arriba con un ma¬ 
trimonio de Cochinchina... pero ya hablaremos. 


— H — 


Art. No hay prisa. 

Alf. Ponga usted antes en orden todos sus recuerdos. 

Mirand. Adiós. Hasta la vista... ¡Qué de aventuras! ¡Me va á 
sobrar conversación ahora! (Vaso por el foro.) 

Art. ¡Cielo bendito! Si nadie podía sufrirle cuando no de¬ 
cía nada. ¡Qué será hoy, gran Dios! 

Adrián. (Trae un plato á la mesa de Alfredo.) Aquí tienen ustedes. 

Alf. ¿Qué es esto? 

Adrián. El pastel de trufas. 

Alf. ¡Hola! ¿Parece que sobró algo? 

Adrián. No señor. 

Alf. Entonces lo habías guardado para tí. 

Adrián. Tampoco. Es el señor Duque de Casteli quien les 
obsequia á ustedes. Como le dije que querían ustedes 
este plato, se apresura á ofrecerlo. 

Alf. ¡Oh! ¡Cuánta amabilidad! Bueno. Díle que acepto, 
pero con una condición. Que venga el Duque á co¬ 
merlo con nosotros. 

Adrián. Yoy allá, (sale por el foro.) 

Jorge. ¿Quién es este Duque de Casteli? 

Alf. Un italiano muy simpático. Me alegro mucho presen¬ 
tártelo. 


escena v 

DICHOS y EL DUQÜE DE CASTELI, por oí foro. 

Duque. ¿No seré indiscreto, querido amigo? 

Alf. ¿Usted indiscreto? ¡Al contrario! Tenemos un placer 
especial en que nos honre usted. (Presentando á Jorge.) 
Uno de mis antiguos amigos. El conde Jorge de Ker- 
joel. El duque de Casteli. 

Jorge. ¡Caballero! 

Duque. (Sentándose.) ¡Caballero! 

Alf. Aquí tienes un italiano parisién pur sang ... En nues¬ 
tra época, la primera condición para ser parisién es 
no haber nacido en París. ¡Gran fortuna! Sabe usar 
de ella con provecho. La tira por la ventana. 


— 12 — 

Duque. Con objeto de hacer feliz á quien la recoja. 

Alf. El juego, los caballos, las obras de arte... ¡El Duque 
posee una soberbia galería de cuadrosl 

Jorge. ¡Oh! 

Alf. Acaba de adquirir las Vendimiadoras del célebre Ma¬ 
chín. ¡Qué quieres! Nosotros hubiésemos preferido 
guardar esa maravilla, pero la Francia es pobre... 
¡Pues y en cuestión de mujeres! ¡Eso sobre todo, 
debe costarle á usted muy caro! 

Duque. ¡Con ellas nunca ajusto la cuenta! 

Alf. Ni ellas tampoco con usted. Hay que hacerlas justicia. 
¿Creerás que el Duque ha instalado simultáneamente 
á Niní Babouche, Luisa Dubarry y Pepa Cassolelle? 
Ya las conoces. 

Jorge. No. Nunca han ido á Bretaña. 

Duque. Diré á usted. Esas jóvenes recibían á muchos de mis 
amigos. Era preciso hacer algo en su obsequio. 

Alf. ¿Y es siempre Nini la preferida? 

Duque. ¡Oh! Hace mil años que no visito á ninguna. ¿Y us¬ 
ted?... 

Alf. Yo... Pienso hacerlo ahora. ¡Como voy á casarme! 

Jorge. ¿Te casas? 

Alf. Sí. Luégo te contaré... 

Duque. ¿Se casa usted? ¡Cáspita! ¡Qué va á decir Julia Fri- 
pier! 

Alf. ¡Calle usted! ¡No me hable usted de Julia! (voivióndo- 
8o.) Tú, Arturo, ¿qué ha sido de Niní, de Luisa y de 
Pepa? 

Art. No las he visto hace tiempo. 

Adrián. Si los señores me permiten... (Acercándose.) 

Duque. ¿Eh? 

Adrián. Niní Babouche se marchó á Rusia. La Dubarry acaba 
de robar á un joven de buena familia, y la señorita 
Cassolette se ha retirado. Se casa con su notario. 

Todos. ¡Gracias! 

Adrián. No hay por qué darlas, (se retira.) 

Alf. ¿Y ahora en qué secreto gabinete deja usted caer sus 


— 13 — 

peluconas? ¿En qué barrio de París da usted sus se¬ 
renatas? 

Duque. ¡Oh! Estoy seguro, amigos míos, que van ustedes á 
admirarse. Acabo de descubrir que las damas del 
gran mundo son todavía las más bonitas, las más ele¬ 
gantes... 

Alf. Y las más alegres. 

Duque. Por manera que me dedico á ellas. 

Alf. ¡Sublime! 

Duque. ¡Estamos en el crítico momento! ¡Cualquiera diría 
que una bancarrota general extiende su negro manto 
sobre esas criaturas angelicales! ¡Todas son devora¬ 
das por sus modistas! 

Alf. ¡Oh! ¡Las modistas! Esa, esa es la langosta de los sa¬ 
lones. 

Duque. Por eso hallé el medio de favorecerlas. 

Alf. ¿A las modistas? 

Duque. ¡No! A las señoras. Verá usted; desde hace algún 

tiempo soy amigo de las principales modistas de Pa¬ 
rís, y cuando alguna parroquiana se encuentra apu¬ 
radísima para el pago de su cuenta, si la parroquiana 
es joven y bonita, yo satisfago el débito 

Alf. ¡Ingenioso! ¡Cuando te dije que el Duque derrochaba 

noblemente su fortuna! 

Jorge. ¡Sí! ¡Noblemente! Ya lo veo. 

Alf. ¿Y quién es, en tan crítico instante, la duquesa á 
quien va usted á redimir? 

Duque. ¡Oh! ¡Una mujer hechicera! Y nada vulgar. ¡Su débi¬ 
to es formidable, pero vale la pena! 

Alf. ¡Bravísimo! ¡Anda! Cuenta en Bretaña todo esto, y se 
quedan estupefactos. 

Jorge. (¡Nunca pude imaginarme mayor cinismo!) 

Adrián, (a la señora del mostrador.) ¡La cuenta del ocho! 

SEÑORA. (Escribiendo.) Ocho. 

Adrián. Cubierto. 

Señora. Un franco. Ocho y uno, nueve. 

Adrián. Yino. 


Señora. Seis francos. Nueve y seis, quince. 

Adrián. Un filete á la Champignón. 

Señora. Cuatro francos. Cuatro y quince, diecinueve. 

Adrián. Judías... 

Señora. Tres francos. 

Adrián. Verdes. 

Señora. .Cuatro francos. Diecinueve y cuatro, veintitrés. ¿No 
hay postres? 

Adrián. No. Sin postres. 

Señora. Sin postres, tres francos. Veintitrés y tres, veintiséis. 

(Dándole la cuenta.) Tome USted. (Adrián entrega la cuenta 
al consumidor, que paga y se marcha.) 

Duque. ¿Come usted en el círculo esta noche? 

Alf. jYa lo creo! Tenemos comida de recepción, y en mi 
calidad de vicepresidente... A propósito Tú te harás 
socio. No es posible vivir en París sin pertenecer á 
algún círculo. No sabría uno dónde meterse los días 
lluviosos. Desgraciadamente, ni el Duque ni yo po¬ 
demos servirte de padrinos á causa de formar parte 
de la junta. Pero calla ,. Arturo... Rivolet. 

ART. (Levantándose.) ¿Qué OCUlTe? 

Alf. (Presentando á Jorge.) Jorge de Kerjoel. Un amigo de la 
infancia. 

Art. y Riv. Caballero... 

Alf. Que se muere de impaciencia por entrar en nuestro 
círculo. 

Jorge. ¿Yo?... (A mí qué me importa.) 

Alf. ¿Quieren ustedes hacerme el obsequio de servirle de 

padrinos. 

Riv. Con mucho gusto. 

Art. jRecomendándole tú! 

ALF. (Presentando á los otros. ) El Vizconde Arturo La Fau- 

chette. 

Art. Murciélago parisién. Yo duermo de día y velo de 
noche. Juego á todas horas y siempre pierdo. Si al¬ 
guna vez le pido á usted dinero para una vaca, dé¬ 
melo sin esperanza de recobrarlo. 




Jorge. 

Alf. 

Riv. 


Jorge. 

Riv. 

Alf. 

Riv. 

Jorge. 

Riv. 


Alf. 

Riv. 

Alf. 

Riv. 

Jorge. 

Adrián. 

Lac. 

Alf. 

• Duque. 
Alf. 
Duque. 
Alf. 
Duque. 
Jorge. 


(Dándole la mano.) Tengo SlimO placer... 

Teodoro Rivolet. 

Yo no juego nunca; pero poseo otro defecto. Soy 
hombre irresoluto, incapáz de mantener mucho tiem¬ 
po la misma idea. Tengo liov una convicción y ma¬ 
ñana ¡zas! otra. En vista de esto, me lie dedicado á la 
política Además, la política está en mi sangre. Yo soy 
hijo del Conde de Rivolet, el célebre diputado monár¬ 
quico que tanto ruido mueve diariamente. 

¡Ah, si! ¿Entonces será usted candidato monárquico? 
No señor. Radical. Así no me confunden con mi 
padre. 

¡Justo! 

Ahora precisamente me presento á la diputación por 
la Baja Garona. 

¿Y espera usted triunfar? 

Seguramente. Y yaque hablamos de esto.¿Sabe usted, 
Alfredo, que me tiene disgustadísimo la conducta de 
su futuro suegro el senador? 

¿Por qué causa? 

Me está haciendo en su periódico una guerra infa¬ 
me. Hoy ó mañana pienso ir á decírselo. 

Apruebo la idea. 

De todos modos, caballero, los dos estamos á su dis¬ 
posición. (a Jorge.) 

Mil gracias. (Sale un lacayito con una carta.) 

¡Hola! El lacayito de Carolina. 

(a Adrián.) Para el señor Duque de Casteli. (Vasa. 

Adrián da la carta al Duque.) 

¡Hola, hola! ¡Misivas misteriosas! Alguna modista 
que manda la cuenta. 

No. Todavía no. Se trata de esa dama... 

¡Pues! De la que hablábamos antes... 

Y COn permiso de UStedeS VOy á... (Levantándose ) 

Vaya usted. Yaya usted en seguida. 

(a Jorge.) He tenido mucho gusto en conocer á usted. 
Gracias. 


Duque. Ya nos veremos. Adiós, señores. (Mirando el reloj del 
réstaurant-) jDemonio! ¡Las dos! (Vase rápidamente.) 

RlV. (Lo mismo. ) ¿Las dos? Corro á mi comité electoral. 

Art. ¿Las dos? Voy á acostarme. 

ArT. y RlV. ¡Señores! (Vanse todos por la eegunda do la derecha.) 

KSCENA Vi 

i ' . 

ALFREDO y JORGE 

Al fondo del salón, dos ó tres clientes leen periódicos ó escriben. Los 
demás se han marchado poco á poco. 

Alf. ¿Las dos? ¡Qué disparate! Esos aturdidos no reparan 
nunca que el reloj del réstaurant está parado. Los re¬ 
lojes de un buen réstaurant no andan jamás. 

Jorge. ¿Por qué no lo has dicho? 

Alf. ¿Yo? Pues si estaba deseando que se marchasen para 
charlar un rato contigo. Siéntate. 

Jorge. ¿Sabes, mi querido Alfredo, que desde hace poco me 
parece que estoy soñando? 

Alf. ¿Por qué? 

Jorge. Por todo cuanto me rodea. 

Alf. En Bretaña se vive de otro modo, ¿no es verdad? 

Jorge. París me aturde, me enloquece. 

Alf. Quien lo abandona como tú por espacio de diez años, 
siente al regresar esa impresión vivísima. Hasta acli¬ 
matarse otra vez, por supuesto. Ya verás. Por lo pron¬ 
to has empezado á adquirir buenas relaciones. Arturo, 
Rivolet, el Duque de Casteli... 

Jorge Este último me ha chocado mucho. Eso de emplear 
su tiempo visitando á las modistas de fama para ha¬ 
cer conquistas en el gran mundo .. 

Alf. El medio es original. 

Jorge. Pero infame. 

Alf. ¡Bah! París no se apercibe. 

Jorge. Bueno. Hablemos de tí. ¿Conque te casas? 


— 17 — 


Alf. Cabal. Ya era tiempo. Yoy siendo viejo, y hay que 
cuidarse. Me caso con la señorita Berta de Boisy Go- 
det, hija única del Senador monárquico ó republi¬ 
cano; no lo sé, ni él tampoco, por supuesto. 

Jorge. ¿Es bonita? 

Alf. ¿Quién? 

Jorge. Tu futura. 

Alf. Dicen que sí. 

Jorge. ¿Cómo? ¿No la conoces? 

Alf. Todavía no. Pero ya la conoceré. ¡Está uno tan ocu¬ 
pado en París! Y luégo la chica no ha salido nunca de 
su convento. Mi futura suegra se olvida siempre de 
traerla á casa. La boda se arregló entre las familias. 
Se tanteó la fortuna, se aceptaron los abolengos... en 
fin, se convino todo. 

Jorge. Y vosotros en tanto sin conoceros siquiera. 

Alf. ¿Para qué? Eso es lo menos importante. Ya verás qué 
suegra. 

Jorge. Vieja y gruñona. Me la figuro. 

Alf. tQuiá! Al contrario. Apenas tiene treinta y dos años. 
Se casó muy joven, y parece más joven qne cuando 
se casó. 

Jorge. ¡Hola! 

Alf. Viva, alegre, distraída siempre. Piensa en mil cosas, 
y nunca sabe lo que piensa. Presidenta de todas las 
juntas benéficas. Protectora de los artistas. Una joya. 
Un verdadero hallazgo. 

Jorge. Y díme: ¿amas á tu novia? 

Alf. ¡Pchst! La amo... como se ama lo desconocido. Un 
amor... curioso. ¡Oh! El matrimonio es asunto serio. 
No se casa uno por divertirse. ¿Crees tú que si estu- 
tuviese enamorado me atrevería á casarme? ¡Qué lo¬ 
cura! 

Jorge. Díme. ¿Y quién es esa Julia Fripier, de quien te ha¬ 
blaba hace poco el Duque? 

Alf. ¡Mi punto negro! Una mujer graciosísima, á quien 
había confiado momentáneamente mi afecto y mis 


2 


Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 


Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 


Jorge. 

Alf. 

Jorge 


Alf. 


economías. ¡Preciosa muchacha! ¡Y me adora! ¡Créete 
que me adora! 

¿Te lo dice ella? 

No. Su madre. 

¿Su madre? 

Una antigua bailarina... ó actriz, ¡qué se yo! El he¬ 
cho es que Julia no sabe todavía una palabra de mi 
boda; que desde hace un mes voy á su casa diaria¬ 
mente decidido á contárselo todo y á terminar con 
ella, pero que nunca me atrevo ni á terminar ni á 
contárselo. Y aquí me tienes verdaderamente deses¬ 
perado. 

¿Temes que esa... individua promueva algún escándalo? 
¡Quién sabe! 

Consecuencia de tu conducta ligera. De tu vida des¬ 
ordenada. No me sucederá eso á mí cuando me case. 
¿Cómo? ¿Te casas también? 

Quizás. 

¡Seguro! Tienes facha de marido por todas partes. 

No bromees, que el asunto es serio. 

Dispensa. Es verdad. Tú debes estar enamorado. En 
Bretaña no hay nada que hacer. 

Si he vuelto á París, sólo ha sido por verla de nuevo. 
¿Hace mucho tiempo que no la has visto? 

Cuatro años. 

¿Y la quieres todavía? 

¡La querré siempre! 

'¡Qué hombres tan raros cría la provincia! Díme una 
cosa. ¿La conozco? 

Sin duda. Es mi prima Clara. 

¿Tu prima? ¿La viuda de Chancenay? ¿Pero por qué 
demonio la dejaste casar con otro? 

Porque nunca me atreví á confesarle mi cariño. El día 
que decidí hacerlo empezó ella por anunciarme su 
boda. 

Con Chancenay. Cien mil libras de renta y poca salud. 
¡Partido excelente! 


19 — 


Jorge. Una vez casada se trasladó cá París, y yo permanecí en 
Bretaña con mis recuerdos. 

Alf. ¡Bonito alimento! 

Jorge. Pero desde hace un año volvió á quedar libre, y hoy 
regreso á París henchido de amor y de esperanzas. 

Alf. ¿Y has visto ya á tu prima? 

Jorge. No tal. Nunca se halla en casa. 

Alf. Justo. Su vida ha cambiado. Ya no es la niña ino¬ 
cente que tú conociste. Hoyes una parisién, con todo 
lo que la parisién reúne de más adorable. 

Jorge. ¿Qué oigo? 

Alf. Pero buena y honrada, eso sí. Clara entra, sale, se 
divierte, ríe, juega, baila, y no está nunca en casa 
porque vive siempre en la calle. 

Jorge. ¿Pero... tan loca se ha vuelto? 

Alf. ¿Loca? ¡No! Es... fin de siglo. 

Jorge. ¿Fin de siglo? 

Alf. Una frase nueva que expresa muy bien lo que quiere 
expresar. Nuestro siglo debe morir dentro de diez 
años, y ese tiempo quiere pasarlo divertido. Hoy es 
un viejo verde, ya que otras veces fué un joven fas¬ 
tidioso. Tamos á ver: ¿no crees, como yo, que los 
años dejarían mejor recuerdo si terminasen todos en 
primavera? Pues por eso vivimos ahora en primavera 
perpétua, y la electricidad reemplaza al sol. Todo el 
mundo es fin de siglo, desde las parroquianas del Du¬ 
que de Casteli, hasta Pepa Cassolette, que se casa con 
su notario. ¡Y la literatura que nada enseña! ¡Y el 
teatro que lo enseña todo! ¡Y la crítica que presume 
de sabia y que no sabe nada! ¡Fin de siglo! Ser fin de 
siglo es ser alegre, caprichoso, indiferente. Vivir agi¬ 
tado, á doble presión, si esto puede decirse. No se 
trata de ir lejos, sino de ir á escape. Nuestros padres 
viajaban eu diligencia. Nosotros en tren relámpago. 
De París á París. ¡Ese es el trayecto! ¡París, fin de si¬ 
glo! ¡Parada y fonda! 

Jorge. ¡Me asombras! 


Alf. Ya entrarás en el gran torbellino y serás fin de siglo 
como yo. Las reputaciones, los gobiernos, las fortu¬ 
nas, todo se hace y se deshace en cuatro minutos. 
Aquí mismo, almorzaban ayer un gran duque y un 
rey destronado allá solitos en un rincón, y un prín¬ 
cipe heredero en compañía de un dentista y un fa¬ 
bricante de chocolate. El bolsista que hoy maneja 
millones, no tenía botas el mes pasado. Nuestros 
criados nos roban; nuestras queridas nos engañan; 
pero con tanta delicadeza, que acabamos por darles 
gracias. Anímale, ocupa un puesto en el festín, y 
sigue alegremente el entierro del siglo. Para empezar 
vamos en casa de mi futura. Hoy debo conocerla. Me 
darás tu opinión... ¡Y ahora que recuerdol Tu prima 
es íntima amiga de la Marquesa. Allí la encontrarás. 

Jorge. ¿De veras? Entonces llévame. 

Alf. Y mañana á casa de Julia. Es necesario que le bable 
de una vez. Tú me infundirás valor. ¡Andando!... 
Espera. ¡Me iba Sin pagar! (Deja un billete en la mesa.) 
Gomo soy tan conocido, podían llevarme á la pre¬ 
vención. (Mirando el reloj.) ¡Demonio! ¡Las dos! ¡Qué 
atrocidad! 

Jorge, ¡Pero si está parado! 

Alf. ¡Es verdad! ¡Siempre me equivoco!... ¡Andando! 

JORGE, ¡Andando! (Vanse por la segunda de la derecha.) 

ESCENA VIII 

ADRIAN, LA SEÑORA DEL MOSTRADOR y MOZOS 

Todos los cliontes se han marchado. Los Mozos quitan los manteles. Pe* 

queña pausa. 

ADRIAN, (Saliendo de levita, sombrero de eopa y guantes.) ¿Han ter¬ 
minado los almuerzos? 

Señora. Sí, señor Adrián. 

Adrián. Si el amo pregunta por mí, dígale usted que estoy 

en mi círculo. (Vase con mucho contoneo.) 

FIN DEL ACTO PRIMERO 


ACTO SEGUNDO 


Salón en casa del Marqués. 


ESCENA PRIMERA 

UN CRIADO y UNA DONCELLA 


Ambos, sentados; aquél lee un periódico. 

Criado. ¡Anda, morena! ¡El señor Marqués ha sido llamado al 
orden! 

Donc. ¿Dónde? 

Criado. En el Senado. Esto me enorgullece como elector, 
porque tenemos opinión contraria; pero me rebaja 
como doméstico. 

Donc. ¡Ay, amigo Antonio! ¡Qué desagradable resulta ser¬ 
vir á los ricos! 

Criado. Lo mismo que á los pobres. Pero en medio de todo, 
usted no debe quejarse. La señora Marquesa no está 
nunca en casa, por lo cual pasa usted el día sin hacer 
nada. 

Donc. ¿Cómo que no? Hago economías sobre mi trabajo. 





Criado. Y yo sobre mi sueldo. ¡Oh! Si nombrasen ministro al 
señor Marqués! Esto me rebajaría mucho como elec¬ 
tor, pero me enaltecería como criado. (Suena un timbre.) 

Donc. ¡Llaman! Adiós. (Vase.) 

■ ESCENA II 

ALFREDO y JORGE, por el foro. 

Alf. (ai Criado.) Anúnciame al señor Marqués. (Vaso el Cria¬ 
do por la segunda de la derecha.) Vas á COnOCer á Un SUe- 

gro seductor. Político moderno. Gran jugador de 
ivist, y muy querido de sus colegas los senadores. 
Es el que mejor interrumpe al orador en los momen¬ 
tos críticos. Propietario de La Veleta Parlamentaria. 
Periódico que se lee mucho. Hombre activo. Te lo 
encontrarás en todas partes. Ya lo verás mañana en 
el baile de la Baronesa. 

Jorge. ¿Qué baile es ese? 

Alf. Uno muy famoso dedicado á los pobres. Habrá gran 
kermesse , trajes pintorescos... ¡Oh! La Baronesa sabe 
hacer bien las cosas. Disfruta omnímoda libertad. Su 
marido, el Barón, no se mezcla en nada. A éste le co¬ 
nocerás en casa de Julia. 

Jorge. ¿De Julia Fripier? 

Alf. Sí. Es su antiguo protector. Allí vegeta desde hace 
muchos años, y todos le respetamos. La Baronesa no 
ignora esa... íntima amistad. 

Jorge. ¿Cómo? ¡Su mujer tolera!... 

Alf. ¡Toma, toma! ¿Y por qué no? En cambio ella da fies¬ 
tas y derrocha el dinero. Es un convenio mutuo. ¡Pero 
calla! Mi suegro. 

ESCENA III 

DICHOS y el MARQUES 

Mar. ¡Hola! ¡Querido yerno! (saludando á Jorge ) ¡Caballero! 


Alf. 


Mar. 


Jorge. 

Mar. 

Alf. 

Mar. 

Jorge,. 

Mar. 


Alf. 

Mar. 

Alf. 

Mar. 

Alf. 

Mar. 


Alf. 

Mar. 


¡Mi querido papá suegro! Tengo el gusto de presen¬ 
tarte á mi excelente amigo Jorge de Kerjoel, un bre¬ 
tón de los tiempos prehistóricos, especie de salvaje, 
á quien trato de hacer parisién. Acabo de asegurarle 
que usted me ayudará en tan difícil empresa. 

¡Pues ya lo creo! Tengo un verdadero honor en co¬ 
nocerle, y le suplico que desde ahora considere esta 
casa como suya. 

Mil gracias. 

¿Habló usted con la Marquesa? 

Todavía, no. ¿Sabe usted si podrá recibirnos? 

Lo ignoro. Hace ocho días que no la veo. 

¡Ocho días! 

Justos y cabales. Parece que nos ponemos de acuerdo 
para no hallarnos nunca en casa á las mismas horas. 
¡Nuestras ocupaciones son tan diferentes! Mi mujer 
detesta h política. Yo detesto las fiestas. Yo almuerzo 
en el reslaurant; ella come no sé en dónde. ¡Imposi¬ 
ble encontrarnos! 

¿Y la encantadora Berta? 

¿Mi hija? ¿Va usted á darme noticias suyas? 

Al contrario. Se las iba á pedir á usted. Todavía no 
le he sido presentado. 

Es verdad. Y ello es presiso. ¿Cuándo se casa usted? 
El diecisiete. 

Entonces no hay que perder tiempo. Arregle usted 
con mi esposa el asunto. Esto le concierne. Pero calle 
usted. Se me figura que Berta debe salir del convento 
uno de estos días. 

Hoy mismo, según me indicó ayer la Marquesa. 

¿Lo ve usted? 


ESCENA IV 

DICHOS y el CRIADO 


Criado. Señor Marqués, el secretario del señor Marqués tiene 


— 24 — ? 


Mar. 

Jorge. 

Alf. 

Mar. 


Jorge. 

Mar. 

Jorge. 

Mar. 

Alf. 

Mar. 

Alf. 

Jorge. 


Mar. 


Julio. 

Mar. 

Julio. 


el honor de notificar al señor Marqués que está á la 
disposición del señor Marqués. 

¡Ah! Julio. ¡Sil Es verdad. Vendrá por mi artículo 
para el diario. Ya ven ustedes. Estoy ocupadísimo. 
Mucho sentiríamos abusar... 

Mientras vuelve la Marquesa, vamos, con permiso de 
* usted, á pasar un rato á la biblioteca. 

Repito á ustedes que están en su casa, (a Jorge.) He 
tenido mucho gusto en... Y si mi influencia como se¬ 
nador puede servirle de algo... ¿Tiene usted ferro¬ 
carril en su pueblo? 

Aún no, señor Marqués. 

¿Quiere usted uno? 

¡Oh! 

Bueno, bueno. Hablaremos de eso. (Á Alfredo.) Hasta 
la vista, verno mío. 

Supongo que nos veremos el día de la boda. 

Sin duda. 

(a Jorge.) ¿No te dije que era fin de siglo? 

Yo creo que más bien es principio del otro. (Vanse por 

la segunda de la derecha,) 

ESCENA V 

EL MAlíQMES , JULIO 

¡Kerjoel! ¡Nombre ilustre! ¡Será rico probablemente! 
¡Un gran partido para mi hija! Pero, ¡bah! si es Al¬ 
fredo quien se casa con ella. Ya lo había olvidado. 

(Cogiendo un libro que habrá sobro la mesa.) ¿Qué es esto? 

¡Hombre, hombre! ¡Dejar aquí una novela tan inmo¬ 
ral! ¡Si Berta la viese!... Ya diré á mi mujer que la 
guarde en sitio reservado. (La deja en la mesa.) 

¡Señor Marqués!... 

¡Entre usted! ¡Entre usted! 

Ante todo, permítame usted que le dé gracias.,. Aca¬ 
bo de recibir la cruz. 


— 25 


Mar. ¿Qué cruz? 

Julio. La que me ha concedido el Gobierno por recomenda¬ 
ción del señor Marqués. 

Mar. ¡Ah! 

Julio. Semejante distinción... á mí... Un obscuro secretario. 

Mar. No tal, no tal. Obscuro no puede ser nunca un secre¬ 
tario mío. 

Julio. Es verdad. 

Mar. Y esa cruz le honra á usted tanto como á mí. 

Julio. El ministro me dió el diploma en propia mano, di- 
ciéndome: «Le protege á usted y le recomienda un se¬ 
nador que me injuria todos los días.» No puedo rehu¬ 
sarle á usted nada. 

Mar. Bien, bien. Trabajemos. Necesito un articulo que ha¬ 
ga sensación. ¿Qué han dicho del de ayer? 

Julio. Lo encontraron algo violento. 

Mar. ¿Violento? Tal vez me dejase llevar de mi entusiasmo. 
Endulzaremos el de hoy. Escriba usted, (julio se dispo¬ 
ne á escribir. ) «Los canallas y miserables que convier¬ 
ten el poder en una verdadera merienda de negros...» 
Creo que no puedo estar mas dulce. 

* - í - , , 

ESCENA VI 

DICHOS y RIVOLET 

Riv. ¿Se puede? 

Mar. ¿Quién es? 

Riv. Soy yo, caballero. 

Mar. ¡Rivolet! 

Riv. Pensé escribir á usted esta mañana, pero he preferido 
venir á verle personalmente para que nos explique¬ 
mos de una vez. Se trata del artículo que apareció 
ayer en la Veleta Parlamentaria. 

Mar. ¡Ahí 

Riv. Usted, señor mío, me atacaba antes en su periódico 

sin tregua ni reposo, y sus duros ataques me propor- 


— 26 — 

donaban gran popularidad entre mis electores. Hoy, 
sin provocación de mi parte, sin razón alguna que lo 
justifique, empieza usted á tratarme con una cortesía 
que, francamente, no puedo tolerar. 

Mar. Lo hago en uso de mi derecho, y empleo las armas 
que me convienen. 

Riv. Pero usted advertirá, caballero, que en el artículo de 
ayer traspasó los límites de la conveniencia. 

Mar. ¿Por qué razón? 

Riv. Usted me llamaba hombre inteligentísimo. 

Mar. ¿Bueno, y qué? 

Riv. Añadiendo luégo los calificativos de ingenioso, ilus¬ 
trado y consecuente... 

Mar. Repito que estoy en mi derecho. 

Riv. ¡Ah! Eso quiere decir qne me declara usted la guerra. 
¡Inteligente yo!... ¡Yo ilustrado!... ¡Muy bien!... 
¿Quiere usted guerra? ¡La habrá! 

Mar. ¿Me amenaza usted? 

Riv. Y le juro que he devengarme. ¡Yo consecuente!... 
¡Nos veremos!... ¡Yo ingenioso!... ¿Qué dirán ahora 
mis electores?... ¡Repito que nos veremos!... ¡Nos ve¬ 
remos!... (v ase.) 

Mar. ¡Habrá insolente! ¡Hablarme de ese modo en mi pro» 
pia casa! ¡Amenazarme... á mí! ¡Pronto! ¡Escriba us¬ 
ted! ¡Vamos á confundir á ese tunante!... «Parece, 
según nos aseguran, que el Gobierno se propone pre¬ 
miar los eminentes servicios de Rivolet. Ese hombre 
intachable, esa conciencia recta, gloria de la izquier¬ 
da monárquica, ¡y orgullo de la patria!» ¡Toma, gran¬ 
dísimo pillo! 

escena vil 

DICHOS, ALFREDO , JORGE 

Alf. ¡Calla! ¿Trabajando todavía? 

Mar. ¡Sí! En este momento estaba inspirado. ¡Las cuatro! 
¡Y á las tres me aguardaban! Dispénsenme ustedes. 


(Cogiendo el sombroro.) Acabe usted el suelto. Ya sabe 
usted el tono, ¿eh? Adiós. No puedo detenerme. (Vol¬ 
viendo.) ¡Ah!... Concluya usted diciendo que ha dota¬ 
do á su hermana y que adora á su madre. 

Je lio. ¡Oh! 

Mar. Es preciso aplastarle. Hasta luégo. (Vanso el Marqués y 

Julio.) 

ESCENA VIII 

ALFREDO y JORGE; iüó S o LA MARQUESA 

Jorge. Díme. ¿Se le parece su esposa? 

Alf. Muchísimo. ¡Cuidado conque la trates de mamá! No 
olvides que aún tiene grandes pretensiones. ¡Si hu¬ 
bieras visto su admiración al saber que su hija podía 
ya casarse! 

Jorge. Oye. ¿Entonces no te querrá mucho que digamos? 

Alf. Todavía me quiere. Hoy la verdadera suegra empieza 
al salir de la iglesia. 

Marq. (Dentro.) Y mande usted la nota del trousseau á todos 
* los periódicos. 

Alf. Ella es. 

Marq. ¡Oh, señores, cuánto siento haberlos hecho aguardar! 
Buenos días, Alfredo. 

Alf. (Presentándole.) Jorge de Kerjoel, un antiguo amigo, á 

quien ya he tenido el gusto de presentar al Marqués. 

Marq. ¡Cuánto lo celebro! Desde hoy es usted de los nues¬ 
tros. ¡Ay, querido amigo! ¡Yo no sé cómo siendo tan 
débil, puedo resistir tanta fatiga! No descanso de día 
ni de noche. ¿Sabe usted de dónde vengo ahora? 

Alf. No adivino. 

Marq De dar mi lección de canto en casa de la Marchesi 
para nuestro intermedio lírico de mañana. 

Alf. ¡Ah! ¿En la kermesse de la Baronesa? 

Marq Cabal. ¡Y mi marido que cree que trabaja porque es 
senador! Si hiciese todo lo que yo hago y fuese ade¬ 
más presidenta... 


— 28 — 


Jorge. ¿Cómo presidenta? 

Alf. Sí. De catorce sociedades benéficas. ¿No son catorce? 

Marq. ¿Catorce? No lo sé. Las viudas afligidas, los diputa¬ 
dos inválidos, las doncellas intransigentes... ¡Qué se 
yo! A propósito. ¿No sabe usted lo que me ha pasado? 

Alf. No, Marquesa. 

Marq. Figúrese usted que había comprado un lote de paña¬ 
les para la caritativa obra de las madres inconso - 
lables... ¿Y qué hago? ¡Pues nada! Me equivoco y se 
los envío á las doncellas intransigentes. Calcule usted 
la cara que pondrían. 

Alf. Me lo figuro. Pero diga usted: ¿qué han hecho de los 
pañales? 

Marq. Se han quedado con ellos. 

Alf. Entonces consuélese usted. 

Marq. ¿Cómo? ¿Se marcha usted ya? 

Alf. Debemos mi amigo y yo ultimar varios encargos... 
Pero volveremos dentro de una hora. Como hoy se 
queda usted en casa, habrá recepción. 

Marq. ¿Hoy? ¿Es hoy mi día? 

Alf. Sin duda. ¿No expone usted hoy el canastillo de boda 
de mi futura? 

Marq. ¡Pues es verdad! Ha hecho usted bien en recordár¬ 
melo. Lo había olvidado en absoluto. ¿Volverán us¬ 
tedes? Usted sobre todo, (a Jorga.) 

Alf. ¿Sabe usted si vendrá Clarita? 

Marq. Naturalmente. 

Alf. Ya lo oyes. 

Marq. ¿La conoce usted? 

Jorge. Ya lo creo. Es mi prima. 

Marq. ¿De veras? ¡Qué casualidad! 

Alf. Y diga usted. ¿Me presentará usted hoy á mi fu¬ 
tura? 

Marq, Lo ignoro. 

Alf. ¿Pero no es hoy cuando debe salir del convento? 

Marq. ¿Hoy? ¿Usted cree que sale hoy? 

Alf. ¡Bah! Estoy seguro. 


29 — 


Marq. 

Donc. 


Marq. 

Alf. 

Marq. 


Jorge. 

Alf. 

Marq. 


Jorge. 
Marq, 
Jorge. 
Marq. 
Alf. 
Marq. 
Jorge. 
. Alf. 


Aguardo usted. (Suena el timbro. Sale ana doncella.) ¿Debe 

venir hoy la señorita Berta? 

Sí señora. Esta mañana encargó la señora Marquesa 
á miss Simson que la fuese á buscar. La señorita había 
escrito además á la señora Marquesa anunciándola su 
llegada, (v ase.) 

¡Sí! ¡Eso es! ¡Añora me acuerdo! 

¿Lo vé usted? 

¡Pero qué memoria tiene usted tan extraordinaria! 
Bueno. Luégo se conocerán ustedes, (a Jorge.) Es una 
niña, ¿sabe usted? Una niña enteramente. 

¿Qué edad tiene? 

Diecisiete años. 

¿Ya? ¿Está usted seguro? ¡Cómo pasa el tiempo! 
¡Yaya! Hasta muy pronto. ¡Ah! Cuento con usted para 
mis sociedades, (a Jorge.) 

¡Quién lo duda! 

¿De cuántas le hago á usted protector? 

¡De las catorce, señora! 

¡Oh! 

¡Adiós, bellísima mamá! 

¡Adulador! 

¿Por qué te llama adulador? 

Porque sólo ha oído bellísima. ¡Está tan ocupada!... 

(Vanse.) 

ESCENA IX 

LA MARQUESA 

Muy simpático el señor de Kerjoel. Voy á apuntar 
SU nombre en seguida. (Saca un librito y escribe.) Si no 
hiciese esto le olvidaba dentro de dos minutos. «Jorge 

de Kerjoel.)) (Escribiendo.) Corriente. (Reparando en sus 
notas.) ¿Qué dice aquí? ¡Ah! Lo que tengo que hacer 
mañana. (Leyondo.) «Ir á la calle de Vaugirard.» (Pen- 
•ando.) ¿Para qué debo ir á esa calle? Yo sé muy bien 
que debo ir; pero no recuerdo para qué. Necesito otro 


— 30 — 


libro de memorias para explicar lo que anoto en éste. 
(Guardándolo.) Al fin voy á ver á mi hija. ¡Cuánto me 
alegro! (v¡ondo et tarjotoro,) ¡Y ahora recuerdo que 
tengo aquí su carta! (Saca un papel. Leyendo.) «¡Las 
arrepentidas no tienen carne. .» ¡No! ¡No es esta! 
¡Pero señor! ¿Dónde la puse? (Buscando en la mesa ) 
¿Qué veo? El Marqués sin duda dejó aquí olvidada 
esta novela. ¡Qué imprudencia! Un libro semejante 
abandonado en el salón, precisamente el día que va á 
venir Berta. Lo encerraré bajo llave. 

Berta. (Dentro.) ¡Mama, mamá! 

Marq. ¡Ella es! 

ESCENA X . ; . 

DICHA y BERTA 

Berta. Felices, mamá. 

MARQ. (Dejando el libro sobro la mesa y corriendo al encuentro de 
Berta.) ¡Hija de mi alma! (La abraza.) ¡Yen! ¡Ven que 
te contemple! ¡Dios mío, cómo has crecido! ¡Qué 
lástima que sea tan grande! 

Berta. ¡Claro está! ¡Como no me has visto en tanto tiempo, 
te choca el estirón! Nunca me has visitado en el con¬ 
vento, 

Marq. Y sin embargo, muchas veces pensaba ir, ¡pero qué 
quieres! ¡Estoy tan ocupada! 

Berta ¡No! Si no me quejo. Al contrario. Las escenas de 
familia en el locutorio, son siempre muy cursis. Yo 
sabía que estabas buena y que te ocupabas de mí. 
¿Verdad? 

Marq. ¡Y tanto! 

Berta. ¿Conque al fin me caso, eh? 

Marq. De lo cual te alegrarás mucho. 

Berta. ¡Pchst! Ni me alegro ni lo siento. Acepto esa eos* 
tumbre y nada más. Pero díme: ¿cómo es mi futuro? 

Marq. ¡Bah! 

Berta. Verás. Yo sé que es rubio y muy rico. 


- 31 — 


Marq. ¡Sin esa cualidad!... 

Berta. En efecto. Eso es cuanto razonablemente puede exi¬ 
girse á un marido. Pero... según creo, es algo joven. 

Marq. Está en la plenitud de la vida. 

Berta. ¡Qué lástima! Yo hubiera preferido un anciano ve- 
' nerable, con la cabeza blanca y la barba muy larga. 
Eso hace elegantísimo en coche. 

Marq. ¡Niña! 

Berta. Y además, á un marido así se le toma por un padre, 
ó por un tío, y á nadie infunde miedo. Vamos á ver. 
¿En qué se ocupa? 

Marq. En nada, según creo. 

Berta. Mejor. Los hombres más ocupados son los que nunca 
abandonan á su esposa. En cambio, aquellos que nada 
tienen que hacer están siempre en la calle. Y díme, 
mamá: ¿cuándo voy á verle? Supongo que le conoceré 
antes de casarme. 

Marq. Es mucho más conveniente, hija mía. Hace un mo¬ 
mento se hallaba en este salón... Pero volverá pronto. 

Berta. Bueno, bueno... Ya tendremos tiempo de vernos. 

Marq. ¡Cómo se parece á su madre! 

ESCENA XI 

DICHAS y 1a DONCELLA 

Donc. Señorita... La modista manda á decir que haga usted 
el favor de ir en seguida á probarse los trajes. 

Berta. ¿En seguida? 

Donc. Sin perder minuto, porque dentro de media hora 
tiene citadas á otras personas. (Vaso.) 

Berta. ¡Oh! Corro al momento. 

Marq. Sí, sí. 

Berta. Pero... ¿y mi futuro? 

Marq. Le suplicaré que te aguarde. 

Berta. Mejor... Así se irá acostumbrando... ¡Yaya, adiós! 
(Abrazándola.) ¡Cuánto me alegro hallarme á tu lado! 


— 32 — 


Marq. (ídem.) ¿Pues y yo? Por mucho que digan, hija mía... 
¡La familia! ¡No hay más que la familia! 

ESCENA XII 

DICHAS j u» CRIADO . 

t lOM 

Criado. Señora Marquesa... 

Marq. ¿Qué hay? 

Criado. Varias señoras, aguardan en el gran salón. 

Marq. Que pasen... ¿Por qué no pasan? 

Criado. Porque se han detenido á admirar el trousseau de la 
señorita. 

Marq. ¡Sí! ¡Es verdad! Bien, allá voy... (vaso el Criado.) No 
pierdas tiempo... La modista cuenta los minutos... 
Hasta luégO... No lardes... (Vase por la sogunda de la 
izquierda.) 

ESCENA XIII 

• , . t 

BERTA 

AdiÓS, mamá. (Reparando en el libro que dejó la Marquesa.) 

¡Calle! ¿Aquí este libro? ¿Papá y mamá le dejan ahí 
sobre la mesa, sin miedo á que yo lo vea? Por for¬ 
tuna Sé que no puedo leerle. (La coge y lo guarda en un 
cajón.) ¡Ajá! De este modo no hay miedo. Digo, ¿eh? 
¡Si llega á verlo cualquiera! (Vase por el foro.) 

ESCENA XIV 

La MARQUESA, ADRIANA y EULALIA, por la segunda de la 

izquierda. 

Adr. ¡Es divino! 

Eul. ¡Precioso! 

Marq. ¿De veras? ¿Les gusta á ustedes? 

Eul. ¡Mucho! ¡Con un trousseau así, se comprende el ma¬ 

trimonio! 


Adr. 


Pues yo... qué quieren ustedes, los trousseaux ine 
entristecen. 

Marq. Usted, siempre melancólica. 

Adr. No puedo remediarlo. ¡Es mi carácter! 

Eul. Diga usted mejor su manía. ¡El romanticismo! ¡La 
novela novelesca! ¡Qué disparate! ¡Usted! ¡Una mujer 
joven, rica y esposa de un banquero! 

Adr. Que me abandona por sus negocios. 

Marq ¡Magnífico! 

Adr. ¡Calle usted! ¡Oh, prosa de la vida! 

escena xv 

DICHAS y la BARONESA, por el foro. 

Bar Dispense usted, Marquesa, si entro tan de prisa y sin 
detenerme á contemplar su exposición. Estoy muerta 
de cansancio. 

Marq. ¡Baronesa! 

Bar. Desde esta mañana no dejo de correr. Mi baile va á 
volverme loca. ¿Ustedes vendrán á mi baile? 

Todas. ¡Por supuesto! 

Bar. ¡Cuánto pormenor! Las flores, los helados, la cena, la 
orquesta! ¡Ah! Tendremos á Faure, de la ópera, y á 
los salvajes del Jardín de Aclimatación. Así, el que no 
quiera oir cantar, oirá gritar, (a la Marquesa.) ¿Y us¬ 
ted? ¿Trabaja para la gran sorpresa? 

Marq. Diariamente. La Marchesi afirma que tengo muy bonita 
voz. Y dice que si hago un esfuerzo, llego al sol. 

Bar. ¡Pues suba usted! ¡Suba usted! 

Eul. ¿Pero de qué sorpresa se trata? 

Marq. Ya la verán ustedes. 

Bar. ¡Mucha discreción! ¿eh? Apropósito: he decidido para 
las señoras un traje ideal. 

Eul. ¿Cómo? 

Bar. Todas asistirán vestidas de arlequines. 

Marq. ¡Al fin aceptó usted mi idea! 


3 


B ar. Es un traje precioso. 

Marq. ¡De mucho gusto! 

Bar. Y del cual se hablará en todo París. 

Eul. ¡Cuánto goza una cuando se divierte! 

Bar. No es esa la opinión d^ Adriana. ¡Como si lo viera! 

Adr. Yo creo que hay tiempo para todo. 

Bar. Y ahora que me acuerdo. Ayer me encontré á Arturo 

en el Bosque. 

Adr. ¿Hablaron ustedes? 

Bar. ¿Hablar? Pero hija, si Arturo iba durmiendo sobre su 
caballo, y aun éste me parece que no iba muy des¬ 
pierto. 

Marq. Según creo, Arturo pasa las noches de círculo en 
circulo. Por eso duerme de día. 

ADR. (Suspirando.) ¡Ah! 

Marq. ¿Y su marido de usted? 

Bar. ¡Tan contento! Desde hace ocho días huyó de casa. 
Ya sabe usted que odia los bailes y sus preparativos. 

Eul. ¿Abandonó París? 

Bar. ¡Qué disparate! Se marchó á... su retiro. 

Eul. Comprendo. 

Bar. ¡Qué quiere usted! Hay que pasar por ciertas cosas. 
No estamos ya en los tiempos de Otelo. 

Eul. ¡Qué hemos de estar, señora! 

Bar. Una mujer inteligente debe marchar con el siglo. Hay 

que hacer concesiones para disfrutar otras... ¡Pero 
calle usted! ¡Sí! Ayer salí con mi marido. 

Marq. ¡Hola! 

Bar. Me llevó al Teatro Libre. Al ensayo general de una 
obra nueva. ¡Qué obra, amigas mías! ¡Qué obra! 

Marq. ¡Atrevida! 

Bar. ¡Sí! Nos dijeron que había un acto naturalista para 
el público aficionado y un acto moral para las perso¬ 
nas serias. Nosotros queríamos ver el acto moral, 
pero cambiamos las horas y caímos sobre el natura¬ 
lista. 

Todas. ¡A ver! ¡á ver! Cuéntenos usted eso. 


Bar. 


¡Ah! ¡Qué acto! ¡Qué literatura! Figúrense ustedes un 
joven citado por una mujer casada. El joven se pre¬ 
senta, y lo primero que la dice... ¡No! ¡no me atrevo 
á referirlo! 

Todas. ¡Sí, sí, dígalo usted! 

BAR. Bueno. Al oído. (So lo dico á la Marquesa al oído.) 

MARO. ¡Oh! (indignada.) 

¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho? 

MARQ. (Habla al oído á Adriana.) 

Al)R. ¡Oh! (Lo habla á Eulalia.) 

Eul. ¡Oh! 

Lastres. ¿Y qué más? ¿Qué más? (Acercándose todas á la Baronesa.) 
Bar. El marido se presenta de improviso y llena de im¬ 
properios á su mujer. ¡Pero qué improperios! 
Lastres. ¡Oiga usted! ¡Diga usted! 

Bar. Otra vez al oído, (ei mismo juego.) 

Marq. ¡Oh! 

Adr. ¡Oh! 

Eul. ¡Oh! 

Bar. En fin: el amante arroja al marido por la ventana 

y-- 

Lastres. Y... 

Bar. Por fortuna cae el telón. 

Marq. ¡Qué escándalo! 

Bar. Eso precisamente me decía Clara, la hermosa viudita 

de Chancenay, que también estaba allí. ¡Yo no sé, me 
decía, por qué vendrá una á estas cosas! 

Marq. ¡Oh! ¡Ella no pierde ninguna diversión! 

Eul. Pasa la viudéz alegremente. 

Marq. Como es joven y rica... 

Bar. Muy rica debe de ser para no arruinarse, porque hija, 
¡gasta un lujo espantoso! 

Adr. No hay fortuna que resista á tanto desorden. 

Eul. ¡Cabal! Así se lo digo yo todos los días á mi marido. 

Adr. ¿Gasta mucho dinero su marido de usted? 

Eul. ¿Él? No señora. ¡Yo! 


Adr. 1 
Eul. 


36 — 


Marq. 


Clara. 

Marq. 

Bar. 

Clara. 

Marq. 

Clara, 

Bar. 

Eul. 

Bar. 

Adr. 

Eul. 

Adr. 


Clara, 

Marq. 

Clara. 

Marq. 

Clara. 

Marq. 

Clara. 

Marq. 

Clara. 


Prometo ecliarla un sermón en cuanto la ocasión se 
presente. 


escena xv¡ 

DICHAS y CLARA 

¡Gran reunión! 

Aquí la tenemos. 

De usted hablábamos ahora mismo. 

¿Es posible? 

Y vo anunciaba que iba á echarte un sermón, 

¿A mí? 

Entonces, las dejamos solas. 

¡Sí, sí! 

Veremos mientras ese gran trousseau que tantas en¬ 
vidias debe despertar. 

¿No le ha visto usted? 

Venga usted por aquí. ¡Es soberbio! 

LOS troUSSCauX me entristecen. (Vanse por la segunda de 
la izquierda.) 

ESCENA XVH 

LA MARQUESA y CLARA 

Ya estamos solas. ¡Vaya, sermonéame á tu gusto! 

¡Y tanto, sí señora! Pero antes, permíteme que te dé 

una noticia 

Habla. 

Dentro de un instante voy á tener el honor de pre¬ 
sentarte á tu primo. 

¿Á Jorge? 

¿Se llama Jorge? 

Jorge de Kerjoel. 

¡Justo! 

¡Cuánto me alegro! ¡Seis veces lia estado en casa y 
ninguna de ellas me ha encontrado! 




Marq. 


¡Habrá torpe! Cuando se quiere ver á una dama del 
gran mundo como nosotras, no se la busca nunca en 
su casa, sitio en la de las demás. 

Clara. ¿Y qué tal? ¿Se conserva tan guapo? ¿Es elegante? 
¿Simpático? ¿Luego entonces vino á visitarte? ¿Por 
qué razón? ¿Le conocías tú por ventura? 

Marq. No. Lo trajo Alfredo. 

Clara. ¡Ah! ¿tu yerno? 

Marq. ¿Mi yerno? ¿Yo tengo un yerno? 

Clara. El que se casa con tu hija. 

Marq. ¡Ah, sí! No me acordaba. 

Clara. ¡Acabáramos! Bueno. Pues ahora, échame ese sermón. 
Marq. ¿Cuál? 

Clara. El que ibas á echarme. 

Marq. ¿Un sermón? ¡Ah, sí! Eso es. Siéntate á mi lado y 
prepárate. (Se sientan.) 

Clara. Como gustes. 

MARQ. (a la doncella,que saca una cajado sombrero.) ¿Qué traes allí? 

Donc. Este sombrero que acaban de entregarme. 

Marq. Bueno. Déjalo. (Lo deja sobre ol velador y vaso.) 

Clara. ¿Qué sombrero es ese? 

Marq. Debe ser el de arlequín para el baile de la Baronesa. 
Clara. ¿A ver? ¿á ver? 

Marq. (sacándolo.) Es bonito, ¿verdad? 

Clara. ¡Bonitísimo! ¡Quiera Dios que el mío se le parezca! 

MARQ. (Poniéndoselo.) ¿Va bien? 

Clara. No puede ir mejor... Te sienta á las mil maravillas. 

MaRQ. (Que fué á mirarse al espejo, vuelve á sentarse, con el som¬ 
brero puesto.) Continuemos, hija mía, y óyeme bien. Yo 
soy una mujer seria y formal; madre de familia y más 
vieja que tú... No mucho sin embargo; pero en fin, 
más vieja. 

' Clara. ¿Dónde vas á parar? 

Marq. Voy á parar... Te lo diré sin preámbulos ni ambajes... 

Clara... Gastas mucho dinero. 

Clara. ¿Yo? 

Marq. Y por mucho que tengas, puede llegar un día en que 


— 38 — 


te falte. No quisiera verte arruinada. Por eso te 
aconsejo un poco de orden. 

Clara. ¿Y era ese el sermón? ¡Já, já, já! 

Marq. Bueno es que te diviertas. Una viuda debe divertirse; 
pero... 

Clara. Tranquilízate. Desde hoy empezarán las economías. 
Precisamente, me encuentras en un momento de 
crisis. 

Marq. ¿De crisis? 

Clara. A una amiga como tú, bien puedo confiar... 

Marq. ¡Todo! Habla sin cuidado. Así como así, me olvidará 
de ello en seguida. 

Clara. Bueno. Pues estoy en crisis... con mi modista. 

Marq. ¿Carolina? 

Clara. ¿Quién ha de ser? 

Marq. ¡Cómo viste la tunanta! 

Clara. Exige sesenta mil francos al contado. 

Marq. ¡Qué horror! ¿Pero no tienes tú sesenta mil francos?... 

Clara. Tengo mucho más, pero no en dinero contante. Ne¬ 
cesito alguna tregua, y mi modista no concede nin¬ 
guna. 

Marq. ¡Qué compromiso! ¡Pobre amiga mía! Yo quisiera 
ofrecerte algo, pero mi esposo es muy tacaño. 

Clara. No hace falta. Ya lo tengo arreglado. La misma Ca¬ 
rolina me proporcionó el medio. 

Marq. ¿De qué modo? 

Clara. Hallando á una persona que prestara inmediatamente 
el dinero. 

Marq. ¿Quién es esa persona? 

Clara. Lo ignoro. 

Marq. ¿Algún usurero? 

Clara. Claro está. 

Marq. No te fíes de los usureros. 

Clara. Ya no puedo arrepentirme. Carolina me exigió una 
carta en la cual puse como ella me indicó: «Acepto 
todas las condiciones, sean las que fueren.» 

Marq. ¡Infeliz! ¡Yan á sacrificarte! 




Clara. 

Marq. 


Alf. 

Marq. 

Alf. 

Jorge. 

Cla r a . 

Marq. 

Alf. 

Marq, 


Alf. 

Marq. 


Clara. 


Jorge. 


— 39 — 

¡Y qué remedio! 

Es necesario que desde hoy tengas más cabeza. (Lle¬ 
vándolo la mano á la suya y cogiendo el sombrero ) ¿Qué eS 

esto? ¡Ah! ¡El sombrero! ¿Cuándo me lo puse? 

ESCENA xvih 

DICHAS, ALFREDO , JORGE, por ol foro. 

Señoras... 

Adelante. ■ 

(a Jorge.) ¿No te lo dije? Ahí la tienes. 

¡Prima mía! 

¡Jorgel 

(a Alfredo ) Si llega usted diez minutos antes encuen¬ 
tra usted á su futura. 

¿Es posible? ¡Cuánto lo siento! 

¡No! No lo sienta usted; Berta vuelve en seguida. 
Mientras tanto deme usted el brazo, y.vamos á re¬ 
unirnos con esas señoras. Están examinando el trous - 
seau de mi hija... En verdad que ha recibido sober¬ 
bios regalos... Hay un collar de perlas magnifico. ¿Ha 
visto usted el collar de perlas? 

¡Si soy yo quien se lo ha regalado! 

¡Calla! ¡Es verdad! (a ios otros.) Hasta luégo. Charlen 
Ustedes cuanto quieran. (Vanse por la seguuda de la iz¬ 
quierda.) 

ESCENA XIX 

CLARA y JORGE 

¡Si supieras cuánto deploro no haber estado en casa 
siempre que fuiste á buscarme! ¡Pero qué quieres! 
Estoy tan ocupada y tan... ¿Hace mucho que no nos 
hemos visto? 

Cuatro años. 


/ 




— 40 — 

Clara. ¡Cuatro años! Pues tú te conservas lo misino que an¬ 
tes. ¿Y yo? ¿Me encuentras más vieja, no es verdad? 

Jorge, (Riendo.) ¿Más vieja? 

Clara, ¡Voy á cumplir los veinticinco! 

Jorge. Te encuentro más linda hoy que ayer, prima mía. 

Ci ara. ¿Y qué has hecho en esos cuatro años? 

Jorge. Vivir en Bretaña. 

Clara. ¡Dios mío! ¡Cómo te habrás fastidiado! 

Jorge. ¡Bah! No mucho. 

Clara. ¿Dónde pasabas las noches? 

Jorge. A la orilla del mar. 

Clara. ¡Siempre á la orilla! 

Jorge. Y los días también... Yo adoro el mar. La vida en 
pleno sol, á merced de los vientos... Ahí están la 
salud, la fuerza, la paz del alma... 

Clara. Y los mosquitos. 

Jorge ¿Te burlas? 

Clara. No por cierto. Díme: ¿y para qué has venido á París? 

Jorge. Para verte. 

Clara. ¡Oh! Mil gracias. Es usted muy galante. ¿Y luégo? 

Jorge. Para hablar contigo de ciertas cosas. 

Clara. ¡Que aspecto tan grave! ¿Es muy serio eso que vas á 
decirme? 

Jorge. Mucho. 

Clara. Bueno. Pues empieza. 

Jorge. ¿Aquí? 

Clara. ¿Por qué no? Aquí estamos como en casa. Cinco mi¬ 
nutos de tranquilidad. Es cuanto se necesita para un 
asunto serio. Vamos, vamos. Habla. 

Jorge. Lo que voy á decirte te parecerá sin duda extraño. 
Lo guardo en mi corazón desde hace mucho tiempo. 
Es un secreto que había jurado no revelar á nadie. 

Clara. ¿Ni aun á mí? 

Jorge A tí menos que á nadie. Pero hoy eres libre. Mis es¬ 
peranzas vuelven á renacer; mis sueños despiertan, 
y hoy regreso á París para decirte... 

Clara. Lo que sé, primo mío, tan bien como tú. 


— 4i — 


Jorge. ¿Eh? 

Clara. ¿Te figuras que no ha pensado la mujer en lo que adi¬ 
vinó la niña inocente? Tú me amabas. Sin duda. Tú 
me amas todavía. Me alegro. ¿Quieres ser mi marido? 
No hay inconveniente. 

Jorge. ¿Qué escucho? ¿Sabías todo eso? Y yo siempre tan 
tímido. ¡Oh, Clara! ¡Cuán dichoso acabas de ha¬ 
cerme! 

Clara. Poco á poco. Itepito que acepto tu mano, pero con 
una condición. 

Jorge. ¿Cuál? 

Clara. No quiero casarme ahora. 

Jorge. ¿Eh? 

Clara. Sino dentro de un año. 

Jorge. ¿Dentro de un año? 

Clara. ¿Te parece mucho? Bueno. Pongamos seis meses. 
Quiero ser complaciente! 

Jorge. ¿Pero qué razón existe para retrasar así la boda? 

Clara. ¿Qué razón? La más sencilla. El deseo de alargar un 
poco mi libertad. Mi luto ha terminado, y apenas dis¬ 
fruté todavía las veutajas que mi situación de viuda 
joven, rica, y no fea, me ofrece. Yo disfruto, en fin, 
todos las beneficios del matrimonio... 

Jorge. Sin el marido. 

Clara. Cabal. Te aseguro que en este momento no soy la 
esposa que sueñas. No estoy bastante... madura para 
reincidir. Mi avaricia aguarda nuevos placeres. ¡Para 
acabar de saborearla te pido seis mesesl ¡Vamos! Esa 
mano. (La coge.) Tú eres mi futuro y yo tu futura. 
Desde ahora nuestro compromiso es sagrado, y aun¬ 
que el mundo lo ignore, uno y otro ligamos nuestras 
almas. Tú me conoces, y sabes muy bien que, á pesar 
de mi aparente ligereza, nunca he de hacer nada que 
no sea digno de los dos. ¿Consientes? 

Jorge. ¡Si no hay otro remedio! ¿Pero mientras, qué hago yo? 

Clara. Tú permaneces entre nosotros. Vives de nuestra pro¬ 
pia vida, y te acostumbras á ella... ¡No protestes! Qui- 


— 42 — 


zás seas tú quien dentro de seis meses exclames. ¿Ya? 
¿Tan pronto? Y pidas prórroga. 

Jorge. En cuanto á eso .. 

Clara. Conque quedamos convenidos, ¿eh? Hasta la boda, li¬ 
bertad completa. En cambio nos veremos todos los 
días. ¿No es eso? 

Jorge. Mi voluntad se ciñe á tu deseo. 

Clara. Como siempre. ¡Así te quiero! 


ESCENA XX 

DICHOS; ALFREDO, LA MARQUESA, ADRIANA, EULALIA 

y LA BARONESA, por la segunda de la izquierda. 

Bar. ¡Magnífico! ¡Qué gusto! ¡Qué elegancia! ¡Sobre todo, 
el traje de divorcio es un poema! 

Alf. Supongo que no habrá usted olvidado ningún detalle 
para la famosa kermesse. 

Bar. Yo nunca olvido nada. 

Marq. Ni yo tampoco, ¿verdad? 

Alf. ¡Oh! ¡Usted nunca! 

Marq. Y eso que con tanta sociedad benéfica y tanta obra 
de caridad... ¡Apropósito! ¿No eres tú la tesorera de 
las huérfanas impecables? (a ciara.) 

Clara. Si tal. 

Marq. La semana próxima organizaremos para ellas una 
rifa. Ayer se decidió en junta, (a dios.) Es preciso 
comprometer á todo el mundo. Aquí tengo una lista 
con varios nombres... (Saca una.) ¡No! Estas son las 
niñas inocentes. Por cierto que van quedando pocas. 
(Saca otra.) Tampoco. Estas son las arrepentidas á 
tiempo. (Otra.) ¡Ah! Aquí la tengo. (Repasando.) «E 
Marqués de Bridiere.» Ya tiene papeletas. «El Viz¬ 
conde Lefevre, el Barón Clamorán, el Duque de Cas- 
teli...o ¿Conoces al Duque de Casteli? 

Clara. Un poco. 


— 43 — 


Marq. Eso basta. Firma esa circular. Yo se la enviaré. 
Clara. Con mucho gusto. (Lo hace.) 

Alf. (a Jorge.) ¿La hablaste? 

Jorge. Sí. 

Alf. ¿Y qué? 

Jorge. Que acepta la boda. 

Alf. ¡Bravo! 

Jorge. Pero dentro de seis meses. 

Alf. ¡Mejor! Esas cosas cuanto más tarde... (viendo el reloj.) 
¡Demonio! ¡Las siete menos cuarto! Dispense usted, 
Marquesa. ¿Y mi futura? 

Marq. Vuelve en seguida. 

Alf. Es que nos aguardan en el circulo. Debo presentar á 
Jorge. ¿Cree usted que tardará mucho? 

Marq. Fué en casa de su modista á probarse varios trajes. 
Alf. ¿En casa de.,.? Volveré mañana. 

Marq. ¡No! ¡Mañana, no! Berta va al Senado. Habla su 
padre. 

Alf. Entonces pasado mañana. 

Marq. ¡U otro día! 

Alf. Sin falta. Eso es. 

Bar. ¡Dios mío! 

Todos. ¿Qué? 

Bar. ¡He olvidado lo principal! ¡Enviar las invitaciones! 
Alf. ¡Friolera! 

Bar. ¡Y el baile es esta noche! Acompáñenme ustedes. 
Marq. ¡Si, sí! ¡Trabajaremos todos! Usted al teléfono, usted 
al telégrafo... ¿Hay algo más rápido? 

Bar. ¡Vamos, señores! En casa tengo la lista de los con¬ 
vidados. 

Todos. ¡Sí, sí! ¡Corramos! ¡Corramos! 

Marq. ¡Yo no sé dónde algunas mujeres tienen la eabeza! 


FIN DEL ACTO SEGUNDO 






ACTO TERCERO 


Invernadero profusamente iluminado. Gran escalera al fondo con doblo 
tramo á derecha ó izquierda que conduce á una ancha meseta. En el 
fondo de la meseta una puerta. Velador á la izquierda sobre la escena. 


ESCENA PRIMERA 

RIVOLET, ARTURO , JORGE 

Todos los hombres vestirán frac encarnado. Todas las señoras trajes 
de arlequines. Arturo, dormido en una butaca á la derecha. 

Riv. ¡Animadísimo! No puede pedirse más. 

Jorge. Yo estoy aturdido. En el salón es imposible dar un 
paso. 

Riv. ¡Qué lujo, eh! 

Jorge. ¡Y qué elegancia! 

Riv. Como que aquí se dió cita esta noche todo lo que Pa¬ 
rís encierra de crema. 

Jorge. Por allí viene Alfredo. (Por la izquierda.) 

Riv. (Mirando.) ¡María Santísima! 

Jorge. ¿Qué? 

Riv. Le acompaña Mirandol. ¡El de la vuelta al mundo! 




— 46 — 


ESCENA II 

DICHOS, ALFREDO y MIRANDOL 

Mirand. Figúrese usted, amigo mío, que aquella mañana lle¬ 
gué á Pekín. Voy á decir á usted lo que es Pekín... 
Alf. ¡Nol Dispense esied. Estoy muy cansado y... 

Mirand. ¡Hola! ¿Ustedes por aquí? 

Alf. ¿Y la Baronesa? La estoy buscando hace una hora. 

¿No la han visto ustedes? 

Jorge. Debe hallarse en el salón. 

Alf. ¡Hay que preparar tantas cosas!... Voy á ver si doy 

COn ella. (Vase por el foro de la derecha.) 

ESCENA III 

DICHOS, menos ALbREDO 

Mirand. ¿Cómo tan solitarios? 

Riv. Hace mucho calor allí dentro. 

Mirand. ¡Rali! ¿Qué importa? Nunca hará tanto como en la 
China. 

Riv. (Ya empezamos.) 

Mirand. Figúrese usted, amigo mío, una temperatura de cin¬ 
cuenta y seis grados. Aquella mañana llegué á Pekín. 
Voy á decir á usted lo que es Pekín. 

Riv. Dispense usted. Luégo. Necesito respirar un poco. 

(Vaso.) 

Mirand. Bien, bien... Como usted guste, (a Jorge.) ¡Qué país 
aquel tan admirable! 

Jorge. (¿Habrá venido Clara?) 

Mirand. El cielo es más azul y la tierrf.es más verde. Aque¬ 
lla mañana llegué á Pekín. 

Jorge. (¡No puedo reprimir mi impaciencia!) Con permiso de 
USted, Vuelvo al salón... (Vaso por la izquierda.) 

MlRAND. (Mira á un lado y á otro, y ve á Arturo que sigue durmiendo. 


— 47 — 


Entonces se acerca á él.) (Allí hay otro.) Aquella maña¬ 
na llegué á Pekín. Voy á decirle á usted lo que es 

Pekín. (Reparando quo Arturo no se mueve.) (¡Este me es— 
cucha! ¡Qué rareza!) (Se sienta á su lado.) ¡El sol lucía 
radiente! ¡Las palmeras esparcían su bienhechora 
sombra! Yo llevaba un traje de dril. Entro en Pekín y 
tropiezo á los cuatro pasos con una girafa. ¡Qué ojos 
aquellos! ¡Con cuánta dulzura se fijaron en los míos! 
Me acerco, la acaricio y... ¿eh? ¿Qué dice usted? ¡Ca¬ 
ramba! ¡Si está durmiendo! (Moviéndole.) ¡Caballero! 
¡Caballero! 

Art. ¡No va más! ¿Quién es? ¿Qué hay? 

Mirand. La anécdota es interesante. Verá usted. Estamos en 
Pekín. Me acerco á la girafa... 

ART. (Levantándose y marchando al foro.) ¡No! ¡Despierto, no! 
¡Caracoles! 

Mirand. (¡Qué lástima! ¡Ahora que tengo tanta cuerda! ¡Dé 
usted la vuelta al mundo para esto! 

ESCENA IV 

DICHOS, LA BARONESA, EULALIA, ADRIANA, JULIO, 
ROSA y CLEMENTINA, por la izquierda. 

Bar. ¡Por aquí! Vengan ustedes. 

Mirand. ¡Oh! ¡Baronesa! ¡Señoras! 

Julio. ¡Qué calor! t 

Bar. ¿Ha visto usted á Alfredo? 

Mirand. Por ahí anda buscándola á usted. ¡Qué baile! ¡Oh, 
qué baile! 

Bar. Yo creo que hablará bien la prensa. 

Mirand. ¡Pues no ha de hablar! De estas cosas siempre habla 
bien. Recuerdo que en Australia... 

escena v 

DICHOS y ALFREDO 

Alf. ¡Gracias á Dios! Por fin la encuentro á usted, Baronesa! 


— 48 — 


Bar. 


Alf. 

Bar. 

Alf. 

Bar. 


Adr. 

Eul. 

Adr. 

Mirand. 

Todos. 

Mirand. 

Adr. 


Bar. 


Julio. 

Eul. 

Bar. 

Mirand. 


Jorge. 


Y yo buscándole á usted también. (Mirandoi habla con 
las otras señoras y con Jniio.) Estaba muy inquieta por 
mi cotillón. 

¡No hay cuidado! Voy á dirigirle como acostumbro. 
¿Se halla todo dispuesto? 

Ahora preguntaré. 

¿Y mi futura suegra? ¿No ha venido aún? 

Todavía no. Y prometió ser de las primeras. ¡Lo mis¬ 
mo que Clara! 

¿No han visto ustedes á Arturo? 

¿Tiene usted algo que decirle? 

Sí. De parte de mi marido. 

¿Arturo? Aquí lo tiene USted. (A la izquierda. Volvió á 
sentarse y á quedar dormido.) 

¡Já, já, já! 

Hecho un tronco. Ni un terremoto le despierta. 
(¿Dormir él? ¡Qué locura! Lo finge para pensar en 
mí.) (Acercándose á Arturo.) No se marche usted. Tene¬ 
mos que hablar. 

¡No interrumpamos tan profundo éxtasis! ¡Vaya! ¡Ven¬ 
gan ustedes! Me ayudarán á prepararlo todo para el . 
cotillón. Usted, Alfredo, averigüe si llegó la Marque-, 
sa. Volvemos aquí en seguida. 

(Dando el brazo á Eulalia.) Cuando USted gUSte. 

Vamos allá. 

Por este lado. Vengan UStedeS. (Vanso por la segunda de 

la derecha.) 

(Dando el brazo á Adriana y siguiendo á los otros.) Entro en. 

Pekín, y tropiezo á los cuatro pasos con una girafa. 


ESCENA VI 

ALFREDO; ARTURO, dormido; luego JORGE 

(Saliendo por la primera de la izquierda.) ¡EstO eS Una in¬ 
famia! ¡Una calumnia! ¡Ah! ¿Eres tú? 

¿Qué tienes? ¿Qué aire melodramático es ese? 


Alf. 


Jorge. Por lo visto, la murmuración forma también parte de 
esta fiesta. 

Alf. Esa asiste siempre á todas partes. Pero en fin, ex¬ 
plícate. 

Jorge. Hace poco se hablaba de Clara entre un grupo de jó¬ 
venes, y he sorprendido al pasar ciertas frases. 

Alf. ¿Jóvenes? ¿De qué sexo? ¿Del femenino? 

Jorge. Sí. 

Alf. ¿Qué decían? 

Jorge. ¡Qué sé yo! Que estaba arruinada. Que el Duque de 
Casteli andaba loco por ella. Que así lo asegura yo 
no sé qué modista de fama. ¡Ohl ¡En poco estuvo que 
me dejase llevar de mi furor! 

Alf. ¡Qué tontería! 

Jorge. Y al recordar cuanto nos refirió ayer el Duque. Cuan¬ 
to nos habló de aquella dama del gran mundo, á 
quien se proponía conquistar... 

Alf. ¡Calla! ¿Estás loco? ¡Tu prima es honrada! ¡Esa sos¬ 
pecha es indigna! 

Jorge. Sí, sí. Dices bien. Clara no puede envilecerse. 

Alf. ¡Maldito provinciano! ¡Siempre malicioso! ¡Bah, bah! 

No pensemos en eso. Aquí hemos venido á divertir¬ 
nos. A bailar, á reir. ¡Yo estoy loco de alegría! ¡Soy 
libre, Jorge! 

Jorge. ¿Eh? 

Alf. Libre como el pájaro. Julia lo sabe todo. 

Jorge. ¡Ah! T 

Alf. Fui esta tarde decidido á concluir de una vez. 

Jorge. ¡Gracias á Dios! 

Alf. ¡Qué escena aquella! Julia, tengo que hablarte. Alfre¬ 
do, yo también. Y cuando me preparaba á decirla: 
Julia, voy á casarme, se arroja á mis plantas y ex¬ 
clama: ¡Alfredo! ¡Me casol 

Jorge. ¿Ella? ¡Tiene gracial 

Alf. ¡Sí! ¡Ella! ¡Figúrate mi alegría! ¡Infame!—replico fu¬ 
rioso.—¿Conque te casas? ¡No me cierres el camino 
de la virtud! ¡Basta! ¡Yo no cierro nada! Si tu futuro 


Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Alf. 


Duque. 

Jorge, 

Alf. 


Duque. 

Jorge. 

Duque. 

Jorge. 

Duque. 

Jorge. 

Duque. 

Jorge. 

Duque. 

Jorge 

Duque 


es digno de tí, te perdono. ¡Oh! ¡Un joven encanta¬ 
dor! ¿En qué se ocupa? Es gurupié de un círculo aris¬ 
tocrático. ¡Ah! ¿Funcionario público? Corriente. Cᬠ
sate cuando quieras. 

¡Já, já, já! 

¡Uf! ¡Qué peso se me ha quitado!... 

Lo comprendo. 

Yaya, adiós. Corro á preparar mi cotillón. ¡Y luégo 
dicen que no trabajo!... 

ESCENA Vil 

DICHOS y EL DUQUE, por la izquierda. 

¡Señores! 

(¡El Duque!) 

Vuelvo en seguida. Estoy ocupadísimo. (Vase por el fo¬ 
ro de la izquierda.) 

ESCENA VIII 

JORGE y EL DUQUE 

¡Oh! ¡Cuánto celebro!... ¿Llega usted ahora? 

Hace un rato. 

¿Y qué tal? Estará usted encantado. 

Diga usted más bien sorprendido. 

Comprendo... Necesita usted irse acostumbrando 
poco á poco... pero de todos modos confesará usted 
que las francesas son divinas. 

¡En cuanto á eso!... 

Pues todavía falta en el baile la más bonita. 

¿De veras? ¡Ah! Ya caigo... Olvidaba que en su cora¬ 
zón de usted existe un amor... 

¡Verdadero! ¿A qué negarlo? 

Y... recibió usted buenas noticias? y ; 

Recibí una carta que alienta todas mis esperanzas. 


Jorge. ¿Una carta? 

Duque. Se acepta mi intervención, quedando agradecidos á 
mis servicios.,. ¡Soy dichoso, Jorge, muy dichoso! 
Jorge. ¡Una palabra, señor Duque! 

Duque. Diga usted. 

Jorge. Sería indiscreción preguntar á usted el nombre de 
esa mujer. 

Duque, ¡Oh, señor de Kerjoel! 

Jorge. Dispense usted. Es cierto. Usted no debe decirme... 
No tengo derecho alguno... ¡Pero la aventura me ad¬ 
mira de tal modo! ¡Es tan nueva para mi, tan extra¬ 
ña... que francamente... despierta mi curiosidad! 
Duque. En París no acostumbramos á publicar esas cosas... 
Jorge. Sí, sí. Vuelvo á suplicar á usted que me dispense. 
(¡Yo lo averiguaré todo, y si aquellas mujeres no min¬ 
tieron!)... ¡Adiós, señor Duque! (Vaso.) 

Duque. ¡Já, já, já! (¡Es un provincianote!) 

BSGKNA IX 

DICHOS, LA BARONESA, ADRIANA, EULALIA, JULIO, 
ROSA, MIRANDOL y CLEMENT1NA; luégo LA MARQUESA, 

BERTA y el MARQUÉS 

Bar. ¡Ea! Ya está todo corriente. ¡Ah! Duque, ¿usted aquí? 
Duque. Admirándolo todo 
Marq. (Dentro.) ¡Sígueme, Berta! 

Bar. La Marquesa... ¡Adelante! ¡Adelante! ¡Gracias á Dios! 
Creí que no venían ustedes. 

Marq. ¡No me hable usted, Baronesa! ¡No me hable ustedl 
Bar. ¿Qué ocurre? 

Marq. ¡Vengo furiosa! ¡Acaba de ocurrimos un lance! 

¿Creerá usted que mi cochero se distrae tanto como yo? 
Bar. ¿Eh? 

Marq. ¿A que no sabe usted dónde nos ha llevado? 

Bar. ¿Dónde? 

Marq. ¡A la Embajada de Inglaterra! 


Bar. ¿De veras? 

Marq. Había recepción diplomática... De pronto, nos pre¬ 
sentamos los cuatro en medio del salón. Nosotros y 
Clara... ¿Dónde se ha metido? 

Berta. En la sala de baile, mamá. 

Marq. Sí, eso es... ¡Pues nada! Figúrese usted el efecto que 
produciríamos entre aquellos ministros! 

Bekta. Vestidas de arlequines. 

Marq. El de Inglaterra abrió cada ojo como un candil. El de 
Portugal se puso los quevedos para ver mejor, y el 
agregado de la China se tiró al suelo, creyendo sin 
duda que éramos ídolos sagrados. 

Mar. Por fortuna me reconocieron y se explicó todo... 

(viondo salir á Rivoiot.) ¡Ahí Rivolet. ¿Es usted? ¡Ad¬ 
vierta usted que no lo saludo. 

Biv. Guerra sin tregua, ¿eh? 

Mar. Sin tregua. 

Riv. Ya le contesté á usted esta mañana en El Fígaro. 
¡Cuando pienso en su artículo de ayer!... ¡Pues no 
se atreve usted á decir que se considera honrado y 
dichoso estrechándome la mano! 

Mar. ¿Y qué? 

Riv. ¡Vamos! ¡Estréchemela usted! 

Mar. ¡Nunca, caballero! ¡Nunca! 

Riv. Bien. ¡Eso es otra cosa! (Le vuelve la espalda.) 

Julio. (Aparte á Rivolet.) Acabo de leer su artículo. ¡Bueno 

pone usted á mi principal! ¡Me alegro mucho! 

Bar. Señores, un wals. ¡Vamos al salón! (Música dentro.) 

Todos. Vamos. (Va nse todos menos Arturo y Mirandol.) 

Mirand. ¡Pero este demonio de hombre es un lirón! ¡Arturo! 
¡Arturo! 

Art. (Despertando.) ¡Carta! ¡Ah! ¿Es usted? 

Mirand. Esto ya es un letargo. 

Art. ¿En dónde nos hallamos? 

Mirand. En el baile de la Baronesa. 

Art. ¡Demonio! Por aquí debe andar Adriana. 

Mirand. ¿Quién es Adriana? 


— 53 — 


Art. Una romántica que se ha empeñado en que me sui¬ 
cide con ella. Y crea usted, que no tengo tiempo... 
¡Cáspita! i Aquí viene! 

ESCENA X 

DICHOS y ADRIANA; BERTA, por la izquierda. 

Adr. (¡El es!) ¡Mirandol! 

Mirand. Señora mía... 

Adr. Acompañe usted al salón á esta señorita. 

Mirand. Con mil amores. ¿Quiere usted valsar? 

Berta. jPues ya lo creo! ¿Pero de prisa, eh? 

Mirand. Ya verá usted (La ofrece el brazo.) cómo se valsa en 
China. ¿Conoce usted Pekín? 

Berta. No señor. 

Mirand. ¡Cuánto me alegro! Voy á decirle á usted lo que es 
Pekín. (Vanse por la izquierda ) 

4 \ 

ESCENA XI 

ARTURO y ADRIANA 

Adr. ¡Al fin estamos solos! 

Art. (Paciencia.) 

Adr. ¿Por qué no vino usted anoche? Le estuve esperando 
hasta las nueve. 

Art. ¿Para qué? 

Adr. Para morir juntos. 

Art. Ya me acuerdo. ¿Tiene usted mucho empeño en que 
muramos juntos? 

Adr. ¡Si tengo empeño! Usted me ama. 

Art. ¿Yo? 

Adr. Me lo dijo usted. 

Art. (Por qué dirá uno tonterías ) 

Adr. Yo le amo á usted también. ¡Pero soy honrada! 


54 


Art. (Más vale así.) 

Adr. ¿No es mucho mejor abandonar la vida en plena ju¬ 
ventud, que aguardar la época de los desencantos? 
¿Aguarda usted nunca el final de una obra en el 
teatro? 

Art. ¡Nunca! Me levanto cuando va á acabarse y me voy 
al foyer para ver salir las chicas. 

Adr. ¡Créame usted, Arturo! No es conveniente traspasar 
los límites de la felicidad. Cuando se llega á lo alto 
de la montaña no debe uno empeñarse en subir más. 
Art. ¡Y aunque se empeñe, no subel 

Adr. ¡Muramos juntos! Se lo suplico á usted. ¡Morir con 
quien se ama! ¡Está eso tan de moda! 

Art. Ya sé que esa clase de muerte se lleva mucho este 
invierno. 

Adr. Quiero morir como he vivido. ¡Oh, Arturo! ¡Usted es 
la única persona con quien yo moriré á gusto. 

Art. . Mil gracias por su amabilidad; pero esta noche no 
estoy de humor. 

Adr. Entonces, mañana. ¿Le parece á usted? 

Art. ¿Mañana? Tampoco... Estoy convidado á comer. 

Adr. ¡El viernes!... 

Art. Bueno. El viernes. 

Adr. ¿Le espero á usted? 

Art. ¡Pues ya lo creo! 

Adr. ¡Adiós! ¡Hasta el viernes! (v as e por la izquierda.) 

Art. Eso es. Y si tardo, váyase usted muriendo. Mañana 
tomo el tren y buenas noches, (vase por la derecha.) 

ESCENA XII 

ALFREDO; laégo BERTA y MIRANDOL, por la izquiorda. 
Alf. ¡Uf! ¡No puedo más! ¡Estoy molido! ¡Y tengo una sed 

horrible! (a un Criado que pasa con refrescos.) Oye... 
(Coge un helado.) Gracias... (El Criado va á marcharse.) 

No... Deja eso sobre el velador... Aguardo convida- 


— 55 — 


dos... (Deja la bandeja y sale.) Creo que el cotillón al¬ 
canzará gran éxito. He inventado una nueva figura 
llamada el Cambio. Todo consiste en darse la mano y 
subir hacia el fondo á marchas dobles. Una vez contra 
la pared ya no pueden subir más y caen aplastados. 
Hará gran efecto... 

Mirand. Los naturales de ese país tienen la costumbre singu¬ 
lar de pincharse las narices todos los sábados. 

Berta. Gracias, amigo mío. Con permiso de usted voy á 
descansar un rato. 

Mirand. Hasta luégo. (vase.) 

Berta. ¡Uf! ¡Al fin pude escapar! ¡^ues no quería contarme 
todo su viaje por la China! ¡Qué hombre tan pesado! 
¡Y mamá me aseguró que hallaríamos en el baile á 
mi futuro esposo! ¿A que tampoco nos encontramos? 

(Repara en Alfredo que no la vió, y que toma sus sorbetes, 


volviéndole la espalda.) ¡Calle! Aquel señor está to¬ 
mando algo... ¡Sí! ¡Sorbetes! ¡Y yo que tengo seca 
la garganta! (Alto.) ¡Caballero! 

Alf. (Volviéndose.) ¡Señorita! — 

Berta. Cuando usted termine... 

Alf ¡Oh! Dispense usted. No había reparado... (Acercando 

la bandeja.) Elija USted. 

Berta. (Es simpático.) 

Alf. (¡Qué chica tan guapa!) Me parece que la veo á usted 
por primera vez en casa de la Baronesa. 

Berta. ¡Ya lo creo! Como que no he venido nunca. 

Alf. Ya decía yo. 

Berta. Este es :ni primer baile (Se sienta en el centro de la es¬ 
cena.) 

Alf. ¿De veras? 

Berta. Y crea usted que me gusta mucho. 

Alf. Es magnífico. ¡Las flores, las luces, las mujeres!... 

Berta. Cierto. Hay mujeres guapísimas. Y las hay también 
un poco... un poco ajadas. ¡Sobre todo, las madres de 
familia!... 

Alf. Las madres de... ¿Cómo diablos las distingue usted? 


Berta. jToma! Porque sou las más ¿escotadas. 

Alf. ¡Já, já, já! ¡En efecto! 

Berta. Y las que llevan muchos brillantes. ¡Eso sí que viste 
bien! 

Alf. Dispense usted. Hay cuello, que sin ostentar ninguna 
joya viste mucho mejor. 

Berta. ¿A que lo dice usted por el mío? 

Ai.f, Cabal. 

Berta. Sin embargo: ¡crea usted que con un buen aderezo!... 
¡Lástima que las solteras no podamos llevarlos! Por 
fortuna me caso pronto. 

Alf. ¡Ah! ¿Se casa-usted? Y yo también. 

Berta. ¿Es posible? 

Alf. ¡Pero no para llevar brillantes!... 

BERTA. ¡Se comprende! (Se levanta. Alfredo deja el sorbete on el 
velador.) 

Alf. ¿Y con quién se casa usted? 

Berta. Con un hombre, como todos. ¿Y usted? 

Alf. Con una mujer, como todas. 

Berta. ¡Qué quiere usted! ¡Es preciso tomar estado! 

Alf. No hay más remedio. 

Berta. La sociedad lo dispone así. Yo no puedo modificar 
sus costumbres, (p asa á la derecha y so sienta.) 

Alf. Ni yo. tampoco. 

Berta. Crea usted que la boda no me seduce; pero en fin, 
complace á la familia. Ya sabe usted, que sólo se cría 
y educa á las jóvenes para deshacerse de ellas. 

Alf. Yerdad. 

Berta. El matrimonio es una'institución seria si se refle¬ 
xiona bien. 

Alf. Por eso no se debe reflexionar nunca. 

Berta. Al fin y al cabo es para toda la vida. 

Alf. Según. Existe el divorcio. 

Berta. Ya pasó de moda. 

Alf. Y tanto. Resulta cursi. (Se sienta á su lado.) 

Berta. Diga usted. ¿Cómo comprende usted el matrimonio? 

Alf. Diré á usted. Yo no lo comprendo. Lo acepto como 


Berta. 


Alf. 


Berta. 

Alf. 

Berta. 

Alf. 

Berta. 

Alf. 

Berta. 

Alf. 

Berta. 


Alf. 

Berta. 


Alf. 

Berta. 

Alf. 

Berta. 

Alf. 


una necesidad social. Después de haber vivido mucho, 
y de haber disfrutado bastante, debe el hombre pe¬ 
netrar en lo desconocido. Luégo eso da cierto tono. 
Una esposa viste muy bien. Es la figura decorativa 
del hogar. Verdad es que en el hogar no permanece 
uno mucho tiempo, pero lo tiene uno. A cierta edad 
es preciso el hogar. Los solteros le respetan mucho. 
Me gusta la idea. Sí señor. Yo creo, como usted, que 
el domicilio conyugal debe ser transitorio. No hay 
nada más ridiculo que un marido casero. 

No seré yo así. ¡Oh! Le juro á usted que estoy dici- 
dido á no cambiar mis costumbres. Continuaré como 
siempre, frecuentando el círculo. 

¡Bravo! 

Comeré fuera de casa cuando me parezca. 

Muy bien. 

Y me acostaré á la hora que me dé gana. 

¿Nunca más tarde? 

Nunca. 

¡Qué casualidad! Tenemos la misma opinión. Yo no 
quiero ni un tirano ni un esclavo. 

Le basta con un amigo. 

Con un conocido. Crea usted que si me caso, es, ante 
todo, por entrar y salir libremente. Por coquetear... 
sin malicia. 

Naturalmente. 

Una joven soltera está obligada á guardar cierta re¬ 
serva. Debe velar por su reputación. Pero una vez 
casada... 

Sólo debe velar por la reputación de su marido, y eso 
es menos grave. 

Verá usted cómo pienso arreglar mi vida de casada. 
Vamos á ver. 

Mi marido y yo estaremos juntos una hora todos los 
días. 

A menos que lo impida cualquier asunto impre¬ 
visto. 


- 58 - 


Berta. Eso es, Sólo le exigiré una cosa. Que me deje hacer 
cuanto ine dé gana. 

Alf. ¿Nada más? 

Berta. Nada más. 

Alf. jPero cómo concuerdan nuestros gustos! jCuánto de¬ 

searía que mi esposa pensase de ese modo! 

Berta. Si es una mujer distinguida, no puede pensar de otro. 
En verdad que será usted un marido muy simpático y 
agradable. 

Alf. ¡Y usted una mujer encantadora! (Berta se levanta y se 
dirige al centro. Alfredo la sigue. Pequeña Pausa.) ¿Cuándo 

se casa usted? 

Berta. Este mes. 

Alf. ¡Como yo! 

Berta. ¡Es curioso! 

Alf. Si pudiésemos celebrar las dos bodas el mismo día... 
Berta. ¡Ojalá! Deme usted otro sorbete, (se acercan al velador.) 
Alf. Tome usted. 

Berta. Brindo por su dicha futura. 

Alf. Y yo por la de usted. (Música dentro. Beben. Pausa.) 
Berta. ¡Por su esposa! 

Alf. ¡Por su marido! (Decididamente es hechicera.) 

Berta. (Decididamente es simpático.) 

ALF. (Desde aquí muy despacio y en tono más serio.) ¡Vea USted! 

Si me casase yo con una joven tan linda y amable 
como usted, creo que ño comería nunca fuera de casa. 
Berta. ¿De veras? Pues .. ¿A qué negarlo? Si mi esposo 
reuniese sus atractivos, creo que sería capáz de verle 
durante muchas horas. (¡Qué lastima!) 

Alf. (Suspirando ) (¡Qué lástima!) 

Berta, (saludando.) ¡Caballero! 

ALF. ¡Señorita! (Vaso Berta por la derecha. Cesa la música.) ¡Es 

divina! ¡Ideal! ¡Una así es la que me hacía falta! Ale¬ 
gre, franca y lista... ¡Bah, bah! Pensemos en el coti¬ 
llón. Si pienso en ella voy á concluir por enamorar¬ 
me. (v ase por la izquierda.) 


ESCENA XIII 

CLARA y JORGE, por ol foro do la izqniorda. 

Clara. ¡Vaya! Aquí estamos solos. ¿Qué deseabas? 

Jorge. Hablar contigo. En el salón no era posible. Estabas 
asediada por una turba de adoradores. 

Clara. ¡Y por eso me lanzaban tus ojos aquellas miradas te¬ 
rribles! ¿Sabes, primo, que va á costar mucho trabajo 
civilizarte? 

Jorge. ¡Bah! 

Clara. Sin duda echas de menos la poética soledad de la 
playa ¡Oh! Es muy bello el mar; pero muy peligro¬ 
so. Allí hay tempestades, escollos, naufragios... 

Jorge. Lo mismo que en París. También aquí se desencade¬ 
nan tempestades y apare* en terribles escollos. ¡Qué 
quieres! Aborrezco esta sociedad ligera y superficial, 
llena de egoísmo y de hipocresía, donde la mujer 
más honrada suele ser víctima de murmuraciones co¬ 
bardes. 

Clara. Dispensa, primo. La murmuración no puede empañar 
una conciencia pura. 

Jorge. Existen algunas, sin embargo, que se dejan vencer en 
ocasiones críticas ó desesperadas. 

Clara. No comprendo... 

Jorge. En angustiosos momentos, nunca falta un hombre 
rico, galante y discreto que las salve de la ruina, 
exigiendo en cambio favores vergonzosos. 

Clara. Una mujer así ni es buena ni es honrada. 

Jorge. Sin duda. Pero... ¿Conoces al Duque de Casteli? 

Clara. Le he visto varias veces. Un italiano muy simpático. 

Jorge. ¡Ah! ¿Muy simpático? 

Clara. Ni más ni menos que otros hombres á quienes veo en 
bailes y reuniones... 

Jorge. Y que se dedican á hacerte la corte. Como esos que 
ahora te rodeaban. 


— 60 — 


Clara. ¡Vamos! ¿Eres celoso? 

Jorge. ¿Y por qué no? 

Clara. ¡Mucho cuidado, primo! Es un defecto de muy mal 
gusto, sobre todo en París. 

Jorge. ¡Oh! ¡Sí, sí! Tienes razón. ¡Soy un loco! ¡Un‘ insen - 
sato! Desde hoy tendré en ti confianza ciega, porque 
eres la más leal, la más sincera y la más seductora de 
las mujeres. 

ESCENA XIV 

DICHOS y LA MARQUESA, por la izquierda. 

Marq. ¡Hola! ¡Hola! ¿Es así como cumple usted sus promesas, 
mi querido Jorge? 

Jorge, ¿Yo, Marquesa? 

Marq. Mi hija le aguarda á usted desde hace media hora. Le 
prometió usted bailar con ella. 

Jorge. ¡Es cierto! 

Marq. Pues corra usted, antes que su padre se la lleve «á 
casa. 

Jorge. ¿Cómo? ¿Va á llevársela? 

Marq. Sí señor. Dice que á las dos de la mañana un senador 
y una joven soltera deben hallarse en la cama. 

Jorge. Pues voy en seguida. 

Marq. ¡Ah! No le hable usted de la China, ¿sabe usted? 
Jorge. ¿De la China? 

Marq. Me lo dijo Berta. Recomiéndale que no me hable de 
la China. Usted sabrá... 

Jorge. Yo no sé nada, pero descuíde usted. No hablaremos 

de eSO. (Vase por la izquierda.) 

ESCENA XV 

LA MARQUESA y CLARA 

Marq. Nuestra rifa marcha admirablemente. 

Clara. ¿Qué rifa? 


— 61 — 


Marq. 


Clara. 

Marq. 


Clara. 

Marq. 

Clara. 

Marq. 


Dique. 

Clara. 


Duque. 

Clara. 

Duque. 

Clara. 

Duque. 

Clara. 


La de las huérfanas impecables. El Duque de Casteli 
se porta de un modo regio. En primer lugar, va á 
prestarnos el célebre cuadro de las Vendimiadoras. 
Lo expondremos en la calle de Hivoli, á cinco fran¬ 
cos la entrada. Además, nos regala una magnífica 
vagilla de Sevres, antiquísima y auténtica. Es la mis¬ 
ma que usaba Luis XIV, cuando comía con la Main- 
tenon ó con la Dubarry, no recuerdo cuál. 

Es lo mismo 

Acabo de hablar con el Duque. ¿Sabes que es uno de 
tus admiradores? ¡Como que me ha confesado que si 
se interesa tanto por la rifa, es porque tú le has es¬ 
crito! (viendo al Duque.) Aquí viene. Te dejo. Voy con 
la Baronesa, que me aguarda hace dos horas. ¡Ah! 
Da las gracias al Duque como tesorera de la asocia¬ 
ción. 

Bien, bien. Conozco mis deberes. 

Hasta luégo. ¿Dónde iba yo? 

A buscar á la Baronesa. 

Sí, si. ¡Cuando no tomo apuntes!... (v aso por la de¬ 
recha.) 

ESCENA XVI 

CLARA, EL DUQUE, , luégo JORGE 

s 

(¡Ella!) ¡Cuán feliz soy, bellísima Clara, en poder ha¬ 
blar con usted! 

También me complace mucho, amigo mío, aprove¬ 
char esta ocasión para dar á usted gracias por su ga¬ 
lantería. 

¿Cómo? Usted sabe... 

Todo lo que ha hecho usted por complacerme. 

¿Acaso podía yo ser insensible á su súplica? 

¿De veras? 

¡Supongo que habrá usted perdonado mi audacia! 
¿Su... audacia? ¿Qué audacia puede haber en intere¬ 
sarse á una obra de caridad? 


A 


— 62 — 


Duque. No hablemos de eso. Usted sabe que mi ambición es 
otra. ¿Conque no está usted enfadada? 

Clara. ¿Yo? 

Duque. ¿Ni la violenta confiarme sus secretos? 

Clara. ¿Mis secretos? ¿Pero de qué habla usted? ¿Qué se¬ 
cretos? ¡No comprendo! Cualquiera diría que usted 
me había hecho algún favor personal. 

Duque. »usto. ¿No se refería usted á eso hace un instante? 

Clara. ¿Yo? 

Duque. ¿Y en su carta de usted, no me autoriza para ha¬ 
blarle así? 

Clara. ¿Mi carta? Dirá usted la circular que dirigí á usted. 

Duque. No. Me refiero á su carta. 

Clara. ¡Tamos, señor Duque! Suplico á usted que se expli¬ 
que de una vez. 

Duque. Corriente. Yo supe su compromiso de usted. La necesi¬ 
dad en que se hallaba de aquellos sesenta mil francos. 

Clara. ¡Cielos! 

Duque. Y sólo después de recibir su carta... ¿No lo sabe us¬ 
ted? «Acepto todas las condiciones, sean las que 
fueren.» 

Clara. ¡Gran Dios! ¡Pero yo creí que esa carta era para un 
prestamista... para un usurero cualquiera! ¡Y usted 
tuvo la osadía!... ¡Ahora comprendo! Esas mujeres... 
Ese mercado indigno de que me hablaba Jorge... 
¡Pero haber supuesto de mí semejante infamia, es un 
ultraje! 

Duque. ¡Señora!... 

Clara. ¡Sí! ¡Un ultraje! Conducirse de tal modo, es indigno 
de un hombre de corazón. Nunca hubiera usted osado 
tanto, si yo no estuviese sola en el mundo... Si tu¬ 
viera alguien que me defendiese. < x Jorge aparece.) 

Duque. Kefiexione usted, Clara, que no soy tan culpable como 
aparezco. A mí me remitieron esa carta firmada por 
usted. Yo debí creerme autorizado... 

Jorge. ¡Falso! Esta señora no le ha escrito á usted. ¡Usted 
miente! 


— 63 


Clara. ¡Jorge! 

Duque. Una palabra. ¿Con qué derecho se mezcla usted en 
este asunto? 

Jorge. Con el derecho que tiene todo hombre honrado para 
castigar la infamia y la vileza. Además, esta señora 
es mi prima. 

Duque. Está bien... Usted me explicará sus palabras. 

Jorge. Cuando usted guste. 

Duque. Hasta mañana, (vase por la izquierda.) 

Clara. Sí, Jorge, dices bien. París ofrece escollos y peligros 
que una mujer honrada debe evitar. 

ESCUNA XVII 

DICHOS y ALFREDO 

Alf. ¿Qué hacen ustedes? Ya á empezar el ensayo del baile. 

Clara. ¡Vamos! 

Jorge. Como quieras. (Vanse.) 

Alf. (a dos Criados, quo salen.) ¡Pronto! Llevarse ese velador. 

Retirar esos muebles. (Los Criados obedecen. Alfredo s* 
marcha. Empieza la música.) 

ESCENA XVIII 


Todos los personajes salen por la puerta del fondo, la que se halla sobro 
la meseta de la escalera, y bajan por loa tramos de la derecha y de la 
izquierda, en parejas y cogidos de la mano. Una vez abajo, bailan un 
minué y despuéa una farandola. 

BaR. (Después de terminado el baile.) ¡SeñOTOS, al buffet. (Todos 
se precipitan por las oscaleras.) LstO S6rá siempre ol pi’in» 

cipio y el fin de todos los siglos. 


FIN DEL ACTO TERCERO 









’% • 



1 








V 






ACTO CUARTO 



Saloncito en el hotel de Jorge. 


ESCENA PRIMERA 

JORGE; luégo ALFREDO 7 RIVOLET 


Jorge aparece sentado cerca de la mesa acabando de escribir ana carta. 

Jorge. (Escribiendo.) «Reflexiona que no puedes rehusar. Yo 
era tu prometido.» ¡Tu prometido! 

Alf. No te molestes, soy yo. Pero sí. Moléstate: me acom¬ 
paña Rivolet, que viene á ponerse á tus órdenes. 

Jorge. Agradezco á usted sinceramente esta prueba de amis¬ 
tad. 

Riv. No hay de qué. Esta clase de servicios los hacemos 
todos. 

Alf. Me encargaste buscar un segundo testigo, y en se¬ 
guida pensé en Rivolet. Es un hombre serio... fuera 
de la política. ¿Conque te bates? 

Jorge. Sí. 

Alf. ¿Con el duque de Casteli? 

, t orge. Con el Duque de Casteli.| 





— 66 — 


Alf. ¡Diablo de idea! ¡En fin! Tal vez en el fondo lleves 
razón. De todos modos, te hacía falta un duelo. Este 
te pondrá en evidencia. Pero fuiste á elegir un día 
ocupadísimo para mí. 

Jorge. ¿De veras? ¡Pobre Alfredo! 

Alf. Mi boda por un lado, el círculo por otro... Gomo soy 
vicepresidente, y el presidente siempre anda de caza, 
me lo cuelgan todo. La revisión de cuentas Los mode¬ 
los para el menú; el examen de barajas... Mira: aquí 
tengo varias que acaban de darme. (Las echa sobro la 
mesa.) ¡ Cuando digo que me falta tiempo!... Pero ha¬ 
blemos del duelo: apenas si pudimos cambiar anoche 
dos palabras. 

Jorge. ¿Qué quieres que te diga? Nos batimos, y nada más. 

Alf. ¿1 or qué? ¿Habrá alguna razón? 

Jorge. Sin duda. Pero no puedo revelarla. 

Alf. ¿Cómo? 

Jorge. Me parece que estoy en mi derecho. 

Alf. ¡Según! 

Riv. No es esta la costumbre. 

Jorge. Por lo cual, le agradezco á usted doblemente el sacri¬ 
ficio. Alfredo y yo somos antiguos amigos y dispongo 
de su voluntad. Me conoce lo bastante para exigirme 
explicaciones. Usted apenas me trata y puede hacerlo. 
Por eso le ruego que me permita ocultar las causas 
del desafío. 

Riv. Como usted guste. Y supuesto que en este caso el fa¬ 
vor es doble, yo estoy doblemente satisfecho de ha¬ 
cerle. 

Alf. ¡Oh! Para aspirar á diputado se expresa muy bien. 

Jorge. El Duque... puedo asegurarlo, obrará en este asunto 
como yo. 

Alf. Bien. Hablemos de las condiciones. 

Jorge. Las acepto todas, sean las que fueren. 

Alf. Entonces no hay nada más sencillo. ¿Quiénes son los 
padrinos del Duque? 

Jorge. Lo ignoro. Deben venir á la una. 


— 67 — 


Riv. Y son las doce y media. 

Alf. ¿Qué armas prefieres? 

Jorge. Ninguna. 

Alf. ¿Manejas la espada? 

Jorge. Un poco. 

Riv. ¿Y la pistola? 

Jorge. jPchs! Un poco también. 

Alf. ¡Demonio, demonio! ¡Y el Duque es de primera fuerza. 

Jorge. No importa. Lo único que le suplico á ustedes es la 
brevedad. Desearía terminar cuanto antes. 

Alf. Descuida. El Duque deseará lo mismo. Díme. ¿Podríais 
batiros por aquí? 

Riv. Tengo un amigo á dos pasos, dueño de un jardín, 
que ni pintado. 

Jorge. Arréglenlo ustedes todo á su gusto. 

Alf. ¿Tienes aquí armas? 

Jorge. Sí. 

Alf. Corriente. Vamos á reconocer ese jardín y en se¬ 
guida volvemos. 

Jorge. Entonces, hasta luégo. 

Riv. Hasta luégo. 

ALF. ¡Qué día tan ocupado! (Vanse por la segunda de la de¬ 
recha.) 


ESCENA II 

JORGE 

I 

Se sienta, y cierra la carta con lacre. 

Si sucumbo en el lance, moriré al menos con la con¬ 
ciencia tranquila. (Un Criado sale con una bandeja y en ella 
una tarjeta. Viéndola.) ¡La Marquesa! ¿A qué vendrá? 
Que pase. (Vase el Criado.) 


— 68 — 


ESCENA IÍI 

JORGE y LA MARQUESA, por oí foro. 

Marq. Si molesto volveré en otra ocasión. 

Jorge. Usted no molesta nunca, Marquesa. 

Marq. ¡Galla! ¡Jorge! ¿Usted aquí? 

Jorge. Naturalmente. 

Marq. ¿Conoce usted á la familia? 

Jorge. ¿A qué familia? 

Marq. A la... ¿Pero dónde estoy yo? 

Jorge. En mi casa, señora. 

Marq. ¿En su casa de usted? ¡Si yo no venía á su casa de 

usted! Mi cochero se ha equivocado, ó tal vez me 

equivocase yo... ó los dos á un tiempo. 

Jorge. ¡Tiene gracia! 

Marq. ¡Sin duda! Vine á Passy con objeto de visitar á varios 
amigos en nombre de mis pobres. Yo di al íochero 
unas señas, y... En fin, celebro en el alma la equivo¬ 
cación. Así prestará usted también su óbolo. Se trata 
de las arrepentidas á tiempo Hoy es día de cuesta¬ 
ción. Dé usted lo que quiera. 

Jorge. Con mucho gusto. (Saca on bulóte.) 

Marq. ¡Cien francos! ¡Cómo se conoce que es usted ricol 

Jorge. ¡Bahl 

Marq. Y ahora que recuerdo. ¿Qué hizo usted anoche? 

Jorge. ¿Anoche? 

Marq. Ni usted ni Clara permanecieron en el baile. 

Jorge, En efecto. Nos marchamos temprano. Yo acompañé á 
mi prima. Se sintió algo molesta 

Marq. ¡Ya! ¡Molesta! ¡Qué demonio! 

Jorge. Puede usted creerlo. 

Marq. ¡Lo creo! ¿Jaqueca sin duda? 

Jorge. ¡Eso es! Jaqueca. 

Marq. ¡Hubo muchas en el baile! También el Duque de Cas- 
teli se sintió de repente acometido de la misma en¬ 
fermedad. 


Jorge. ¿Eli? 

Marq. Y desapareció como ustedes, á lo mejor. 

Jorge. ¿Sí? 

Marq. ¡Las jaquecas son atrocesl (Este no se descubre.) ¿Qué 
tiene usted? 

Jorge. ¿Yo? Nada. 

Marq. Parece usted preocupado, inquieto... 

Jorge. No tal. 

Marq. ¿Jaqueca también? Deben andar por la atmósfera. Lo 
mejor es tomar el aire. ¿Quiere usted acompañarme? 
Haremos juntos la cuestación. 

Jorge. Lo deploro en el alma; pero no puedo salir, Mar¬ 
quesa. 

Marq. (Se bate hoy.) Hace usted mal. El día es magnífico. 
Por eso le hemos aprovechado para girar nuestras 
visitas domiciliarias La Baronesa y mi hija salieron 
también con tal objeto. Hemos convenido en reunir¬ 
nos aquí... No en su casa de usted. En el pueblo. 
¿Conque decididamente rehúsa usted acompañarme? 

Jorge. Le juro á usted, señora, que un asunto de sumo inte¬ 
rés me obliga á permanecer en casa. 

Marq. Bien, bien. No insisto. Otra vez será. Le dejo á usted. 
¡Ahí ¡Y Alfredo! ¿Le ha visto usted hoy? 

Jorge. Hace un momento estuvo aquí. 

Marq. (Mi yerno es el padrino.) ¿Creerá usted que todavía 
ni Alfredo ni mi hija se conocen? ¡Yo creo que no se 
van á ver ni aun después de casados! ¡Vaya, adiós! Y 
cuíde usted mucho esa jaqueca. (Corro en casa de 
Clara. Es preciso impedir el lance.) ¡Ah! Mil gracias 
por las arrepentidas. 

Jorge. Adiós, Marquesa. 

Marq. Adiós. (En media hora estamos aquí. Hay que hacer 
esta otra obra de caridad.) (Vaso por el foro.) 


— 70 — 

ESCENA IV 

* 

JORGE; íuógo un CRIADO, ARTURO y MIRANDOL 

Jorge. Por lo visto se comentó en el baile nuestra repentina 
ausencia. ¡Es preciso terminar pronto! ¡El honor de 
Clara, ante todo! 

Criado. Dos caballeros preguntan si pueden pasar. 

Jorge. (Los padrinos del Duque.) Sí, sí. Que pasen. 

ART. y MlRAND. (Salen con gran ceremonia. ) ¡Caballero! 

Jorge. ¡Señores! Mis amigos vienen en seguida. Tengan us¬ 
tedes la bondad de sentarse. 

* 

Mirand. y Art. ¡Gracias! 

Jorge. ¡Señores! 

MlRAND. y Art. ¡Caballero! (Vase Jorge por la izquierda.) 

ESCENA V 

ARTURO S MIRANDOL 

Mirand. ¿Quiénes serán esos amigos? 

Art. Lo ignoro. ¿Pero qué importa? 
ívjirand. Según. De los padrinos depende todo. 

Art. ¡Y yo que me acosté á las siete de la mañana! 

Mirand. Eso es muy sano. En el Indostán se acuesta todo el 
mundo á esa hora. 

Art. ¡Y dale! Ya sabe usted que hemos convenido en no 
hablar de su viaje. 

Mirand. Entonces voy á estar callado todo el día. 

Art. ¡Mejor! En boca cerrada no entran moscas. 

Mirand. ¡Para moscas la India inglesa! 

Art. ¡Mirandol! 

Mirand. ¡Ah! ¡Sí! Dispense usted. 

ESCENA VI 

DICHOS, ALFREDO y RIVOLET 
¡Calle! 


Alf. 


— 71 — 


% 


Art. ¡Alfredo! 

Mirand. ¡Rivolet! 

Riv. ¡Mirandol! 

ALF. y RlV. (Poniéndose muy soi-ios y saludando.) ¡SetlOrGS!... 

Art. y Mirand. (idom ) ¡Señores!... 

Art. Nuestro amigo, el Duque de Casteli, nos ha encarga¬ 
do de cierta misión... 

Alf. lin efecto. Nosotros representamos á nuestro amigo 

Jorge de Kerjoel, que acepta de antemano cuantas 
condiciones se exijan. 

Mirand. Según eso, el señor de Kerjoel reconoce que somos 
los ofendiilos. 

Alf. Si eso es una condición, lo reconoce. 

Art. Bien, bien. Dejemos nuestra seriedad. Está usted más 
grave que un ministro. 

Mirand. No hable usted mal de los ministros, porque no sabe¬ 
mos dónde puede uno ir á parar. Supongo que de 
ninguna manera trataremos de arreglar el asunto. 

Riv. ¡Eso nunca! 

Mirand Lo digo porque ya he sido padrino en tres desafíos 
que se arreglaron amigablemente, y eso me carga. 
Luégo se burlan de uno. 

Alf. No tema usted. Guando existe para el duelo un moti¬ 
vo tan grave como el de ahora, no hay arreglo po¬ 
sible. 

Art. ¡Oh! ¡Gravísimo! 

Mirand. Sí señor. ¡Gravísimo! 

Alf. ¿Luego sabe usted la causa del duelo? 

Mirand. ¡Yo! No señor. ¿Y usted? 

Alf. ¡Tampoco! 

Art. Y nosotros que esperábamos saberla por ustedes. 

Riv. Eso precisamente esperábamos nosotros. Saberla por 

ustedes. 

Mirand. El Duque no quiso decirnos ni una palabra. 

Alf. Ni Jome se explicó con franqueza. 

Mirand. ¡La cosa no puede ser más grave! 

Alf. Bueno. Arreglemos las condiciones. 


72 


Art. xWuy sencillo. Se batirán á sable. 

Mirand. No. Dispense usted. A espada. 

Art. ¿Eh? 

Mirand. Con el sable pueden salir ilesos, y luégo se burlan 
de uno. 

Art. Sin embargo... 

Mirand. ¡Nada, nada! Ya que soy padrino por cuarta vez, que 
no me vengan con bromitas. 

Art. Corriente. Elegimos la espada. 

Mirand. Con buena punta. 

Alf. ¡Vaya por la espada! 

Riv Entonces, lo único que debemos hacer es levantar el 
acta. 

Art. ¿Qué acta? 

Riv. El acta del desafío. Nosotros la firmamos y esto nos 
pone en evidencia. 

Alf. Justo. Se publica en todos los periódicos. 

Mirand. Apropósito: encargue usted á su futuro suegro, el 
propietario de La Veleta Parlamentaria, que la 
mande insertar en sitio visible. La última vez me 
plantaron en la cuarta plana, debajo del jabón de los 
príncipes del Congo! 

Todos. ¡Oh! 

Alf. No tema usted. Como yerno, tengo derecho al ar¬ 
tículo de fondo. ¿Pero cómo diablo vamos á redactar 
ese documento? Lo primero que debemos hacer cons¬ 
tar es la causa del desafío. 

Mirand. Que es lo primero que ignoramos... 

Riv. ¡Pues es verdad! 

Art. Ahora recuerdo que hace dos años fui padrino en un 
lance parecido á éste. Dos amigos del círculo dispu¬ 
taron sobre una cuestión del juego. Ellos no querían 
que le familia se enterase del motivo, y en el acta no 
se mencionó. Es un precedente. 

Alf. ¡Justo! Me acuerdo también. Fueron Bibaret y Ca- 
rapouló. 

Riv. ¿Carapouló? ¿Aquel chico rumano? 


\ 


— 73 — 


Alf. Cabal. Que tenía mala fama... como jugador... Pero 
era tan gracioso, que todo el mundo le apreciaba. 

Art. En aquella cuestión la culpa fué suya. 

Alf, No. Dispense usted, fué del otro. Yo juzgué el asunto, 

como vicepresidente, y me acuerdo muy bien. 

Art. ¿Sí? 

Alf. Verá usted. (Se acerca á la mesa y coge una baraja. Todos 
le rodean.) Era al bacarrat. Bibaret tallaba. «¡Cinco 
lu ises.» Y da cartas. (Reparte las cartas como al bacarrat. 
Los otros las recogen.) 

Art. ¡Eso es! 

Mirand. Muy bien. 

Riv. Adelante. 

Alf. «¡Nueve!» Exclama Bibaret... (Mira su carta.) ¡Hombre! 

¡Qué casualidad! Yo también tengo nueve. (Mos¬ 
trándola.) 

Mirand. ¡Es verdad! 

Alf. «¡Tallo diez luises!»—grita Carapouló. 

ART, (Sacando un billete y echándolo eu la mesa.) jBanCa! 

Alf. No hay inconveniente. (s« sienta y se dispone á jugar.) 

Mirand. (Sacando otra billete.) Caen doce francos. 

ALF. No va más. (Da carta y vuelve la suya.) ¡Ocho! 

Art. ¡Siete! 

ALF. (Guardándose el dinero.) Hagan juego. (Todos apuntan.) 
¿Está hecho? No va más. (El mismo juego.) ¡Siete! 

Art. ¡Seis! ¡Siempre lo mismo! ¡En ninguna parte acierto 

nunca! 

Alf. ¡Juegol 

Art. Cien francos, bajo palabra. 

Mirand. Diez á este paño. 

Alf. ¿Bajo palabra también?... ¡Señores, señores! Nos olvi¬ 
damos del gravísimo asunto que estamos discutien¬ 
do. (Levantándose y recogiendo el dinero.) 

Mirand. ¡Sí, sí! Basta de bromas. 

ALF. ¡ESO es! Basta de bromas. (Guardándose el dinero.) 

Art. (¡Pues en broma en broma, me han dejado sin un 
céntimo!) 


Alf. Decíamos, señores, que en el acta no debe expresarse 
el motivo del duelo. 

Mirand. Eso es. Se balen... porque se baten, y se acabó. Es¬ 
tilo africano... Voy á decir á ustedes lo que se hace 
en Africa. 

Art. ¡Mirandol! 

Mirand. ¡Es verdad! No digo nada. ¡Ah, si! (Á Alfredo.) Reco¬ 
miende usted á su suegro que imprima mi nombre en 
letras gordas. Y que no se equivoquen, por Dios, La 
última vez pusieron en lugar de Mirandol, Mifarol... 

Alf. Descuíde usted. 

Riv. Creo que todo está, arreglado. 

Alf. Y muy seriamente. Como conviene en tales casos. 

Sólo falta fijar la hora. 

Art. En este instante. El Duque sale esta noche para Italia 
y no puede perder tiempo. 

Mirand. ¿Dónde nos batimos? 

Riv. A dos pasos. Hay un jardín apropósito. 

Mirand. Y en mi coche tenemos armas. 

Alf. Pues vayan ustedes por el Duque. Nosotros bajaremos 
en seguida con Jorge. 

Art. Andando. 

Mirand. (a Alfredo.) ¡Letras gordas, no lo olvide usted! (Muy 
serios y saludándose.) ¡Señores!... 

ART. (Á Rivolot.) ¡Señores! ,. (Vanso por la segunda déla derecha.) 

ESCENA Vil 

ALFREDO j RIVOLET; luego JORGE 

Alf. Creo que no hemos podido hacer más. Jorge puede 
estar satisfecho. (Llamando.) ¡Jorge! 

Jorge. ¿Qué hay? 

Alf. Asunto terminado. Te bates ahora mismo... Armas, 
la espada. 

Jorge. Gracias. 

Alf. Nada de temblar, ¿eh? 


Jorge. Ya ves que estoy tranquilo. 

Alf. ¡Bravísimo! 

Jorge. (Toca ei timbre. Sa’e un Criado.) Lleva esta carta donde 
indica el sobre. (Le da la que escribió.) Guando gustes... 

Riv. Vamos allá. 

Alf. Serenidad, vista segura y á fondo como un rayo. 

(Este lance va á honrarnos mucho.) 

Jorge. Saldremos por la escalera de servicio. Así evitamos 

tropezar COn Cualquier indiscreto. (Vanse por la segunda 
de la derecha.) 

ESCENA VIH 

EL CRIADO; iud S o CLARA y LA MARQUESA 

Criado. Por las señas, mi amo va á romperse la crisma con 
alguno. ¡Cómo me gustaría presenciar Ja batalla! Yo 
gozo mucho cuando veo matarse á dos hombres. Es 
mi carácter. 

Clara. ¡Jorge! ¿Dónde está Jorge? 

Criado. El señorito acaba de salir. 

Marq. Hemos llegado tarde. 

Clara. ¿Salió solo? 

Criado. No tal. Con otros dos señores. Pero antes de mar¬ 
charse me entregó esta carta para usted. Ahora pen¬ 
saba llevarla á SU Casa. (Dándosela.) 

Clara. ¿Una carta? 

Marq. Bueno... Gracias. Márchese usted. Nosotras esperamos 
el regreso del señorito. 

Criado. (No hay desafío sin mujeres. ¿Cuál de las dos será la 
vitima ?) (v ase.) 

ESCENA IX 

CLARA y LA MARQUESA 

Clara. Ya lo ves. Jorge salió á batirse. Nada logramos im¬ 
pedir. 

Marq. Cuestión de cinco minutos. Siempre que debe uno 


llegar antes, llega después. Lo vengo observando. Y 
eso que mi coche fué como un relámpago á tu casa. 

Clara. ¡Y yo tan necia que juzgaba el asunto terminado! 
Jorge me aseguró que no se batiría, por evitar el 
escándalo consiguiente. 

Marq. Los hombres que se baten/ son precisamente los que 
aseguran lo contrario. Desconfía del que quiere ba¬ 
tirse á todas horas... Pero en fin: abre esa carta. Tal 
vez estemos en un error. 

Clara. Sí, sí... (Abre y lee.) «Clara: voy á batirme...» 

Marq. ¿Lo ves? 

Clara. «Y aunque parezca pueril y ridículo abrigar temores 
inciertos, ¡sólo Dios sabe cuál será el resultado de 
este desafío!» 

Marq. ¡Toma! Salir lisiado cualquiera. Es natural. 

Clara. «Por lo mismo quiero comunicarte las resoluciones 
que he tomado, y que te interesan. Conste ante todo 
que nada debes al Duque de Casteli. Esta mañana 
recibió de tu parte , la suma que tuvo la osadía de 
pagar por tí.» 

Maro. Eso es muy noble. Yo hubiera hecho lo mismo... s 1 
hubiese tenido dinero. 

Clm í . «Prima mía: sé que tus apuros son hoy muy grandes.» 

Marq. Es verdad. Estamos en esa época. 

Clara «Yo soy rico... Permíteme que te ofrezca esta fortuna 
tan necesaria para la vida que has emprendido, y que 
acaricias tanto... No tienes ningún derecho á rehusar 
mi oferta. Yo era tu futuro esposo.» ¡Dios mío! 

Marq. ¡Alma sencilla y desinteresada! 

Clara. ¡Y yo rechacé su apoyo, su confianza, su amor! ¡Y 
yo... loca de mí, tuve la pretensión de creer que 
podía arrostrar sin peligro alguno esta vida frívola, 
ligera, indigna de una mujer honrada! 

Marq. ¡Vamos! No llores de ese modo. 

Clara. Sí, sí... He sido culpable... Quise agradar por mi 
belleza, por mi coquetería, sin temer los peligros de 
una sociedad egoísta y maliciosa. 


— 11 — 


Marq. ¡Y tanlo! Yo no sé por qué razón queremos vivir en 
sociedad. Si una sonríe, *>s coqueta; si no sonríe, 
orgullosa; si habla, entrometida; si calla, hipócrita. 
Quiere agradar y resulta ligera. Se empeña en pasar 
desapercibida y aparece uraña y ridicula. Pero señor. 
¿Cómo hemos de ser? ¿Qué quieren los hombres? 
Nada, nada. Hay que desengañarse. Cerraremos las 
tertulias y los salones, y que no haya más que una 
sociedad. La sociedad vinícola. Esta por lo menos 
fortalece y conforta. 

Clara. Pero en fin; hagamos algo. Deben batirse en este 
instante. 

Marq. ¿Si supiéramos dónde? ¡Pero vaya usted á adivinar! 

Clara. ¿Dónde suelen batirse los hombres? Dicen que en el 
bosque. ¡Vamos allá! 

Marq. No, hija. Eso era antes. Ahora los desafíos se verifi¬ 
can bajo techado. Y dentro de poco irán á batirse á 
la cama. 

Clíra. No importa. Salgamos de aquí. Tal vez la casualidad 
nos conduzca á su lado. ¿No ves que me devora la 
impaciencia? jSi ese duelo le fuese fatal! jY ha sido 
por mí! ¡Por mil 

ESCENA X 

DICHOS y JORGE; íuógo MIRANDOL, ALFREDO y R1VOLET 

Jorge. ¡Clara! 

CLARA. ¡Ah! (Corriendo hacia él.) 

Marq. ¿Está usted herido? 

Jorge. Sano y salvo. 

Marq. ¡Vamos! El herido fué el Duque. 

Jorge. Tampoco. 

Marq. ¿Pues quién ha sido entonces? 

MlRAND. (Con un brazo sostenido por un pañuelo ) ¡He sido yo, 

señoral 

Marq. t Clara. ¿Usted? 


Alf. ¡Vamos, ánimo! ¡Eso^io es nada! ¡Uñ rasguño! 

Mirand. ¿Rasguño? ¡Y penetró hasta el hueso! 

Marq. ¿Pero se batió usted también? 

Mirand. ¡Quiá! ¡No señor! Salí herido sin batirme. Lo más fin 
de siglo que puede usted imaginarse. 

Alf. Figúrense ustedes que Jorge y el Duque se pusieron 
en guardia. Cruzan las espadas y se acometen con 
ciega furia. 

Mirand, Yo estaba cerca de mi apadrinado, dispuesto á inter¬ 
ponerme entre los combatientes en cuanto hubiera 
sido preciso. 

Alf. Cabal. Pero Jorge da un salto á la derecha y queda 
casualmente detrás de Mirandol. El Duque se tira á 
fondo en aquel momento... 

Mirand. ¡Y recibo yo el pinchazo! 

Todos. ¡Já, já, já! 

Mirand. ¿Se ríen ustedes? Pues maldita la gracia que tiene 
esto. Y después de todo, si hubieran seguido batién¬ 
dose, en fin... menos mal. ¡Pues no señor! Los padri¬ 
nos se opusieron. 

Alf. ¡Naturalmente! El duelo era á primera sangre. 

Riv. ¡Y el honor estaba satisfecho! 

Mirand. ¡Sí! ¡Pero yo no debía sangrar, sino ellos! 

Alf. ¡Qué quiere usted! 

Mirand. ¡Y pensar que yo mismo elegí la espada con mucha 
punta!... ¡Uf! ¡Qué modo de escocer! 

Riv. Eso se cura en cualquier farmacia. 

Mirand. Acompáñenme ustedes. Voy á meterme en la cama 
ahora mismo. 

Alf. Con mucho gusto. 

Mirand. ¡Qué me he de acostar con gusto, hombre de Dios! 

Alf. ¡No! Digo que le acompañaremos con gusto. 

Mirand. ¡Ah! Bueno. ¡Adiós, señoras! 

Marq. Aliviarse. 

Mirand. No vuelvo á ser padrino, aunque me emplumen. ¡Y a 
propósito! Voy á decir á ustedes cómo se empluma en 
el Asia central. 


— 79 — 


Alf. ¡Dios mío! ¡Empieza la fiebre! 

M IR AND. ¿Eh? 

Alf. ¡Usted delira! ¡A la cama! 

Riv. Sí, sí. ¡A la cama! 

Mirand. ¡Bueno! ¡Á la cama! ¡Pero qué punta tenía tan afila¬ 
da!... (Vanse por el foro.) 

ESCENA XI 

LA MARQUESA, CLARA j JORGE 

Clara. ¿Luego todo ha terminado, verdad? 

Jorge. Todo. Después del ridículo incidente de Mirandol, el 
Duque me dio toda clase de satisfacciones... y hasta 
rompió la carta que habías escrito, sin sospechar á 
quién iba dirigida. ¿Pero qué haces aquí? ¿Por qué 
estás en mi casa? 

Marq. Porque como tenía usted aquella jaqueca tan fuerte, 
me pareció oportuno ir á buscarla en seguida. La tra¬ 
je aquí como antipirina. 

Jorge. ¡Oh, Marquesa! ¡Cuán buena es usted! 

Marq. De algo me ha de servir el roce con la beneficencia. 

Y á propósito, la Baronesa y mi hija deben aguardar¬ 
me. Voy por ellas y vuelvo para llevarte á casa. 
Mientras, hablen ustedes con libertad. ¡Ah! ¡Que sea 
enhorabuena! (Dando á Jorge la mano) Dios conservó su 
vida para mis pobres. Si no llega usted á pertenecer 
á mis catorce sociedades, le rompen á usted el brazo 
de Mirandol. ¡Adiós! Vuelvo pronto. Hablen ustedes. 
Hablen Ustedes... (Vase por el foro.) 

^ t 

ESCENA XII 

CLARA y JORGE 

Clara. ¡Jorge! 

Jorge. No se hable más de mí. No te preocupe nada de lo 


Clara. 

Jorge. 

Clara. 


Jorge. 

Clara. 

Jorge. 

Clara. 

Jorge. 

Clara. 

Jorge. 

Clara. 

Jorge. 

Clara. 

Jorge. 


ocurrido. El asunto terminó sin ruido ni escándalo, 
y puedes, sin temor alguno, continuar la vida que 
emprendiste y que tanto te agrada. 
lOh! ¡Eso jamás! Abandono París. 

¡Cómo! ¿Tendrás valor de abandonarle? 

¡Sí! Lo juro. Mis pasadas locuras me conducían poco 
á poco á un abismo que hoy vislumbro. ¡Quiero ale¬ 
jarme de él! Dices que no hubo escándalo. Que nadie 
se ocupará de este desafío. ¿Lo ignoro yo acaso? ¿No 
estoy comprometida á mis propios ojos? 
Comprometida por mí. * 

¿Por tí? 

Naturalmente. ¿Por quién me he batido? ¿Quién sino 
yo defendió tu honor ultrajado? 

¿Luego me amas todavía? 

¡Mucho! ¡Te amo más aún que te amaba ayer! 
¡Jorge!... 

Sólo que ahora... no podremos casarnos dentro de 
seis meses. 

¿Lo ves? ¿Yes cómo debo alejarme de París? 

Tenemos que casarnos en seguida. 

¡Oh! ¡Cuán bueno eres, Jorge mío! 

¡Cuánto te adoro, prima de mi alma! (La besa ia mano.) 

ESCENA XIH 


DICHOS, LA MARQUESA, LA BARONESA y BERTA 

Marq. (viéndoles.) ¿Se puede? 

Jorge. ¡Marquesa! 

Marq. Creo que debíamos haber tardado algo, pero la Baro¬ 
nesa no puede detenerse. 

Bar. (Saludando á Jorge.) ¡Amigo mío! ¿Qué acabo de saber? 
¡Un duelo! ¡Pero usted se ha empeñado en hacerse 
célebre! 

Jorge. Suplico á usted, señora, que no hablemos de eso. 
Bar. ¡Al contrario! Ese desafío populariza mi baile. ¡Qué 


más quisiera una para todas sus fiestas! Por fortuna 
salió usted ileso. Y Mirandol herido. jEso me satisfa¬ 
ce! ¡Es tan simpático!... 

ESCENA XIV 

DICHOS y ALFREDO 

Alk. ¡Olí! ¡Cuánta gente! 

Marq. Usted solo faltaba. 

ALF. (Reparando on Berta.) ¡Calla! 

Berta. ¡Qué veo! 

Alf. ¿Cómo está usted? 

Berta. Bien, gracias. (Se dan la mano.) 

Marq. ¿Pero se conocen ustedes? 

Berta ¡Toma, toma! íntimamente. 

Alf. Somos antiguos amigos. Hemos estado juntos más de 
media hora. 

Marq, ¿Dónde? ¿Cuándo? 

Alf. Anoche. En el baile de la Baronesa. 

Marq. Entonces, es inútil que les presente á ustedes... 

Alf. No, no es inútil. Preséntenos usted. Así nos cono¬ 
ceremos. 

Marq. ¡Ah! ¿Son ustedes íntimos?... 

Berta. Sin conocernos. 

Alf. Por lo mismo. 

Marq. (presentándolo.) Alfredo de Morand... 

Berta. ¿Eh? 

Marq. La señorita Berta de Boissy-Godet... 

Berta. ¡Mi futuro! 

Alf. ¡Mi novia! 

Berta. ¡Qué casualidad! 

Alf. ¡Y yo que sentía tanto que no fuese usted! 

Berta. ¿Pues y yo? Me era usted tan simpático, que pensaba 
suplicar á mi marido que le llevase á usted á casa. 
Alf. ¡Demonio! Querría engañarme conmigo mismo. 

Marq. ¡Gracias á Dios que al fin se conocieron! 


6 


— 82 — 


Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Bar. 

Alf. 

Bar. 

Marq. 

Alf. 


Marq. 

Todos. 

Marq. 

Alf. 

Marq. 


Pues ya que se habla de novios y de bodas, anuncio 
á ustedes la mía con Clara... 

¿Para cuándo? 

Lo más pronto posible. 

¡Qué felicidad! ¡Dos bodas! 

Las celebraremos juntas! 

No, juntas, no. Eso quita un baile. Dejen ustedes por 
medio un dia siquiera. 

¡Magnífico! Será preciso que mi marido sepa todo 
esto. Ya se lo contaré cuando me lo encuentre. 

Y ahora, hijos mios, sólo falta que seamos muy di¬ 
chosos, que tengamos numerosa prole... y que viva¬ 
mos cien años. 

De ese modo está uno bien seguro de ser fin de siglo. 



¿Qué iba yo á hacer? ¡No recuerdo!... 

¿Era algo importaute? 

¡Importantísimo! ¡Ah, sí! ¡Ya caigo! (ai público.) 
Mi última cuestación. Un aplauso para los autores 
impenitentes. 


Jorge. 

Alf. 

Jorge. 

Bar. 

Alf. 

Bar. 

Marq. 

Alf. 


Marq. 

Todos. 

Marq. 

Alf. 

Marq. 




OBRAS DE PINA DOMINGUEZ 


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El VIEJO TELÉMACO. Zarzuela original en dos actos. 
SENSITIVA. Zarzuela original en dos actos. 

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LaS MULTAS DE TIMOTEO. Comedia en un acto. 

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PlRLlMPIMPlN i.° Zarzuela bufo-fantástica en dos actOi. 
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LOS MaDRILES. Zarzuela original en dos actos. 

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20 CÉNTIMOS. Juguete cómico en dos actos y tres cuadros. 

La DUCHA. Refundida en dos actos. 

El COCODRILO. Zarzuela en dos actos. 

SlN EMBARGO. Juguete cómico original en un acto. 

¿QuiÉN SE CASA? Juguete cómico en dos actos 

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LOS TRES SOMBREROS. Juguete cómico en un acto. 

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El CRIMEN DE LA CALLE DE LeGANITOS. Comedia on dos actos. 
LOS BOMBONES. Juguotc cómico en tres actos y en pr sa. 

PARIS, FIN DE SIGLO. Comedia en cuatro actos. 

LOS COHETES. Juguete en un acto y en prosa. 









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PARA GRANDE I PEQUEÑA ORQUESTA 


PROPIEDAD DE 

FLORENCIO FISCOWICH, EDITOR 


Habiendo adquirido de un gran número de nuestros me¬ 
jores Maestros Compositores, la propiedad del derecho de 
reproducir los papeles de orquesta necesarios á la represen^ 

. tación y ejecución de sus obras musicales, hay un completo 
surtido de instrumentales que se detallan en Catálogo sepa¬ 
rado, á disposición de las Empresas. 






PUNTOS DE VENTA 


En casa de los corresponsales y principales librerías de Es¬ 
paña y Extranjero. 

Pueden también hacerse los pedidos de ejemplares direc¬ 
tamente al EDITOR, acompañando su importe en sellos de 
franqueo ó libranzas, sin cuyo requisito no serán servidos. 




JOSE DEL PINO JIMENEZ y RAMON LOPEZ FALLON 






EL ÚNICO QUERER • 


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A LO QUE OBLIGAN LOS CELOS 


SAINETE 


©rn un acto y en prosa, original . 


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Archivo Teatral 

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San Pablo 21-BARCELONA 


Ctpyricht, by J. del Pino Jiménez y R. López Falcón, 1917 


SOCIEDAD DE AUTORES ESPADOLES 

Calle del Prado, ntfm. 24 

















0112115867068