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Full text of "Alma de niña. Irresponsable"

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BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN» 


MANUEL T. PODESTÁ 
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[RRESPONSA BLE 


BUENOS AIRES 
1903 


MANUEL T. PODESTÁ “7; . 


5 
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Pm y T—IS 


Las dos obras que componen este volumen, pertenecen «11 
distinguido médico y escritor argentino, Dr. Manuel '!. 
Podestá, y nacieron en época en que nuestra literatura— 
después del brillo intenso pero fugaz del romanticismo á 
lado trance,—comenzó á tomar nuevos rumbos. 

Hombres de mundo, como Eugenio Cambaceres; políticcs 
y jurisconsultos, como Lucio V. López; críticos y eruditos, 
cemo Pablo Groussac, iomaron en aquel momento la pluma, 
todos con resultado más ó menos semejante, pero todos 
con la misma idea de encarrilar ¡ias letras nacionales por 
nuevos y fecundos caminos. 

En los pensadores y en los estudiosos este fué el efecto 
de una convicción y la instintiva obediencia á una necesidad 
de enseñar. En otros cue siguizron ciegamente y exage- 
raron más ciegamente aun el compás iniciado, fué snobismo. 

Zola imperaba entonces con la fuerza brutal de su ta- 
lento, y Daudet lo secundaba admirablemente creando un 
fondo de realismo ecléctico, sobre el que se destacaban las 
figuras creadas por el maestro naturalista, con todo el 
relieve, con todo el color, con toda la acción de que las 
había dotado. Goliath se apoyaba en el hombro de David, 
y David crecía en el concepto ajeno, por la heroica apa- 
riencia de un esfuerzo que no era tal. La fuerza no ha 
desdeñado nunca la amistad de la gracia, y Ja gracia hu 
adquirido una fuerza refleja mediante esa unión. 

Tal era la época en que Manu-*l T. Podestá arxomó, se 
presentó y triunfó, en la arena de las letras nacionales, - 

——Tenía una gran base para ser escritor y novelista: era 
médico, y había codeádose con la humanidad que sufre y 

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con la humanidad que goza. Es decir, dominaba la teorfa 
y se hallaba en plena práctica. Podía disecar, diagnosti- 
car, determinar como Zola; podía sentir, embriagarse con 
el sentimiento nacido de la observación, como Daudet. 

En efecto, nacido en Buenos Aires en 1853, y cursados 
con éxito los estudios preparatorios, lo vemos, muy joven 
aun, dedicarse con amor 4 la medicina, y á los veinte años 
metido en pleno purgatorio humano como jefe de clínica 
quirúrgica en el antiguo Hospital de Hombres. El artista, 
el escritor, se formaba bebiendo en la fuente, no en los li- 
bros, respirando realidad, no adorncs y encajes retóricos. 

“Los servicios sanitarios—nos cuenta él mismo, habland» 
de una época algo más cercana aun,—no andaban en aquel 
entonces muy ajustados que digamos al sentido común. 
Imagínese que bajo el mismo techo se asistían los enfermos 
de viruela y los atacados de afecciones comunes que no 
cabífan en el Hospital de Hombres, Jleno de enfermos, pu- 
lulante de microbios, saturado de miserias. Tenfa enton- 
ces el pomposo título de médico subdirector de tcdos los 
hospitales muncipales... de los que no existían sino uno y 
medio, pues el de San Roque estaba á la mitad no sé por 
que dificultades, falta de fondos, falta de voluntad... La 
revolución del 80 me desalojó del puesto. Mejor dicho: 
renuncié harto de muchas cosas que me ocasionaban una 
indigestión diaria y me hacían más mala sangre que la de 
todos los enfermos juntos.” 

Se ve el capital que en esta clase de vida reuuiría un 
hombre estudioso, observador, científicamente preparado, y 
que á ello unfa tendencias, sentimientos é intuiciones 
artísticas bien poco comunés. Se ve el desarrollo que, en 
tal campo de estudio y experimentación, ha podido y ha 
debido adquirir el espíritu de un psicólogo iniciado, cuya 
aspiración mayor debía ser la aplicación de sus principios. 

—-Si quieres aprender literatura—decía últimamente uno 
de nuestros escritores,—estúdiala en la ciencia, cualquiera 
que ella sea, hasta en las mismas matemáticas... No la 
busques en los libros literarios que no te enseñarán sino 
una, la ajena, nunca la tuya propia. 

Este aforismo había sido aplicado y puesto en práctica 
por el Dr. Podestá. 


Cuando apareció su obra Irresponsable, tuvo la salisfac- 
ción de cir afirmar que aquello no se parecía á nada, y que 
sin embargo era bueno. 

El libro puede pecar por muchos conceptos, pero es unu 
obra de observación original, es un documento humano y 
«constituye la fotografía de una de nuestras épocas ccmo 
fondo y—<omo figura principal, —de un tipo que, pareciendo 
de excepción, es sin embargo mucho más común en nuestra 
raza y en nuestro pueblo de lo que á primera vista se 
creería. 

Es, no una novela en la vulgar acepción del nombre ge - 
nérico, sino un estudio de estados de alma, la comprobación 
de una serie de actos psicológicos determinados por una 
causa fisiológica, y en que los elementos exteriores, ajenc: 
en cierta manera al motor principal—la herencia,-—se €s- 
fuman ó toman sólo caracteres generales, como lu: de uni 
vista panorámica. 

El hombre, el sujeto, el y tizonista incierto y sin rum- 
bo, vacilante y sin carácter, es uno de tantos seres anón:- 
mos con quienes nos cruzamos todos los días, pero sin em- 
bargo interesantísimos por mil conceptos, desde que la 
individualidad humana tiene siempre lagunas de exas que, 
egrupándose, totalizándose en él, lo caracterizan úescarac- 
terizándolo de un mod» absoluto. Tan anónimo es, que, 
comprendiéndolo asf, el mismo autor no le ha dado nombre, 
sino apenas, como medio de señalarlo, el apodo de El hom- 
tre de los imanes, inspirado por una de las aventuras de- 
terminantes de su vida innocua de irresponsable y ciego. 

A este lamentable andrajo de humanidad, el autor ha 
opuesto luego, en Alma de Niña (la otra obra que compone 
este volumen), una adorable figura boticeliana, arrancada 
también á la realidad, sin embargo. Adela, su protago 
nista, tiene por marco la vulgar vida diaria con tudas sus 
trivialidades, y rodeada por ellas; su espfritu hecho de sen- 
timientos, palpita como las alas trúómulas de una mariposa, 
llenas de colores y de luces, que, encerrada en el vaso du 
cristal, 4 través de cuyas paredes puede ver el cielo, muere 
al fin de asfixia sin haber volado.. 

No es cierto que la ciencia ciegue las fuentes de la sen- 
sación elevada y noble: esto entra ya en el camouo de lu: 


perogrullada. La verdad es que c! saber desdeña á veces 
las causas, admirando los efectos, y sometiéndose á su in- 
contrastable poder. Entonces el espíritu se refina, el artí- 
fice deja de someterse al molde y... nace el artista, Ó más 
hien abandona las ligaduras que lo sujetaban, y vive, 53 
«nda, y Crea... 

Es lo que ocurre con el Dr. Podestá, cuyas obras ofrece- 
mos hoy de nuevo al público lector, seguros de su éxito. 

¡ Lástima que sus tareas científicas no le hayan dejado 
tiempo para seguir cultivando las letras con la soberbia 
libertad que supo conquistarse desde las primer plumada ! 

En cambio de esas obras, que no desesperamos de ver 
brotar más tarde como otras tantas flores, como otro“ 
tantos frutos, de su cerebro observador y creador, lo he- 
mos visto sucesivaments actuando como médico interno dei 
Hospital Italiano, jefe del servicio de enfermedades in- 
ternas en el mismo, secretario, vocal y luego vicepresidente 
del Departamento de Higiene, y por último—único cargo 
que hoy conserva, —médico de sala del Hospital Nacion:! 
de Alienadas. 

La obligación de ser sintéticos en estos prólogos, nos ha 
impuesto la sequedad de estas rápidas notas, que son, sili 
embargc—-lo esperamos,—muy sugerentes para el estudio- 
so, y entrañan un buen ejemplo. 


¿Vendrá?... 

Diez veces se había hecho esta misma pregun- 
ta y otras tantas la duda había mordido, con 
sus dientecillos de ratón, el corazón de Adela. 

Estará estudiando para el examen... Esta 
explicación producía una tregua, un momento 
de calma, pero de nuevo la pregunta, empujada 
por la zozobra y un tanto de ansiedad angus- 
tiosa, invadía el corazón de la enamorada; en- 
tonces, nerviosa y rápida, se encaminaba á -la 
puerta de calle, para espiar el momento de su 
llegada... | 

Miró á ambos Jados de la estrecha calle; se 
empinó en el umbral, para distinguir mejor las 
personas que avanzaban á la distancia, y en un 
buen momento creyó encontrar semejanza entre 
aquel á quien esperaba y un joven que tenía 
su misma manera de andar... ¡Es él!... excla- 
mó, sin poder reprimir la impresión, pero pron- 
to se convenció del error, y una nube de tristeza 
rozó fugitiva su hermosa frente. 


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La tarde iba declinando: una tarde de verano, 

tibia, serena, llena de resplandor y de polvo de 
oro, esparcido en el ambiente. 
- Adela se había arrimado al quicio de la puerta 
Ms contemplaba desde allí con mirada vaga los 
¿varios matiges ; «del+cielo, que formaban en el ho- 
*rizonte" bandás” cáprichosas de iris, veladas por 
-qna Lasa «de pintitos «brillantes, en la que pare- 
car desineruzárse” 1ós rayos del sol poniente. 

Nunca había encontrado tan triste y abando- 
nada la calle, y á medida que avanzaban las 
sombras, creía descubrir cosas nuevas y pers- 
pectivas nunca observadas. Algunas casas leja- 
nas, que sobresalían de la línea, le parecían 
improvisadas en su sitio; la cúpula de la iglesia ' 
inmediata brillaba en un punto, como si hubiesen 
derramado azogue sobre los azulejos de que 
estaba cubierta. 

En la cruz de hierro se habían dado cita las 
golondrinas, tijereteando con sus colas negras, 
en tanto que sus compañeras se lanzaban al es- 
pacio, describiendo curvas y círculos capricho- 
sos, con las alas tendidas y las miradas fijas en 
los tejados, donde habían empezado á construir 
sus nidos. 

Los pocos transeúntes que avanzaban, envuel- 
tos en los reflejos rojizos de los últimos rayos, 
proyectaban sombras de gigantes. 

Una brisa suave, impregnada de olor á tierra 
mojada, acariciaba el semblante de Adela. Ella 
continuaba inmóvil, pensativa, mirando fijamen- 
te el punto brillante de la cúpula, como fascina- 


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da, en tanto que por su imaginación cruzaban 
dudas amargas y resonaban en sus oídos, con 
eco extraño, los múltiples ruidos de la calle. : 
Ya no vendrá, dijo de pronto, como contes- 
tando á sus propias preguntas, y haciendo un 
esfuerzo y arrojando una última mirada á todos 
los ámbitos de la calle, vió perderse también 
esa tarde una esperanza que había alimentado 
durante todo un día de conjeturas y zozobras... 
En el patio se detuvo; un pequeño patio ale- 
gre, circundado por paredes blanqueadas, tapi- 
zadas de enredaderas olorosas, limpio, inundado 
de luz durante todo el día y ostentando en el 
centro un pequeño jardín, formado de macetas 
que Adela cuidaba con esmero; especialmente 
una planta de jazmines, cuyas flores estaban 
destinadas á Emilio, el estudiante que le había 
trastornado la cabeza. . 
Adela cuidaba la planta como á un niño mi- 
_madúo; todas las mañanas, apenas abría la puerta 
de su cuarto, dirigía una mirada á su jazmín, 
una especie de saludo á sus flores albas y fra- 
gantes; luego, se acercaba, aspiraba su perfume 
suave, mezclándolo con su aliento, y acariciaba 
sus hojas de verde sombrío, brillantes, lustro- 
sas, acanaladas y húmedas por el rocío de la 
noche. | 
Examinaba con prolijidad el pequeño arbus- 
to, para darse cuenta de sus progresos, y cuando 
encontraba una nueva hoja, una pequeña rama, 
con sus hojitas de verde más claro, experimen- 
taba una alegría inmensa, algo como el trans- 


A 


porte de una madre que ve asomar un nuevo 
dientecito de su pequeño hijo. 

. Crecía su planta como el cariño que sentía 
por Emilio. 

En verano, cuando los rayos del sol hacían 
languidecer sus hojas y teñían de amarillo los 
pétalos de las flores, Adela se apresuraba á 
formar un toldo para protegerlas, pero con tal 
esmero y con tanta coquetería infantil, que el 
atavío de la planta le hacía sonreir. Era una 
verdadera toilette de todas las mañanas, que le 
valía no pocas burlas de sus amigas, y especial- 
mente de su vieja tía, al lado de la cual vivía. 

En invierno la paseaba por todo el patio, 
buscando el calor y la luz, como á uno de esos 
enfermitos pobres y tullidos, que son arrastra- 
dos en cajones con ruedas, buscando en el am- 
biente tibio un tónico para sus carnes macilentas. 

La planta era hija de Adela; ella le había dado 
vida con su aliento, con su cariño, con la proli- 
jidad esmerada de sus cuidados; tenía una his- 
toria, una historia como la de esas huérfanas 
que caen bajo el amparo de manos piadosas, 
que las crian, las educan y las convierten, de 
niñas pobres y de escala humilde, en señoritas 
que pueden figurar entre las más distinguidas. 

En los primeros tiempos de sus amores, 
Emilio le había llevado una tarde un hermoso 
jazmín, rescatado á vil precio del cesto de los 
vendedores ambulantes. Adela procuró hacerle 
vivir todo el tiempo que pudo, teniendo su tallo 
sumergido en el agua y cubriéndolo después 


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con una copa de vidrio. Cuando lo vió entris- 
tecerse, replegar sus pétalos amarillentos y mar- 
chitos, que fueron cayendo uno á uno, sintió 
ella también una mezcla de tristeza y descon- 
suelo; luego, una ráfaga de alegría repentina, 
al pensar que ese vástago diminuto podría 
germinar, echar raíces y convertirse en planta. 
Recogió cuidadosamente los restos de la flor 
que acababa de morir, los amortajó en un finí- 
simo papel de seda, y en la página predilecta de 
su devocionario fueron á descansar piadosamen- 
te, acariciados por el recuerdo y por los besos 
que fingía dar á las estampas bendecidas. 

Al tallo, todavía erguido y provisto de algunas 
hojas, lo sumergió dentro de una botella con 
bastante agua, y á ésta, colgándola de un clavo, 
la puso fuera del alcance de las manos profanas 
de su vieja tía. 

Era curioso observar cómo Adela espiaba los 
menores cambios que se operaban dentro de la 
botella. Poco á poco se fué enturbiando el lí- 
quido; al principio tomó un color verdeclaro; 
luego, muy intenso; por último, apenas se dis- 
tinguía al través del vidrio el pequeño vástago. 
Entretanto, preparaba Adela una maceta de ba- 
rro cocido con la minuciosidad de detalle con 
que se prepara el alojamiento de una novia: la 
mejor tierra, la más negra, elegida casi grano 
por grano, tamizada después con precaución, 
regada y removida por algunos días, durante 
cuyo intervalo el pequeño vástago había empe- 
zado á cubrirse de una pelusa fina, compacta, 


filamentosa, hasta que en un buen momento se 
convenció Adela de que el proceso de germina- 
ción estaba terminado. 

Tomó la botella y con la precaución con que 
la clueca rompe el cascarón para que el polluelo 
salga ileso, así rompió Adela el vidrio de aqué- 
lla. Con golpecitos suaves al principio, como 
para tantear .la resistencia; con choques más 
fuertes después, sirviéndose primero del canto 
de un cuchillo, reemplazado en seguida por una 
lima vieja que halló á mano, rodeada la opera- 
ción de todos los miramientos requeridos, se 
llevó á cabo con el más completo éxito, salvo 
una pequeña herida que se hizo Adela, en un 
descuido, en la yema del pulgar izquierdo, y 
que hubiera pasado inadvertida si una gota de 
sangre roja, brillante como un globulillo de 
vidrio, no se hubiese depositado sobre una de 
las maceradas hojas del vástago, levantando en 
el espíritu supersticioso de Adela una sombra 
de contrariedad. 

Instalada ya en su alojamiento, protegida del 
viento y de las lluvias por un invernáculo im- 
provisado, creció la planta como una criatura 
mimada, pasando al poco tiempo de la maceta á 
un recipiente más amplio, preparado esta vez 
por Adela y por Emilio, mientras sus cabezas, 
inclinadas sobre la planta, rozaban sus cabellos, 
y sus manos, hundidas en la tierra húmeda, 
enfangadas, negras, se buscaban para entrelazar- 
se y comprimirse en contracciones nerviosas, 
como una promesa de no abandonarse jamás. 


A lo 


Cuando Adela descubrió el primer botón, tuvo 
arrebatos de alegría de niño que posee el jugue- 
te que más deseaba. Daba saltos y palmadas á 
su alrededor, llamaba á la viejecita con voz emo- 
cionada, acariciaba la planta, abrazando sus ra- 
mas como hubiera abrazado la cabeza de Emilio, 
dando repetidos besos á cada una de sus hojas, 
en tanto que decía: ¡Ah mi plantita querida... 
mi queridita... mi hijita... cuánto te he cuida- 
do!... Y luego, pensativa: La primera flor es 
para él; sí, para él... no... no es para él... es 
para la Virgen... Y con acento de ingenuidad 
y promesas de enamorada, corría hacia la puerta 
para ver si la casualidad hacía llegar á Emilio 
y podía comunicarle tan fausta nueva. 

Una buena mañana despertó Adela con la se- 
guridad de que su jazmín estaba en flor. Saltó 
de la cama precipitadamente, abrió los postigos 
de su habitación y miró hacia el patio. Aquello 
era una maravilla: una flor blanquísima, abierta 
como el seno de una virgen, se destacaba del 
fondo verde sombrío de las relucientes hojas; 
era gemela de la que le había traído Emilio; no, 
era su hija primogénita, la más bella, la más 
fragante, la que debía presentarle á la noche, 
como el símbolo de su cariño y de sus pro- 
mesas.. 

Las flores que -había producido esa planta, 
marcaban una por una las horas de su felicidad, 
que se llevaba Emilio en el ojal de su levita, 
como una prueba de su constancia. 

Crecía cada vez más frondosa y fecunda; 


O 


hubo día en que se abrieron hasta diez flores á 
la vez, exhalando su perfumado aroma por to- 
dos los ámbitos del patio. Emilio y la Virgen 
tenían su reparto por igual. Adela había consti- 
tuído escrupulosamente esa sociedad, y por nin- 
gún motivo hubiese permitido que otras perso- 
nas poseyeran las flores de su planta predi- 
lecta. Cuando no había más que una, echaba la 
suerte; si ganaba la Virgen, Adela se quedaba 
mustia, tomaba con displicencia la flor y la co- 
locaba en el vasito de cristal de su cómoda, 
dirigiendo á la imagen sagrada una mirada casi 
de reproche. ¡Cuánto hubiera deseado que la 
Virgen hiciese un milagro; que le dijese: Llé- 
vatela, entrégasela á él, yo estaré satisfecha, 
pero su virgen no era de las que hacían mila- 
gros por tan poca cosa y se quedaba con su 
carita rosada, fresca, de virgencita satisfecha, 
disfrutando del perfume de la flor. 
En un día de gran lluvia y viento la planta 
_-—£stuvo á punto de zozobrar, como otras de sus 
compañeras; en cada sacudida, en cada estre- 
mecimiento, cuando veía que las ráfagas pasa- 
ban furiosas entre sus ramas echando al aire 
sus hojas, como un ladrón que abandona, huyen- 
do, la presa robada; cuando la veía revolverse 
con desesperación, como si tuviese un ataque 
convulsivo, y quedar después chorreando agua, 
como un perro que sale del río y se sacude en 
la orilla, participaba ella también, detrás del 
vidrio, de las conmociones de su planta, y cuan- 
do al día siguiente la veía de nuevo más bella, 


A 


a 


más reluciente, más fragante y con flores que 
se habían abierto durante la noche, más blancas, 
más frescas, más erguidas, prometía á la Virgen 
duplicar sus derechos en el contrato, con tal de 
que salvase á esa hija adoptiva de sus cuidados 
y de su cariño... 

En las tardes que había esperado en vano á 
Emilio, las flores habían languidecido, se habían 
marchitado, y aun algunas se habían desprendi- 
do, para caer al pie, secas, enjutas, amarillentas, 
- como si una vejez prematura las hubiese arran- 
cado, enfermas y desfallecidas, del tallo que les 
daba savia y vida. 

Esa vez también Adela las cortó con tristeza: 
eran tres; la última, la que había abierto en el 
día anterior, tenía el color del marfil viejo, se 
había inclinado ya hacia la tierra y empezaba su 
agonía de flor marchita. 

¡Ah, ya no vendrá!... No sé qué pensar... 
se dijo Adela con desaliento. Seis días que no 
lo. veo, que no me escribe... El corazón me 
anuncia algo muy triste... Y sin poder conte- 
nerse, con una emoción súbita, sintió un golpe 
de sangre en la cara, una impresión dolorosa en 
las sienes y algo como un vapor caliente que 
invadiera su cerebro... Sobre la flor amarillen- 
ta cayó una lágrima que fué absorbida inme- 
diatamente; la vió desaparecer como si aquella 
flor la sepultara en su cáliz para compartir su 
dolor... Adela miró fijamente la planta; trému- 
'- la y desfallecida, evocó todos los detalles de su 
historia de planta huérfana, como ella la llama- 


as 


ba, y recordando la mancha de sangre que de- 
jara su dedo herido sobre una de las hojas, se 
estremeció, y algo como un presentimiento le 
infundió terror; le parecía descubrir en cada 
una de las hojas, como brotando del verde som- 
brío, una gota de sangre rutilante. 

Dominada por esta alucinación, abandonó el 
patio y fué á caer de rodillas ante la imagen de 
la virgencita risueña, que parecía contemplarla 
con el aire y el engreimiento de una aldeana 
ataviada con sus ropas domingueras. 


TI. 


Adela no era una belleza. 

El poeta no habría sacado gran partido del 
corte de sus labios, ni del color del iris de sus 
ojos expresivos, ni de sus cejas bien arqueadas 
y tupidas. 

Si alguien hubiese dedicado versos á su her- 
mosura, lo habría echadó á broma, y proba- 
blemente se hubiera dicho para sus adentros 
que el vate era un embustero. Ella se conten- 
taba con ser simplemente una buena muchacha, 
crédula, religiosa, enamorada, sorprendida por 
una pasión en la edad en que el corazón domi- 
na la cabeza y en que la ignorancia es una vir- 
tud para la mujer que no aspira más que á la 
felicidad del hogar. 


0 


Se destacaban en su tipo físico los rasgos pe- 
culiares de una mujer simpática y podía verse 
al través de su pupila la superficie tersa de una 
alma candorosa. En su fisonomía, de líneas 
suaves y correctas, dominaba un aire de bondad 
y de distinción que imponía una respetuosa de- 
ferencia, á pesar de su modesta posición social. 

Cuando se le oía hablar, se encontraba en el 
timbre de su voz una vibración tan especial, 
una armonía tan dulce en la inflexión del tono 
con que se expresaba, que desde ese instante se 
la observaba con curiosidad y se la escuchaba 
. con placer. Si había un poco de animación en 
sus palabras, la expresión de sus ojos, antes 
tranquila y reposada, proyectaba fulgores extra- 
ños, que se irradiaban en su fisonomía para 
levantar en cada músculo, en cada línea, con- 
tracciones armónicas, que transformaban repen- 
tinamente su rostro, dándole los atractivos de 
la belleza, como una concesión fugaz que hacía 
avivar más el deseo de completarla, como teme- 
rosos de perderla. | 

—Póngase linda, solía decirle Emilio cuando 
ella tenía su expresión habitual de seriedad y 
de bondadosa calma. 

—» Cómo? 

—Pero muy fácilmente: queriéndala 

—Luego, yo no soy linda siempre, —agregaba 
Adela sonriendo. 

—Ya empieza á serlo; cuando sonríe, los la- 
bios toman otra expresión; no tienen el corte y 
la severidad de los labios fríos y descoloridos 
de una inglesa. 


— 18 —. 


—-¿Y basta con que sonría ? 

—En fin... ya es algo... y si á una sonrisa 
le agrega una mirada de esas que guarda para 
las grandes ocasiones, —exclamba Emilio riéndo- 
se, —su fisonomía cambia de aspecto. 

Adela ensayaba entonces con ingenuidad de 
niña las sonrisas y las miradas que tanto com- 
placían á Emilio... y efectivamente, la trans- 
formación era inmediata. 

-—Asf... así, —repetía Emilio, batiendo las ma- 
nos.--¡Qué linda está ahora! 

Adela se sonrojaba, bajaba los párpados y 
devolvía á su semblante el tono de gravedad 
propia, añadiendo con tristeza: Sé que no soy 
linda, pero en cambio... Nueva ocasión para 
sonrojarse aún más, para levantar los párpados 
y dirigir á Emilio una de aquellas miradas in- 
tensas, escudriñadoras, desconfiadas, de esas que 
van en busca de otra igual que corresponda á 
la intensidad de la pasión que las provoca. 
Emilio comprendía toda la significación de estas 
miradas. Sabía muy bien que Adela, á pesar de 
todo su cariño, alimentaba en el fondo de su 
alma una duda amarga respecto del porvenir. 
El mismo, sin darse cuenta del por qué, tenía 
el presentimiento de que Adela sería desgracia- 
da.—¿Por qué, —solía preguntarse muchas no- 
ches, cuando se retiraba de su lado,-—he de 
abrigar dudas respecto de nuestra felicidad fu- 
tura? ¿No la quiero acaso con intenso cariño? 
¿No sería capaz de hacer cualquier sacrificio por 
ella? ¿No lo abandonaría todo por complacerla? 


e, (o 


Y entonces ¿por qué cruzan por mi espíritu 
esas ráfagas de desconfianza respecto de mí 
mismo? Pronto concluiré mi carrera, tendré 
una posición independiente, tal vez holgada, y 
podré corresponder mejor al cariño de Adela, 
cumpliendo mi promesa. 

Adela, por su parte, quedábase pensativa, con- 
trariada.—¿Acaso no he sido demasiado expan- 
siva con Emilio, no he sabido interesarle con 
mi conversación, no he podido atraerlo tanto 
cuanto deseara?—HEstas y otras preguntas se 
levantaban como sombras inquietantes en su 
espíritu.—Pero yo no puedo hacer lo que hacen 
las demás; yo no puedo tutearlo, no puedo per- 
mitir que me tome las manos á cada instante, 
ni concederle que me bese como á un niño 
cuando se aproxima á mí conmovido y con la 
voz temblorosa. j 

Estas mismas reflexiones, esta' defensa contra 
su propia debilidad, aumentaban aún más su 
inquietud y la hacían pensar en que tal vez no 
era así como debía conducirse; en que Emilio 
acabaría por encontrarla demasiado fría, excesi- 
vamente reservada, y en que, al fin, concederle 
que le comprimiera las manos y le besara las 
mejillas, en nada podía comprometerla. Mañana 
voy á tutearlo apenas entre, —exclamaba de pron- 
to; —voy á decirle todo lo que he pensado de él 
y de mí, los escrúpulos que he tenido... ¡Ah, 
si me engañara! Al fin es un estudiante, lleno 
de aspiraciones y de promesas; poco conoce el 
mundo y la sociedad... mañana tal vez encuen- 


-— 2% — 


tre otra mujer que le ofrezca mayores halagos, 
más brillantes atractivos, una posición encum- 
brada... ¿y entonces?... ¡Ah, no es posible!-— 
exclamaba Adela con los ojos humedecidos; —no 
podrá olvidarme, no, no querrá engañar á una 
pobre muchacha como yo... sería capaz de mo- 
rirme si esto sucediera... Volvíase en ese ins- 
tante hacia su vieja tía, que dormitaba en su 
sillón; le daba un abrazo fuerte, cariñoso, be- 
sándola en la frente, á cuyas demostraciones 
correspondía la vieja señora con un: ¡Jesús, 
niña, te has vuelto loca... tienes unas cosas... 
si me has dado un susto! | 

—No te enojes, viejita, no te enojes; tanto, 
tanto te quiero y soy tan feliz, que necesito 
quererte más para que comprendas que no soy 
ingrata... ¡Si supieras lo que me ha dicho 
Emilio esta noche! Él también te quiere mucho. 
Cuando nos casemos,-—añadía Adela, riéndose 
con la ingenuidad que le era propia,—tendre- 
mos una casa mejor, más grande, más linda, 
con balcones á la calle, para sentarnos á tomar 
el fresco en el verano: sala, antesala, luego su 
cuarto de*estudio, mi costurero, nuestro aposen- 
to... ¡Oh, qué lindo será todo eso! Ríete, tía, 
ríete; ¿Por qué estás tan seria? ¿estas cosas 
no te halagan?... tú también tendrás tu salita, 
tu pieza bien amueblada, con estufa... porque 
tú sufres ya mucho los rigores del frío, ¿no es 
cierto, mi viejita ? —Y Adela volvía á abrazar á 
la anciana señora, que la miraba con cierta mez- 
cla de curiosidad y de tristeza. --Pero ¿qué tie- 


> 


nes?... estás callada, tía, no me contestas, nou 
participas de mi alegría ? 

—Sueños de niña... la felicidad no está en 
todo eso, —replicó la viejecita con tono sentencioso. 

—La felicidad, la felicidad, —exclamó Adela, 
como pronunciando una frase cuyo significado 
le fuera desconocido—la felicidad... ¿Acaso no 
soy feliz? ¿No soy feliz, tía? —insistió la niña 
con tono melancólico. 

-—Pero, niña, ¿te has vuelto loca?... 

-—Sií, tía, estoy loca, loca de alegría, de placer, 
de... yonosélo que me pasa... ¡ah!... ves... 
ahora me da gana de llorar... qué tonta soy. 
si ya estoy llorando —exclamó Adela como enfa- 
dada consigo misma, mientras enjugaba dos lá- 
grimas que se deslizaban por sus mejillas son- 
rosadas por la excitación. 

La viejecita continuaba en su actitud reservada, 
dibujando apenas una sonrisa en sus labios 
descoloridos. 

-—Tía, ¿tú no has estado enamorada nunca ?-—- 
exclamó de pronto Adela, como para leer en el 
fondo del corazón de la señora, que miraba con 
tanta frialdad la expansión de sus sentimientos. 

—¿Yo?... ¡Jamás! niña. 

—No te creo; algún amorcillo habrás tenido 
allá en tus buenos tiempos... no te creo—repi- 
tió Adela, acariciaudo la cabeza de la anciana 
como si fuese un niño.—¿ Nunca, nunca has te- 
nido amores? 

—Pero, Adela, esta noche estás insufrible con 
esas explosiones; ¿qué te pasa? ¿qué te ha 


29 


dicho ese enamorado que tanto trastorna tu ca- 
beza ? 

- -¿Qué me ha dicho?... pues me ha dicho 
que tu serás la madrina de casamiento, —añadió 
Adela, riéndose de nuevo; y sin dar tiempo á 
que su tía le contestara, se sentó al piano y 
lanzó al aire las notas más bellas «de su reper- 
torio 


TIT. 


La salita de Adela era un nido de chucherías: 
una salita azul, alegre, con dos ventanas que 
daban á la calle, cubiertas con cortinillas de tul 
blanco. 

En medio de ellas estaba el piano, sobre el 
cual había colocado una colección de pequeños 
objetos de arte, regalos de Emilio casi todos. 
Monaditas de poco valor, pero dispuestas con 
tanto gusto y adornadas con tanta gracia, que 
engañaban perfectamente la vista, desempeñan- 
do un papel superior á sus méritos. 

Adela solía decir á veces con cierto engrei- 
miento cómico y como para provocar las muecas 
desdeñosas de la vieja tía: 

-—Esos bibelots son la última moda. 

——¿ Qué has dicho, niña ? 

—-¿ Tía, usted no sabe lo que son bibelots ?--- 
preguntaba Adela riéndose y pronunciando la 
palabra con un dejo parisiense.: 


e 


La vieja señora hacía un gesto desdeñoso por 
las figuritas clasificadas en lengua extranjera y 
se abanicaba con aparente indiferencia, pero en 
el fondo atufada por la ignorancia que su sobri- 
na ponía en relieve. 

Adela corría á abrazarla con transportes efu- 
sivos, en tanto que le decía: 

—No se enoje, mi viejita... ya sé que no le 
gusta que llame las cosas con nombres extra- 
ños... ya no lo volveré á decir... en cambio 
diremos: figuritas, hombrecitos barrigones, flo- 
reritos de terra cotta... no, no, floreritos de... 
no, esto no, tía, terra cotta es muy fácil... tierra 
cocida. 

—¿ Pero, niña, me crees tan ignorante? 

—No, no... tía, si ya sé que usted no es ig- 
norante. 

—No creas, Adela, no creas; estás en un error, 
con tus bibelotes y con tus terras cottas y... 
¿qué más?... te digo que estás en un error... 
esos mamarrachos de vidrio, de barro cocido, 
esas figuritas, algunas hasta indecentes, como 
esa que representa á una francesita loca en traje 
de baño, no se permitían en mi tiempo, no. En 
cambio, señorita, sepa usted que en nuestra sala 
había buenos jarrones de la India, lindos flore- 
ros de porcelana con paisajes primorosos, her- 
mosísimas, muy hermosísimas urnas de cristal, 
cubriendo flores artificiales que hoy ya no se 
- ven, pájaros embalsamados de colores precio- 
sos... ¡Vaya unos gustos los de hoy!... bibe- 
lotes, bibelotes... ¡indecencias!... Vamos, niña, 


—%- 


no seas majadera,—agregó la anciana señora, ha- 
ciendo un movimiento de impaciencia y cam- 
biando de postura en el sillón en que estaba 
arrellenada. 

Adela reía estrepitosamente, y para calmar el 
despecho de la viejita, tomó la baigneuse que 
estaba colocada sobre el piano, la acarició como 
á un gatito, y luego, poniéndola de frente ante 
los ojos de la enfadada tía, exclamó: 

—¿Pero dime si esta bargneuse... no, he di- 
cho mal... si esta madamita, con su cuerpecito 
arqueado y sus formas tan esbeltas, no es un 
modelo de gracia y de belleza ? 

—¡Sal de aquí con esa desvergonzada!... mu- 
cho me extraña, debo decírtelo muy seriamente, 
que ese despreocupado de Emilio te haga se- 
mejantes regalos y que tú... en fin, déjame en 
paz con tus... ¿cómo has dicho? 

—Bibelots, tía... 

—Bueno, bueno, lo que sea... basta ya de 
bibelots. 

—¿ Pero si son obras de arte, tía ? 

—¡Obras de arte!... mostrar lo que las bue- 
nas costumbres mandan que se oculte... ¡Jesús, 
niña, de veras que te desconozco!... Adela cam- 
bió de actitud, comprendiendo que su tía podía 
irritarse; cólocó con precaución la figurita en el 
sitio que tenía destinado, y acercándose lenta- 
mente á la viejita, la miró con dulzura, con ex- 
presión tierna, tendiéndole la mano, y le dijo: 

——Bueno, mamita, hagamos las paces; ya no 
te haré estas travesuras... si era todo de 
broma. 


O e 


Sonrió la viejita, viendo que Adela parecía 
haber tomado á lo serio el reproche, y como si' 
nada hubiese pasado, le preguntó de impro- 
viso: | 

—¿Quién predica en San Telmo esta noche? 

—¿Para la función de San José? 

—¡ Dios mío, Adela, ya no sabes ni el día de 
los santos! ¡Si para la fiesta de San José faltan 
dos meses!... ¡Qué vergúenza!--exclamó la vie- 
jita, comprimiéndose las sienes con las palmas 
extendidas... Si yo te digo la verdad... tu ca- 
- beza anda mal; es claro, es claro... 

Adela se ruborizó un tanto... Era cierto, se 
había olvidado un poco de los santos y hubiera 
levantado un conflicto en su conciencia el re- 
proche de la anciana, si en su partida de ora- 
ciones no hubiese tenido un gran déficit en 
favor de la Virgen, de su virgen protectora,-- 
déficit egoísta, como el de todos aquellos que 
hacen ofrendas al cielo para recabar beneficios 
en la tierra. 

La viejita se quedó mirándola con sorna, 
como diciendo: ¿ves? con esta me pagas la de 
los bibelots; pero, al mismo tiempo, no quería 
prolongar la tortura de Adela, de manera que 
cambió rápidamente el giro de sus pensamien- 
tos y afectando un interés mezclado de cariño, 
le preguntó: 

—¿ Cuándo se recibe de doctor Emilio? 

Adela se estremeció involuntariamente, sin 
saber por qué; le sonaba mal oir que á Emilio 
le llamasen doctor. Para su felicidad, para su 


completa felicidad, le hubiera bastado que Emi- 
lio fuera así sencillamente, Jemilio, sin títulos y 
sin ruido. Un vago presentimiento nublaba su 
felicidad; le parecía que el título la distanciaba 
de su cariño, abriendo una brecha en su vani- 
dad, y que ella, modesta, buena, cariñosa y 
apasionada, no llenaría las aspiraciones de su 
novio una vez que fuese todo un doctor de 
campanillas. 

Eran quimeras de su imaginación, que des- 
vanecía prontamente la viejita, á la cual con- 
fiaba, como á una amiga cariñosa, todas sus 
intimidades, todas sus zozobras, todos sus an- 
helos. : 

Largas horas pasaba en la salita azul, sentada - 
al lado de su tía, complaciente y buena, procu- 
rando que la conversación girase al rededor del 
tema predilecto: el cariño inmenso que tenía 
por Emilio, la pasión que ella había sabido ins- 
pirarle, á punto de que todos los momentos de 
que podía disponer eran para ella, para ella 
sola, que absorbía completamente el tiempo del 
joven enamorado, sin perjuicio muchas veces de 
descuidar sus tareas de estudiante. 

Escuchábala la viejecita, vestida de negro, con 
su carita de mujer inteligente y desengañada de 
la vida, mirándola á veces de hito en hito, por 
encima de la armadura metálica de sus ante- 
ojos, alarmada por la vehemencia con que se 
expresaba Adela respecto de su felicidad. 

Con las manos puestas sobre las faldas, dos 
manos pequeñas, largas, enjutas, mostrando los 


om _ 


nudos salientes de las articulaciones de las fa- 
langes, cubiertas por una piel reluciente, for- 
mando pequeños pliegues salpicados de manchi- 
tas obscuras como lentejas; dos manos frías, un 
tanto temblorosas, y que se agitaban con mo- 
vimientos rápidos cuando la viejita quería dar 
más acción á la actitud que asumía para dismi- 
nuir los entusiasmos de la niña. 

—¡Cómo me gusta verte así!--exclamaba en- 
tonces Adela, levantándose del sillón antiguo, 
de respaldo cóncavo, tapizado de damasco, en- 
cuadrado en un marco de jacarandá, el gran 
lujo de la sala. —Así me agrada verte, mamita, 
un poco enojada, y, riéndose del enfado de la 
señora, acababa de dirigirle una de esas pre- 
guntas á boca de jarro que tanto la a 
raban. 

—¡Ah! ¡eres una atolondrada, déjame de tus 
amoríos y de tus perspectivas para el por- 
venir! 

—¡ Pero, mamita!... 

—¡ Pero, Adela!... Siéntate y conversa con se- 
riedad, háblame cuanto quieras de Emilio, de ti, 
de sus promesas, de su inteligencia... 

—Es un talento — exclamó Adela e 
piéndola. 

--Ves, niña, vuelves á las exageraciones; está 
bien, será un talento, pero un talento que se 
está formando y que tiene mucho que andar 
y que hacer para que se le crea así. ¡Ah, para 
los enamorados todo es superlativo! Mañana 
dirás que es un Adonis. agregó la viejita en 
tono de burla. 


—_28B— 


—¡ Y lo es!—replicó Adela. 

—Te compadezco, Adela; eres una niña inge- 
nua, que todo lo ves color de rosa, que tomas 
las hebras doradas que penetran por las rendi- 
jas en día de sol para anudar con ellas todas 
las promesas de Emilio... ¿Ves cuán frágil es 
una de esas hebras?... Pues así son frágiles 
los vínculos de los enamorados. 

—No, no, mamita, no hables así; no quiero, 
no quiero—exclamó Adela, juntando las manos 
en actitud de súplica.—¡Ah pesimista, agregó 
en tono de reproche, es que tú jamás has es- 
tado enaniorada! 

—¡Yo!—exclamó la viejita, abriendo los ojos 
con azoramiento y levantándose con rapidez del 
sillón. 

Al verla así, Adela se sobresaltó; miró fija- 
mente á su tía y creyendo haberla ofendido en 
su exaltación, se precipitó sobre ella y la abrazó 
de nuevo, diciéndole al mismo tiempo:—perdó- 
name mamita, perdóname, soy una perversa; 
¡ah! no creía ofenderte. 

La viejita había vuelto al sillón como una in- 
consciente; miraba á su sobrina sin proferir 
una palabra; había recibido sus caricias y sus 
protestas sin atinar á corresponderlas; se sentía 
oprimida, como si una mano fría le estrujara el 
corazón. 

—No es nada, no es nada, hija mía—se apre- 
suró á decir después de un intervalo de silen- 
cio;—he sentido aquí dentro algo como un hielo, 
- agregó la viejita señalando la región del co- 
razón, pero ya ha pasado, ya ha pasado.. 


y NN 


- El hecho es que Adela se quedó pensativa y 
preocupada, viendo la actitud de su tía, y que, 
sin darse cuenta ella misma de la causa, per- 
maneció también callada, sentada en un sillón 
frente al de la anciana. 

Así estuvieron las dos un largo rato, entre. 
gada cada una á sus pensamientos íntimos; la 
viejita anudando en su memoria los aconteci- 
mientos de su juventud, reproducidos en Adela 
con. log mismos entusiasmos, los mismos arran- 
ques, los mismos ensueños de felicidad, borra- 
dos por el tiempo, por los desengaños, por las 
amarguras de una existencia contrariada, ven- 
cida al fin por los años, como una planta des- 
gajada y ya sin tierra donde adherir sus raíces. 

El destino había sido cruel para con ella: sus 
amores se habían derrumbado en plena juven- 
tud y había tenido que caminar sobre ruinas 
cuando sentía aún dentro de sí toda la savia 
para alimentar una pasión. Había tenido fe, es- 
perando resignada que el ideal se presentara de 
nuevo con formas seductoras, pero ya su sensi- 
bilidad se había transformado y las ilusiones, 
que antes daban impulso á sus sentimientos, 
encontraban ahora resistencias incomprensibles, 
puesto que ella misma se preguntaba alarmada: 
¿por qué soy indiferente á estos halagos que 
antes tenían para mí tanto atractivo? 

Era que el desengaño le había arrebatado á 
esa edad gemela de la juventud, la primera, la 
más ardiente, la que se vive en un día y se 
desvanece en un soplo; se había encontrado, al 


— 30 — 


día siguiente de una noche de insomnio y de 
lágrimas, con el espíritu sereno y resignado de 
una persona que ha sufrido una gran desgracia 
y que se prepara á luchar con las adversidades 
del porvenir. Estos recuerdos se agolpaban á la 
imaginación de la anciana y le traían, como re- 
toños de vida, su propia imagen de otros tiem- 
pos: bella, alegre, elegante, festejada y después... 
después la senda escabrosa de la mujer sola, 
sin familia y sin más afección que Adela, que 
había criado desde muy niña, á quien idolatraba 
y por la cual sentía una ternura infinita, un 
verdadero cariño de madre. Ella sólo pedía á 
Dios que la hiciese vivir hasta el momento en 
que pudiese ver realizados los anhelos de la 
niña, contemplarla feliz, unida al hombre de su 
predilección, y en seguida... no quería nada 
más... su salita azul, para pasar largas horas 
leyendo su libro de oraciones. La felicidad de 
Adela era la suya propia, que venía después de 
tantos años á marcarle el final de la jornada. Y 
ella la pretendía doble; la suya, la que le per- 
tenecía, á la que creía tener derecho como cria- 
tura buena, y la de su querida niña, que tanto 
la merecía y que tanto había hecho para con- 
quistarla. | 

Levantaba desde lo más íntimo de su ternura 
de madre adoptiva un sentimiento delicadísimo, 
que hubiera podido traslucirse en la expresión 
con que contemplaba á Adela, y estaba á punto 
de derramar lágrimas, cuando la interrupción 
brusca de su sobrina la desvió de sus pensa- 
mientos. 


y 


—¿Qué estás meditando, mamita ? 

—Estaba rezando--exclamó la viejita sin ati- 
nar otra contestación. 

—¿Rezando? 

—Si... las viejas rezamos. calladas... ¿tú no 
lo sabías ? 

Adela se sonrió y contempló á su vez á la 
anciana, diciendo para sus adentros: ¿cómo ha- 
brá sido la juventud de esta viejita? ¡no ha 
amado nunca! 


IV. 


Era una mañana espléndida. 

Adela había abierto de par en par las venta- 
nas y la salita se había inundado de luz; de esa 
luz que penetra en la casa casi con ruido; que 
parece llevar ondas de alegría y de vida, para 
transmitirlas á las personas y á los objetos que 
encuentra; que corre, se esparce, se quiebra, 
penetra por las rendijas y recorre todos los 
rincones, como un amigo alborozado que vuelve 
de viaje; que estrecha la mano á uno, va en 
busca de otro para abrazarlo, acaricia á los ni- 
ños, lo éscudriña todo y se siente feliz al en- 
contrar rostros sonrientes y manos cariñosas 
que lo estrechan. 

Adela participaba de esas impresiones; le pa- 
reció que esa mañana, tan linda, tan radiante, 


39 -- 


que la había envuelto de improviso en un manto 
de luz, era para ella, y había esperado con la 
emoción tierna del amigo que se abrieran las 
ventanas para arrojarse de golpe dentro de Ja 
casa y animar con sus matices todos los ob- 
jetos. | 

La salita estaba como engalanada: brillaban 
los muebles como si fueran nuevos. El damasco 
de los dos grandes sillones y del sofá, que ocu- 
paban uno de los costados, exhibía los arabes- 
cos de sus flores de seda; los pequeños prismas 
de cristal que colgaban de la araña del centro, 
se transmitían los colores del iris, que se que- 
braban en sus facetas, pareciendo que tuviesen 
movimientos de regocijo y que se chocaran con 
sus aristas, como si los rayos de luz que filtra- 
ban por ellas quisieran entrelazarse para repro- 
ducirse con más brillo en el espejo que estaba 
encima del sofá. 

Los mismos retratos antiguos que adornaban 
sus paredes, estaban animados, de mejor color, 
casi con vida; en el de una viejita, que daba 
frente á las ventanas, resaltaba el colorete de 
las mejillas, como si estuviese abochornada por 
la exhibición matinal á que la exponía Adela. 

Estaba realmente muy linda la salita azul, 
adornada con pequeñas consolas, cargadas de 
jarrones, de estatuitas, de bomboneras, que Adela 
conservaba con religioso cuidado; algunas de 
ellas con llavecitas doradas, de las cuales pen- 
día una tarjeta con un ojal atravesado por una 
cinta de raso blanco: las dedicatorias más tier- 


— 33 — 


nas de Emilio,—fechas, recuerdos, palabras,— 
que Adela guardaba en la memoria, como el re- 
cuerdo de sus horas más felices. 

Algunas sillitas doradas que ella misma había 
tapizado, procurando reproducir en los dibujos 
sus flores predilectas; pilas de papeles de mú.- 
sica sobre el taburete del piano y sobre las s:- 
llas; en el atril, el álbum que le había regalado 
Emilio, con sus iniciales formadas por dos letras 
doradas, entrelazadas por una quimera con gran- 
des ojos, formados por el relieve que hacía el 
marroquín punzó; media docena de fotografías 
de Emilio, en todas las posturas, encuadradas 
en marquitos de felpa que Adela había coníoc- 
cionado, adornándolas con flores de relieve y 
figuritas de mujeres japonesas con sus ojitos 
de ratón y las cejas arqueadas en abanico; ¡todo 
ese conjunto, modesto pero alegre, bien dispues- 
to, presentado al primer golpe da vista como 
una persona de distinción que recibe en traje 
de mañana, viviendo de los cuidados de Adela, 
como los objetos de un museo, y luego ella 
misma, que lo animaba todo con su presenci:, 
con su graciosa ingenuidad! | 

Todas las mañanas hacía la misma operación: 
abría las ventanas de par en par; daba vuelta 
con un movimiento rápido á las varillas de las 
persianas, hasta ponerlas horizontales; tiraba 
después de la cuerdita que las sujetaba, hación- 
dolas correr rápidamente y produciendo un 
ruido especial que sobresaltaba á no pocos tran- 
seúntes de los que pasaban distraídos; y por 

Vol. 100 2 


ls 


último, un gran tirón de la cu..ua y las varillas 
verdes subían unas en pos de otras, como acró- 
batas, hasta quedar plegadas en lo alto como las 
hojas de un libro. 

Algunas veces, la viejita solía correr alarmada 
hacia la sala, exclamando: 

—¡Pero, niña, qué dirá la gente!... ¡creerán 
que lo haces por travesura!... ¿no te das cuenta 
del ruido que produces con tus persianas?... 
en el barrio ya te conocen por la alborotadora 
matinal... acabarán por burlarse de ti... ¿y 
qué dirán esas niñas de enfrente? 

-—Esas niñas de enfrente no oyen... no ve 
que son sordas, tia—replicó Adela rápidamente, 
mientras hacía girar su cuerpo hacia el lado 
donde estaba la viejita. 

Adela sostenía con esfuerzo la cuerda de las 
persianas y tenía los brazos levantados y rígi- 
dos; se había escurrido la tela finísima de la 
manga hasta el codo; su cuerpo flexible se ar- 
queaba en una curva esbelta, levantando su seno 
á la altura de la barba; de pronto, hizo girar 
su cabeza hacia el hombro izquierdo y, cuando 
notó que la viejita estaba más distraída, soltó 
de golpe la cuerda. Aquello fié un derrumbe 
estrepitoso de varillas, como si todas las atadu- 
ras de la persiana se hubiesen desgarrado. La 
viejita dió un salto hacia atrás, atemorizada, á 
tiempo que gritaba: 

—¡Adela!... ¡Dios mío, esta muchacha está de 
enchalecarla! 

—Esto es para las sordas —exclamó Adela, 


a a 


riéndose á carcajadas y arrojándose de espaldas 
sobre el «sofá. 

—NOo hay remedio... estás loca... loquísima— 
exclamó la viejita, —y se retiró rápidamente de 
la sala. | 

En ese instante, Emilio, que acababa de en- 
trar sin hacer ruido, apareció en el umbral de la 
puerta que daba al patio. 

Adela no había notado su presencia y conti- 
nuaba riéndose del susto de su tía... Es una 
maldad, es una maldad... realmente, estoy lo- 
ca... y al decir esto, vió á Emilio, que la con- 
templaba con la sonrisa en los labios, en tanto 
que se sacaba el sombrero para saludarla. 

—¡Emilio! —exclamó, cubriendo rápidamente 
la desnudez de sus brazos y ocultando su cara 
casi en las faldas para dejar al descubierto la 
nuca poblada de finísimas hebras de cabello cn 
desorden. 

—¡Ah! te he pillado, te he pillado... ¿En qué 
travesuras “andas tan de mañana?... Quien la 
ve, quien la ve á la señorita Adela, tan seria, 
tan reservada, y que, cuando crec estar sola, 
alborota todo el barrio con sus ruidos... ¡Qué 
gracioso! Y al decir esto, Emilio se adelantó 
para tomarle las manos. 

Adela había descubierto su semblante, cn el 
cual se destacaban dos chapas de rubor; la ex- 
presión de su mirada tenía el azoramiento que 
se observa en los niños cuando se les sorprende 
tomando una golosina que les está prohibida; 
no sabía qué contestar á las palabras de Emilio 
y se limitó á decirle: 


— 36 -- 


—¿Tú no has oído, nof 

—¿Qué? 

—Il ruido de la persiana. 

—¡Ah!... ¿Eras tú? 

—Sí, yo que... se me cayó la cuerda de las 
manos... pesan tanto las varillas, y dicho esto, 
sintió que dos nuevas chapas de rubor invadían 
sus mejillas. 

—¡Qué dirán en el barrio!—exclamó Emilio, 
tomando una actitud cómica;—una niña como tú 
entretenida en jugar con la persiana... 

—¡Ah, no seas malo, tú también quieres tor- 
turarme!..: ¡No, no seas malo! Y levantándose 
bruscamente, cerró las manos de Emilio entre 
las suyas... Tú también eres como mamita... 

Esta vez era Emilio el que se reía con estré- 
pito, viendo la candorosa zozobra de Adela. 

—¿Y? 

—¡Ah, los jazmines! Hay cinco hermoósísimos. 
Ya verás — exclamó 200 y salió precipitada: 
mente de la sala. 

—Pobrecita—dijo Emilio para sí, apenas hubo 
salido.—¡Es tan buena! 

Tenía entonces Emilio veinticuatro años; iba 
á terminar sus estudios para la carrera de mé- 
dico y se preparaba á la lucha con un caudal 
bien nutrido de conocimientos y una sed de for- 
tuna y de renombre que no conseguía aplacar 
ni con sus triunfos universitarios, ni con las 
manifestaciones continuas de Adela de que era 
un talento y de que figuraría el primero entre 
sus colegas. 


— 3] 


Surgir de golpe, llamando la atención al día 
siguiente de haberse recibido, era su ideal, su 
fantasía continua. 

Su carácter no le permitía detenerse á medir 
seriamente los inconvenientes de una carrera 
tan erizada de contrariedades. Con esas consi- 
deraciones iría muy despacio y acabaría por 
hacerse pesimista. 

Su imaginación y sus cálculos le planteaban 
el problema de otra manera, halagando su va- 
nidad y su desco de figurar en primera línca. 

—Estoy harto de la vida de estudiante—excla- 
maba á veces en el silencio de su habitación.— 
Esta pobreza que me rodea, ya me abruma; no 
le encuentro el lado poético tan cantado en toos 
los tonos. Vivir como un hongo en un cuartu- 
cho triste, húmedo, en el segundo patio de na 
casa cualquiera de poco precio; «de ella al hos- 
pital, á presenciar miserias, á tocar inmundicias, 
á compadecer dolores... ¡Bah! siempre la mis- 
ma cosa, la misma visita, el mismo médico, los 
mismos enfermos, las mismas religiosas, que 52 
mueven como máquinas, espiando las almas pora 
encaminarlas al cielo;.. Al fin seré médico—cx- 
clamaba después, —y ya verán cómo sabré sacar 
partido de esta profesión, que ha dado ya su 
más estrecho abrazo al curandcrismo... ¡01! 
yo también tendré mis sonrisas preparadas par: 
lisonjear á los clientes, mis preguntas de oca: 
sión para atraerme á las viejas y unas mirs- 
das, agregaba entonándose, para seducir á las 
niñas!... Así exclamaba, tomando aires de per- 


sonaje y se paseaba gravemente por su habi- 
tación. E 

Sí, ahí está el secreto. ¿Acaso los clientes 
tienen noticia de si yo poseo poca ó mucha cien- 
cia?... Esto lo dirán los diarios, el noticiero 
amigo, elogiando mi conducta caritativa y mi 
acierto asombroso para... resucitar muertos, 
agregó riéndose. | 

¡Oh! ellos me verán proceder con tino, natu- 
ralmente, con paciencia, con una buena voluntad 
infatigable; luego, dos Ó tres sentencias bien 
estudiadas para los casos ocurrentes... y ade- 
lante... : 

Entrar en la sociedad por las puertas doradas, 
abicrtas de par en par, y aquí me tienes, como 
quien dice en la mitad del camino de la celebri- 
dad, murmuraba restregándose las manos; to- 
maba en seguida su sombrero y se salía á la 
calle, á evaporar el humo de ambición y de po- 
sitivismo que se había acumulado en su cerebro 
como en una caldera de vapor. 

No le faltaba audacia para hacerlo; los rasgos 
de su fisonomía, perfectamente acentuados, re- 
velaban desde el primer momento á un individuo 
que iría lejos y que sabría elegir sin mucho 
escrúpulo y sin vacilar los medios de alcanzar 
sus propósitos. 

Alto, musculoso, flexible y amanerado en sus 
movimientos, correcto y fingido en su lenguaje, 
calmoso para decir y paciente para escuchar, 
mezcla de reserva y engreimiento, disimulados 
por una sonrisa amable que corría de una co- 


— 39 — 


misura á otra de sus labios, sombreados por un 
bigote negro, fino, reluciente; grandes ojos vi- 
vos, de expresión intensa, falsos y desconfiados 
cuando no estaba seguro del terreno en que 
pisaba. 

Linda cabeza, con su frente ancha, despejada 
hacia las sienes. 

Había concluído su carrera; sólo le faltaba el 
examen de tesis, examen que le preocupaba más 
que ningún otro, pues cifraba el comienzo de 
sus triunfos en una tesis que levantara su nom- 
bre por la novedad del tema y por el aplauso 
que mereciesc. 

Esa mañana había cstado cavilando precisa- 
mente sobre este punto, y como todos los que 
pasó en revista, no le satisfacieron, creyó con- 
veniente tomarse una tregua, y, más temprano 
que de costumbre, se encaminó á la casa de 
Adela. 

Preocupado todavía con este tópico, se arre- 
llenó en un sillón, cabalgando la pierna derecha 
sobre la izquierda; había inclinado su cabeza 
hacia atrás, y mientras aspiraba el humo de un 
cigarrillo, contemplaba al través de las rendijas 
que dejaban las varillas de las persianas, la casa 
que estaba en la acera opuesta y frente á frente 
á la de Adela. 

Una casa baja, de construcción rutinera, pero 
lujosa. Desde la pucrta de calle se veía la serie 
de patios y el pequeño jardín del fondo; á la 
derecha, estaban las habitaciones en hilera si- 
métrica. 


- 4 — 


Emilio soñaba con una casa con puerta co- 
chera; una casa suya, que él pudiese recorrer 
de largo á largo, cerrando las puertas con es- 
trépito, dando órdenes en voz alta é imperiosa. 

—¡Ah! ¡cuándo tendré yo una casa así!—de- 
cía entre dientes y cerrando los ojos con lan- 
guidez. Intregado estaba á estos sueños de 
positivismo y de grandeza, cuando se sintió 
inundado por una onda de perfume suavisimo; 
hizo una aspiración profunda, é inclinando más 
la cabeza hacia atrás, abrió los ojos para con- 
templar á Adela que, de pie detrás del respaldo 
del sillón, había acercado á su semblante el ramo 
de jazmines; sonreía y en sus ojos de niña ena- 
morada relampagueaba todo un poema de afec 
tos tiernos y de esperanzas prometidas. 

Emilio la vió así, le parcció realmente bella, 
y en un arranque de pasión hizo un movimiento 
brusco, arqueando su cuerpo en el sillón, y, 
antes de que ella tuviese tiempo de retirar sus 
manos, ya estaban comprimidas por las de Imi- 
lio, que había extendido rápidamente sus brazos 
per encima del respaldo. 

adela tuvo que ceder é inclinar su cuerpo 
hacia adelante, hasta tocar casi la frente de 
Fmilio, que la atraía suavemente, en tanto que 
comprimía siempre más sus manos con contrac- 
ciones nerviosas. 

-—Déjame—dijo Adcla con voz débil y con- 
movida;—déjame, me haces daño, Emilio, y ya 
rozaba con su frente la del joven, que la con- 
templaba con una mirada que Adela no pudo 
resistir. 


E 


—¿ Me quieres ?—dijo Emilio con voz temblo- 
rosa.—Mírame. ¿Tienes miedo de mí, Adela? 

—No... suéltame... me haces sufrir... 

—Acércate, Adela, acércate—decía Imilio, sin- 
tiendo el roce caliente del aliento de Adela, mez- 
clado al perfume de los jazmines que lo embria- 
gaban. 

—¡Emilio!'—contestó la niña con voz apenas 
perceptible y entrecortada por una inspiración 
profunda que hizo levantar la curva de su seno, — 
¡Suéltame! 

Emilio se incorporó todavía en el sillón y 
dejándole libres las manos, pasó las suyas rápi- 
damente por su cabeza, atrayéndola aún más 
hacia sí; sus rostros se unieron confundiéndose, 
y los labios de Adela, enrojecidos y secos, como 
los de los niños con fiebre, se encontraron con 
los de Emilio; aquello no fué un beso, fué una 
vibración intensa, profunda, sostenida, como un 
deseo insaciable. 

Adela se sintió desfallecer; no podía resistir 
á la conmoción voluptuosa que agitaba todo su 
cuerpo; temblaba como si la hubiera invadido 
un calofrío; su cabeza se perdía en vértigos 
de apasionada languidez; toda la sangre corría 
hacia su cerebro, como un vapor caliente; pal- 
pitábale el corazón con violencia,—palpitaciones 
que sentía resonar en sus oídos como un eco 
amigo,—como si desde el fondo del pecho le 
dijera: aquí estoy, no tiembles. Emilio no podía 
soltarla; sus manos se habían hundido en los 
cabellos de Adela, acariciándolos con sus dedos 
temblorosos. 


—Suéltame, suéltame Emilio—decía Adela, des- 
fallecida cada vez más.—Después se calló... Re- 
cibía las caricias de Emilio y aspiraba su aliento 
acre que casi la quemaba... Cerró los ojos y se 
olvidó de todo. Una sensación de aniquilamien- 
to, de dulce postración, la hizo abandonarse con 
todo su cuerpo sobre la frente del joven... Ce- 
saron para ella los ruidos de la calle, el temor 
de verse comprometida por una mirada impru- 
dente, el miedo de que su tía pudiera entrar, 
todo había desaparecido... Jimilio continuaba 
acariciándola con más calor y repetíale con más 
vehemencia: 

—¿Me quieres, Adela, me quieres?—IEn uno 
de esos instantes Adela ya no pudo resistir... 

—Te quiero, sí;—y rodeando á su vez con 
sus manos finas y nerviosas la cara de Emilio, 
la comprimía contra la suya mientras que, 
frenética, apasionada, casi fuera de si, le re- 


petía: 
¿Y tú?... ¿y tú... ¿no me abandonarás 
nunca?... ¡nunca! ¡ah! tengo miedo... tengo 


miedo, Emilio—agregaba con acento cada vez 
más conmovido.—¡Oh, preferiría morirme! 
—¡Nunca, nunca, Adela! —exclamó Emilio con 
acento entrecortado, y abandonando su linda ca- 
beza, se puso de pie en frente de ella; sus brazos 
se abrieron para recibirla; trémula y convulsa se 
dejó caer sobre su pecho, entrelazándole los 
brazos al cuello, en tanto que él, comprimiendo 
su talle flexible con la diestra, apartaba de su 
frente las hebras de sus cabellos en desorden 


-— 43 — 


para imprimirle sus besos más ardientes. ¡Nun- 
ca, Adela, no tiembles, mírame, no soy capaz 
de engañarte! 

Adela levantó los ojos y pudo leer en la ex- 
presión de los de Emilio la confirmación de sus 
promesas; ocultó entonces su cara contra el 
pecho de Emilio, y sin poder dominarse, rompió 
á llorar con sollozos entrecortados... 

—i¡Nunca!... ¡nunca! —exclamaba interrum- 
piendo el llanto—¡oh sí, seremos felices! 

Los jazmines deshojados se hallaban espar- 
cidos por el suelo, difundiendo su perfume 
“suave; penetraba por las rendijas de las persia- 
“nas un vaho tibio; habían cesado por un mo- 

mento los ruidos de la calle; sólo se oían los 
“rumores lejanos y confusos, el repique de una 
' campana que llamaba á la misa y las notas bien 
'acompasadas de un piano. 

—Con que gusto tocan—dijo Emilio, poniendo 
el oído atento.—¿Son las niñas de enfrente, 
'no?... Mis simpatías—agregó sonriendo iróni- 
camente. 

—¡Pobrecitas! 

—¿Por qué? 

—$Son tan feas. 

—¡Ah, pero muy ricas! 


Ad 


V 


Eran efectivamente muy ricas las vecinas que 
tocaban el piano, y Emilio lo había dicho en un 
tono tal, que, sin saber por qué, Adela se había 
sentido humillada. 

Esa misma mañana, después que él se hubo 
retirado, Adela se quedó largo rato pensativa, 
repitiendo mentalmente la frase: ¡muy ricas! En 
cambio, Emilio sabía muy bien que su única 
riqueza consistía en la módica pensión que el 
eobierno pasaba á la viejita; muerta ésta, no le 
quedaría recurso aleuno con que atender á su 
subsistencia. | 

Jamás se había preocupado de estas cosas; 
la materialidad de la vida no entraba en sus 
cálculos ni perturbaba sus sueños de felicidad. 

Ella no aspiraba á mucho: continuar viviendo 
al lado de su viejita y que Emilio concluyese 
su carrera para unirse á él y consagrar así su 
existencia á cuidar á la anciana, que la había 
amparado como una madre cariñosa, y á Emi- 
lio, en quien tenía una fe profunda y un cariño 
que la hubiera llevado á cualquier acto de abne- 
gación y de sacrificio.: 

¿Para qué quería entonces riqueza? ¿Ira in- 
dispensable tener mucho dinero para realizar 
aspiraciones tan modestas? LEso vendría des- 


E A 


pués. Cuando Emilio se recibiese de médico, 
tendría una clientela numerosa, que les daría 
para llevar una vida más holgada y con más 
ostentación. Emilio tiene mucho talento, será 
un médico distinguido—decía Adela para sí—y 
le sobrarán las oportunidades para hacer for- 
tuna. Pero estas reflexiones, que entraban po 
primera vez en el mundo de sus sueños, como 
pequeñas manchas que se iban agrandando cada 
vez más, habían concluido por llevar á su espí- 
ritu un poco de zozobra. 

Sintió como una dolorosa impresión de terror 
al pensar en que pudiese morir la viejita antes 
de que ella estuviera unida á Emilio. 

Pero aquello no era posible; ella, tan fuerte, 
tan andariega, nunca se había quejado de enfer- 
dad alguna; sus antepasados habían muerto 
todos octogenarios y era presumible que ella 
no haría excepción á la regla. Sin embargo, 
Adela se propuso, desde cse momento, dedicarse 
con más empeño al cuidado de la señora; in- 
sensiblemente, sin contrariarla, sin dárselo á 
sospechar, la obligaría á que cambiase de mé- 
todo de vida; aquello de ir á la primera misa 
en las mañanas de invierno frías y lluviosas, 
no le sería ya permitido. ¿Cómo no había no- 
tado antes estos desarreglos, que podrían tener 
consecuencias tan funestas? ¡Cuántas veces li 
viejita, ya de regreso de sus ejercici.s religio- 
sos, había penetrado en el dormitorio de Adela 
para despertarla, poniendo sobre su frente la 
yema de sus dedos fríos y rígidos como palitos, 


0 7 


en tanto que le ofrecía un vaso de leche cspu- 
mosa y humeante! He sido una aturdida y una 
ingrata—se dijo para sí Adela—y de hoy en ade-. 
lante he de esforzarme por cambiar los papeles; 
soy yo la que debo ir al dormitorio de mamita, 
á sorprenderla en el sueño, á despertarla cari- 
ñosamente, con un beso en la frente, y á ofre- 
cerle el vaso de leche tibia y espumosa. 

Desde mañana—se dijo —pongo en práctica este 
deber, que he descuidado hasta ahora. 

¡Pobrecita!... de noche, cuando la lluvia de 
invierno azota los vidrios y el viento gime por 
entre las rendijas como un perro que aúlla y 
los truenos parece que nos tiran con furia un 
pedazo de cielo sobre el techo, ella se levanta, 
temblorosa, friolenta, para acercarse á mi cama 
á inspirarme coraje. 

Adela recordó que, durante esas noches, la 
viejita había pasado horas enteras al lado de su 
cama rezando, teniendo en sus manos una palma 
bendita, en tanto que ella, asustada como un 
niño, se envolvía la cabeza con las sábanas y 
se tapaba los oídos para no oir el estrépito de 
la tormenta. 

¡Cuántos años hacía que la anciana continuaba 
prodigando á Adela todos estos cuidados, todas 
estas atenciones delicadas, todas estas exagera- 
ciones de cariño! ¡Ah! ella se había acostum- 
brado mal, había crecido engreída y mimosa, 
vividándose de que ya no era una chiquilla para 
peiinitir que velase su sueño en las noches de 
Muvia y de truenos y la despertaran por la ma- 
hana con un desayuno tan apetitoso. 


uE Y, REN 


¡ Y los prodigios que realizaba la viejita con 
su modesta pensión! 

Recordaba cómo una mañana, cuando había 
ido á lá sala como de costumbre, se había cn- 
contrado entre las dos ventanas con un piano 
nuevo, de formato moderno, brillando la ma- 
dera imitación de ébano y con unas voces que 
casi la habían enloquecido de placer. La noche 
antes, todavía había chapaleado con sus dedos 
sobre las teclas desdentadas y amarillentas de 
su viejo piano de mesa, rebelde y cansado como 
un animal derrengado por el trabajo. 

Tan habituada estaba Adela á estas sorpresas, 
que había concluído por considerarlas la cosa 
más natural del mundo. Después del piano, los 
vestidos de corte elegante, para que pudiese 
lucirlos en los días de fiesta y para que no 
desmereciese al lado de las señoritas de mejor 
posición; las alhajas, elegidas con un gusto re 
finado, y que, á pesar de su poco valor, podíar 
completar la toilctte de la niña más exigente. 
¡Ah! y en el día de su cumpleaños, todos los 
ahorros que guardaba la viejita, los convertía 
siempre en algún objeto que recibía Adela en 
medio de transportes infantiles de satisfacción 
y alegría. 

El día de Año Nuevo era siempre de grandes 
acontecimientos: con el tacto especial y la ma- 
nera tan delicada como procedía la anciana se- 
ñora, Adela tenía dinero de sobra para O0bsxe- 
quiarla á su vez. Á cierta hora del día esperabun 
las dos sus respectivos regalos: Adela envolvía 


— 48 — 


cl obsequio en papel de seda, atado con cintas 
blancas; se encaminaba al cuartito de la tía, con 
aire serio, afectando ser simplemente mensajera 
de los felices augurios; se acercaba á la ancia- 
na, sosteniendo con mano un tanto trémula por 
la emoción, el envoltorio, y decía á la viejita: 
esto le mandan á usted; no sé quién será, por- 
que no trae tarjeta; pero, en fin, es un regalito 
de Año Nuevo, y en medio de una explosión 
de alegría y de caricias recíprocas, desenvolvían 
ambas el paquete, y la sorpresa, las pondera- 
ciones, cl agradecimiento tierno de la anciana, 
conmovían á Adela. 

--¿Le agrada, mamita?.... ¿Es de su gusto? 

—¡ Precioso, Adela!... ¡Qué buen gusto! 

—¡ Un devocionario con letras grandes, con vi- 
ñietas de santos, cromos de colores brillantes!... 
¡Muy lindo! ¡muy lindo! 

—-Bueno, dile á la persona que lo manda, que 
quedo muy agradecida á una atención tan de- 
licada y que... Toma, toma, Adela, toma, aquí 
tienes tu regalo de Año Nuevo, concluía la vie- 
jita sin poder contener ya su satisfacción. ¿Te 
agrada?... ¿es de tu gusto? 

—¡Un anillo con chispas de brillantes!.... 
¡Ah! y con rubies... una monada, mamita... 
una verdadera joya. | 

Volvían á abrazarse y á prodigarse besos ca- 
viñosos, y por la tarde salían de paseo; Adela 
clegantísima, con su traje nuevo, y la viejita 
como siempre: su vestido negro sencillo, perfu- 
mado con benjuí, las dos con su aire distin- 


== 


guido y la placidez de personas á quienes son- 
ríe la felicidad. 

Todo esto lo recordaba ahora Adela como si 
fuera nuevo para ella, y á medida que su ima- 
ginación iba anudando estos recuerdos en su 
memoria, la conducta de la anciana iba adqui- 
riendo formas tan bellas y rasgos tan acentua- 
dos, que ya Adela no podía resistir al deseo de 
correr adonde estaba la viejita para decirle cuán 
inmenso cra su cariño, su gratitud y pedirle 
perdón por haber olvidado por tanto tiempo el 
cumplimiento de esto que ella conceptuaba ahora 
como un deber sacrado. 

¡Pero si esa viejita es una santa—exclamó de 
pronto—una verdadera santa! 

Recordó con ese motivo las limosnas frecuen- 
tes que le había visto entregar á muchos des- 
validos que llamaban á su puerta... entre ellos, 
á una mujer infeliz, harapienta, joven aun y 
madre de tres hijos, uno de ellos loquito, que 
hablaba dando aullidos y haciendo gesticulacio- 
nes, que se rompía las ropas y se mordía los 
dedos con rabia, cuando no se le permitía des- 
trozar los trapos de sus vestidos. 

¡Ah! si yo perdiese á mi viejita—exclamaba 
con acento desesperado. 

Y Adela se complaciía en torturar su espíritu 
entregada á estas cavilaciones sombrías; pero 
en los momentos de mayor desconsuelo y cuan- 
do ya le parecía encontrarse frente á frente á 
la realidad, desamparada y pobre, venía la reac- 
ción con explosiones de alegría, con seguridades 


E, y AN 


consoladoras... ¡Qué tonta soy!—se decía de 
pronto;—todo esto por una frase de Emilio, lan- 
zada así, sin intención. 

Convino entonces en que era demasiado sus- 
ceptible, en que no debía dar abrigo en sus 
sentimientos á una duda tan mortificante, en 
que todo aquello era exceso de susceptibilidad, 
y en que, si las niñas de enfrente eran tan ricas, 
como había dicho Emilio, ella también lo sería 
alguna vez y entonces, ¡oh! entonces, la viejita 
viviría en la casa como una niñita mimada; ella 
la cuidaría como se proponía hacerlo desde lue- 
go, con todas aquellas atenciones más delicadas, 
rodeándola de comodidades y del confort tan 
necesario á sus años; hasta carruaje propio 
tendría su pobre mamita para ir á misa en las 
mañanas de invierno y para ir á Palermo á 
gozar en las horas de sol de los días de otoño. 

—¡Oh, qué felicidad, qué felicidad !—exclama- 
ba Adela;—cuánto gozaré en prodigarle todas 
estas cosas y cómo vivirá contenta, cómo se 
encontrará bien. 

Iré á buscar yo misma á todos sus pobres 
del barrio para que ella pueda socorrerlos... 
¡Ah, la madre del loquito, no estará ya expuesta 
á morirse de hambre y de frío! 

¡Rica! ¡rica!—exclamaba Adela, batiendo las 
palmas como un niño. 

En ese instante oyó un ruido, algo como un 
mueble que se cae, y la voz de la anciana que lla- 
maba con palabras entrecortadas... Iba ella á 
salir precipitadamente de la habitación para acu- 


O E 


dir en su auxilio, cuando se encontró de frente 
con la viejita, que le decía alarmada: Adela, hija 
mía, fíjate en mis ojos... no sé qué tengo... 
cazi no veo... ¿gué será, Dios mío?... ¿qué 
será? 


VE 


¡Seis días sin tener noticias de Emilio! 

Y la esperanza de verle llegar de un momento 
á otro mantenía en el espíritu de Adela una 
excitación continua. Al principio eran las cavi- 
laciones, las conjeturas, las suposiciones que más 
pudieran justificar la ausencia, pero después, 
no se satisfacía con las razones que ella misma 
procuraba encontrar para calmar la ansiedad y 
la zozobra que la habían invadido. 

Cambiaba el giro de sus pensamientos á cada 
instante, y de pronto, se decía á sí misma llena 
de confianza: pero si soy una tonta creyendo 
algo malo; no viene porque tiene que estudiar, 
que escribir la tesis, que preparar el examen. 
Sin embargo, estas reflexiones duraban un mi-: 
nuto, pasaban por su cerebro como una ráfaga, 
y entonces, casi con las lágrimas en los ojos, 
corría á la sala, á mirar por las rendijas de la 
persiana, en tanto que el corazón le anunciaba 
algo que se resistía á creer y á aceptar como 
una consecuencia del abandono en que la había 


— 59 


dejado. No, no puede ser—exclamaba;—no es 
capaz de una mala acción... ¡él!... no... pero 
si la última vez que vino estaba sonriente, ale- 
gre, cariñoso; si me tendió la mano como siem- 
pre... no, no puede ser. ¡Ah! algo le ha suce- 
dido, y sin darse otras explicaciones, escribía 
con mano trémula una carta llena de quejas, de 
reconvenciones, de súplicas, y, para que fuese 
más tierna, le hablaba de la enfermedad de la 
viejita, de que debía examinarle los ojos, de 
la planta que estaba llena de jazmines; y en 
cada renglón, una súplica, una promesa, una pre- 
gunta. Las cartas tenían el mismo éxito... 
Nada... ni una línea, ni un recuerdo. Emilio 
no estaba en su casa, no se tenían noticias 
suyas. 

Cien veces en el día llamaba á la sirviente— 
una mulatilla despejada y traviesa que había 
rriado la viejita—para preguntarle: 

—¿A quién entregaste la carta ? 

—Á una señora, niña. 

—¿ Dónde estaba la señora ? 

—La señora salió de la sala cuando yo llamé 
con las manos en el zaguán. 

—¿ Y qué te dijo la señora? 

—Yo no le entendí bien, niña, porque la se- 
ñora es extranjera. 

—Pero, torpe, no me has dicho hace un mo- 
mento, que te contestó que el señor Emilio no 
iba á la casa hace muchos días. 

—S$Sí, niña. 

—¿ Y entonces? 


> 53 — 


—Abh, pero la señora no sabía donde estaba . 
el niño Emilio. 

—¿Y las otras cartas ? 

—Ah, las otras cartas me dijo que las ha- 
bía guardado. 

—¿Pero quién las había guardado? 

—Ya no me acuerdo, niña. 

—Vete, eres una inservible. 

—Así concluían siempre las escenas, sin que 
Adela advirtiera que, dado el estado de excita- 
ción en que se encontraba y el tono en que 
hacía las preguntas, la mulatilla acababa por 
confundirse, asustarse y mentir de una manera 
inconsciente. 

—Esto no puede durar—exclamaba Adela;— 
yo necesito saber algo, tencr algún indicio del 
motivo que ocasiona estas ausencias... Es una 
crueldad de su parte, una verdadera crueldad... 
¿Qué le habré hecho yo?... Estará resentido 
tal vez; tal vez involuntariamente lo habré con- 
trariado... ¡Ah! de todas maneras, castigarme 
así, no, no puede ser. 

Y al decir esto, una explosión de llanto inun- 
daba de lágrimas sus mejillas pálidas y un tanto 
demacradas. 

—Le pediré perdón—exclamaba, enjugándose 
las últimas lágrimas.—Se habrá ofendido... ¿de 
qué?... pero si nada le he dicho que pudiese 
herirle... ¿tal vez mamita?... ¿alguna impru- 
dencia?..- no, tampoco, si ella, pobrecita, es tan 
fina y tan discreta; si lo trata con tan cariñosa 
deferencia... ¿estará enfermo?... ¿de guardia 
en el hospital? | 


— 54 — 


Sucedíanse unas á otras las preguntas, las con- 
jeturas, las sospechas; luego una tregua pasa- 
jera, un momento de calma aparente y después 
el mismo desaliento, la misma inquietud, los 
mismos reproches, desvanecidos en un minuto, 
para dar lugar á otros, vinculados con la visita 
de Emilio. 

Adela procuraba evocar y reconstruir en su 
memoria los detalles de esa entrevista, pidiendo 
auxilio á su imaginación para poner mejor de 
relieve la actitud, las palabras, los gestos y 
hasta las miradas de Emilio. Recordaba muy 
bien los pormenores más insignificantes y en 
ninguno de ellos, encontraba ese algo que bus- 
caba en vano para justificar una conducta tan 
inexplicable. 

Se acercaba entonces á la anciana para some- 
ter á su juicio severo y recto el problema que 
ella misma no alcanzaba á resolver, pero la vie- 
jita, que también se encontraba alarmada y que 
sabía disimular con aparente calma el estado 
de su ánimo, no atinaba sino á contestar con 
palabras cariñosas que no ejercían sobre el es- 
píritu de Adela sino un efecto pasajero. Era lo 
de siempre: no te aflijas, niña; no te preocu- 
pes; ya verás cómo Emilio se aparece en cual- 
quier momento más amoroso que nunca por la 
ausencia; ahórrate esas lágrimas y ese disgusto 
que acabará por enfermarte; no veo yo un mo- 
tivo fundado para tanta zozobra; sería una con- 
ducta inexplicable, un retiro en esa forma, y 
luego ¿por qué?... ¿Le has dado tú algún mo- 
tivo para ello? ' 


a A 


—¡No, mamita; no, qué motivos voy á dar- 
le!—exclamó Adela, prorrumpiendo en sollozos. 

—Cálmatce, niña, cálmate; Emilio es un caba- 
llero cumplido y no querrá observar una con- 
ducta tan indigna con una niña como tí. 

Adela levantaba la cabeza, miraba á su tía 
con los ojos velados aún por las lágrimas, y sin 
poder contestar se retiraba para ocultar de nue- 
vo los sollozos. 

—¡Pobrecita!—exclamaba la anciana;—mucho 
me temo que ese Emilio, con todo su aire de 
caballero y con su porte de personaje, concluya 
por engañarla. : 

Y la anciana pensaba tristemente cn los años 
de su juventud, en la fe que había depositado 
ella también en la palabra de sus galanteadores, 
en los desengaños que había sufrido y en las 
lágrimas que había derramado. Adela era la 
reproducción de su propia vida; venía á hume- 
decer con sus lágrimas las pocas cenizas que 
había dejado el tiempo, renovando dolores que 
ella creía extinguidos. Estaba en el final de su 
existencia, pobre, achacosa, y sin fuerzas para 
apuntalar ese árbol de juventud que había cre- 
cido á su lado lleno de savia y de vida, no po- 
día prestarle su apoyo; pronto se moriría y 
Adela se quedaría sola en el mundo, pobre tam- 
bién, con sus ilusiones muertas, y sin que ella 
pudiese legarle su experiencia, que había reco- 
rrido etapa por etapa, como en un calvario in- 
terminablc. 

Adela no podía comprender nada de cuanto 


ib 


había sufrido y ella no quería decírselo, por no 
aumentar el dolor de esa criatura, que lo creía 
todo, que lo veía todo de color azul y que al 
primer desengaño quería ya morirse. 

¡Oh! resistirá como yo—decía la viejita; — 
esos dolores no matan; se complacen, como ani- 
males dañinos, en destruir una por una las ilu- 
siones, como si nos arrancasen el nervio más 
sensible; pero, al fin, nos resignamos. Esto es 
al principio—decía para sí la viejita;—yo tam- 
bién creí que iba á morirme, también creí que 
mis lágrimas no se agotarían nunca y que no 
habría mayor dolor!... ¡Ah! qué lejos estaba 
de la realidad... Han brillado después muchos 
días serenos y tranquilos, he encontrado la paz 
y el consuelo para curar esas heridas, y hoy, 
Dios mío, bendigo tu divina providencia por 
haber confortado con tus dones á esta pobre 
criatura, que espera por momentos la hora de 
la partida. 

Así se expresaba la anciana conmovida en lo 

más íntimo por el dolor de Adela, y sin que- 
rerlo, casi inconscientemente, mezclaba á su com- 
pasión por la niña ese egoísmo de la vejez, que 
encuentra pequeños todos los dolores y lieva- 
deros todos los sufrimientos. 
- Adela, por su parte, se encerraba en la salita, 
espiando con ansiedad el momento en que oyera 
las pisadas de Emilio por la acera, para salir 
corriendo á recibirlo. 

¡Cuántas veces se había engañado! ¡cuántas 
se había levantado rápidamente del sofá, dicien: 


Ra 


do casi á gritos: ¡es él!... ¡ahí viene!... El 
ruido de las pisadas se extinguía y nuevamente 
se dejaba caer con desaliento en el sitio que 
ocupaba. 

Varias veces había contemplado la planta de 
jazmines; le parecía que ellos también partici- 
paban de su zozobra. Algunos estaban tumba- 
dos en sus tallos, cual si, sensibles al dolor, 
quisieran ocultarse entre las hojas de verde som- 
brío, para no aumentar su desesperación. 

En toda la casa empezaba á notarse el aban- 
dono de Adela; parecía que el día antes hubie- 
sen sacado de clla algún muerto, tal era el des- 
orden en los muebles, en las ropas y en los 
mismos objetos que Emilio le había regalado. 
Is que Adela los había acariciado, besado, de- 
rramado lágrimas sobre cada uno de ellos, como 
esperando un consuelo para mitigar su dolorosa 
situación. 

Hizo promesas á la Virgen, imponiéndose pe- 
rcygrinaciones y penitencias, pero pasaban las 
horas y los días y no recibía del cielo auxilio 
alguno. Hubo momentos en que su desespcra- 
ción no tuvo límite, y entonces, era la anciana 
la que acudía á conformarla con sus palabras 
impregnadas de acentos exriñosos. Si, SÍ— C59n- 
testaba Adela á las insinuaciones de la viejita; — 
me resignaré, pero sus ojos se inundaban de 
lágrimas. 

Sus amivas habían acudido á visitarla con 
más frecuencia; las que habían mirado con un 
poquito de envidia la felicidad de Adela, eran 


E e 


las más asiduas, las que, demostrándole mayor 
interés, gozaban sin embargo con su desdicha. 

Adela comprendía perfectamente la maligni- 
dad que envolvían las frases con que fingían 
interesarse por ella; entonces reaccionando á 
impulsos de su altivez y de su amor propio, 
fingía ella también estar alegre, mostrándose in- 
diferente á las insinuaciones que le dirigían. 
No era cierto que Emilio la hubiese abandona- 
do; alguna amiga envidiosa había propagado la 
noticia para dañarla. 

¡Pero si anoche ha estado aquí hasta las do- 
ce!—exclamaba Adela, afectando sorprenderse de 
que creyeran que habían roto sus relaciones. 

Estas y otras manifestaciones dejaban per- 
plejas á las visitas de mala fe, á las que iban 
á indagar, á estudiar los estragos que se nota- 
ban ya en su semblante y también á consolarse 
un tanto de no haber tenido jamás un novio ni 
aun para hacer un poco de ruido con el rompi: 
miento. 

Pero no era posible ocultarlo. En el círculo 
de las relaciones de Adcla no se hablaba de 
otra cosa, con esta particularidad: Emilio em- 
pezaba á tomar ya en la imaginación de muchas 
los perfiles de un héroe, de un seductor irresis- 
tible. Las menos escrupulosas se miraban, son- 
reían con malicia y concluían por decirse al 
oído cosas tan afrentosas para Adela, que, de 
haberlas sospechado, habría caído muerta de 
vergiienza. 

En medio de esta crisis de dolor, secaba de 


E: EN 


pronto sus lágrimas; alisaba con ambas manos 
sus cabellos, aplicándolos contra las sienes; mi- 
rábase al espejo para observar los estragos que 
habían hecho en su fisonomía el insomnio y el 
llanto, y resuelta, tranquila, casi sonriente, cual 
si una nueva actitud respondiese á un pensa- 
miento íntimo, á una convicción basada sobre 
el hecho mismo, se sentaba delante del bastidor 
sobre el cual había estirado prolijamente el raso 
color oro viejo para bordar en él las iniciales 
de Emilio, entrelazadas con un manojo de Ílo- 
res. Era el obsequio que le destinaba para el 
día de su recepción: una hermosa papelera do- 
rada, en cuyo frontis se veía un óvalo cubierto 
por un vidrio, debajo del cual debía figurar la 
labor de Adela. 

Inclinó su frente sobre la tela, levantó el pa- 
pel de seda que la cubría y contempló por un 
instante cl dibujo. Las iniciales estaban termi- 
nadas; sólo faltaban las flores para completar 
el trabajo, pues apenas había concluído una 
hoja de un verde brillante, aterciopelado, na- 
ciendo de un tallo trabajado con hilo de oro. 
Sacó de un canastillo las hebras de seda multi- 
color, separó las que debía emplear y con mano 
segura empezó á hacer correr las agujas, pro- 
duciendo un ruidito suave al atravesar de parte 
á parte la superficie de la tela resistente. Pero 
su imaginación no se subyugaba á aquella tarea 
y desde el primer momento comprendió que no 
podría continuar; se le ofuscaba la vista, con- 
fundía los colores y por intervalos no tenía ante 


— 60 — 


sus ojos más que una chapa bruñida, tersa, de 
la cual se borraban lentamente las letras, apa- 
reciendo después más grandes, de relieve, como 
desprendidas de las finísimas ataduras con que 
estaban amarradas. 

Mi cabeza se extravía—exclamó, comprimién- 
dose la frente con ambas manos... Se levantó 
y se fué una vez más á implorar el auxilio de 
su Virgen protectora. 

Ningún corazón elevó jamás una plegaria tan 
sentida; no era la oración rutinera, aprendida 
de memoria y repetida con inconsciencia; era el 
grito de una alma dolorida que presentía el de- 
rrumbe de su felicidad y que se encontraba 
impotente para evitarlo, 


VIL 


Habían transcurrido los días cada vez más 
tristes y abrumadores para Adela. 

Ya no lloraba; su alma desolada flotaba aún 
entre la esperanza y los recuerdos, en medio de 
una calma que aumentaba la zozobra de la an- 
ciana. Resignarse así no es posible, se decía 
ésta; yo sé lo que son estos dolores, yo sé lo 
que son las noches en las que huye el sueño, 
para traernos en cambio todas las imágenes de 
los días felices, como un tormento más en me- 
dio de la desgracia. Adela debe sufrir horrible- 


— 61 — - 


mente y no quiere demostrarlo; ese dolor mudo, 
reconcentrado, que se aumenta en el corazón 
como un veneno de efecto lento, acabará por 
enfermarla. Ayer hasta la he visto sonreir y 
se ha entretenido en conversar conmigo de co- 
sas alegres. ¡Ah! conozco yo también esa faz 
del sufrimiento; en vano queremos engañarnos 
á nosotros mismos; el mal está dentro como un 
gusano que ha hecho del corazón su crisálida; 
su obra continúa en silencio; poco á poco tala- 
dra, horada, y cuando creemos que todo ha con- 
cluído, que nuestra resignación es suficiente, que 
nuestro dolor se ha extinguido, y recogemos los 
despojos de nuestras alegrías pasadas, de nues- 
tras horas de felicidad, para formar con ellos 
una existencia tranquila, sentimos que todavía 
existe alguna fibra que no ha muerto, un punto 
doloroso que no podemos comprimir sin pro- 
vocar una nueva crisis que exalta nuestros sen- 
timientos y renueva nuestros dolores. La cura- 
ción es lenta y penosa. Muchas, ¡pobrecitas! no 
resisten al tratamiento que les impone el tiempo, 
nunca más lento que para el dolor, y en medio 
de esa crisis, en el primer choque, con el primer 
desengaño, cuando ven desvanecerse ese mundo 
ideal que habían elaborado día á día con colores 
tan lindos, con puntos tan brillantes, se creen per- 
didas, se abandonan, desfallecen, y una noche in- 
terminable de ensueños horribles trastorna su ce- 
rebro. ¡Ah! yo lo recuerdo muy bien, —agregaba 
la viejita con acento amargo.—¡Pobre Adela! Es 
dura la ley, es cruel el rigor con que nos tratan, 


a + E 


pero no es de ellos toda la culpa; debemos quejar- 
nos de nosotras mismas, de nuestra sensibilidad, 
de nuestro apasionamiento casi enfermizo. Somos 
como los niños que ven el caballo de cartón re- 
luciente, nuevo, en su actitud briosa y airada. Al 
principio, la novedad, cl deseo de poscerlo, las 
caricias, las reyertas y el egoísmo para defen- 
derlo de las manos de otros niños; por último, 
un buen día, nacen la curiosidad y el deseo de 
verlo por dentro, hastiados de encontrarlo siem- 
pre igual, siempre en su misma actitud, y ci 
caballo de cartón abierto cnseña su pasta inte- 
rior rugosa, fea, sucia, mientras cl niño llora y 
se desespera porque su caballito, tan lindo, tan 
brioso, que parccía vivo, es un conjunto infor- 
me de pedazos que se arrojan á un rincón. 

¡Ah! si nosotros pudiéramos verlo por dentro 
antes de seducirnos con la esbeltez y las gracias 
exteriores!... Cuando llega el desengaño, ya no 
hay remedio... Muchas quieren conservar los 
pedazos unidos, disimular las quebraduras... 
es inútil... al rincón, al rincón con ellos, —excla- 
maba la viejita exaltándose...-—Hay que buscar 
otro para no tener esas curiosidades peligrosas 
y no recoger en cambio los pedazos de cartón 
negruzcos y rugosos. TVeliz de aquella que no 
siente esta curiosidad—agregó la viejita conclu- 
yendo su monólogo pesimista. 

Adela penctraba en ese instante, trayendo en 
sus manos un periódico cuyas columnas recorría 
distraída y casi sin leerlas. 

La viejita le dirigió una mirada cscudrinán- 


E y 


dola, procurando distinguir en las facciones y 
en el gesto de Adela las huellas de nuevas lá- 
grimas, pero su visión, ya muy debilitada, no 
le permitía darse cuenta de estas cosas; veía el 
semblante de la niña como al través de .una nie- 
bla; le parecía que estaba muy pálida y que 
sus ojos se hubiesen agrandado... ¡Ah! mi en- 
fermedad progresa—pensó para si...—¡Oh! la 
vejez nos transforma por fuera como la pasta 
del caballito de cartón—agregó con una sonrisa 
amarga, mientras se restregaba las manos, afec- 
tando su alegría habitual. 

Adela se había instalado en un sillón de este- 
rilla, enfrente de la anciana, aparentando leer 
las noticias del día, pero en realidad siguiendo 
el' giro de su imaginación, que la transportaba 
al mundo de sus recuerdos y de sus dichas pa- 
sadas. 

Ambas guardaban silencio. La anciana no se 
atrevía á interrumpirla, esperando que ella mis- 
ma diese el tema para conversar, y entre tanto, 
hacía esfuerzos para distinguir su semblante 
cada vez que Adela, por una interrupción cual. 
quiera, daba vuelta á la cabeza hacia la ventana 
que miraba al patio. En uno de esos movimientos 
quedaron sus facciones iluminadas por completo. 

¡Ah! también hoy ha llorado mucho-—se dijo 
con sentimiento...—¡Cuánto sufrirá esta pobre 
criatura! 

Adela había inclinado de nuevo su frente so- 
bre el diario; la anciana estaba inmóvil, con los 
labios entreabiertos, las manos entrelazadas y 


E 1 


el cuerpo inclinado hacia adejante, en actitud de 
prepararse á escuchar la lectura y repitiendo 
mentalmente la frase con que sintetizaba el es- 
tado de Adela. ¡Pobre criaetura!... ¡Pobre cria- 
tura!... 

Habían cambiado apenas algunas palabras 
cuando de pronto Adela se levantó como herida 
en el corazón, y de pic, rígida, estrujando con 
los dedos crispados el diario que estaba leyendo, 
lanzó un grito ronco al principio, como si su 
laringe se hubiese perforado; un gemido pro- 
longado después, y luego cayó como fulminada 
á los pies de la anciana. 

¡Adela!... ¡Adela!... ¡niña!... ¡Se muere!... 
¡pobre de mí!—exclamó la viejita en cl colmo 
de la desesperación y del terror, mientras hacía 
esfuerzos inauditos para levantarla.—¡Adela!... 
¡Adela!... ¡Dios mío! —dijo, y juntando las ma- 
nos en ademán de súplica, se sintió desfaliecer. 

¡Ah! no puedo más... cs muclo sufrir—agre- 
gó, € inclinando su cuerpo sobra el de la niña, 
procuró levantar su cabeza, rodeándola con sus 
manos temblorosas; sostúvola así un instante, 
mientras cubría su frente de besos y de lágri- 
mas, en tanto que la llamaba con voz conmovi- 
da, prodigándole las frases r:ás tiernas. 

Adela no daba señales de vida; apenas se oía 
el ruido suave de su respiración, la viejita redo” 
blaba sus llamamientos afectuosos v no se atrevía 
á abandonarla, temerosa de que pudiese hacer 
algín movimiento peligroso; felizmente, había 
acudido la mulatilla sirvienta, que estaba de pie, 


inmovil, como alelada por la impresion que le 
causara aquel cuadro; advirtió la anciana su 
presencia y en el instante cxclamó: ¡Ah! cres 
tú... ayúdame, ayúdame... 

—Sií, señora... sí, niña...—decía la mulatilla, 
pero no atinaba á moverse de su sitio. 

—Yen aquí... ven... trae una almohada... 
agua de colonia... pero ligero... Adela... ¡Ah! 
pobre Adela... se muere... ¡Dios mío!... 

La viejita comprimía contra su seno la cabeza 
de Adela; cuando la negrilla hubo colocado la 
almohada, la deslizó suavemente sobre el brazo 
izquierdo, apoyando la palma extendida de la 
diestra sobre la sien izquierda de su querida 
niña; sin poder evitar las pequeñas sacudidas y 
temerosa de que sufriese un choque violento, 
inclinó aún más el cuerpo, casi hasta apoyar su 
propia cara contra la de la niña; sostúvoula así 
un instante, como si presintiera que al abando- 
narla fuese á exhalar el último suspiro, pero 
sus fuerzas se habían agotado y tuvo que de- 
jarla. ' 

Adela había caído de espaldas, rígida como 
una muerta, con los brazos extendidos á lo lar- 
go del cuerpo, cerrando fuertemente los puños. 
La viejecita permanecía arrodillada á su lado, 
procurando hacerle aspirar el vinagre de que 
había impregnado su pañuelo en tanto que lle- 
gaba el médico, en busca del cual había enviado 
con apresuramiento á la negrilla. 

En una de esas aplicaciones hizo Adela una 
inspiración profunda, acompañada de una sacu- 

Vol. 100 3 


A 1 


dida brusca, que hizo estremecer todo su cuer- 
po; la viejita lanzó un grito de júbilo y empezó 
á llamarla de nuevo por su nombre, besándola 
en la frente repetidas veces. Una segunda ins- 
piración, más violenta que la primera, acompa- 
ñada esta vez de gemidos y sollozos, conmovió 
aún más á la pobre anciana. ¡Adela!... ¡Ade- 
la... ¡Ah! si ese malvado la viera en el estado 
en que se encuentra, tal vez sintiera un poco de 
remordimiento!—exclamó la viejita, y observan- 
do que Adela respiraba con dificultad, produ- 
ciendo en cada inspiración un estertor ronco, 
pensó con desesperación en que podía asfixiarse. 
Inclinóse entonces sobre el cuerpo de la niña y 
con movimientos rápidos, tanto cuanto lo per- 
mitía el temblor de sus manos, empezó á des- 
abrocharle el vestido. Palpando aquí, desgarran- 
do allá, haciendo saltar un botón, rompiendo 
con agitación creciente y de un tirón brusco las 
ataduras más resistentes, dejó libre por fin el 
pecho, tan oprimido por las ropas. 

En el apresuramiento había desgarrado en dis- 
tintos puntos la batista de la camisa, sin pre- 
ocuparse de la desnudez de la niña, puesta más 
de manifiesto por un movimiento brusco de ésta. 
Al verla así, arrancóse la anciana una gasa ne- 
gra con que habitualmente se cubría el cuello y 
veló con ella el seno blanquísimo de Adela, sin 
sospechar que hacía resaltar más la belleza de 
esos senos, que parecían dormidos bajo la finí- 
sima tela que los cubría. 

El médico declaró aquello un ataque nervioso 


6 -— 


sin importancia: histerismo, anemia, la enferme- 
dad de las niñas débiles y susceptibles. Ejerci- 
cio, señora, mucho ejercicio, tónicos, paseos al 
campo y buena alimentación. Escribió después 
unos cuantos garabatos en un papel y se retiró 
muy satisfecho de su diagnóstico y del trata- 
miento que había prescripto. Al despedirse de 
la anciana, volvió á insistir con tono sentencioso 
sobre las indicaciones que había aconsejado, y 
cuando estuvo en la calle, entre fastidiado y 
convencido, se dijo para sí: 

—¡Bah! la misma historia de siempre: leen 
novelas de la mañana á la noche y luego lan- 
guidecen porque nadie se las roba ó porque no 
llega cl ideal que se han forjado en forma de 
galán irresistible. Así se educa hoy á las mu- 
jeres. Apostaría á que ésta—exclamó, aludiendo 
á Adcla,—es una literata. ¡Hierro y duchas en 
vez de poesía y romanticismo! 

Y muy satisfecho de sus aforismos y de la 
manera prosaica con que clasificaba las afeccio- 
nes nerviosas, siguió su camino perfectamente 
penetrado de que su tratamiento era el más cfi- 
caz para curar todas las dolencias del cuerpo y 
del alma tratándose de mujeres histéricas. 

Una crisis de Hanto disipó el ataque que ha- 
bía postrado á Adela. La viejecita, que no la 
había abandonado un instante, estaba sentada al 
lado de su: cama, comprimiendo una de sus ma- 
nos, mientras decía entre dientes: 

¡Malvado!... ¡malvado!... ¡Así se mucra es- 
ta pobrecita!... 


a 


Varias noches pasó sin poder conciliar el sue- 
ño, dormitaba apenas algunos minutos, para des- 
pertar en seguida sobresaltada y trémula. Por 
su cerebro debilitado por la aflicción y el can- 
sancio, cruzaban imágenes pavorosas. La figura 
de Emilio se le presentaba transformada en un 
monstruo de ojos de fuego; sonriendo con una 
- risa sardónica y de burla, se había apoderado 
de Adela, á la cual comprimía con sus brazos 
robustos. La tenía aprisionada, sin que ella 
pudiera desasirse; en vano luchaba, daba gritos, 
imploraba auxilio, con los ojos arrasados de lá- 
grimas; el monstruo no se conmovía; seguía 
abrazado de su cuerpo, como la yedra que se 
enrosca al tronco; besábala repetidas veces en 
la frente, en las mejillas, en los labios, dejando 
en cada beso una mancha rojiza, como si de 
ellos brotara sangre; ella se esforzaba siempre 
más: por desprenderse de sus brazos, que com- 
primían su cintura como garras; el monstruo 
reía con satisfacción, con muecas de sátiro vo- 
luptuoso, dilatando las ventanas de la nariz, co- 
mo para exhalar un vaho de lujuria, y sus besos, 
sus caricias, eran cada vez más impetuosos é 
irritantes. Por fin, Adela perdió el conocimien- 
to; su cuerpo se dobló como un arco; cayó su 
cabellera á la espalda como un penacho desgre- 
ñado; su frente pálida y tersa estaba salpicada 
con las manchas rojizas donde el sátiro había 
impreso sus labios; pálida, desencajada, mori- 
bunda, ecxhalaba de sus labios una espuma san- 
guinolenta, y su garganta, su bella garganta de 


— 69 —- 


' niña, tenia el color azulado de la carne machu- 
cada; sus ropas desgarradas habían dejado su 
seno al descubierto, ese seno que la anciana ha- 
bía velado con la gasa negra, estaba ahora allí 
á merced de todas las profanaciones con que 
Emilio saciaba sus apetitos infames. Seguíalo 
estrujando rabioso, con su mano garfia, dejando 
en él la impresión de sus dedos y de las uñas 
con las que había abierto grietas sangrientas 
en su piel suave y blanquísima. En una de ellas, 
aplicó sus labios como un vampiro; la viejita 
vió horrorizada cómo el seno de la niña se hin- 
chaba, se ponía turgente, rubicundo, violáceo, y 
la vió á ella misma levantar su cuerpo, oyó sus 
ayes, sus lamentos, sus gritos de dolor, de des- 
esperación, de voluptuosidad, y vió sus brazos 
que se levantaban rápidos, nerviosos, que se 
extendían buscando el cuello de Emilio y que 
ella también lo abrazaba, lo comprimía, lo es- 
trujaba y clavaba con rabia sus manos en sus 
cabellos, asiéndose de ellos hasta arrancarlos. 
¡Te quiero, te quiero! —le gritaba Adela con voz 
ronca;—¡mátame, arráncame el corazón, pero no 
me abandones! El monstruo reía con satisfac- 
ción diabólica y la arrastraba en una carrera 
vertiginosa... De pronto percibió el abismo en 
que iban á caer; la viejita los vió precipitarse 
y. dió un grito: 

—¡Adela! — exclamó con todas sus fuerzas y 
se levantó de la silla, agarrándose la cabeza con 
sus inanos crispadas, sintiendo que el corazón 
golpeaba contra el pecho con palpitaciones vio- 


ls 


lentas, temblorosa, con los ojos extraviados, cri- 
zado el cabello y con gruesas gotas de sudor 
que bañaban su frente. 

Adela había despertado, abriendo sus grandes 
ojos, que resaltaban con más brillo por la pali- 
dez intensa de su semblante. Hizo girar lonta- 
mente su cabeza hacia el lado donde estaba la 
anciana, trémula aun por la impresión penosa 
que acababa de experimentar, y le dirigió una 
mirada impregnada de dulce languidez, en tanto 
que apartaba de su frente las hebras de cabello 
que se habían escurrido durante cl sueño. 

—¿Qué tienes, mamita?... ¿qué te ha pasado? 

—Nada, hija inía... nada... un sueño horri- 
ble... figúrate... que soñaba contigo... ¡ah!... 
no... mañana te contaré... cra una pesadilla... 
¡Al!... malvado... malvado!... 


“TIT, 


La convalecencia de Adela fué larga y peno- 
sa. Había sufrido una conmoción intensa y sus 
fuerzas debilitadas se resentían cada vez más 
de la postración moral en que se hallaba sumer- 
gida. Una nueva lucha empezaba ahora para su 
espíritu; debía imponerse de golpe el convenci- 
miento de una realidad amarga y dolorosa: Emi- 
lio la había abandonado, y con él, todo ese mun- 
do de ilusiones y de csperanzas que se había 


— 71 


forjado en los días risueños, cuando, alegre y 
feliz, saltaba al cuello de su anciana tía, en me- 
dio de los transportes infantiles con que entre- 
veía una nueva existencia, impregnada de toda 
la dicha á que creía ingenuamente tener derecho. 

El golpe había sido rudo; no estaba ella pre- 
parada para soportarlo. Después de tantas pro- 
mesas y efusiones tiernas, había despertado 
como si una mano torpe la arrastrara de los 
cabellos. 

Se resistía á crecr que el corazón humano 
fuera capaz de cubrirse de galas tan seductoras 
para despojarse de ellas sin esfuerzo y exhibir- 
se de improviso en su desnudez pequeña y 
egoísta. Tilla había vinculado tanto sus afectos 
á las promesas de Emilio; vivía confiada en su 
palabra como un niño; tenían sus miradas el 
brillo de una pasión intensa; había en sus acen- 
tos un eco de verdad tan sincera; le había repe- 
tido tantas veces que ella cra su felicidad, su 
porvenir, su existencia dividida en dos; le ha- 
bía hablado con tanto apasionamiento aquclla 
mañana en que ella lo sorprendió recostado en 
el sillón, entregado á sus sueños de gloria y de 
fortuna; habiendo sido tan tiernos y tan puros 
los transportes de su cariño; le había jurado 
entonces que nunca la abandonaría; se lo labía 
dicho con el alma asomada á las pupilas... ¿Có- 
mo no creerle? Ella le había dado todo lo que 
puede ofrecer una niña buena, apasionada, que 
entrega su cariño, su cariño inmenso, su fe, esa 
fe ciega de la mujer enamorada, que lo idealiza 


7 


a) 


todo, que vive de las palabras, de las miradas, 
del aliento del hombre en que cifra su felicidad. 
¡Emilio le había repetido tantas veces que sin 
ella no comprendía la dicha, la alegría, el por- 
venir; que era su luz, su estímulo diario y cons- 
tante para luchar en la existencia, para vencer 
las dificultades, para triunfar, pronunciando su 
nombre, para enardecer su entusiasmo cuando 
las contrariedades lo abatían!... ¡Cuántas veces 
le había repetido estas cosas, contemplándola 
econ los ojos humedecidos, comprimiendo sus 
manos con transportes que ella creía sinceros! 

¡Cuántas veces ella misma, conmovida, inde- 
cisa, le había hablado de sus dudas, de sus te- 
mores, de sus lágrimas, que la felicidad misma 
arrancaba de sus ojos! 

El, cada vez más apasionado, siempre más 
tierno y cariñoso, había protestado de esas du- 
das, de csas lágrimas y de esos temores. 

Se le representaba ahora en todas las aptitu- 
des, en todos los momentos que había estado 
junto á ella, siempre enamorado, inteligente, ale- 
gre, comunicativo. 

Reconstruía en su memoria todos los recuer-. 
dos, desde el primer día que lo había conocido: 
la mirada que le dirigió al pasar, la expresión 
de su fisonomía, que no había podido olvidar 
desde ese instante, la curiosidad y el interés que 
le había despertado, hasta la última vez que 
estuvo en su casa, afectuoso como de costumbre 
y con su despedida habitual. 

En la salita azul encontraba un mundo de 


Ay E AR 


impresiones dolorosas; en cada mueble existia 
algo que lo recordaba; le bastaba mirar los si- 
llones para verlo sentado con la pierna derecha 
cruzada sobre la izquierda, los brazos entrelaza- 
dos sobre el pecho, la cabeza inclinada hacia 
atrás, apoyada en el respaldo, como si alicia 
dormitando. 

Oía el murmullo de sus palabras, dichas en 
voz baja, pero que su oído habituado percibía 
por completo; veía las sonrisas que se dibuja- 
ban en sus labios, la animación que daba á sus 
pupilas, el lenguaje mudo pero expresivo con 
que le hablaba su fisonomía; todo lo tenía pre- 
sente, toda esa página de sus días felices se le 
presentaba á cada instante, á pesar de los es- 
fuerzos que ella hacía para olvidarla, para bo- 
rrarla de su memoria. | 

¡Ah! si viera cuánto sufro, cuánto daño me 
ha hecho, tal vez un remordimiento punzaría su 
corazón y le hiciera volver sobre sus pasos—ex- 
clamaba Adela, mientras corrían las lágrimas 
por sus mejillas pálidas y enjutas. 

Recorría á pasos lentos toda la casa, desde la 
salita azul hasta la habitación de la anciana, en 
la que se reunían muchas noches de invierno 
cuando la viejita se recogía temprano. 

Sentados frente á frente de la mesita que ador- 
naba el centro, 4 la luz tenue de la lámpara, 
cubierta por una pantalla, en el ambiente tibio 
de esa pequeña habitación, Emilio le leía sus 
composiciones poéticas, sus ensayos literarios, 
en los cuales siempre había una alusión delica- 


da para clla. Muchas de esas estrofas, se ha- 
bían grabado cn su memoria y podía repetirlas; 
sobre algunas habia hecho composiciones musi- 
cales para darle una grata sorpresa. Una de es- 
tas composiciones era dedicada exclusivamente 
á ella. Emilio había compendiado en esos ver- 
sos toda la ternura, todo el apasionamicnto, to- 
da la nobleza de una alma que cs capaz de sentir 
las emociones más dulces y los sentimientos 
más delicados. 

Y de la habitación de la anciana á la salita 
azul, en una tarde de verano, apacible, impreg- 
nada de brisas olorosas que venían del patio 
saturadas con el aroma de los jazmines; solos 
los dos, sentados en el sofá, alegres, comunica- 
tivos, riéndose como dos niños travicsos, bus- 
cando pretextos para enfadarse por un minuto 
y reconciliarse en un segundo, con una mirada, 
con una sonrisa, con una reminiscencia cualquie- 
ra. ¡Ah! y las lecturas de Maria; aquellas pá- 
ginas que habían recorrido también juntos, pe- 
netrándose del sentimiento y de la dulzura 
encantadora que palpita en esos parajes sicinpre 
frescos, siempre melancólicos y tiernos. Sus lá- 
grimas habían caído sobre el libro para unirse 
en una sola cuando la pasión de Efraín arranca 
de su alma desolada, gemidos de dolor sobre las 
reliquias de la que ya no existe. ¡Cómo habían 
comprendido cllos ese idilio y con cuánto senti- 
miento habían acompañado ese dolor! ¡Cuántas 
veces, ella misma, temerosa de su porvenir, le 
había dicho á Iiinilio: yo también tengo pre- 


La a 


sentimientos y no sé por qué se me figura que 
los presentimientos tienen su expliéación, su 
razón de ser y su fundamento en cada vibra- 
ción extraña que agita nuestra alma. 
_——Romántica—le contestaba Emilio, ¿quieres 
convertirte en heroína de novela? 

Adela inclinaba los párpados y sentía que el 
rubor coloraba sus inejillas. Emilio la abruma- 
ba con sus risas y sus burlas, concluyendo por 
decirle, cual si recitara cl final de un capítulo 
de romance: Adela, la joven modesta y buena, 
la que debía casarse con Emilio, desengañada 
de la vida, tomó el velo en las capuchinas; él, 
que era un perverso, se casó econ una de las ni- 
ñas feas, las que, á pesar de ser sordas, sabían 
tocar muy bien el piano. | 

—Y eran muy ricas —agregaba Adela, compren- 
diendo que iba derecha á herir su amor propio. 

Adela no podía alejar estos recuerdos; hubie- 
ra sido lo mismo que pedirle que viviera, después 
de haberle arrancado el corazón. Esos recuerdos 
eran parte de su vida; se habían alimentado en su 
cerebro con las fantasías de su imaginación; ha- 
bían crecido y se habían desarrollado dentro de 
su ser, nutriéndose de su alma, de sus nervios, 
de su savia; eran ella misma, tenían que seguir 
- viviendo, y ahora resurgían para torturarla, para 
caer diariamente, como la gota de agua sobre la 
piedra con que pretendía sofocar los gritos que 
le hacía exhalar su carne desgarrada por el su- 
frimiento. 

—¡Mentía!—exclamó Adela, casi desfallecida, — 


== 


y mentía á una criatura que creía en su palabra 
como en Já palabra de Dios... 

La anciana asistía en silencio á estas escenas, 
dándose perfecta cuenta del estado de ánimo de 
la niña, pero ella, con su tacto especial, esquiva- 
ba cualquier ocasión que pudiese despertar una 
reminiscencia del pasado. 

Limitábase á hacer menos triste la situación 
de Adela fingiendo una calma que estaba lejos 
de sentir, comprendiendo muy bien ese dolor y 
hallándose impotente para mitigarlo. El tiempo 
—decía con imargura,—podrá cicatrizar esa heri- 
da, abierta en la plenitud de la existencia. ¡Ah! 
yo no asistiré á la curación de esa alma, porque 
mis fuerzas languidecen día á día; pero Adcla 
sabrá hacerse fuerte en la adversidad y llegará, 
si no á ser feliz, por lo menos, á encontrar so- 
portable la vida en el cumplimiento del deber. 
Luchará; yo también lo he hecho y he llegado, 
después de muchas fatigas y de muchos des- 
engaños, al final de la jornada; yo también es- 
taba sola, y sin embargo, he triunfado; el pasado 
está tan lejos de mí, que me parece haber vi- 
vido en otro mundo y bajo otra existencia. 

Quedábase un instante pensativa y luego, mo- 
viendo su cabeza, cubierta de mechores blancos, 
decía con tristeza: ¡ese Emilio es un ser innoble; 
es de los que creen que engañar á una mujer 
no es una acción mala! 


a 


TX: 


La viejita había guardado cuidadosamente el 
diario que leía Adela el día que le sobrevino el 
ataque pensando, con sobrado fundamento, que 
sus páginas encerrarían cl misterio de una con- 
moción tan violenta. 

No estaba equivocada. En la primera columna 
de noticias aparecía el nombre de Emilio con 
su título de doctor en medicina, rodeado de elo- 
gios por la tesis que había presentado y por el 
brillo con que había defendido la última prucba. 
Agregaba el diario, que había instalado un con- 
sultorio, en el que atendería especialmente las 
enfermedades de señoras, y, cumo punto final, 
cl anuncio de que pronto iba á contraer matri- 
monio con una señorita de lo más distinguido 
de nuestra sociedad. 

La viejita se había impuesto con dificultad y 
con zozobra de la noticia que venía á revelarle 
toda la verdad de lo ocurrido. 

Cuando hubo terminado la lectura, dejó caer 
el diario, que tenía extendido sobre las faldas; 
se secó los anteojos, que estaban humedecidos 
por las lágrimas, y haciendo una contracción 
con la comisura derecha de sus labios, exclamó: 
está bien, se casa, es ya médico; la niña que 
había halagado su amor propio y apasionado su 


alma de estudiante, no satisface sus aspiraciones 
de médico; ¡ah! pero no es justo que se despi- 
da así de nosotras que lo hemos querido tanto, 
que lo hemos amado como á un hijo, como á 
un hermano, que hemos alentado su carrera con 
nuestras palabras, que salían de lo más íntimo 
de nuestro corazón. El estudiante encontraba 
holgado y distinguido este hogar humilde, el 
médico necesita buscar el ruido, el oropel, la 
atmósfera perfumada y los halagos de la socie- 
dad; el estudiante nos tendía la mano con efu- 
sión y con cariño, el médico nos da la espalda. 

¡Ingrato!... ¡yo iré á despedirme de ti por 
mí y por Adela!... quiero hacerte quedar bien, 
—agregó con una sonrisa irónica. Un hombre 
educado, un médico, un caballero que va á figu- 
rar entre lo principal de nuestra sociedad, que 
va á casarse con una niña de lo más distingui- 
do, debe conocer muy bien todas las reglas que 
impone la buena sociedad, Ja moral... ¡oh! la 
moral no figura para nada en estos casos, en 
tanto que pueda ocultarse con la apariencia de 
una conducta irreprochable. 

La anciana se expresaba así, herida en lo más 
íntimo. Formó desde ese instante la firme re- 
solución de visitar á Emilio, sin mucha espe- 
- ranza de obtener que se conmoviera por Adela, 
pues era demasiado altiva para humillarse y se 
sentía demasiado noble para colocarse en una 
situación tan inferior. 

No es el.caso de suplicar, pensó para sí, pues, 
si Emilio se hubiera dejado invadir por ese 


= 7 = 


egoísmo que hicla aún las pasiones más ardien- 
tes, Adela sería para él la misma y dentro de 
sus aspiraciones cabría perfectamente su hogar 
feliz, engrandecido por el trabajo, por los esfuer- 
zos de dos almas que luchan unidas. ¡Ah, Emi.- 
lio, Emilio! —exclamó la viejita levantando su 
brazo y pronunciando estas palabras con tono 
casi profético—te emplazo para entonces... tú 
no cres capaz de sentir el dolor y el remordi- 
miento, pero tal vez la felicidad te niegue en 
cambio sus halagos... 

Cumplió la anciana la promesa que se había 
hecho. 

Una mañana de invierno, nublada, triste, con 
un cielo cubierto de nubes espesas, arrastradas 
por el viento como grandes montones de lana 
sucia, resolvió la viejita dirigirse á la casa de 
Emilio. Mucho había reflexionado antes de de- 
cidirse, pero, al fin, su resolución estaba toma- 
da, y aunque no abrigaba esperanza alguna de 
éxito, no quería permitir tampoco que Adela 
fuese abandonada así, sin miramientos, y que la 
maledicencia se ensañara con ella, desde que sus 
únicas armas de defensa eran la resignación y 
el sufrimiento. 

Tempranito, fingiendo una promesa hecha á 
la Virgen, argumentando con respuestas sutiles 
á las protestas de Adela por que abandonaba la 
cama á esa hora, en una mañana tan fría, salió 
la anciana en dirección á la iglesia. 

Mientras caminaba con paso rápido, arrimada 
á las paredes de los edificios, cubierta la cabeza y 


— 80 — 


parte de la cara con un chal negro, iba repitien- 
do mentalmente todo cuanto había pensado decir 
á Emilio. Llevaba perfectamente trazado su plan 
de ataque y de defensa y estaba dispuesta á no 
salir de la casa sin una satisfacción plena y 
amplia por la conducta que había observado. 

¡Cómo se sorprenderá de verme á esta hora! 
¡Ah! es que estos hombres sólo temen á los 
que saben esgrimir armas, y en un buen mo- 
mento les toman de la solapa para decirles: 
caballerito, su comportamiento no es el de un 
hombre de bien. Entonces vienen las excusas, 
los arreglos, las reparaciones y toda la serie de 
embrollas que emplean para salir del paso; pero 
cuando se trata de una niña como Adela, la 
acción no es mala, porque no temen encontrar 
una mano fuerte que les pida cuenta de su pro- 
ceder. Es una iujusticia, una injusticia, pensaba 
la anciana, acelerando aún más el paso para 
huir de la lluvia menuda que había empezado á 
caer. 

Próxima ya á la casa de Emilio, sintió que 
las fuerzas la abandonaban un tanto; el cansan- 
cio, la emoción, el temor, ese cúmulo de impre- 
siones que la contrariaban desde hacía tanto 
tiempo, habían debilitado su energía á punto de 
que hubo un instante, en que pensó volverse y 
renunciar á su empresa. 

No me falta valor, se dijo, pero las fuerzas 
no me ayudan; al fin, ¿qué puede hacer una 
pobre mujer anciana enfrente de un hombre 
que tiene su partido hecho y que sabrá encon- 


— 81 — 


trar una contestación para cada una de las insi- 
nuaciones y de las protestas que yo le dirija?..., 
No, no debo retroceder... y al decir esto, la 
imagen de Adela, extenuada por el desengaño y 
por las lágrimas, se presentaba ante sus ojos 
como implorando un auxilio que sólo ella podía 
prestarle. 

Llegó al fin á la puerta de la casa de Emilio, 
á ambos lados de la cual se ostentaban las cha- 
pas de bronce bruñido que la anciana contempló 
con desdeñosa tristeza. Miró el número, ya que 
le era difícil descifrar el nombre inscripto en 
las placas metálicas, y viendo que correspon- 
día, comprimió con mano trémula el timbre 
eléctrico. 

En el zaguán tuvo que apoyarse para no caer. 
Su respiración se había acelerado de una mane- 
ra angustiosa; palpitábale el corazón, como si 
quisiera decirle: huyamos de aquí; temblaba 
como un pájaro asustado, y en ese momento, 
hubiera deseado que Emilio no estuviese en su 
casa para salir precipitadamente, ir á la iglesia 
más próxima, refugiarse en el rincón más som- 
brío y llorar, llorar con desahogo, como no lo 
había podido hacer después de tantos años. 

Pero no era posible; había acudido el sirvien- 
te y sin dirigirle la palabra, la había invitado á 
pasar adelante, en la convicción de que era una 
cliente que requería los consejos del médico. 

Dejóse caer en la primera silla; pidió al sir- 
viente, con acento entrecortado por la emoción 
que aun la dominaba, un vaso de agua, y espe- 
ró resuelta y resignada la llegada de Emilio. 


= 8 — 


Si en ese momento hubiese entrado, ella no 
habría podido articular una palabra; se le pe- 
gaba la lengua al paladar, dando chasquidos; 
sentía las fauces secas y doloridas, como si tu- 
viera fiebre; temblábanle los labios con contrac- 
ciones convulsivas y cuanto mayores eran los 
esfuerzos que hacía para dominarse, más aumen- 
taba el estado de agitación que la había invadido. 

Voy á inspirarle lástima, pensó con desespe- 
ración, y ante esta idea toda su altivez se ofendía, 
todo su orgullo de mujer virtuosa y buena le- 
vantó en su espíritu arranques de valor. No, no 
triunfará, exclamó con voz alta, sin poderse 
contener. 

Más tranquila ya, empezó á dirigir sus mira- 
das de curiosidad y sorpresa por todos los ám- 
bitos de la sala destinada á la espera de la 
consulta. | 

El lujo que la rodeaba era un nuevo enigma 
para la anciana; luego Emilio no era pobre, 
como tantas veces lo había dicho, y en esto 
también mentía... Pero este hombre está fami- 
liarizado con cl embuste, como una mujerzuela, 
pensó la anciana, y aumentando su curiosidad, 
se levantó para ver de cerca las cosas que la 
rodeaban. 

Un rico juego de muebles adornaba el espa- 
cioso recinto: sillas de marroquín estampado 
sujeto á la madera por grandes clavos con ca- 
bezas doradas en forma- de pequeños conos; 
sillones de respaldo alto, cómodos, confortables, 
bien dispuestos, simétricos; una mesa de estilo 


E JU 


antíguo en el centro sobre la cual descansaba 
una urna de cristal que cubría un cráneo colo- 
cado sobre un sustentáculo de bronce, un cráneo 
blanquísimo, con los huesos separados de su 
engranaje y sujetos por hilos metálicos apenas 
perceptibles, una verdadera pieza anatómica 
artísticamente preparada; parecía un cráneo que 
hubiese estado á punto de estallar y que una 
rosistencia invisible lo hubiese contenido. 

Contempló la anciana un largo rato, con los 
anteojos pegados al fanal de vidrio; aquellos 
huesos casi en cl aire, suspendidos unos de 
otros como por atracción, le hacían parecer muy 
horrible la fría realidad de la muerte. 

Las paredes estaban adornadas con cuadros 
cuyo mérito no pudo apreciar; sólo distinguía 
las aristas doradas y los relieves de los marcos; 
lo demás eran para ella manchas confusas de 
diversos colores. Luego, una serie de pequeños 
muebles de lujo, de fantasía, y nada que recor- 
dara á Adela, pensó con tristeza; ¡Adela, que 
tantos regalos le había hecho para adornar su 
estudio cuando se recibiera! 

Emilio tardaba en presentarse; ¿la había es- 
piado tal vez por alguna rendija? ¿estaría ocul- 
to detrás de la pesada cortina que cubría la 
puerta que daba acceso á la pieza de consulto- 
rio? ¿se negaría á recibirla y la haría despedir 
fríamente por el portero? Conjeturaba de esta 
manera la anciana, cuando de pronto oyó el 
ruido de la puerta, que se abría con estrépito 
que la hizo estremecer, y al mismo tiempo, una 


— 8 — 


explosión de risa bulliciosa y grosera, que llegó 
á su oído como una afrenta. 

Sintió una impresión penosa, una especie de 
calofrío que recorrió todo su cuerpo; iba ya 
á levantarse, y esta vez con la resolución súbita 
de abandonar la casa, cuando vió aparecer una 
mujer, vestida con lujo, que separaba las corti- 
nas para salir. 

No podía distinguirla bien, porque había arro- 
llado la cortina á la mitad del cuerpo, cubicrto 
por un abrigo de terciopelo, adornado por pieles 
color ceniza. 

Dábale la espalda, y mientras agitaba con la 
izquierda un largo guante amarillo, enjuto como 
un andrajo, separaba con la derccha los pliegues 
de la cortina, inclinándose al interior de la ha: 
bitación pura continuar en secreto la conversa- 
ción íntima que sostenía. Dió vuelta de pronto, 
como desprendiéndose de alguien que la sujeta- 
ra por adentro y levantando el brazo izquierdo, 
hizo un movimiento rápido al interior, produ- 
ciendo un chasquido característico con el guante, 
que chocaba como un latigazo contra el cuerpo 
de una persona; cerróse bruscamente la puerta 
y en vano forcejeó con el pestillo un instante y 
dió varios golpecitos con el puño enguantado; 
la puerta no se abrió y entonces pudo ver la 
anciana á la persona que tenía por delante. 

Una joven alta, esbelta, con grandes ojos ne- 
gros rasgados, de cutis pálido, labios «“ruesos 
con comisuras arqueadas en una mueca malicio- 
sa; cubría su cabeza un sombrero de anchas 


— 85 — 


alas, adornado con plumas de color de las pie- 
les, debajo del cual, se destacaba, sombreado y 
con más realce, el óvalo de su linda cara. Ha- 
bía en su porte el movimiento audaz de una 
mujer que provoca, que incita, que ostenta el 
seno levantado y opulento como una tentación. 

Avanzó en cesta actitud, haciendo sonar sus 
pisadas y chocando los muslos contra el vestido 
demasiado estrecho. Al llegar casi enfrente del 
sitio en que se hallaba la anciana, arquecó su 
cuerpo hacia atrás y girando rápidamente el 
brazo derecho hacia la cintura, recogió en un 
grueso pliegue la tela de su vestido, arrollándo- 
la á su cuerpo para dibujar mejor sus caderas 
formadas por las correctas curvas de la clipse. 

Miró á la anciana con ojos de sorpresa, y como 
si su presencia le inspirara una ocurrencia feliz, 
volvióse de nuevo hacia la puerta, la abrió rápi- 
damente, introduciendo la cabeza por entre los 
pliegues de la cortina, micntras oyó la vicjita 
que decía: 

Emilio, doctor... 

Luego un palabreo confuso, y por último, una 
nueva explosión de risa. Apartóse después vi- 
vamente de la puerta, esta vez como si de aden- 
tro le hubiesen dirigido una amenaza, y reco- 
giendo de nuevo los pliegues de su vestido, 
avanzó con los párpados inclinados y una expre- 
sión hipócrita marcada en su fisonomía. Al pasar 
al lado de la anciana, le dirigió una mirada, en 
la que iba envuelto un relampagueo de mofa, y 
desapareció cerrando tras de sí la puerta con 


— 86 — 


violencia y dejando el ambiente de la sala satu- 
rado con el perfume penetrante de las esencias 
de que estaban impregnadas sus ropas. 

—¡ Desgraciada !—exclamó la viejita, —eres muy 
digna de él. 

Poco después, apareció el sirviente, hízole uua 
inclinación de cabeza y separando la cortina con 
una mano, mientras abría la puerta con la otra, 
le dijo con tono cercmoriioso: puede usted pasar, 
señora. : 

Al levantarse, la anciana casi cayó de rodillas; 
presa nuevamente de una emoción súbita, se 
sintió desfallecer, pero esta vez, pudo reaccionar 
bruscamente; ya estaba allí, enfrente de Emilio, 
y esta sola impresión la absorbió por completo. 

—¡ Usted aquí!—exclamó éste al verla, y frun- 
ciendo el ceño, se puso intensamente pálido. 

—Usted lo extraña tanto,—replicó vivamente 
la anciana y sin que él le indicara un asiento, 
se dejó caer en el extremo de un sofá que esta- 
ba á la derecha. ! 

Hubo un momento de silencio; Emilio, pro- 
fundamente contrariado por la presencia de la 
anciana, no había podido ocultar la emoción ; no 
estaba preparado para sorpresa tal, á esa hora 
y en condiciones tan desventajosas; parecía un 
delincuente delante del juez, y aunque la ancia- 
na no podía sacar partido de todos los detalles 
de esta escena, pues la escasez de vista no se 
lo permitía, pudo darse perfecta cuenta, por la 
actitud de abatimiento y por el tono de sus pa- 
labras, de que en el primer asalto había dado 
en el blanco. | 


E y 


—¿Y bien, señora ?—exclamó de pronto Emi- 
lio, cruzándose de brazos delante de la anciana, 
en actitud provocativa. 

—Es usted el que me lo pregunta, —replicó 
ésta;—perfectamente, voy á satisfacer su deseo; 
escúcheme usted, Emilio... perdón, he querido 
decir doctor... 

Emilio hizo una mueca de desdén y conser- 
vando la misma actitud, esperó impasible el 
ataque. 

—¿Qué le hemos hecho á usted para que nos 
trate de la manera como lm procedido? 

Emilio no supo qué contestar; en el primer 
momento, tuvo la intención de tomar á la viejita 
de un brazo y ensciiarle la puerta de salida; 
pero un sentimiento de compasión, un poco de 
remordimiento y la cobardía, que siempre de- 
prime la conciencia de los culpables, lo detuvo. 

—Nunca las he tratado á ustedes mal; por lo 
menos, creo haber procedido en casa de usted 
muy correctamente. 

—¿ Muy correctamente, Emilio? ¿No tiene 
usted nada que reprocharse?—exclamó la vieji- 
ta mirándolo fijamente. 

Emilio guardó silencio un instante, como si 
hiciese una consulta íntima, y luego contestó: 

—Nada, absolutamente nada, señora. 

—Tal vez usted no sienta las impresiones que 
debiera experimentar; en fin, esto no es cuestión 
de sensibilidad más ó menos delicada... 

Emilio se mordió los labios y dirigió á la vie- 
jita una mirada de ira... esta vieja ha venido á 


mí casa á insultarme, pensó para sus adentros; 
como no se me concluya la paciencia, iremos 
bien. 

—Vea, Emilio; yo no me he impuesto el inmenso 
sacrificio de venir $ esta casa para decirle á 
usted que Adela sufre horriblemente y que no 
se han agotado todavía sus lágrimas; y6 no he 
venido á suplicarle que tenga compasión de cesa 
niña, que en su candorosa ingenuidad había 
hecho de usted un padre, un hermano, un Dios; 
yo no he venido, —exclamó de pronto con exalta. 
ción, —para decirle q te su existencia dependía tal 
vez de usted; todo eso usted lo sabe y ha podi- 
do comprenderlo. Si usted nada sentía por 
ella, no debió fomentar una pasión en la cual 
cifraba ella toda su felicidad; pero, si no he ve- 
nido para recordarle sus deberes... 

—¡Señora!—exclamó Emilio interrumpiéndola, 
—¡mis deberes no me los enseñará usted! 

—Está bien; tiene usted razón; usted es un 
caballero y debe conocerlos; pero, como médico, 
debe conocer también el corazón humano y sa- 
ber que una niña como Adela no puede ser 
engañada impunemente; que su educación, su 
sensibilidad, su moral, no le permiten confor- 
marse con una conducta como la que usted ha 
observado sin resentirse profundamente. ¿Cómo 
clasifica usted al hombre que sin razón, sin fun- 
damento, falta á su palabra? 

—De esta manera, —exclamó Emilio, levantán- 
dose y abriendo de par en par la puerta ;—retí- 
rese usted, señora; puede usted aplicar sus 
lecciones de moral á quien las necesite más, 


La viejita se levantó, pálida y trémula: 

—Voy á retirarme, pero antes debo decir á 
usted que, si alguna vez le concedí la mano de 
Adcla, es porque ignoraba lo que usted podría 
ser; ahora he venido para decirle que Adcla se 
casa y que queda usted perfectamente desvincu- 
lado del compromiso que había contraído con 
ella; Adela se casa... y espero podrá ser feliz. 

—¿Se casa ?—exclamó Emilio con azoramiento. 

La viejita sonrió y mirándolo fijamente, ex- 
clamó: 

—¿ Cree usted que no tiene el derecho de ha- 
cerlo ? 

Emilio experimentó en ese momento una im- 
presión extraña. El egoísmo dominaba todavía 
sus sentimientos; sentía una complacencia brutal, 
pensando que Adela lo amaría aún, que sufriría 
por él y que tal vez estos mismos sufrimientos 
comprometerían su existencia; pero, cuando vió 
que Adela podría olvidarlo, casándose, y que tal 
vez fuera muy feliz, se consideró humillado y 
encontró que sus sentimientos dominados por el 
cálculo y por la vanidad de una posición social 
encumbrada, le habían traicionado. Recorrió 
rápidamente el pasado, no encontrando en él la 
más ligera sombra; sus amores de estudiante 
estaban vinculados á la época más feliz de su 
existencia; Adela era una niña pura, candorosa, 
ingenua, que lo había amado con frenesí; él le 
habia correspondido, y su corazón, embriagado 
ahora con amores más ruidosos, la había olvi 
dado. 


— 90) 


Su pasión por Adela no.se había extinguido, 
según él mismo llegó á comprenderlo, pero 
andaba de por medio el peor consejero: el egoís- 
mo, que interponía una valla entre sus senti- 
mientos, tan tiernos y vehementes en otra época, 
y sus aspiraciones de ahora, que lo habían con- 
ducido por otros rumbos, seduciéndolo esa 
tendencia malsana que lo impulsaba á conquis- 
tar una posición social con un golpe de estado, 
como él decía. 

Ya era tarde para retroceder. 

Estaba encerrado en un círculo de hierro. 
Adela se casaba, feliz, olvidada de él, despechada 
tal vez por su abandono; pero, en fin, ya no se 
moriría apasionada y llorosa como una heroína: 
de romance. Era humano su proceder, lo encon- 
traba justificado, y sin embargo, el hecho de 
pensar que pronto pertenccería Adela á otro le 
inspiraba un sentimiento extraño, como si tu- 
viera celos del que no podía ser su rival. 

El se había comprometido con una niña de 
familia distinguida, rica, inteligente, que lo do- 
minaba como á un niño. ¿Estaba cnamorado 
ahora? No lo sabía ni se había preocupado de 
averiguario. Casándose sabría á qué atenerse. 
Se abandonaba un poco al acaso y llenaba de 
esta manera el programa de sus cálculos. ¡Al! 
pero Adela volvía á ocupar el sitio de que en 
vano había pretendido desalojarla y hasta com- 
prendió, en la fugacidad de un minuto, que la 
voluntad no domina al corazón cuando la pasión 
lo gobierna. 


— 91 — 


Hasta entonces había procurado olvidarla en 
el aturdimiento de su nueva vida, pero la viejita 
que tenía por delante como un remordimiento, 
como una protesta, altiva como la dama más 
encumbrada, desdeñosa casi hasta el desprecio, 
valiente y enérgica en medio de su debilidad, 
renovaba en su espíritu todo un pasado que 
creía extinguido. 

Adela, en la salita azul, rodeada de las mil 
chucherías con que le había obsequiado,' son- 
riente, confiada, con su aire modesto y distin- 
guido, avanzaba hasta él, en una de aquellas 
tardes de verano en que el aíre tibio, que pc- 
netraba del patio, lo acariciaba como un aliento 
perfumado, ofreciéndole su ramillete de jazmi- 
nes como el símbolo predilecto de sus amores, 
tan puro, tan fragante, tan fresco como la ino- 
cencia de la niña. 

Esta visión pasó en un abrir y cerrar de 
ojos por su imaginación; Adela le pareció en- 
tonces más linda, más seductora, más angelical, 
más digna de ser adorada, mientras él, en medio 
de su vanidad y de su ambición, sintió la sole- 
dad, el vacío, y arrepentido, irritado consigo 
mismo, estuvo á punto de arrojarse sobre la 
anciana, besar sus manos, implorarle perdón y 
decirle: ¡vamos, vamos corriendo á casa de 
Adela; la quicro, soy el mismo de antes, no la 
olvidaré jamás, ella me perdonará! ¡Ah! pero 
era tarde, había contraído otros deberes, ya no 
se pertenecía. Lise mismo lujo que ostentaba no 
era suyo... ¡había vendido su felicidad, su por- 


— 9 


venir y la felicidad de una pobre criatura, de la 
cual cra ahora indigno! 

La viejita observaba la actitud de Emilio; 
habíanse quedado en pie, silenciosos: él, con la 
vista fija en el suelo, mustio, contrariado; ella, 
sorprendida de su silencio y de su actitud. 

—¡Se casa Adela!—exclamó Emilio, después 
de tan larga pausa. 

—Sí, Emilio, y sólo espera para hacerlo una 
palabra de usted,—dijo tímidamente la anciana, 
visluinbrando una esperanza.  - 

—Una palabra mía, una palabra mía,—añadió 
este con voz alterada. 

—Sí, una palabra de usted, para romper el 
compromiso que usted había contraído con ella. 

—¡Ah! el compromiso que había contraído 
con clla, repitió como inconscientemente: es 
cierto, yo le había pedido á usted que me hiciera 
el honor de concederme su mano. 

—¡Emilio!—exclamó la viejita, sorprendida de 
la entonación sinceramente respetuosa con que 
había pronunciado estas palabras y sintiendo 
que su corazón latía con golpes precipitados. 
¡Dios mío! ¡Dios miío!—pensó la anciana—has 
iluminado el corazón de este hombre; ¡oh! ¡si 
pudiese llevarle á Adela esta noticia!... y sin 
lograr contenerse, se acercó á Emilio y le tomó 
con ambas manos una de las suyas, á tiempo 
que le decía; 

—¡Ah, Emilio, sea generoso, usted todavía 
está enamorado de Adela, sálvela, no deje morir 
á csa pobre criatura, que tanto, tanto lo quiere! 


— 93-— 


Emilio estaba profundamente contrariado. Cru- 
zaban por su cerebro las ideas como si al nacer 
quisieran dejar huellas dolorosas de su paso. 
Jamás había experimentado una contrariedad 
tan íntima ni sus cálculos habían sufrido nunca 
una derrota más desastrosa para sus sentimien- 
tos. ¡Ah! él tenía la culpa, sólo él; después de 
custodiar su tesoro como el avaro, lo había per- 
dido sin esperanza de recuperarlo. Igoísta, 
egoísta, —se dijo, sintiendo dentro de su pecho 
una tempestad que lo abrumaba. Miró enterne- 
cido á la anciana y le pareció más noble en su 
actitud digna y humilde. Esa pobre viejita, 
achacosa, débil, á la cual acababa de despedir 
de su casa como á una pordiosera, le había 
querido como una segunda madre; á él le había 
bastado un minuto para olvidar esa afección 
desinteresada y recompensarla con un ultraje. 

Comprimía todavía la anciana su mano, repi- 
tiéndole casi llorosa la súplica que le hiciera por 
Adela; pero él no atinaba á contestar, movía 
simplemente la cabeza y cerraba los ojos, como 
para ahuyentar la visión de sus recuerdos, que 
se presentaba tenaz ante sus miradas. 

—No puedo, no es posible, —dijo por último, 
con acento inseguro;—ha venido usted tarde, 
pero créame, señora, ha venido usted á desper- 
tar en mis sentimientos lo que yo creía extin- 
guido, á poner dudas sobre mis propios afectos 
y á enseñarme el camino que he debido seguir. 
¡Ah! la más pura, la más buena de las criatu- 
ras, dejará en mí un eterno remordimiento... 


By Y AUR 


¡Ah! ¡si usted supiera cuánto me ha hecho su- 
frir en un minuto! Si Adela leyese en el fondo 
de mi alma, podría ver cuánto la he querido y 
cuánto la quiero aún, pero ella debe despreciar- 
me y tiene razón para hacerlo; yo mismo, señora, 
me siento indigno de ella. ¡Ah! no me “guarde 
usted rencor por mi conducta; yo también sufro 
mucho, —volvió á repetir Emilio. 

—No, Emilio, no, —replicó la anciana —no abri- 
gamos esos sentimientos hacia usted; hablo por 
mi y por Adela; eso.Sería innoble. Nada quiero 
para mí, no soy yo la que habla en estos mo- 
mentos, cs Adela, ¡Adela, á quien he querido 
salvar. Adcla, á quien pronto dejaré sola en el 
mundo, sin más amparo que Dios, Adela, que 
se muere, Emilio! —y la anciana rompió á llorar 
con sollozos que en vano procuraba sofocar com- 
primiéndose la boca con el pañuclo. 

—Luego su casamiento...—preguntó Emilio 
con ansiedad. 

—No, no se casa, —exclamó la viejita; —yo se 
lo he dicho á usted despechada; contrariada por 
su actitud, porque yo había llegado hasta abo- 
rrecerlo ú usted, Emilio... Perdóneme¡ hijo mío! 
¡hijo mío!...—exclamó la viejita sollozando con 
más fuerza... perdóneme,—dijo y searrojó al cue- 
llo de Emilio como una criatura desesperada 
que busca un refugio ante cl peligro... Perdó- 
neme, -repetía la anciana y sus lágrimas hume- 
decían ci pecho de Emilio, el que, sin poderse 
contener él mismo, comprimió las sienes de la 
anciana con sus manos temblorosas é imprimió 


9% — 


en su frente fría un beso cariñoso, cual hubiese 
podido hacerlo con su propia madre. 

La anciana no pudo contener una exclamación 
de júbilo. 

—¡ Emilio, Emilio! —repetía fuera de sí, —¿pue- 

do creer en lo que usted me manifiesta así, de 
una inanera tan elocuente, tan afectuosa? ¡Ah! 
perdóneme; yo he venido á su casa bajo otras 
impresiones; yo lo creía á usted inalo; no, mc 
he engañado; usted es un noble corazón... 
¡Adela, Adela, estás salvada, hija mía!... per- 
mítame que vaya corriendo á comunicarle esta 
noticia que le devolverá la-salud, la alegría. ¡Ab, 
Emilio! yo, como una segunda madre de usted, 
Jo bendigo con toda mi alma. 
- Emilio no contestaba; con los brazos cruzados 
sobre el pecho, la vista fija en cl suclo y una 
sonrisa amarga en los labios, escuchaba todos 
aquellos acentos de júbilo, esas explosiones 
de cariño, de alegría, de gratitud, pareciéndole 
una crueldad destruirlas; sufría en silencio las 
consecuencias de su extravío y no atinaba á 
salir de la situación cn que sus propias decla- 
raciones lo habían colocado y contra la cual no 
se sentía con suficiente valor para protestar des- 
pués de las manifestaciones de la anciana. 

Esta, seguía en su entusiasmo pintándole su 
nueva situación, la reconciliación con Adela... 
¡Pobre Adela! Sería menester prepararla, ad- 
vertirla; recibiría una impresión demasiado 
violenta... ¡Oh, mi pobrecita!... si no sé cómo 
empezaré por decirle que usted la quiere siem- 


O 


pre, que usted no la engañaba, que todo fué 
una niñería, que usted volverá á verla... 

—Iso no es posible, señora,—murmuró Emi- 
lio, interrumpiéndola. 

—i¡No es posible!—exclamó la anciana, abrien- 
do los ojos como azorada.—¡No es posible!—vol- 
vió á repetir, cual si todo aquello fuesc una 
ilusión de sus sentidos. 

—No, señora; cálmese usted y escúcheme... 
usted me ha hecho sufrir un tormento atroz... 

—¡Yo, yo! perdóneme Enumilio, le juro... 

—No señora, tenga calma, le hablo con la más 
profunda sinceridad y deseo que usted se pene- 
tre de mi desesperación y que crea en ella, como 
ha creído en mi arrepentimiento y en mi decla- 
ración hacia Adela; créame, señora, ahora soy 
yo quien se lo jura á ust»d; mi voluntad no me 
pertenece, no puedo volver al lado de Adela, 
porque estoy en vísperas de casarme, —dijo Emi- 
lio como con esfuerzo y casi abochornado de 
hacer esa declaración. : 

—¿ Usted ? 

—Sií, estoy en vísperas de contraer matrimo- 
nio, y son tantos y tales los vínculos que he 
contraído, que no puedo romperlos... tendría 
que huir, que esconderme, que... 

—¡Dios mío!—exclamó la anciana;— ¿y los 
vínculos que había contraído usted con Adela? 

—Señora, no me haga usted nuevos reproches; 
no me torture más; sea generosa, —dijo, toman- 
do entre las suyas una de las manos frías y 
descarnadas de la viejita... En fin, agregó en 


un arranque de desesperación:—déjeme usted 
pensarlo, quiero meditar, estar solo... solo con 
mis pensamientos íntimos, que sacuden mi cere- 
bro como si fuesen á desgarrarlo... luego, ma- 
ñana, cualquier día, le avisaré á usted mi reso- 
lución y entre tanto, que Adela lo ignore todo, 
que no sepa que usted ha venido, que me ha 
visto; se lo pido como un favor, como un ruego 
que parte de lo más íntimo de mi alma. 

La anciana se retiró contrariada; las últimas 
declaraciones de Emilio envolvían, sin embargo, 
una esperanza alentadora y una duda: ¿triunfa- 
ría la vanidad ? Í 
- Cuando Emilio quedó solo, sentóse delante de 
su escritorio, apoyado el codo sobre el borde 
del mueble, y comprimiendo su frente con la 
mano extendida. 

Largo rato permaneció en esa actitud, cuando 
se levantó, sacó del bolsillo una cartera de cue- 
ro de Rusia, con sus iniciales de oro primoro- 
samente cinceladas; extrajo de ella un pequeño 
retrato, y acercándose á la ventana para ilumi- 
narlo mejor, lo estuvo contemplando fijamente. 
Después de un instante, lo arrojó bruscamente 
sobre el escritorio y empezó á pasearse por la 
habitación con los brazos á la espalda. 

—Adela era la ilusión, la felicidad y el por- 
venir—dijo deteniéndose.—¿Y tú?—agregó, di- 
rigiendo una nueva mirada al retrato que había 
arrojado sobre el escritorio. 


Vol. 10 4 


— 98 — 


X. 


Después de aquella entrevista con Emilio, en 
la que la anciana vislumbrara una esperanza 
para Adela, había pasado los días en la mayor 
zozobra. A cada instante creía ver la figura de 
Emilio cruzar el patio con esa despreocupación 
y ese aire de engreimiento que le era peculiar. 
Illa preparaba entonces su mejor sonrisa y 
restregaba la palma de la mano por su falda 
de merino para alargársela más suave y más 
caliente; las manos de los viejos tienen algo de 
la frialdad de los muertos—decía la viejita;— 
pero cl enamorado no apareció... Ni una carta, 
ni un anunció, ni un indicio cualquiera que con- 
firmase sus promesas. 

No es posible, pensó al principio, que Emilio 
me haya engañado; su desesperación era since- 
ra, su arrepentimiento venía de lo íntimo... no, 
no me ha engañado, pero ¡ay! le falta carácter 
para resolver sin vacilar este problema difícil 
que decidirá de su porvenir. 

Transcurrió así el tiempo y la anciana vió 
alejarse hasta perderse el anhelado aconteci- 
miento; ya no volverá, se dijo, y desde enton- 
ces, cuando la evidencia de que aquel rompi- 
miento era ya inevitable, llevó á su espíritu la 
convicción de que Adela nada tenía que esperar, 


— 9 -— 


tuvo el presentimiento de su próximo fin, amar- 
gado por la idea del abandono en que quedaría 
su pobre niña. Lloró como una alma desolada 
que ve por todas partes el abismo y que, des- 
pués de tantos años de luchas y contrariedades, 
deja tras de sí otra existencia, como una pro- 
yección de su propia vida, entregándole por 
única herencia, sus dolores, sus lágrimas, su 
experiencia durísima y la soledad de su hogar, 
en el cual consumiría su savia y sus mejores 
días, como una flor marchitada al nacer, por el 
desengaño y el egoísmo. 

Abatida, sin aliento ya para reaccionar, sintió 
como nunca cl peso abrumador de la vejez. Su 
única aspiración, por la que hebía vivido y lu- 
chado sin tregua, acababa de desvanecerse y 
con clla toda la energía de que hiciera gala en 
otros tiempos. 

Jin algunos momentos, cuando la desespera- 
ción le arrebataba hasta las horas de descanso, 
sentía una impresión tal de aniquilamiento y de 
desgano de la vida, que la misma muerte se le 
presentaba como un bien supremo para concluir 
con su existencia atribulada. 

Dormirse para siempre, decía, no sufrir ya 
más csta serie interminable de pequeños tor- 
mentos, extinguirse en el eterno sueño, es tam- 
bién una felicidad, una compensación miserable, 
pero al fin una compensación, la única á que 
puede aspirar una criatura infeliz, que ha re- 
corrido con fe el sendero de la vida, esperando 
encontrar, después de la arena árida. la hierba 


— 100 — 


húmeda y fragante donde reposar de la fatigosa 
jornada. 

Una visión siniestra se presentaba ante sus 
ojos: se veía ella misma, amortajada, dentro de 
un féretro de poco precio, vestida de negro, con 
un pañuelo blanco, doblado como una venda, 
pasado por debajo de la barba y asegurado con 
un nulo en la parte media del cráneo, con los 
ojos cerrados, la boca entreabierta, paralizada 
en el último aliento, pintada en sus facciones 
la placidez del reposo eterno. Los brazos cru- 
zados sobre el pecho, sus manos huesosas, color 
de cera, con los dedos entrelazados, compri- 
miendo su pequeño crucifijo; rígida, atrofiada, 
como si su estatura hubiese disminuido, expues- 
ta en el centro de la salita azul, sobre un mo- 
desto catafalco, cubierto de paño negro orillado 
con un galón de oro medio deshilachado. Los 
hachones, como centinelas con penachos de fue- 
go, proyectando sobre ella sombras tenues y 
rayos amarillentos, desprendidos de una llama 
que oscila apenas. Por todas partes el silencio, 
la quietud, interrumpida de cuando en cuando 
por el cuchicheo de las amigas, de las curiosas, 
de las que van en punta de pie á contemplar 
las facciones de la muerta; por alguien que 
llora en un rincón, sofocando sus sollozos; por 
el murmullo de un rezo y por el ruido de un 
terrón de cera que se desprende de los hacho- 
nes, como una lágrima grotesca, congelada y 
endurecida al caer. ¡Ah! y Adela, que entra de 
golpe, llevándose por delante los muebles, 


— 101 — 


abriéndose paso por entre los concurrentes que 
tratan de sujetarla; que llora, grita, implora, 
forcejea por desasirse; pálida, desgreñada, con 
las ropas desprendidas, los ojos hinchados por 
las lágrimas, la llama con desesperación, mien- 
tras reclamándola á la vida con acentos tan 
conmovedores con explosione3 tán intensas de. 
cariño y de dolor, que le hacían “comprender 
cuánta sería la desolación le esa pobre “tiña el | 
día que ella sucumbiera. ¡eE ] 
No, Dios mío, ese eterno bienestar es una in- 
gratitud y es la imaginación la que me trans- 
porta á él; deseo vivir, aunque tenga que 
multiplicar mis sufrimientos, vivir para ella, 
para ella sola, para mi pobre Adela...¡Ah! 
¿para qué querría yo esta existencia si no fue- 
se para amparar á esta criatura desgraciada ? 
Pero las fuerzas no le ayudaban ya, iba ex- 
tenuándose día á día, y por más que Adela se 
esforzara en conjurar por todos los medios á 
su alcance el peligro que rodeaba la existencia 
de la anciana, harto comprendía que su tarea 
era estéril. Asistía día á día al derrumbe de 
esa existencia, que se extinguía lentamente, sin 
quejarse, sin demostrar su sufrimiento. 
Cuando le preguntaba cariñosamente si se sen- 
tía mal, la viejita sonreía, contestaba negativa- 
mente y dirigía á su vez la misma pregunta á 
Adela. 
Esta se esforzaba por aparecer mejor de lo 
que se encontraba, y, aunque las huellas de sus 
sufrimientos no podía suprimirlas con el es- 


— 102 — 


fuerzo de su yoluntad, ponía el mayor empeño 
en ocultar á la anciana las lágrimas que había 
derramado. Alarmada ya por la postración que 
la había obligado á guardar cama casi diaria- 
mente, Adela quiso intentar el último recurso. 
- Tomó el «bilo,.de su vida pasada, haciendo en la 
-<asa todo el ruido posible, fingiendo preocupar- 
- ,se de-$u persona, de.sus trajes, de sus muebles; 


7: 0 sentó.al. piano «como en otros tiempos y los 


acordes de las piezas predilectas de la viejita 
llegaban hasta su oído entorpecido por la de- . 
bilidad; largas horas pasaba á su lado, procu- 
rando hacer recaer la conversación sobre temas 
alegres, riéndose de sus travesuras de niña, 
recordando el estrépito que promovía con las 
persianas, la irritación que había experimentado 
la viejita cl día que le dió bromas sobre los 
bibelots, Megando, en su entusiasmo por reani- 
mar el espíritu y las fuerzas de la anciana, 
hasta decirle que Emilio era un embustero, un 
presuntuoso, que se había figurado que una niña 
como ella le serviría para pasar el tiempo en 
sus horas de ocio, que ya lo había olvidado por 
completo, y, más que eso, que se consideraba 
muy feliz en no haberse vinculado para siem- 
pre á un hombre de esas condiciones morales. 
Todo esto lo repetía Adela maquinalmente, pero 
sin poder ocultar la emoción que experimenta- 
ba, sin poder remediar el temblor de su voz y 
la palidez que cubría su semblante. 

En más de una ocasión, después que había 
procurado engañar á la anciana, desviándola de 


— 103 — 


sus pensamientos tristes, se levantaba como he- 
rida en el corazón, corría á la salita y, arro- 
jándose sobre el sofá, ocultaba su rostro para 
sofocar los gritos de desesperación y los sollo- 
zos que ahogaban su garganta. 

—Se engaña á sí misma y procura engañar 
me—decía la anciana, moviendo la cabeza co; 
desaliento.—¡Ah! yo sé muy bien que todo esto 
es fingido; ¡pobre Adela! teme también ella que 
mis días estén contados. | 


XI. 


Una mañana, cuando Adela fué al dormitorio 
de la anciana, para ofrecerle cl desayuno que 
tomaba habitualmente, la encontró muerta. 

No se había quejado, no había pedido auxilio 
durante la noche. Adela se había despedido de 
ella como de costumbre, sin sospechar cl funes- 
to desenlace; no le había manifestado la viejita 
que se sintiera mala; por el contrario, le habíx 
hablado de sus proyectos para cuando se Ine- 
jorase y del deseo que tenía de mudar de casa 
y de barrio. Aquella vivienda, testigo tantos 
años de sus días felices, parceía reclamarle 
ahora esas alegrías, que habían huido para no 
volver. Adela le había agradecido con democs- 
traciones efusivas aquella resolución, pues estaba 
conforme con sus deseos y con la necesidad 


— 104 — 


cada vez más imperiosa de olvidar, de bo- 
rrar de su memoria y de su imaginación todas 
aquellas imágenes que surgían de la materiali- 
dad de las cosas que la rodeaban y que tanto 
influían en sus sentimientos y en sus recuer- 
dos. | 

—Nos iremos lejos—le había dicho la viejita 
con acento cariñoso,—lejos del bullicio de la ciu- 
dad; buscaremos una casita con jardín, bañada 
por el sol, y allí, con la quietud y el silencio, 
nos olvidaremos de todo. ¡Ah! tú no sabes 
—agregó, —cuánto bien hacen al espíritu el aire 
puro, el sol tibio, el perfume de las plantas y 
ese alejamiento de la Ent .. ¡Es tan mala esta 
gente!... 

Quedóse pensativa, recostada hacia la orilla 
de la cama, apoyando el codo sobre la almohada 
y sosteniendo con su mano blanca y temblorosa 
el borde de su mandíbula descarnada. Parecía 
que un mundo de recuerdos tristes hubiesen 
acudido á su memoria; suspiró profundamente 
y, tendiendo una mano á Adela, le dijo casi con 
tono de súplica: acuéstate, mañana hablaremos 
de nuestros proyectos y pronto los realizare- 
mos. 

El tono de las últimas palabras había conmo- 
vido á Adela; experimentó en ese momento un 
deseo vehemente de abrazar á la viejita y de 
cubrirla de besos cariñosos; ¡ah! es que Adela 
no había podido aún desahogar todo su dolor; 
sentía dentro del pecho algo como un círculo 
de hierro que comprimiera su corazón y sus 


— 105 — 


pulmones; necesitaba llorar, pero llorar con 
desesperación, sobre el pecho de una persona 
amiga, diciéndole todos sus sufrimientos para 
encontrar un consuelo, un alivio que la anciana 
no podía proporcionarle. 

Cuando se convenció de que la anciana estaba 
muerta, su dolor no tuvo límites; se arrojó so- 
bre el lecho con los brazos abiertos; la tomó 
después como á un niño á quien se levanta de 
la cuna, la comprimió contra el seno, inundan- 
do de lágrimas y cubriendo de besos su rostro 
frío. Llamábala con acentos desgarradores, re- 
pitiendo á cada instante: ¡ah! ahora puedo de- 
cirte cuánto he sufrido, ahora puedo arrojar 
fuera de mi corazón este mar de lágrimas que 
he ido acumulando día á día por temor de en- 
tristecerte, ahora puedo decirte que Emilio vive 
todavía en mi alma como el primer día, que su 
sombra me persigue á todas partes, que en to- 
das partes me sonríe, me habla, me llama, me 
tiende su mano... ¡Ah mamita;¡... ¡cuánto, cuán- 
to he sufrido por ocultarte mi dolor! ¡Cuánto 
sufriré ahora que tú ya no existes, que no te 
veré más, que no oiré tu palabra que caía so- 
bre mi corazón como un bálsamo, que ya no 
tendré tus consejos y el aliento de tu fuerza de 
voluntad para olvidar, para resignarme, para 
no morirme, y nuevos besos y nuevos abrazos, 
en tanto que un torrente de lágrimas corría de 
_ sus ojos. ¡Ah! pero tá sabías que no lo había 
olvidado, tú comprendías que yo hacía esfuer- 
zos para engañarte, alma noble y generosa; 


— 106 — 


jamás una queja salió de tus labios, nunca un 
reproche vino á contrariarme. 

Adela cayó de rodillas, sollozando y teniendo 
entre sus manos las de la viejita, una mano con 
los dedos flexionados, como si al despedirse de 
la vida hubiese creído encontrar la suya para 
comprimirla, hasta que la acercó á sus labios 
para besarla como una reliquia. 

Cuando se levantó, estuvo largo rato contem- 
plando el cadáver. Las facciones de la anciana 
no se habían alterado; por el contrario, habíale 
dado la muerte una expresión de calma y de 
dulzura que la hacía parecer más bien una per- 
sona dormida. De su bella frente se habían 
borrado las arrugas, haciendo más pura la cur- 
va suave que terminaba en los arcos prominen- 
tes de las Órbitas. Estaban los párpados caídos 
v humedecidos en sus bordes, como si la última 
lágrima hubiese sido detenida por la muerte; 
sus mejillas enjutas, relucientes, con ese brillo 
semejante al del marfil, no tenían ya los plie- 
gues que en cada contracción levantaba la co- 
misura de sus labios y daban tanta animación 
y una expresión tan vivaz á su fisonomía inte- 
ligente. 

Adela estuvo contemplándola con una mirada 
de piedad infinita; lloraba ahora en silencio y 
cada uno de estos detalles se iba grabando en 
su cerebro, como para favorecer mejor la evo- 
cación de su imagen cuando ya descansara en 
el sepulcro. 

Inclinóse después para besarla una vez más 


— 107 — 


en la frente, arregló su cabello canoso, alisán- 
dolo contra las sienes, cruzó sobre el pecho sus 
brazos ya rígidos, y entre sus manos, entrela- 
zadas con esfuerzo, colocó un pequeño cruci- 
fijo. 

—- ¡Adiós! pobre mamita, ¡adiós! — exclamó 
después, comprendiendo todo el peso de su in- 
mensa desgracia, y con una congoja indecible 
agregó: 

—¡Sola!... ¡sola!... 

Y cruzando la habitación con los ojos enro- 
jecidos é hinchados por el llanto, se dirigió con 
paso incierto al pequeño jardín del patio, para 
recoger todas las flores que se habían abierto 
durante la noche y adornar con ellas el lecho 
de la muerta. 


XIT. 


Ningún dolor comparable al de Adela después 
que murió la anciana. En el momento de sacar 
el modesto féretro de caoba, encima del cual 
había colocado piadosamente una corona de vio- 
letas artificiales, sujeta á las manijas de ambos 
lados por una ancha cinta de raso negro, Adela, 
que contemplaba la escena desde su habitación, 
al través de uno de los vidrios que empañaba 
con su aliento, no pudo reprimir sus sollozos 
mi las exclamaciones de eterna despedida, tra- 


— 108 — 


duciendo con frases desgarradoras las explosio- 
nes de su intenso duelo. 

Cuando lo vió aparecer por la puerta de la 
salita azul, balanceándose como una cuna, mien- 
tras las personas que lo conducían se achicaban, 
se retorcian, se ponían de lado para facilitar la 
salida por la estrecha puerta, le pareció que 
aquellos hombres, algunos de los cuales ella 
creía ya muertos, viejos, encorvados, vestidos de 
negro, caminando lentamente, con las piernas 
rígidas, unidas, le arrebataban á su viejita, se 
la llevaban con la despreocupación y la indife- 
rencia con que se cambia de sitio á un mueble 
y, sin poder dominarse, con los ojos llorosos, 
el cabello en desorden, dejando enredado en el 
respaldo de un sillón su pañuelo de lana á cua- 
dros blancos y negros que llevaba á la espalda, 
corrió precipitadamente, rechazando con violen- 
cia brazos y manos que salían de entre las 
sombras como apariciones, para sujetarla, para 
contenerla. Desasiéndose de unos, empujando 
á otros, sin oir razones, sin atender consuelos, 
desesperada, fuera de sí, dando gritos que ha- 
cían retroceder á las personas que le salían al 
paso, llegó así á la salita azul, mientras los úl- 
timos acompañantes, cabizbajos, alisando la copa 
del sombrero, invitándose para ir en el mismo 
carruaje, le formaban una barrera, negra, mo- 
vediza, dejando detrás de ellos, como un des- 
pojo, el catafalco levantado en el medio de la 
sala, cubierto por el paño de terciopelo negro, 
descolorido, raído, salpicado por la cera derre- 


— 109 — 


tida como escrecencias de lepra, arrollado en el 
suelo en uno de los cantos, pisoteado, roto como 
un trapo viejo, y los hachones, medio consumi.- 
dos, con crestas blancas, rugosas, pegadas á lo 
largo, apagados en ese momento y exhalando 
todavía espirales de humo acre por la pavesa 
negra, torcida como un pico de ave de rapiña, 
carbonizada, con un punto brillante como una 
luciérnaga, que aparece y se esconde, que au- 
menta el relampagueo fosforescente de su luz, 
que la agranda, la cubre con sus alas, hasta 
que al fin, desaparece en una crepitación de 
agonía. 

Adela vió todo esto al través de sus lágrimas 
y de la semiobscuridad de la salita. La tensión 
nerviosa que la había excitado y sostenido, la 
abandonó de golpe. Cayó entonces de rodillas, 
apoyando su frente contra el borde del catafal- 
co y con los brazos estirados sobre el terciopelo, 
haciendo esfuerzos por sostenerse, por apoyarse 
sobre esa superficie suave, lisa, untuosa, que se 
escurría de sus manos formando pliegues como 
la piel de un animak Oyó en seguida el ruido 
del carro fúnebre, que empezaba á rodar pesa- 
damente sobre el empedrado, y el choque casi 
unísono de las portezuelas que se cerraban de 
golpe, enviándole un eco de despedida, inarticu- 
lado, lúgubre, mezclado al vocerío, al murmullo 
de la calle, al ruido de las persianas con que 
los curiosos movían sus varillas para espiar, 
penetrar con sus miradas en el interior de la 
-Salita é imponerse, con esa inconsciencia del 


— 110 — 


vulgo que obedece á las exigencias de los sen- 
tidos, de lo que pasa en el interior de una vi- 
vienda de donde han sacado á un muerto, lo 
que ha de servir de tema de conversación á 
más de uno, que lleva bien apuntado en la me- 
moria el número de carruajes y el de coronas, 
la clase del fúnebre y el valor del féretro. 

Continuaba ella sollozando y sintiendo desga- 
rramientos íntimos, como si la vida se fuera des- 
prendiendo poco á poco de su ser. ¿Es cierto 
que te has ido? decía de pronto. ¿Is cierto 
que ya no te veré más?... ¡Pobre mamita!... 
Era su alma la que hablaba, era su vida entera 
que protestaba de la desgracia, ante el misterio 
de lo desconocido, de lo impenetrable, y conti- 
nuaba así, llamando á su viejita con todas las 
expresiones más tiernas de su cariño y de su 
dolor. 

Debilitada, enferma, quiso levantarse y no 
pudo; se le doblaron las rodillas, como si sus 
articulaciones se hubiesen dislocado; se sentía 
oprimida, asfixiada, en aquel ambiente saturado 
con las emanaciones de los sahumerios de ben- 
juí, el olor á cera derretida, el humo casi pe- 
gajoso, las pavesas de los hachones que seguían 
ardiendo á intervalos y despidiendo olor á trapo 
grasiento quemado, cl desinfectante que se ha- 
bía derramado sobre el catafalco y las flores 
secas, marchitas que se habían esparcido por el 
suelo. Procuraba no respirar aquel aire vicia- 
do, denso, que penetraba á sus pulmones con 
esfuerzos, como un velo que se le quedase adhe- 
rido á las fauces. 


— 111 — 


Dejóse caer, arrastrando el paño negro que 
vino á cubrir la mitad de su cuerpo como una 
mortaja, y allí, en el suelo, en la actitud que 
tomaba cuando iba á la iglesia, empezó una ora- 
ción, interrumpida cien veces por los recuerdos 
de la anciana, cuyo nombre unía al de Dios, ya 
que ella había sido por tantos años su provi- 
dencia. 

Agrupadas á su alrededor estaban las amigas, 
formando una mancha negra, de entre la cual 
salían cabezas, gestos, miradas, actitudes de 
sombra, suspiros, súplicas y un murmullo de 
palabras como un deletreo. 

Sentadas en el sofá, conversaban en voz baja 
dos señoras viejas, enjutas, con aspecto de per- 
sonas pobres, vestidas de negro y abanicándose 
con movimientos suaves, como si quisieran 
llevar el compás con lo que hacían con la ca- 
beza. 

Dos viejecitas antiguas, insensibles, persegui- 
das por la desgracia y los achaques. Erin 
gemelas; no se habían casado por no separarso; 
tenía una de ellas la preocupación de que iban 
á enterrarla viva, y por cesto eran las primeras 
en presentarse, cuando moría alguna persona 
de su relación, para estudiar detenidamente los 
signos de la muerte. 

Al ver entrar á Adela y oir sus exclamacio- 
nes de dolor, se miraron, deteniendo los vaive- 
nes del abanico, é hicieron un pito con los la- 
bios llevando después en una contracción una 
comisura en dirección á la orcia «dcl mismo 


— 112 -- 


lado, como queriendo significar que aquella des- 
gracia habría sido para ellas un átomo compa- 
rada con la inmensidad de sus desdichas. 


XITI. 


Con la muerte de la anciana había llegado 
para Adela el momento más difícil. Sentía como 
si la viejita se hubiese llevado al sepulcro una 
parte de su existencia, tales eran el enervamiento 
y el desconsuelo que dominaban en su espíritu. 

Era una verdadera prueba para sus senti- 
mientos y para su condición de niña huérfana. 
No le arredraba tanto tener que luchar con la 
escasez de medios, con las privaciones, con la 
miseria tal vez, como la falta de un amparo mo- 
ral, que ahora le reclamaba con más energía la 
pasión que aun alimentaba por Emilio. 

Su imaginación, como la de todas las perso- 
nas impresionables y delicadas, se había aliado 
con sus recuerdos para torturarla. Borrábase 
de su memoria el tiempo transcurrido y se le 
figuraba siempre que Emilio debía acudir afec- 
tuoso y conmovido á imponerse de su desgra- 
cia, á darle el pésame, y que esto sería motivo 
para que le pidiera él perdón de su conducta 
pasada, mientras ella, conmovida, más enamo- 
rada que nunca, le tendería su mano para que 
la rctuviese como en otro tiempo entre las 
BUy 82. | 


— 113 — 


Continuaba alimentando esta ilusión como una 
necesidad, como un consuelo, como la esperanza 
que cruza por la mente del viajero perdido en 
la maleza cuando, atraído por el miraje, toma 
aliento, se yergue, se echa en cara su desespe- 
ración y su cobardía y corre, camina, sin sentir 
la fatiga, sin experimentar el hambre, hasta que 
la realidad lo postra, desfallece y muere. 

No comprendía aún cómo Emilio hubiese po- 
dido olvidarla después de tantas promesas y 
protestas de cariño. Es que ella, en su inge- 
nuidad de niña, juzgaba de su conducta por sí 
misma, por sus propias impresiones, por la 
vehemencia con que le había entregado su co- 
razón, con ese desprendimiento de las almas 
confiadas. 

Por momentos protestaba de este abandono 
como de una injusticia, y la esperanza, nueva- 
mente alimentada por la duda, le hacía olvidar 
que enfrente de clla estaba la realidad fría, im- 
placable, ante la cual debía someterse. Rehu- 
saba aceptarla, como rehusa el enfermo que le 
amputen un brazo, con esa resistencia instintiva, 
que no obedece á la razón, sino á la sensibili- 
dad, al temor, al horror mismo que inspira la 
carne que es menester cortar en colgajos para 
salvar la vida. 

Su alma estaba empeñada en esta lucha; pre- 
fería morir antes que desprenderse de esas 
ilusiones, que se adherían á ella como la carne 
dolorida y enferma que se aferra á los tejidos 
sanos en un último esfuerzo por conservarse. 


— 114 — 


La materialidad de las cosas no la había pre- 
ocupado hasta entonces, pero hubo de confor- 
marse con su nueva existencia recogiendo como 
el náufrago los últimos restos de su barco para 
improvisar un hogar en la playa desierta. 

Abandonó un día su casita, cual si fuera al 
destierro, y cuando contempló en la calle los 
mucbles de su salita azul, amontonados, en des- 
orden sobre un carro alto, cuadrado, y oyó los 
crujidos de la madera y el desgarramiento del 
damasco que en un descuido se abrió como una 
herida, experimentó ella también un desgarra- 
miento íntimo, clla, que los había cuidado tanto 
y que encontraba en cada uno tantas reminis- 
cencias del pasado. 

Su salita azul estaba anora en la calle como 
abochornada; miraba ella los muebles y lc pa- 
recía que en medio de aquella confusión de si- 
llas, espejos, sofás, mesitas, en presencia de 
esa desnudez de las cosas materiales, trataran 
de esconderse, de empujarse, buscando en los 
rincones más ocultos del carro un refugio con- 
tra las miradas de los curiosos, de la gente de 
la calle, que había formado un grupo para pre- 
senciar el desfile de la mudanza. Adela contem- 
plaba sus muebles, puestos allí en exhibición, y 
se le figuraba que todo el mundo iba á impo- 
nerse de su desgracia y que todos los que fija- 
ban en ellos su atención penetraban en la inten- 
sidad de su dolor. 

Hubiera deseado que su nueva vivienda estu- 
viese inmediata, para sacarlos de noche, con 


— 115 — 


cuidado, de á uno, é instalarlos con el decoro 
que parecían reclamarle. Ahora, puestos así so- 
bre un carro: los sofás con las fundas arre. 
mangadas para mostrar sus remiendos y sus 
resortes como vísceras de acero, las mesas tum- 
badas como armazones desvencijados dentro de 
los cuales estaban sujetos los cuadros, compri- 
midos por almohadas sin funda, enrojecidas de 
vergúenza, blanduzcas y flexibles como la gor- 
dura falsa de los hidrópicos. y luego las sillas, 
amarradas de á dos como presidiarios, y las 
consolas livianas, brillantes, con sus forros de 
felpa y sus flecos, que hacía ondear el viento; 
prendidas de ella, como en compañía más se- 
lecta, las pequeñas repisas, el banquito donde la 
viejita apoyaba su pie calzado con botines de 
paño, haciendo ver en el centro una mancha 
blanca como una cabeza calva; por último, el 
esqueleto de la araña, con una envoltura de dia- 
rios viejos atados con hilo, como el cuerpo de 
una momia; todo ese conjunto puesto en des- 
orden, al azar, llenando los claros del carro, 
mezclado, confundido, como la gente en las ma- 
nifestaciones, codeado, manoscado, tratado tor- 
pemente por las manos groseras y sucias de 
los peones, que dejaban impresos sus dedos con 
manchas grasientas en los respaldos y su aliento 
en los espejos, en los cuales se miraban mien- 
tras reían y se insultaban, increpándose el des- 
gaste de una silla, la rotura de una cornisa, el 
erujido de algo que estaba como bajo un mon- 
tón de ruinas, cediendo al peso del derrumbe. 


— 116 — 


Adela veía todo aquello y los colores se le 
subían á la cara; se le oprimía el corazón; vein- 
te veces estuvo para dar un grito, cuando veía 
un mueble á punto de caer de las manos de 
aquellos torpes que lo conducían, y veinte ve- 
ces se contuvo, por temor de sus insolencias y 
de que se vengaran haciendo un destrozo inten- 
cional. 

Su casita, en la que había vivido como en un 
santuario, cra arrastrada á la calle, mezclada al 
fango, deshecha en pedazos, amontonada en un 
carro, escudriñada, insultada, tratada como en 
un saqueo. Cuando arrojaron á uno de los ca- 
rros el último mueble y empezaron á desfilar 
ante sus ojos, haciendo más violentos los cho- 
ques y los crujidos, y vió todos aquellos mue- 
bles, que no parecían los mismos, se estremeció 
ante los movimientos bruscos de los vehículos, 
que parecían querer volcar en la calle el conte- 
nido, que llevaban amarrados con cuerdas y pe- 
dazos de frazadas viejas. Flla, que miraba por 
las rendijas de la persiana, no pudo contener 
ya sus lágrimas, y cuando vió el último carro, 
que pasó rozando el cordón de la vereda, como 
dando tropezones, tuvo que apoyarse contra el 
quicio de la ventana para no caer... En el si- 
llón de esterilla, el asiento predilecto de su vie- 
jita, iba arrellenado uno de los peones, fumando 
su pipa de yeso y leyendo un retazo de diario 
que había arrancado del envoltorio de la araña. 

Contempló después con tristeza aquellas pa- 
redes desnudas, con el papel desgarrado en al- 


— 117 — 


gunos puntos y los agujeros de los clavos como 
órbitas huecas; tuvo miedo; recorrió rápidamente 
aquellas habitaciones desiertas, apenas ilumina- 
das por la escasa luz de una tarde fría y nu- 
blada; volvió á la salita azul, y, disponiendo con 
la imaginación los muebles en sus respectivos 
sitios, iba á darse vuelta, para enviar una mi- 
rada de despedida al interior de esa vivienda 
que ya no volvería á ver, pero el estrépito de 
una puerta que se cerró con violencia, sacudida 
por una ráfaga de viento, produjo un eco sinies- 
tro; sintió ella entonces una impresión súbita 
de terror, y echando sobre su semblante el tu- 
pido crespón de duelo que caía desde su cabeza 
á la espalda, salió precipitadamente á la calle. 
Su planta de jazmín estaba aún en la vereda 
esperando el turno; uno de los peones cuidaba 
de ella; cuando Adela vió que aquel hombre pa- 
saba las manos por las hojas aterciopeladas, sin- 
ttó que se crispaban sus nervios, como si ella 
misma sintiera en sus mejillas el roce de esa 
mano callosa y dedos mochos. Apresuró el paso, 
y al llegar á la esquina, vió que por la acera 
opuesta aparecía un hombre conduciendo un 
gran ramo de flores; dió vuelta instintivamente, 
para contemplarlo, mientras á pocos pasos de 
ése, venía otro, llevando abrazado y con esfuer- 
zo un magnífico bronce representando el grupo 
de Boucher. Al llegar á las casas de las feas, se . 
detuvieron, miraron el número de la puerta, 
para cerciorarse de que era la seña indicada, y 
penetraron en seguida. 


— 118 — 


Al proseguir su camino, oyo Adela una voz 
de mujer que decía á su espalda: esta noche se 
casa una de las niñas. 

Ella se estremeció involuntariamente y la frase 
de Emilio resonó en su oído... ¡son tan ricas! 

Repitió mentalmente el dicho y apresuró aún 
más su marcha, temerosa de que la sorpren- 


diera la noche en la calle, á ella, que jamás ha- 
bía salido sola y á esa hora. 


AN 


Una reacción favorable se había operado len- 
tamente en el ánimo de Adela. Las distracciones 
del trabajo, las obligaciones que ella misma se 
había impuesto, por la necesidad de atender de- 
corosamente á su nueva posición, habían influí- 
do de una manera benéfica en su organismo 
moral, á punto de que la conformidad con que 
contemplaba ahora el pasado, la sorprendía á 
ella misma y la hacía pensar seriamente en que 
tal vez había exagerado un poco sus dolores, 
por el hábito de renovarlos diariamente, con 
esa complacencia que se encuentra en el dolor 
mismo cuando él nos proporciona el recuerdo 
de las dichas que lo precedieron y á las que 
está vinculado como el gusano á la planta, que 
da flores fragantes pero que un buen día mue- 
re, porque ha carcomido sus raices. 


2 110 


Había ponderado ella la situación y se había 
resuelto á afrontarla como un nuevo sacrificio 
que el tiempo y la resignación irían aminoran- 
do hasta devolverle, sino sus alegrías, por lo 
menos para continuar con más ardor en la lu- 
cha;—muy poco exigía en compensación de lo 
que ella había sufrido y de la incertidumbre en 
que estaba siempre respecto del porvenir. 

Dividía su tiempo entre las tareas que se ha- 
bía impuesto y sus recuerdos. La viejita estaba 
siempre ante sus miradas como una evocación 
que se presentara á cada instante á inspirarle 
confianza y aliento, ella rezaba todas las noches 
pero, más que una plegaria, cran monólogos, 
que sostenía en cl siiencio lo »u vivienda, ha- 
ciéndose la ilusión de que cl alma de la anciana 
la acompañaba en esos momentos y le agrade- 
cía sus recuerdos piadosos, como le agradecía 
en otro tiempo las atenciones que le había pro- 
digado durante su enfermedad. 

No había oído hablar ya de Emilio y se con- 
sideraba feliz en conservar su recuerdo como 
una reliquia que se guarda escondida en el seno 
y que se saca de vez en cuando para imprimir- 
le un beso con respetuosa devoción. 

Se levantaba en su espíritu ese recuerdo como 
el de una persona muerta, y hubiera deseado, 
ya que el destino había dispuesto que él la aban- 
donara, no oir jamás su nombre ni tener noti- 
cias de la posición que ocupara. Si había lleva- 
do su felicidad, su porvenir, un pedazo de su 
alma; ella le había reclamado con lágrimas ar- 


— 120 — 


dientes estos bienes; el silencio había contesta- 
do por él; ahora nada tenía que esperar ya. 
Vivir y vivir honradamente, aferrada á la prosa 
de una existencia monótona, sin impresiones, 
sin alegrías; recorrer á paso lento la misma 
senda que había recorrido la anciana, pero más 
desgraciada que ella, pues no tenía un solo 
vínculo que atrajera sus afectos. 

Cuando las ráfagas heladas de melancolía y 
de abatimiento pasaban sobre su corazón, de- 
primiendo su espíritu con una tristeza invencible, 
redoblaba entonces sus esfuerzos para ahuyen- 
tarla, abandonaba su humilde vivienda, recorría 
las calles al acaso, con paso precipitado, esqui- 
vando las gentes, dando tropiezos, hasta que el 
cansancio la hacía detener. En muchas ocasiones 
se paraba de golpe, alarmada por la distancia 
recorrida — había caminado como una incons- 
ciente—y por lo general penetraba en la iglesia 
más próxima, elegía el paraje más apartado, en 
el fondo de alguna capilla envuelta en el mis- 
. terio de las sombras, rodeada de la quietud y 
del silencio, aspirando el aire impregnado con 
ese olor suave á incienso, como si fuera una 
exhalación de los santos, que parecían animar- 
. se en sus actitudes místicas. Elevaba allí su 
plegaria, enviaba al cielo sus peticiones, ese favor 
tantas veces reclamado por las almas que su- 
fren, y satisfecha, tranquila, como si todos los 
santos de la iglesia hubieran prometido intere- 
sarse por sus súplicas, abandonaba el sagrado 
recinto para volver con paso lento á su vivienda. 


— 121 — 


Era allí objeto de las mayores atenciones de 
parte de una familia con la cual compartía su 
pan diario. Tenía para ésta tantos atractivos y 
eran tantas las simpatías que había despertado, 
que á fuerza de quererla habían concluido todos 
por rodear su nombre de una aureola de res- 
peto, Ce admiración y de cariño, que en los me- 
nores detalles procuraban demostrárselo. La 
situación de Adela, la bondad de su carácter, 
tierno y angelical como el de una criatura, el 
sello de sufrimiento que se destacaba de su fi- 
sonomía de niña resignada, había interesado á 
todos y, sin quererlo y á pesar de su retrai- 
miento y de sus reservas, era ella la dueña de 
la casa, la que disponía de todo, la que fallaba 
sin apelación en todas las disidencias, aun en 
las más íntimas. Formaba parte de la familia, 
se la disputaban, los niños corrían á abrazarla 
y se sentían orgullosos cuando habían mereci- 
do sus caricias; todos hubieran deseado que 
Adela estuviese siempre allí y hasta pensaban 
con disgusto y con afectuosa zozobra en el día 
que pudiera abandonarlos. 

—Esta niña debe sufrir mucho, —decía una de 
las señoras á una amiga íntima, á la cual la 
habían presentado. 

—¡Cómo se le conoce en la expresión de los 
ojos! 

—¿Ha visto qué manera de mirar? 

—Es una languidez de persona enferma. 

—¡Y qué aspecto tan distinguido! 

—¡Ah! si es de muy buena familia. 


— 12 — 


—¡Pobrecita! 

—¿Está de luto por los padres, no? 

—NOo, por una tía. 

—¿ Dicen que estaba de novia? -: 

—Nosotros no hemos podido saberlo, pero 
debe ser así. 

—¿ Ella nunca conversa de eso? 

—No, jamás; algunas veces la hemos oído llo- 
.Yar, pero no nos atrevemos... 

—Es natural... no... podría tomar á mal que 
ustedes trataran de indagar. 

— con razón; ella es tan buena, tan cariño- 
sa... le aseguro á usted que es una santa esta 
niña. 

—Si basta mirarla... lo está diciendo... 

Estos y otros diálogos mantenían las señoras 
de la casa con las visitas, atraídas también ellas 
por la curiosidad, por las ponderaciones y por 
el misterio que rodeaba á Adela. Contemplá- 
banla como á una criatura excepcional y en su 
presencia casi se sentían conmovidas, cual si 
conocieran toda la historia de sus amores y de 
sus lágrimas. 

Ella había notado toda esa atmósfera de sim- 
patía y de curiosidad que despertaba, sonreía y, 
sin preocuparse de ello, continuaba su existen- 
cia, entregada con fe al trabajo que podía pro- 
porcionarle el escaso caudal de sus conocimientos 
y de sus habilidades de niña bien educada. Por 
este lado se consideraba feliz, tan feliz, que hu- 
biera deseado que su viejita hubiese podido 
verla desplegando una actividad de la que no 
se hubiera creído capaz. 


— 123 — 


Hasta había conquistado fama para confeccio- 
nar vestidos con corte tan elegante y una gra- 
cia tan especial, que hubieran podido hacer com- 
petencia á los que salían de las mejores casas. 

Aceptaba esta tarea con la reserva propia de 
las señoras que han ocupado una posición so- 
cial holgada y que se ven obligadas por los 
reveses de la suerte á tomar una aguja, aguja 
que pesa cn sus manos delicadas como el mar- 
tillo del obrero, que ha visto perder su fortuna 
y que á la vez tiene que machacar el hierro 
sobre cl yunque. 

Un día le fué encomendada la confección de 
un traje de novia. 

Lleváronle las ricas telas y los azahares, tan 
blancos, tan artísticamente hechos, que tentaban 
á aspirar su perfume, cual si fuesen recién cor- 
tados de la planta. 

Adela desplegó conmovida aquellas telas y 
en el primer momento se sintió como impulsa- 
da á rehusar la tarca. ¡Cuántas veces había 
soñado ella con su traje de novia! ¡Cuántos re- 
cuerdos iba á despertar en su memoria la con- 
fección de ese vestido! 

Crujía el raso bajo la presión de sus dedos, 
brillando como una chapa de plata; lo había 
extendido sobre su mesa de labor, desparraman- 
do los azahares y los retazos de tul, y ella de 
pie, pálida, indecisa, contrariada por su debili- 
dad, miraba todo aquello como si esas telas y 
esas flores hubiesen entrado en su vivienda á 
desterrar las sombras de tristeza que la cubrían, 


— 124 — 


á llevar la alegría y el ruido, formando con- 
traste con su vestido negro de riguroso luto. 

—¿Quién será su dueña?—pensó.—¿Será fe- 
liz?... ¡Cómo me agradaría conocerla! 

Examinó detenidamente el corte de las dis- 
tintas piezas y pudo juzgar del cuerpo y de la 
estatura. Es bajita, se dijo, pero debe ser muy 
linda, agregó, y, como si una simpatía secreta 
la vinculase á la desconocida, experimentó el 
deseo de emprender su obra con más empeño 
y entusiasmo de los que había sentido al prin- 
cipio. 

—¡Pobre niña!—exclamó—si ella supiera que 
su traje de novia me ha causado tanta emoción 
y que casi lo he salpicado con mis lágrimas, 
creería que es un signo de mal augurio y ten- 
dría una contrariedad en su noche de bodas... 
que sea feliz... ya sola debo llorar en silencio 
y ocultar mis lágrimas... Y tomando con pre- 
caución las telas las dispuso en la forma nás 
adecuada para dar comienzo á su labor. 

Trabajó sin descanso hasta altas horas de la 
noche, y dos días después aquellos pedazos de 
formas extrañas estaban perfectamente unidos 
y sólo faltaban los azahares para que el traje 
estuviese terminado. Cuando lo contempló, pa- 
sando las palmas suaves de sus manos delica- 
das sobre la superficie reluciente del raso para 
arreglar mejor los pliegues de la falda, tuvo un 
pensamiento que la hizo sonreir con tristeza. 
Casi tiene mi propio cuerpo; ¿si yo me lo pro- 
bara? Desechó este pensamiento, y doblando el 


— 12 — 


vestido cuidadosamente, empezó á elegir los ra- 
milletes de azahares para fijar mejor su distri- 
bución. | j 

Oyó en ese momento que un carruaje se de- 
tenía á.la puerta y poco después el ruido de 
pasos precipitados y el choque de las manos 
enguantadas de alguien que llamaba desde el 
patio. Levantó las cortinillas de tul que cu- 
brían los vidrios de la puerta de su habitación, 
que comunicaba con esta parte de la casa, y 
quedó mirando sin atreverse á abrir. Una niña 
de porte distinguido, vestida con lujo y en acti- 
tud de esperar con impaciencia, le hizo una lige- 
ra inclinación de cabeza. 

Bajó Adela la cortinilla, y presintiendo que la 
desconocida fuera la dueña del traje, abrió la 
puerta y se adelantó á recibirla. 

—¿La señorita Adela ? 

Adela hizo también una inclinación de cabeza, 
pero con un aire á su vez tan distinguido, que 
la niña fijó desde ese momento su atención en 
ella. Muy simpática, pensó, y luego: 

—¿Usted tenía encomendado un vestido de 
novia ? 

— Está terminado, señorita; sólo faltan los aza- 
hares,—contestó Adela con las mejillas encendi- 
das; puede usted pasar. 

La niña entró sin miramientos en la vivienda; 
Adela penetró en seguida y le ofreció, para que 
se sentara, uno de aquellos sillones, forrados 
de damasco, que adornaron en otro tiempo la 
salita azul. 


— 12% — 


La desconocida estaba ahora como confundida 
de la actitud que había asumido. Aquella vivien- 
da, el aspecto de Adela, su aire de niña distin- 
guida, casi tan joven como ella, la suavidad de 
sus maneras, la modestia de su traje, la corree- 
ción con que se expresaba aún en los detalles 
más insignificantes, llamaron su atención. Ha- 
bía en toda su persona un conjunto de rasgos 
tan especiales, que despertaron aún más la sim- 
patía con que la había atraído desde el prin- 
cipio. | 

—Es extraño, —pensó;—esta habitación es una 
mezcla de lujo, de pobreza, de ostentación y de 
modestia; es algo muy original; luego, esta niña, 
que se me figura haber conocido antes; casi no 
desdeñaría en ser su amiga. 

Y mientras Adcla desplegaba ante sus ojos 
el valioso traje que había confeccionado con 
tanto empeño, su dueña se sentía más atraída 
por todo aquello que la rodeaba, con. la curio- 
sidad propia de una persona que recibe Aupre 
siones que no crecía encontrar. 
-—Muy lindo, muy lindo,—repetía;—sí, es de 
mi agrado, —y contemplaba en tanto el piano de 
formato moderno y de buena fábrica, la pila de 
papeles de música y luego algunos cuadros que 
¿dornaban las paredes; entre ellos, los retratos 
de los padres de Adela, que se destacaban allí 
como para inspirar respeto por su actitud se- 
vera y circunspecta. 

En el fondo, la camita de bronce, adornada 
como una cuna; enfrente de ella, un mueblecito 


— 127 — 


de toilette, —una verdadera joya de ebanistería, 
adornado con ese bagaje de botes y frasquitos 
de cristal, que no conticnen nada pero que en- 
cierran el secreto de ciertas bellezas de impre- 
sión, —un regalo de la viejita en el día de su 
cumpleaños. 

Con miradas rápidas, abarcando todo con ese 
primer golpe de vista que poseen las personas 
acostumbradas á otro medio social y á la mo- 
notonía de las viviendas de lujo, casi todas 
iguales por la disposición y el estilo de los mue- 
bles, la niña se había penetrado de que allí se 
encerraba un misterio y de que la señorita que 
tenía por delante no estaba lejos de encontrar- 
se á su nivel, por más que su posición humilde 
las separara. Y no pudiendo resistir más la cu- 
riosidad que la impulsaba, hizo una mueca gra- 
ciosa, á tiempo que le decía á Adela: 

—Perdone usted, señorita, pero veo aquí tan- 
tas cosas que me llaman la atención, que, si 
usted no lo tomara á mal, satisfaría el deseo 
de mirarlas de cerca. 

Adela se limitó á contestar con una inclina 
ción de cabeza y una sonrisa que quería decir: 
todo está á su disposición. Y como si no espe- 
rase otra cosa, empezó la niña á recorrer todos 
los ámbitos de la habitación. 

Deteníase ante un cuadro, lo miraba largo 
rato y daba luego su parecer, como persona in- 
teligente acostumbrada á emitir cesos juicios. 
Levantaba de su sitio una de las tantas chuche- 
rías que conservaba Adela, —una figurita de por- 


— 128 -- 


celana, un pequeño bronce,—lo tomaba delicada- 
mente, comprimiéndolo con las yemas sonrosadas 
de sus dedos, poníalo frente á la luz, le daba 
vuelta, y haciendo una mueca graciosa, se diri- 
gía á Adela con cierto candor para decirle: 
—Este bibelot es precioso. Dejaba el bibelot 
y se apoderaba de la baigneuse. ¡Ah! qué gra- 
ciosa, qué graciosa; si está hablando en esta 
actitud tan natural. Contemplábalo todo y volvía 
á colocar cada objeto en su sitio, acompañán- 
dolo de caricias, de miradas, de sonrisas, entre- 
teniéndose en darle su posición primitiva, ar- 
queando su cuerpo flexible hacia atrás para 
estudiar mejor el efecto. 
—¡Muy lindas! ¡muy preciosas!—decía, mien- 
tras se colocaba apresuradamente los guantes. 
Luego, una pregunta sobre el valor, la proce- 
dencia de esos mismos objetos; en seguida, otra 
sobre azahares, sobre un pliegue del vestido, y 
así, con cierta mezcla de aturdimiento y de des- 
enfado, con un poco de superioridad y de en- 
greimiento, del que difícilmente se despojan 
aquellos que tratan con personas que conside- 
ran inferiores en la jerarquía social, la niña lo 
vió todo, moviéndose con ruido de un lado para 
otro, imponiéndose de los detalles con la curio- 
sidad de un niño que va al teatro por primera 
vez. Después de la revista de la habitación, se 
apoderó de Adela, á la cual empezó á asaltar 
con preguntas sobre su condición, sobre su pa- 
sado, sobre su manera de vivir, experimeniando 
sorpresa, compasión y un vivo deseo de averi- 


— 19 — 


guar cada vez más, de saberio todo, como una 
amiga íntima que vuelve de un viaje de imu- 
chos años. 

Adela contestaba las preguntas con reserva, 
con evasivas, sintiéndose por momentos casi 
molestada por la visita, y, como para distraerla 
un tanto de su interés por ella, se permitió á 
su vez una pregunta: 

¿Se casa usted pronto, señorita ? 

—Sí, mañana, —contestó ella casi maquinal- 
mente, y luego agregó:—¿Usted toca el piano, 
no?... ¡Ah! tiene usted un piano muy rico... 
¿Quiere usted permitirme?... Y sin esperar el 
permiso sentóse en el taburete, levantó con es- 
trépito la cubierta y pasó rápidamente por el 
teclado sus dedos de muñeca, comprimidos y 
embotados por el guante.—¡Muy lindas voces, 
muy lindas!—Rápida y nerviosa se arraneó los 
guantes y empezó á tocar un trozo de Lucía. 
¡Divino!—pero es menester afinarlo, —exelamoó, 
dando él último golpe con las yemas de los de- 
dos sobre las teclas, que se hundían como si 
por encima de ellas se escaparan las notas ge- 
midoras. 

Adela experimentaba una serie de impresiones, 
que no alcanzaba á definir; sentía deseos de 
llorar, de reir, de abrazar á esa criatura alesre, 
ingenua, que había entrado en su casa como un 
pájaro alborotado, huido de la jaula, que no 
encuentra sitio donde posarse; que había olvi- 
dado su vestido para ocuparse del piano, que 
hablaba de su casamiento casi con indiferencia, 


Vol. 100 ? 


— 130 — 


como si fuera el acto más vulgar de su vida, y 
la comparaba con ella, envidiando su despreo- 
cupación y la manera tan extraña de sentir esas 
impresiones que para ella lo habían constituído 
todo. 

—¿Usted no .toca el piano ahora, señorita ?— 
volvió á preguntarle, haciendo girar el taburcte 
para colocarse frente á frente de Adela. —Usted 
debe tocar muy bien,—agregó,—á juzgar por las 
piezas que veo acumuladas, —y, sin dar tiempo 
á que Adela le contestara, giró nuevamente el 
cuerpo sobre el asiento y empezó á hojear los 
papeles de música, deteniéndose en la lectura 
de unos y arrojando otros con desdén... Bar- 
bero de Sevilla... no me gusta... Carmen... 
Aida... Recorría rápidamente csta última par- 
titura, tarareando algunos trozos, mientras lle- 
. vaba cl compás con su pie diminuto é imprimía 
á su cabeza movimientos rítmicos, interrumpi- 
dos con flexiones rápidas hacia adelante y 
gritos de impaciencia cuando equivocaba una 
nota. 

¡Hugonotes! —exclamó de pronto, hojeando 
otra pila de papeles—¡sublime! ¿Y esto? ¿y 
esto?... dijo mientras levantaba en alto un ha- 
llazgo inesperado—un papel de música manus- 
¿rita... ¿Es música de usted?... Sí, es de us- 
ted, —exclamó mientras leía con atención y sor- 
presa.—Adela, dice la pieza; ¡ah! y con letra; y 
sin esperar á que Adela confirmase la sospecha, 
extendió el papel sobre el pequeño atril y con 
la facilidad de ejecución con que lo haría un 


— 131 — 


maestro, hizo vibrar las bellas notas de la par- 
titura que efectivamente había escrito Adela so- 
bre el motivo de una composición poética que 
le había dedicado Emilio. 

—i¡ Muy lindo!... ¡lleno de gusto! —exclamaba 
á cada instante, mientras imprimía á su cuerpo 
movimientos suaves como una ondulación y 
apoyaba con fuerza su pie contra el pedal... 
¡Ah! y los versos me vienen como de perlas... 
qué composición tan sentida... ¿quién es el au- 
tor? —preguntó, haciendo en los bajos una octa- 
va que vibró con un sonido ronco. 

—¡Ah! pero usted está llorando...—dijo al 
ver que dos lágrimas corrían por las mejillas 
de Adela, que estaba de pie, apoyada sobre el 
respaldo de una silla.—¿Yo la he hecho llorar? 
—repitió la niña contrariada.—¿ Tal vez esa com- 
posición le trae á usted recuerdos penosos?... 
Perdóneme, he sido imprudente, pero mi carác- 
ter es así... Mamá siempre me lo reprocha y 
me dice que soy una niña aturdida. 

—No, no es nada, — se apresuró á contestar 
Adela, secando rápidamente las lágrimas y ha- 
ciendo esfuerzo para sonreir;—es que usted toca 
con mucho sentimiento... y me ha impresiona- 
do... ¡Ha pasado tanto tiempo sin que se hi- 
ciera música en esta casa! 

—¡Ah! es muy linda esa pieza... muy senti- 
mental... ¿quiere usted tener la bondad de pres- 
tarmela por un día?... voy á sacar una copia... 
qué gracioso,—agregó,—esta noche se la toco á 
mi novio... es una improvisación, ¿no le pare- 
ce?... y él que es medio poeta, 


— 132 - 


—¿Es poeta su novio?—preguntó tímidamen- 
te Adela, —pronunciando la última palabra con 
cierto temblor nervioso. 

—Sí, poeta y médico,—contestó la niña.—¡Ah! 
no me agrada que sea médico... la esposa de 
un médico debe ser una mártir... 

Cuando Adela supo que el novio de la niña 
era médico, el corazón le dió un salto; sintió 
que su semblante se enfriaba, como si le faltara 
la sangre, y comprendió que debía haberse pues- 
ta muy pálida, pues la niña la miró con extra- 
ñeza, diciéndole: 

—¿Qué le pasa á usted?... Está usted tan 
pálida... 

—Nada, señorita... No se alarme usted; es 
un vahido,—dijo llevándose la mano á la fren- 
te... Es mi enfermedad habitual... Pero se di- 
sipa pronto y, como para confirmar cuanto aca- 
baba de decir, sonrió con dulzura y se dirigió 
al piano para arrollar la pieza de música que 
tanto había interesado á la novia. 

-—Pero usted debe conocer al doctor Emi- 
lio... 

La niña no pudo proseguir, quedó como si la 
lengua se le hubiese pegado al paladar, con la 
boca entreabierta y una expresión de azoramien- 
to y de temor en la mirada, al oir el grito pe- 
netrante y extraño que había lanzado Adela. 

Tuvo miedo y se arrepintió de haberse dete- 
nido tanto en la habitación de esa persona, que 
le era completamente desconocida. 

—Mamá tiene razón —pensó; soy una aturdi- 


> 133 — 


da.—Es que allí era todo tan raro, tan original, 
empezando por la dueña de casa, con su porte 
de señorita distinguida, que sin quererlo se ha- 
bía dejado llevar por sus impresiones y por la 
espontaneidad de su carácter franco y bullicioso, 

—Esta infeliz debe estar muy enferma,—se 
dijo, —mientras permanecía en su sitio como una 
estática, sin atreverse á avanzar ni á despe- 
dirse... Su primera impresión fué huir, pero 
le parecía una conducta mala retirarse así, sin 
consideración alguna por Adela, quien, después 
de lanzar un ¡ay! tan intenso, tan profunda- 
mente conmovedor, se había inclinado sobre el 
piano, cubriéndose la cara con las palmas ex- 
tendidas. 

—Señorita, —se atrevió á decir después de un 
instante, —usted sufre mucho; ¿qué le ha pasa- 
do? ¿está usted enferma? ¿quiere que le pida 
á Emilio que la vea?—agregó ingenuamente. 

—No, no, —exclamó Adela con exaltación cre- 
ciente; no, no, por Dios...—y se dirigió hacia 
ella con los ojos inundados de lágrimas; le to- 
mó las manos y se las comprimió con contrac- 
ciones nerviosas;—no, gracias; es usted muy 
buena... discúlpeme, le he hecho pasar un mo- 
mento desagradable... perdóneme. 

—;¡Pobrecita! —exclamó sobresaltada y enter- 
necida la niña;—yo no sé por qué sin haberla 
conocido á usted antes, me ha interesado usted 
tanto, —agregaba correspondiendo á las manifes- 
taciones afectuosas de Adela.—¡Ah! usted debe 
sufrir mucho... el dolor es para mí un espeo- 


— 134 — 


táculo siempre nuevo y más en una niña de la 
edad de usted... ¡he sido yo tan feliz siem- 
pre!... ¡oh! si yo pudiese ayudarla... si usted 
quisiera... tengo yo tantas amigas que podrían 
interesarse por usted... 

Adela se sintió como humillada ante el gene- 
roso ofrecimiento de la niña, pero dábase cuenta 
de la ingenuidad con que hablaba y del propó- 
sito sincero que la movía; tomóle de nuevo una 
mano y fijó en sus ojos una mirada impreg- 
nada de reconocimiento, á tiempo que klk decía: 
-—gracias, gracias, es usted muy buena, usted no 
me conoce... tiene usted un corazón muy sen- 
sible... ¡gracias, señorita! no hablemos más de 
es0, yo soy muy impresionable... estoy enfer- 
ma, pero mis males no tienen remedio,—agregó 
Adela con desaliento. 

—Bueno, yo quiero que usted esté alegre; esos 
males no sientan bien á nuestra edad... mire— 
exclamó de pronto —se me ocurre un proyecto... 
mañana á la noche me caso, en la iglesia... yo 
quiero casarme en la iglesia, en el altar mayor» 
todo iluminado, adornado con flores, con músi- 
ca... ¡ah! es tan linda la música del órgano; 
qué preciosos son esos sonidos roncos que re- 
suenan en la bóveda ¿no la conmueven á usted ?... 
yo no me consideraría casada—dijo después de 
una ligera pausa,—si no lo hiciera con todas las 
ceremonias religiosas, porque eso del registro 
civil — agregó con una mueca desdeñosa, —yo 
no lo entiendo; eso está bueno para los hombres. 
Si mi novio no consintiese en acompañarme á 
la iglesia, yo rompería el compromiso. 


— 133 — 


>—¡ Ah! si supiera usted cómo me he reído cuan- 
do fuimos á la oficina del registro civil; viera 
la cara que puse cuando el empleado nos tomó 
los dichos; si eso no es una ceremonia; es como 
vender una casa Óó comprar un negocio; y cuan- 
do yo le dije esto á Emilio, se puso serio y me 
contestó que yo estaba sugestionada por el cura 
y qué sé yo que tantas cosas... ¡Ah! y que 
desde este momento yo era su mujer, que ten- 
dría que obedecerle, en fin, como si realmente 
él fuera ya mi marido. 

— ¿Sabe usted lo que hice?—agregó, sin repa: 
rar en el aspecto de Adela, que había tomado 
un aire sombrío y á quien le temblaban los 
músculos de la cara en una convulsión rápida 
y apenas perceptible—me saqué el anillo y con 
tono formal se lo presenté, diciéndole al mismo 
tiempo: señor doctor, hasta que este anillo no 
esté bendecido, puede usted hacer de cuenta que 
no me conoce. | 

—¡ Ah! qué mirada me dirigió, —exclamó rién- 
dose.—Bueno, y ahora vamos á mi proyecto, — 
agregó, plantándose delante de Adela con los 
brazos levantados á la altura del seno y las 
manos entrelazadas,—yo quiero que usted asista 
á la ceremonia de la iglesia, quiero que usted 
me vea lucir el traje de novia; ya verá cómo 
la voy á hacer quedar bien y cómo la van á 
felicitar mis amigas... ¿irá usted?... ¿me lo 
promete?...—exclamó, mirándola fijamente, co- 
mo esperando una respuesta. 

—¡ Yo!—contestó Adela con una expresión de 


— 136 — 


terror y de angustia que infundió miedo á la 
niña.—No, no es posible... no es posible—mur- 
muró después, con un tono de voz que parecía 
un gemido. 

—Pero qué criatura tan original, — pensó la 
niña...—debe estar muy enferma... desde que 
he venido á esta casa lo estoy notando... ¡qué 
ojos! ¡qué miradas! ¡qué color de semblante! 
y ¡Cómo se ha desfigurado!... ¡Ah! pues, aun- 
que ella no quiera, le voy á rogar á Emilio que 
mañana la vea, que la asista... ¡pobrecita! es 
una lástima que esta infeliz vaya á morirse por 
falta de cuidados.—Y, oprimida por la impresión 
penosa que le había causado Adela, resolvió re- 
tirarse. Al hacerlo, pidióle disculpa por haber 
absorbido su tiempo, y con el propósito de ha- 
lagar su vanidad, volvió á examinar el lujoso 
vestido, alrora con más detenimiento, prodigán- 
dole un mundo de clogios y haciéndose el pro- 
pósito de recompensar generosamente su tarea. 

Al subir al carruaje, recordó que había olvi- 
dado sobre el piano la composición que tanto 
le interesara; reflexionó un momento, indecisa, 
deteniendo la portezuela... ¡No!—se dijo des- 
pués, obedeciendo á una resolución súbita, y la 
cerró violentamente. 

Cuando arrancaron los caballos, hizo á Adela, 
que la había acompañado hasta la puerta, una 
inclinación de cabeza, seguida de una sonrisa 
afectuosa, y se retiró bruscamente al fondo del 
coche. Es que el semblante de Adela, visto así 
de frente, en plena luz, la había conmovido. 

—Parece una muerta, — exclamó ;—¡pobrecita! 


— 137 — 


xv. 


Adela había quedado en el zaguán, sin atre- 
verse á dur un paso; tenía rumores en los oídos, 
como golpes de platillo, que corrían con vibra- 
ciones penosas hasta su cerebro. 

Estaba aturdida, mareada, sentía hundimiento 
de abismo y le pareció que las paredes del es- 
trecho recinto avanzaban hasta encontrarse para 
comprimirla y aplastavla. Aquello era horrible; 
miró hacia la calle, con intención de huir, y la 
calle estaba obscura, como si empezara á ano- 
checer; la casa de enfrente había desaparecido, 
la buscó con una mirada ávida de luz y de ho- 
rizontes, y nada pudo distinguir; estiró enton- 
ces sus brazos, inquieta y trémula, pero sus 
manos se encontraron con el vacío, su cerebro 
estaba congestionado, dolorido, sentía como una 
expansión dentro ael cráneo y golpes de marti- 
llo en las sienes. 

Pálida, estremecida por sacudidas nerviosas 
que la hacían contraer involuntariamente los 
músculos de la cara, dejando sus labivs entre- 
abiertos, secos por ráfagas de vapor caliente 
que le subían desde el pecho; sin fuerzas ya 
para sostenerse, buscó un punto de apoyo, de- 
jándose caer como un cuerpo inerte contra la 
pared. Chocó su cabeza. produciendo un ruido 


— 133 — 


seco de cántaro que se rompe, y ya iba á rodar 
por tierra, cuando estiró sus brazos en cruz, y 
clavando las uñas con desesperación, pudo sos- 
tenerse con balanceos y oscilaciones de ebrio» 
Con la violencia del golpe saltaron costras de 
revoque que se desmenuzaron sobre su cabeza. 

Sosteníase en esta actitud violenta cuando sus 
ojos empezaron á percibir la luz, una luz de 
crepúsculo, triste, casi sin matices; escurrióse 
entonces poco á poco, tanteando como una ciega 
y rasguñando siempre la pared, en la desespe- 
ración de no encontrar un punto más accesible 
de donde asirse. Así pudo llegar hasta la ex- 
tremidad del zaguán. Allí tenía que descender 
el umbral de mármol y girar hacia la derecha 
para penetrar en su vivienda. 

Ese pequeño trecho fué toda una excursión: 
vacilando, retrocediendo, avanzando de golpe 
con resoluciones y horripilamientos de paralíti- 
co que ha perdido su bastón, con las manos 
crispadas, los dedos doloridos y desgarrados en 
las yemas por el frote, por las asperezas, pudo 
llegar en un último esfuerzo hasta su habita- 
ción, y sin orientarse, distinguiendo vagamente 
los muebles que habían cambiado de color y 
de posición, una silla que estaba á poca distan- 
cia de la puerta le pareció un hombrecito gibo- 
so, vuelto de espaldas, y su propia imagen, que 
se reproducía en el espejo de un armario, tenía 
el tono y los contornos de las sombras que pro- 
yecta la linterna mágica. En medio de esta con- 
fusión, de este caos de impresiones, de ideas, 


— 139 — 


de alucinaciones, creyó que se había enloqueci- 
do y quiso gritar, pero le faltó la voz. De pron- 
to, sillas, armarios, espejos, perspectivas, con- 
tornos, colores, todo había desaparecido; la noche 
era obscura, densa, siniestra, con firmamento de 
estrellas grandes, movedizas, de mil colores; 
sintió una sensación de bienestar, de aniquila- 
miento, como si le hubiesen cortado una vena 
y fuese perdiendo poco á poco la sangre, y por 
último, la inconsciencia, el tumbo de un cuerpo 
que cae y el silencio interrumpido por la respi- 
ración estertorosa de un agonizante. 

Cuando volvió en sí, lo primero que se pre- 
sentó ante sus miradas, fué cl traje de la novia, 
blanco, reluciente, extendido sobre su cama como 
si estuviese en actitud de esperar á su dueña 
para salir á la calle, envolviéndose á su cuerpo 
con pliegues suaves, y acompañándola en su 
alegría con el rumor de sus crujidos. Sobre la 
delantera de la falda estaban amontonados los 
azahares, cual si, animados de vida, se hubiesen 
entrelazado, agrupándose temblando con los es- 
tremecimientos de los nidos cuando pasa una 
ave de rapiña. 

Adela había caído en el vértigo casi enfrente 
de la cama; cuando quiso levantarse, le pareció 
que su cuerpo había adquirido un peso enorme; 
hizo un esfuerzo y apenas pudo incorporarse, 
apoyándose sobre el codo derecho. Sintió en- 
tonces un quebrantamiento tan intenso, un deseo 
tan imperioso de descanso, (q >, si no la hu- 


— 140 — 


biese atormentado un fuerte dolor que experi- 
mentaba en el cráneo, en el punto que había 
chocado contra la pared, se hubiera dejado caer 
nuevamente sobre el pavimento. 

En esa actitud, deslizó su mano hacia el punto 
doloroso, y al comprimir suavemente su cabe- 
llo, sintió que estaba mojado; retiró la mano 
con viveza, y al mirar la palma, vió que estaba 
manchada con sangre; se cstremeció, y el re-: 
cuerdo de aquella herida que se hiciera en el 
dedo, cuando daba la libertad y la vida al vás- 
tazo prisionero de su planta de jazmín, vino á: 
su memoria como la fecha del primer dolor. 
¡Ah! también era aquella una mancha de san-' 
gre, exclamó; pero entonces era un punto, una : 
gota rutilante, como un rubí salido del engarce. 
Ahora, dijo pensativa... y volvió á mirar la 
palma... y sus ojos distinguieron una mariposa 
de fuego, que ponía en relieve sus alas abiertas , 
y simétricas. ¡Ah!—agregó, suspirando,—antes ' 
eras dorada! Cuántas he visto pasar ante mis ' 
ojos persiguiendo, enloquecidas, las ilusiones que ' 
me había forjado. 


Y 


— 141 — 


XVI 


> 


Sentada en un sillón, entregada á sus pensa- 
mientos íntimos, veía correr las horas con el 
abandono y el estupor de un convaleciente que 
deja por primera vez el lecho, después de una 
larga enfermedad. 

¡Cuánto daño me ha hecho sufrir esa criatu- 
ra que ha penetrado á esta vivienda como por 
asalto, trayendo á mi memofía lo que yo desea- 
ba olvidar! Y al decir esto, recordaba su sor- 
presa, su curiosidad, su aturdimiento y el inte- 
rés que se había tomado por ella. 

Jamás sospecharía que cada palabra, cada 
reminiscencia, cada gesto, cada vibración que 
arrancaba del piano cuando ejecutaba su com- 
posición, eran otras tantas heridas que abría en 
su carne fatigada y doliente, otros tantos gemi- 
dos que debía comprimir dentro del pecho, por 
temor de descubrirse ante esa niña, que había 
caído allí á batir sus alas de felicidad. 

Después de esa entrevista todo había cam- 
biado para Adela; su existencia cra un esfuerzo, 
un sacrificio superior á su aliento, á su resis- 
nación, á su conformidad. ¿Para qué quería 
vivir? El destino la había despojado de todo; 
cada día le reclamaba algo: hoy una afección, 
mañana un sentimiento, después un recuerdo, 


— 142 — 


¡se le presentaba á cada instante como un acree- 
dor implacable, exhibiéndole las cuentas de su 
pasado y con exigencias de usurero, sin lástima, 
sin piedad, sin espera, pedía y pedía siempre; 
primero, sus días felices, sus mañanas de ena- 
morada, el sueño de sus noches apacibles; todo 
se lo había llevado sin conmoverse por sus lá- 
erimas, sin escuchar sus súplicas, y cuando ella 
creía encontrar una tregua, un momento de cal- 
ma, volvía á presentarse, más exigente, más 
cruel, para escudriñarlo todo y llevarse los últi- 
mos despojos que había ocultado recelosa den- 
tro de su alma para salvarlos de su voracidad. 
Pero él había penetrado hasta allí, olfateando la 
presa, guiado por la codicia; había descubierto 
el último ahorro, y de un golpe, en un desga- 
rramiento brusco, había metido la mano para 
arrancarle ese jirón de felicidad que era su 
propia vida. 

El traje de novia estaba siempre allí como 
un centinela de vista, que no la abandonaría 
hasta el día siguiente: la espiaba, la seguía, se 
enredaba á sus ropas, la tironeaba, se había 
apoderado de su vivienda, la llenaba con su 
larga cola, la agitaba con el crujido de sus plie- 
gues, ocupaba su imaginación, se pintaba en su 
retina; cerraba los ojos y lo veía amplio, ex- 
tendido, como una sábana reluciente que la in- 
vitaba á envolverse en ella para sentir el frote 
de su superficie suave, acariciadora. Había inun- 
dado de luz todo aquel recinto, una luz blanca, 
como un reflejo de nieve, que se dilataba, se 


y 


— 143 — 


difundía, se levantaba como una onda, cubría 
los muebles y la envolvía á ella misma, que se 
destacaba con más vigor, con su traje negro, 
del fondo de aquel cuadro. 

Se detenía á mirarlo, fascinada por esta ilu- 
sión, ella, que lo había confeccionado con tanto 
gusto, y se le figuraba que en esa tela tan fina, 
tan brillante, sobre la que había pasado la yema 
de sus dedos como por la mejilla de un niño, 
había también impreso sus dedos, sus anhelos, 
ocultándolos en sus pliegues, en las blondas, en 
los grupos de azahares, como una esperanza, 
como un presentimiento de enamorada, de la 
misma manera que había guardado en la hojas 
de su devocionario, los pétalos marchitos de 
aquel jazmín que le llevara Emilio. 

Había acariciado los azahares, les había ha- 
blado, les había hecho promesas, encargos ín- 
timos, confidencias candorosas; les había contado 
la historia de sus amores y hasta los secretos 
de su alma los había revelado delante de cllos, 
mientras los unía, los enderezaba, formaba gru- 
pos, de entre los cuales había scparado uno, 
para esconderlo dentro del seno, como signo de 
buen augurio, al lado de la medallita de su vir- 
gen protectora. 

Ese vestido era también algo suyo, algo que 
había visto en sus ensueños de niña apasionada; 
asi, lo había trabajado con el gusto exquisito 
con que el artista prepara el lienzo, empasta los 
colores, esboza los contornos y se muestra sa- 
tisfecho, cuando surge del fondo azul de un ciclo 


— 144 — 


purísimo, una nube blanca que parece despren- 
derse del lienzo, para cruzar con rapidez el cs- 
pacio. 

¡ Y llegó un momento en que el vestido se 
impuso á sus miradas, como una seducción, como 
algo que tuviese vida, que la atrajera, que lo 
hablase el lenguaje de los crujidos, de sus plie- 
cues, y en la exaltación de sus recuerdos, de 
sus ensueños, de su apasionamiento, experimentó 
un desco irresistible de poseerio, de anropiár- 
selo, de cenirlo á su cuerpo! Lo miraba y sentía 
estremecimiento y espasmos que la impulsaban 
* arrojarse sobre él, como si tuviese el temor 
de que huyese, de que se lo Jlevaran, de que lo 
robasen. Estaba en un estado de ansiedad y de 
agitación que no podía dominar. Dentro del 

seno, se movía, la rasguñaba con sus hojitas 
de verdeclaro el azahar que había escondido; 
en cada movimiento de su respiración acclerada 
sentía un frote como una caricia y estremeci- 
miento de larva que busca la Juz. 

—¡ls mío!—exclamó de pronto con acento 
vibrante.—¡Es mío!—Y dirigiéndose al sitio en 
que estaba extendido, lo estrujó con mano ner- 
viosa, se abrazó de él, comprimiéndolo contra 
el pecho y arrastrando su larga cola, hasta que 
2ayó en un sillón con el traje envuelto á su 
cuerpo. 

En ese momento cruzó ante sus ojos la vi- 
sión de Emilio, dando el brazo á su prometida; 
salian de la jelesta: él, erguido, satisfecho, ele- 
gante, casi altanero, como un conquistador que 


— 145 — 


lleva sus trofeos para exhibirlos ante la mu- 
chedumbre asombrada; ella, hermosa, radiante 
de felicidad, con miradas que acarician y sonrisas 
que empujan un beso al borde de los labios, 
como la espuma que desborda de la copa. Luego, 
lo mejor de la sociedad, lo más selecto, for- 
mando un grupo compacto, de entre el cual se 
destacan señoras y niñas tujosamente vestidas, 
adornadas con piedras preciosas, luciendo sus 
gargantas redondeadas, sus brazos desnudos, 
exhibiendo algunas el seno levantado, fresco, 
con una ondulación suave, como un vaivén de 
agua mansa. Una serie de caras lindas, risueñas, 
mostrando sus dientes blanquísimos, hablando 
de la novia, de Imilio, de la feliz pareja; un 
murmuilo suave de voces, de risas comprimi- 
das; un roce de sedas, de rasos, de tules; des- 
pués, la confusión, el apresuramiento, los salu- 
dos cariñosos, las despedidas con los ojos, con 
el abanico; las puertas de la iglesia, abiertas de 
par en par para dar salida á esta concurrencia 
distinguida, que parece llevar prendido de sus 
ropas perfumadas el ambiente impregnado de 
incienso, que se levantó en el altar mayor como 
una nube tenue, al través de la cual se divisan 
infinidad de lucecitas briliantes, en forma de es- 
trellas, y los santos, que parecen ascender en 
la nube para despedirse ellos también de los 
novios. 

Ya están lejos, con las manos Cntrelazadas, 
acurrucados en cl fondo de un carruaje que 
corre como huyendo, para detenerse de pronto 


— 146 - 


ante la vivienda suntuosa, donde esperan á la 
pareja feliz las flores, las caricias, las felicita- 
ciones, los abrazos, los mil obsequios, los cum- 
plimientos lisonjeros y los acordes de una mú- 
sica que parece burlarse de los acordes roncos 
del órgano, con carcajadas de notas, que vibran 
como si saltaran alegres por encima de aquellas 
cabezas, cubiertas de flores, de piedras precio- 
sas, de hebras doradas, salpicando de alegría, 
de animación, de bullicio, aquella fiesta; hacien- 
do ellas mismas danzas caprichosas con los ra- 
yos de luz, sobre las guirnaldas de flores, ani- 
mando sus matices, esparciendo sus perfumes, 
ahuyentando el crepúsculo y el eco de las pi- 
sadas de los desposados, que se buscan, se 
atraen, se toman de las manos y huyen segui- 
dos por las notas que los acompañan, los des- 
piden y les envían la última vibración de sus 
ecos para escoltarlos. 

Adela asistía á la fiesta desde su pobre vi- 
vienda, replegada sobre sí misma, extenuada 
por el cansancio, por las impresiones que la 
abstraían en un mundo nuevo, sin ilusiones, sin 
luz, sin horizontes; no tenía ahora ni el con- 
suelo del llanto; en sus ojos, hundidos en las 
órbitas como en un nicho, no brillaban ya las 
lágrimas. 

Continuaba abrazada del vestido con una idea 
fija que la atormentaba, la perseguía; una idea 
que se había levantado de pronto, como la am- 
polla de una quemadura, que despotizaba su 
cerebro, lo invadía todo, se introducía en sus 


— 147 — 


sinuosidades, en sus pliegues, en sus cavidades, 
para impedir que otras pudieran ahuyentarla. 
Adela hacía esfuerzos para substraerse á esta 
persecución, á la tenacidad con que se había 
apoderado de su pensamiento, esto, que no se 
atrevía ni á pronunciar por temor de que la 
impulsase á realizarlo. 

Alejábase por un momento y se sentía como 
aliviada de un gran peso, pero la tregua era 
pasajera, y de nuevo la idea fija, despojada 
ahora de sus colores sombríos, la atraía como 
una tentación. 

Estaba próxima al abismo: oía el rumor de 
sus ecos misteriosos, la caida de las aguas, el 
estrépito de sus derrumbes; comprendía que 
allí estaba el peligro, pero la curiosidad, el de- 
seo de contemplarlo, la atraía. Luchaba, retro- 
cedía, cerraba los ojos para no ver aquellas 
fauces de antro; no quería escuchar aquellos 
rumores, pero su voluntad no gobernaba ya en 
su cerebro, en el que despotizaban sus senti- 
mientos y sus impresiones. Sorprendióla la no- 
che en esta actitud, y á medida que avanzaban 
las sombras, penetrando en su vivienda como 
con cautela, ella se sentía mejor. Había levan- * 
tado su cabeza recostándola contra el respaldo 
del sillón; sus ojos estaban fijos en un punto 
luminoso, que oscilaba como un fuego fatuo en 
un ángulo del cielo raso; lo veía moverse, agran- 
darse, hacerse por momentos más brillante y 
desaparecer de pronto, para reaparecer en se- 
guida, como una faja luminosa que se perdía á 


— 148 — 


su vez, absorbida por las sombras. Viene de la 
calle, dijo, y recordó con ese motivo que una 
noche, en su salita azul, sentada en la ventana, 
al lado de Emilio, haciendo mover las varillas 
de la persiana, entretenidos con las sombras ca- 
prichosas que penetraban por las rendijas, él la 
acariciaba una mano, ella había desprendido de 
su seno un espléndido jazmín, húmedo aun por 
los besos que le había prodigado, y fingía rehu- 
sarse á entregárselo, para avivar en él el de- 
seo de poseerlo y obtener como recompensa, 
la promesa de que al día siguiente iría más 
temprano. 

Todo lo había olvidado, todo, agregó haciendo 
una inspiración prolongada y cerró lentamente 
los párpados, cual si quisiera, de este modo, 
alejar sus recuerdos. ¡Eran tantos los que re- 
bosaban en su alma! 

Durmióse al fin, rendida, enferma, asustada 
de sus propios pensamientos. 

Había reclinado su cabeza sobre el hombro 
derecho, presentando la mitad de la fisonomía 
levemente iluminada por los reflejos tenues que 
entraban de la calle. Esa media cara, inmóvil, 
sin expresión, sin vida, destacábase de las som- 
bras con bordes caprichosos, como un frag- 
mento de modelo arrojado al azar por el artista. 
De pronto sus labios se abrían en una contrac- 
ción que hacía levantar su mejilla, arrojando 
sombras alrededor de los párpados, y no se 
veía de ellos sino la mitad, dos pedazos de la- 
bios, hinchados, enfermos, que dejaban escapar 


— 149 — 


palabras incoherentes, frases truncas, y que no 
alcanzaban á dibujar una sonrisa. El nombre de 
Emilio se adivinaba en los golpes que daban el 
uno contra el otro, como si al pronunciarlo qui- 
siera comprimirlo con un beso. 

Pocas horas permaneció así; la agitación que 
la dominaba era cada vez más violenta. 

—¡Emilio!—gritó de pronto, y se irguió rá- 
pidamente, pero sus ojos no pudieron distinguir 
sino un montón de sombras, que se levantaban 
á su alrededor como fantasmas; hundió en ellas 
su mirada de niño que despierta en medio de 
las tinieblas y se le figuró que se unían, se 
agrandaban, venían hasta ella en medio del si- 
lencio de la noche, tomando formas humanas; 
experimentó entonces una impresión de terror 
que la obligó á huir, pero al dar los primeros 
pasos, se sintió detener de golpe por el vestido 
de la novia, que se había envuelto á su cuerpo; 
en el colmo de la desesperación, perseguida aún 
por las imágenes de sus sueños, con las manos 
crispadas y una angustia mortal dentro del pe- 
cho, hizo un supremo esfuerzo, quiso librarse 
de aquel vestido, que la rodeaba, la oprimía, y 
lo tironeó, lo estrujó, intentó desgarrarlo, pero 
sus dedos se doblaban, tenían calambres y es- 
pasmos que le quitaban las fuerzas, y el ves- 
tido se envolvía cada vez más, en cada uno de 
sus esfuerzos, arrollándose como si tuviese tam- 
bién la desesperación del abandono. 

—¡Dios mío! ¡Dios miío!—exclamó Adela, de- 
jándose caer sobre el sillón, en medio de una 


— 150 


explosión de llanto; ya no puedo sufrir más, he 
hecho cuanto he podido para soportar resignada 
este suplicio, pero ahora es superior á mis fuer- 
zas, á mi resignación. 

Y aquella idea fija, que había pasado por su 
eerebro como una visión siniestra, volvía ahora 
á presentarse como la única solución á su dolor, 
como un bien que se aparecía rodeado de atrac- 
tivos, de misterio y de olvido. 

—¡Ah! Emilio — exclamó después de un mo- 
mento de calma,—he guardado tu cariño, como 
las flores que he regado con mis lágrimas; te 
he querido como si en mi cerebro se alojaran 
tus sentimientos y tus ideas y cllas me obliga- 
ran á sentir y á pensar por ti y en ti; estaba 
triste cuando tú lo estabas, sonreía cuando tus 
labios lo querían; tu felicidad, tu porvenir, tus 
triunfos, tus anhelos, eran los míos; tu imagen 
se había grabado en el fondo de mi pupila para 
no apartarme de ti jamás, te veía á cada ins- 
tante, hasta en mis sueños eras tú el que venía 
en punta de pie para mirarme dormida, y en 
el sueño también te sonreía; te habías apode- 
rado de mi existencia, era tuya mi alma, excla- 
mó dando un grito de agonía; mi vida también 
es tuya, tú la has despojado de todo, es tuya, — 
repitió, —es tuya, y, levantándose bruscamente, 
corrió hacia la puerta, arrastrando ahora el traje 
de novia que parecía una faja luminosa pro- 
yectada por su cuerpo en medio de aquellas 
sombras. 

Su planta de jazmín se destacaba de entre 


— 151 - 


el grupo de macetas como un complot de hojas 
que esperasen su salida para atraerla con sus 
recuerdos. 

Miróla un instante, moviendo levemente su 
cabeza, levantó después sus ojos al cielo y vió 
cuatro estrellas que parecían esperarla; eran las 
nuestras, dijo con tristeza, y reclinando su ca- 
beza dolorida contra el quicio de la puerta, trajo 
á la memoria el recuerdo de aquellas noches en 
que las contemplaba desde el patio de la casita. 
Emilio se las había señalado, apuntando al cielo 
con el índice extendido mientras le decía: todas 
las noches te enviaré un saludo desde mi cuarto 
mirando á esas estrellas... ¿y tú?... 

Adcla las veía ahora más rutilantes y pare- 
cía que le enviaran una queja por haberlas ol- 
vidado. 

Largo rato permaneció así, encontraba alivio 
aspirando el aire frío de la noche y bañando 
su frente con el rocío, en tanto que sus labios 
inurmuraban algo como una plegaria, en la que 
iban envueltos los nombres de Emilio y de su 
pobre viejita. 

Pocos momentos después estaba en pie junto 
á su mesa de labor. La lámpara que ardía en 
el centro proyectaba un círculo de luz. Adela 
había extendido su mano derecha, tocando casi 
con el dorso el borde de la pantalla, —una mano 
pequeña, blanca, de dedos afilados; en el anu- 
lar conservaba un anillo de compromiso, un ar- 
quito de oro, que apenas comprimía su dedo 
enflaquecido. | 


-- 152 —- 


Adela lo hizo girar repetidas veces, lo des- 
lizó hasta la yema, se detuvo, volvió á impri- 
mirle movimiento alrededor del dedo y por úl- 
timo lo sacó. Comprimido ahora entre el índice 
y el pulgar izquierdo, lo acercó después á 
la lámpara y estuvo como absorbida, countem- 
plando un punto brillante que enviaba irradia- 
ciones desde el centro de la curva; volvió á 
colocarlo en el dedo, y acercando el dorso de 
la mano á sus labios, le imprimió un beso pro- 
longado, después otro, y otro, y, contemplán- 
dolo de nuevo con la mano más aproximada al 
foco de luz, lo sacó lentamente del dedo otra 
voz, tomó uno de los azahares, y estirando con 
precaución el hilo metálico finísimo que estaba 
arrollado en espiral sobre el pequeño tallo, lo 
envolvió alrededor del anillo, uniendo así los 
simbolos de su felicidad perdida. 

-—No debo conservarlo, - dijo lentamente y en 
tanto que lo depositaba delante de la imagen 
de aquella virgencita risueña que no había es- 
cuchado sus plegarias. 

recogió uno á uno los azahares que estaban 
diseminados por el suelo, los colocó sobre el 
mármol de su tocador, quitó á la lámpara la 
pantalla de papel rosado que amortiguaba la 
luz, y colocándola sobre el lado opuesto del 
mucble, sentóse enfrente del espejo, con su 
seniblante Huninado por el foco de luz que se 
irradiaba con intensidad. 

Al verse repreducida en el espejo, se inmbpre- 
sgionó.—¡Ah! he envejecido en un día, —exclamó, 


— 153 — 


distinguiendo con dolorosa sorpresa una infini- 
dad de puntos blancos que estaban como adhe- 
ridos á sus cabellos: era la cal que se había 
desmenuzado sobre su cabeza cuando chocó 
contra la pared del zaguán. 

—¡Pobre mamita! si me vieras así, ¡cuántas 
lágrimas habrías derramado en silencio, fin- 
giendo rezar, como tú decías para engañarme! 

Al evocar este recuerdo, sintió ella misma 
que sus ojos se cubrían de golpe con un velo 
que nublaba su vista y que, al fijarla en los ob- 
jetos, tenían irradiaciones extrañas, como si los 
rayos desprendidos del foco de luz se hubiesen 
detenido sobre ellos para quebrarse en mil co- 
lores. 

Restregóse los ojos con ambas manos, pa- 
sando después la derecha sobre su frente, para 
apartar las hebras de cabello que caían en des- 
orden; en seguida, empezó á tejer con los azaha- 
res una corona de novia. 

Desempeñaba esta tarea con tanta calma, con 
tanta atención; disponía las hojas y las flores 
con tal coquetería, que, al verla así, cualquiera 
se hubiese imaginado que era realmente una 
novia, que preparaba su corona, para colocarla 
sobre su frente, con los primeros rayos del alba, 

Cuando hubo anudado el último azahar, tomó 
la corona y la colocó sobre su cabeza; al sentir 
el roce de las flores contra sus cabellos, se es- 
tremeció, miróse en el espejo y pudo ver que 
su semblante demacrado tenía la palidez de un 
muerto. Retiróse la corona de su cabeza y se 


— 154 — 


levantó, tranquila, resuelta, como en los tiem- 
pos en que habitaba su casita; acercóse á su 
cama, dejó por un momento la corona, y ali- 
sando después, con las palmas extendidas, la 
tela de la almohada, la colocó sobre ella con la 
precaución y la delicadeza con que se deja re- 
posar la cabecita de un niño dormido. 
Detúvose un instante pensativa, miró después 
un pequeño reloj, que llevaba en el seno, su- 
jeto por un cordoncillo negro. Eran las tres y 
un cuarto; un silencio de casa abandonada rei- 
naba en todas partes; penetraba, por una ren- 
dija de la ventana que daba á la calle, una 
ráfaga de viento frío, y detrás de ella, el eco 
confuso de los rumores lejanos, esos rumores 
de la noche, que se interrumpen de pronto por 
el estrépito de una puerta que se cierra, por el 
ladrido de un perro, por un grito indefinible, 
la vibración de los vidrios por el paso de un 
carruaje, las pisadas que resuenan, un lamento 
anónimo y algo que cae y que no se adivina. 
Adela se detuvo á escuchar, sobresaltada; ha- 
bía oído pronunciar su nombre por dos veces; 
la segunda como un eco que viniera desde muy 
lejos; volvió á escuchar con más atención, pero 
el eco no se repitió; abandonó entonces la vi- 
vienda, y deslizándose como una sombra, atra- 
vesó el patio, andando de puntillas, arrimada 
después contra la pared, estudiando las pisa- 
das, deteniéndose al menor rumor, avanzando 
en seguida hasta un pequeño pasadizo. Llegó 
de esta manera á confundirse con las sombras, 


— 155 


dejando tras de sí un rumor de suspiros y de 
roces, volviendo á aparecer al poco rato. 

Arqueando su cuerpo hacia adelante, descan- 
sando de trecho en trecho, para tomar aliento, 
en tanto colocaba con precaución un brasero en 
el suelo, volviendo á empezar su marcha, casi 
arrastrándose, llegó á su habitación jadeante, 
extenuada, dirigiendo miradas recelosas hacia 
el patio, é hizo una inspiración profunda, mien- 
tras dejaba cerca de su tocador el brasero, den- 
tro del cual había apilado varios trozos de carbón. 

Nadie había advertido en la casa la excur- 
sión de Adela; ella se había alarmado, sin em- 
bargo, pues llegó claramente á su oído el llanto 
de un niño, esperó un instante; el llanto con- 
tinuaba con más violencia, asomóse entonces 
y vió que se destacaba de entre la obscuridad 
una arista de luz que correspondía á la ventana 
que daba frente á su hibitación; poco á poco, 
el llanto se fué calmando, percibiendo ella el 
rumor del vaivén de la cuna que lo columpiaba. 
Este llanto y el recuerdo del niño, á quien tan- 
tas veces había acariciado, mientras él se entre- 
tenía en tirarle del cabello que caía sobre su 
frente, la enternecieron; esperó un instante más, 
con una mezcla de ansiedad y de temor, y poco 
después el ruido de la cuna y el llanto habían 
cesado por completo, y con ellos, desapareció la 
arista de luz, que se desvaneció rápidamente, 
volvió á aparecer más intensa y se extinguió 
por último, para dejar de nuevo la casa envuelta 
en el silencio y en las sombras. 


— 156 — 


XVII 


Ardía el carbón con crepitaciones que haeían 
—saltar chispas incandescentes fuera del brasero. 
Adela lo había trasladado cerca de su cama y 
contemplaba de pie, con los brazos caídos á lo 
largo del cuerpo, el espectáculo que había pre- 
senciado tantas veces y que jamás había lla- 
mado su atención. Miraba ahora aquellos carbo- 
nes, que eran invadidos por el fuego, con la 
calma aparente y la despreocupación de un en- 
tretenimiento infantil. Veía avanzar sobre la 
superficie negra pequeñas llamas azuladas, que 
se encogían, se agrandaban, alargándose en 
punta, se torcian en cspiral, como viborillas es- 
capadas de una cueva iluminada con resplan- 
dores rojizos, para huir del fuego que las per- 
seguía. Trepaban por los pequeños terrones, se 
insinuzban en sus grietas, aparecían por una 
rajadura, culebreaban por entre las brasas y 
desaparecían como si se hubiesen refugiado en 
un antro. Detrás de estas, otras amarillentas, 
rojizas; luego, una crepitación, un estallido, una 
mole diminuta, que se desprendía desde el trozo 
más alto, se partía en dos, dejando ver una 
parte de su superficie invadida por el fuego; 
como una inflamación de un tejido humano, que 
avanza, lo hincha, le cambia el color y lo des- 


— 157 — 


truye. A1 principio, aquella hoguera presentaba 
el aspecto de una gruta, con sus cristalizacio- 
nes rojizas, brillantes, las aristas de sus pare- 
des calcinadas por las cuales corrían como fue- 
gos fatuos exhalaciones de luz, amarillentas, 
verdosas, y espirales de humo negro, denso, 
que ascendían, se escapaban por las quebradu- 
ras del techo y se difundían en el ambiente de 
la habitación. 

Adela continuaba de pie, como inconsciente, 
con los ojos fijos en aquella hornalla, que ella 
misma había encendido y que ahora se agran- 
daba, tomando las proporciones de un incendio 
que la atraía y la fascinaba. 

Aquel fuego, que transformaba los terrones 
negros en masas rojizas, relucientes, circunda- 
das de una atmósfera diáfana, como un cristal; 
que ardía con explosiones de vida; que se re- 
torcía con choques y derrumbes; que avanzaba, 
se unía con brazos de llamas, respiraba con 
ruido de regocijo; que esparcía el olor de sus 
entrañas abiertas y arrojaba sus cenizas, for- 
mando pequeñas montañas, con sus pendientes, 
sus abismos, sus quebradas, sus cráteres; que 
inundaba de luz, de colores, de matices, de som- 
bras caprichosas; que se reflejaba en sus mue- 
bles, en sus ropas, en su carne, cual si quisiera 
transmitir á todo su propia vida de destrucción 
y de espasmos, — lo veía agrandarse, desbordar 
del brasero, correr como lava, llegar hasta ella, 
envolverla en sus fulgores, en su cenizas sua- 
ves, tibias; respiraba sus emanaciones, que trai- 


E 


cionan, adormecen y se llevan la vida en la in- 
consciencia del vértigo. 

Todo lo veía rojizo, como si el incendio se 
hubiese propagado á todas partes; la rodeaba, 
la atraía, le cerraba el paso; quiso retroceder, 
gritar, pedir auxilio, y no pudo; su boca estaba 
seca, árida; su lengua se movía como si fuese 
de cuero carbonizado; le parecía que toda la 
ceniza del brasero penetraba en sus fauces; para 
Obstruirlas, para asfixiarla; hizo entonces es- 
fuerzos desesperados para correr, para huir, 
pero no pudo; en su cerebro había penetrado 
el calor que lo dilataba, le hacía girar, le con- 
fundía las ideas y le borraba los recuerdos; 
pudo llegar hasta una cómoda, tiró rápidamente 
del cajón, para buscar el retrato de su viejita; 
á la cual quería contemplar por última vez, pero 
en el cajón sintió también un calor quemante y 
sus ropas eran de llamas que se revolvían con 
contorsiones que la aterrorizaron. 

Respiraba aire caliente, humo, cenizas, cxha- 
laciones acres que la irritaban, la enloquecían y 
multiplicaban las alucinaciones de delirio. 

Tuvo que apoyarse con las dos manos en el 
respaldo del sillón; sobre él estaba el vestido 
de novia; ella lo miró abriendo enormemente 
sus ojos inyectados; ya no era el traje; allí es- 
taba ahora la niña, la esposa de Emilio, son- 
_riente, satisfecha, envuclta en los pliegues del 
raso, con las mejillas sonrosadas, una mirada 
voluptuosa, que se escapaba como una burla de 
sus ojos aterciopelados, y la frente, de la que 


— 159 — 


habían desaparecido los azahares para dejar una 
corona de besos ardientes, apasionados; la vió 
así y se precipitó sobre la visión, con los bra- 
zos extendidos, las manos crispadas, gritando: 
¿es mío!... ¡es mío!... y rasgando sus ropas, 
arrancándose los jirones de su traje de merino, 
tironeando con frenesí, irritada por la resisten- 
cia, complaciéndose en el crujido de la tela, que 
caía en colgajos se despojó de sus ropas, des- 
nudó sus hombros de niña, que colorearon con 
pudores de cielo los resplandores del brasero; 
medio desnuda, desatinada, delirante, se arrojó 
Sobre el traje de novia, gritando siempre, llo- 
rando ahora, con lágrimas que se secaban en 
los párpados, riendo después, con sonrisas que 
huían de sus labios, mientras sus manos cris- 
padas, trémulas, tanteaban el raso, lo rasguña- 
ban, arrancaban las blondas, desprendían las 
costuras, y así, con esfuerzo, con desgarramien- 
tos de tela, como una persona que se viste hu- 
yendo, pudo Adela colocar sobre su cuerpo el 
traje que había arrebatado á su rival. ¡Va- 
mos!... ¡vamos!... decía con voz enronque- 
cida, y sus ojos miraban y no veían, y sus pier- 
nas empezaban á doblarse, y su cabeza le pe- 
saba, como si fuera de plomo; sentía en sus 
sienes la impresión de dos manos vigorosas 
que la comprimían, un zumbido de colmena pe- 
netraba en sus oídos, aumentaba el vértigo y 
se sentía desfallecer en un adormecimiento que 
la arrastraba al vacío; su respiración se había 
hecho difícil, penosa; latíale el corazón como 


— 160 — 


enloquecido dentro del pecho; luego, con golpes 
más débiles, con contracciones de agonía, sintió 
que las fuerzas le faltaban, que desfallecía, que 
iba á caer, pero la alucinación la transportaba 
y pudo llegar hasta su cama; una vez-allí, sus 
manos empezaron á buscar con desesperación, 
con movimientos desordenados, como el ciego 
que quiere hallar la moneda perdida, y, cuando 
sus dedos tocaron la almohada, ¡aquí está!... 
¡aquí está!... exclamó arrebatando la corona 
de azahares... Iba á colocarla sobre su cabeza 
cuando cayó de espaldas contra el pavimento, 
sin proferir una palabra, sin exhalar un que- 
jido. 


IRRESPONSABLE 


Vol. 100 


» 

y € A 
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A. Nay 2, 


Eo 


SAQUE USTED OTRA BOLILLA 


(RECUERDOS DE LA UNIVERSIDAD) 


Cursábamos el quinto año de preparatorioy 
en la Universidad.- Estábamos en la época de 
examen, y las bandadas de estudiantes que acu- 
dían en esos días á los claustros, eran numero- 
sas é indisciplinadas. 

Los que ya habían pasado por la dura prue- 
ba, se presentaban radiantes, contentos, bullan- 
gueros, y sin más mira que la de matar el 
tiempo molestando á los profesores, ayudando 
á algún compañero con los soplos, robando con 
el más refinado disimulo una bolilla de la urna, 
para ajustarla á la que el interesado había es- 
tudiado, ó promoviéndo todos los desórdenes 
posibles, para hacerse acreedores á las amena- 
zas de Lársen ó á las efectivas del cancerbero 
Gazzolo, que los arrastraba al encierro como á 
corderos empacados que les tironean del pes- 
cuezo. 

Eran entonces los buenos tiempos de la vida 
estudiantil, que echamos muy de menos los que 
cargamos el sambenito de una profesión y los 


— 161 — 


que han pasado de la Universidad al comercia 
sin satisfacer sus aptitudes ó su codicia. 

La puerta de la Universidad era entonces un 
hormiguero; un entrar y salir incesante de 
alumnos: grandes, chicos, bien y mal vestidos, 
pero todos alegres, decidores, impávidos, con 
su programa apretado como el filo de un facón. 

Se hacían corrillos, se armaban disputas, se 
entablaban discusiones serías, se convenían par- 
tidas de billar en el famoso café de Las Nacio- 
nes, se complotaban rabonas y excursiones á la 
Boca, haciendo inventario de los bolsillos, se 
inventaban travesuras de todo género, y por 
último, se buscaba siempre una víctima en el 
transeúnte distraído que acertaba á caer en des- 
gracia ante la mirada fiscalizadora de los que 
hacían la guardia de la puerta para molestar al 
prójimo. 

Si la víctima se resignaba á los motes imper- 
tinentes, á las zancadillas ó los proyectiles que 
se le arrojaban con hondas de goma, santo y 
bueno, todo concluía bien; cuando mucho, algu- 
nos aplausos y una silbatina; pero, si el elegido 
era altanero y quería vengar el ultraje, la re: 
chifla tomaba proporciones muy serias, y cl 
deseraciado que osaba indignarse se veía en- 
vuelto en el enjambre de muchachos que se lo 
repartían como cosa propia para hacerle arre- 
pentirse de su cólera temeraria. 

En el interior, la marca subía en proporcio- 
nes colosales. En el largo claustro con su techo 
blanqueado y agrietado por la humedad y los 


— 165 — 


años, resonaban mil voces confusas, risas, pro- 
testas, reclamaciones, aplausos, vivas, pequeñas 
ovaciones tributadas á los examinadores ó al exa- 
minando que había obtenido una clasificación 
de sobresaliente. 

Un momento de silencio, de calma transitoria, 
de respeto, era impuesto por la figura venera- 
ble del rector que aparecía por la puerta de la 
secretaría echando una mirada benévola, curio- 
sa, por encima de aquellas cabezas juveniles, 
una mirada vaga, que abarcaba todos los ámbi- 
tos y que traducía mal el ceño forzado que quería 
imprimir el doctor Gutiérrez á su fisonomía 
simpática. " 

La aparición duraba un segundo; el rector se 
retiraba á su gabinete á completar una estrofa 
rebelde Ó á marcar con lápiz de color un ma- 
nuscrito histórico, y la nota de la bulla, del 
vaivén, del tole-tole, empezaba á recorrer en 
crescendo la escala del desorden. 

Recuerdo siempre la impresión que me pro- 
dujo la entrada en la Universidad en un día de 
examen. Salí de mi casa con calofríos, y como 
quien va á tomar una posición por asalto, em- 
pecé á meditar mi plan de ataque: al llegar á 
la puerta, me faltaron las fuerzas, se me iba el 
coraje como la sangre en una hemorragia, hice 
una tentativa atrevida, enérgica, tomé una reso- 
lución suprema; me presenté indefenso, esperan- 
do ver mi sombrero abollado, volando por las 
bóvedas del claustro, y mis espaldas sometidas 
al repique de mil puños frenéticos, pero no tuve 


— 166 — 


tiempo de escurrirme: un grupo de alumnos de 
segundo año de latín salía triunfante del examen 
y en ese mismo instante invadía la puerta y la 
acera; me encontré envuelto en el torbellino de 
abrazos, de apretones de manos, de los cuales 
me tocaron algunos efusivos que retribui tími- 
damente, sin saber á quién ni por qué, hasta 
que pude desprenderme del grupo para colocarme 
en la vereda opuesta. 

Las felicitaciones, los pésames, las imprecacio- 
nes, estaban en su apogeo en los corrillos que 
se habían formado en la plazoleta del mercado, 
especie de foro donde los estudiantes hacían sus 
ceonciliábulos. 

Algunos atravesaron, pasaron por mi lado, y 
entre ellos dos de semblante triste, alterado. por 
el disgusto, por el despecho y la vergienza; se 
advertía cn el acto que el examen había sido 
funesto y que toda la culpa y la responsabilidad 
eran de los maestros. 

Se consolaban recíprocamente, nda al: 
texto, y especialmente á Cigena, que había tenido 
la mala inspiración de preguntarles veinte ren- 
glones de sintaxis. — : 

A diez pasos de mí, uno de ellos, más nervio- 
so y exaltado, tomó el texto de la materia, lo 
abrió en dos, como una res descuartizada, y 
acompañando el acto con una interjección calle- 
jera, lo tiró al fango. 

Me acerqué lentamente á reconocer las hojas 
esparcidas por el suelo, y vi una fila de versos 
latinos dispuestos en columna cerrada, nutrida, 


— 167 — 


mal impresos, berroneados, anotados con lápiz; 
hojas estrujadas por una mano nerviosa é inju- 
riadas por dos manchas del índice y del meñi- 
que, plantados con violencia, y que parecían 
deetr, como en el canto XXV del Infierno: Toglt, 
Dio, ckh'a te le sguadro. 

Eran los Temas, aquellos temas latinos que 
autorizaban todas las protestas, todas las violen- 
cias y hasta el UoHaJo de arrastrarlos por el 
lodo... 

Yo me sentí oprimido, desconcertado, indeci- 
so, y con el miedo de que mi memoria me trai- 
Ccienase, empecé. á repasar rápidamente, como 
un conjuro, el mascula sunt maribus, cte., to- 
mando las primeras palabras de los cuadritos 
de los géneros, hasta llegar á uno muy sabido, 
que se ke tenía como de mojón para medir desde 
allí quince % veinte renglones... Us maribus 
junges, dije con toda la fuerza de mis pulmo- 
nes: los géneres estaban intactos en mi memo- 
ria, como mariposas clavadas ton alfileres sobre . 
un corcho. Mi pesadilla era Fedro, uno de cuyos 
trozos había traducido y ordenado la noche an- 
terior entre una cabeceada de sueño y un sorbo 
le café; la traducción, el orden y la fábula se 
habian evaporado. 

Unos piiluelos que pasaban, recogieron piado- 
dosamente el libro maltratado, se lo repartieron 
- equitativamente y fueron con toda tranquilidad 
á sentarse en la esquina, con la esperanza de 
descifrar los jeroglíficos de su contenido. 

¡Qué envidia les tuve en ese instante!... ¡No 
tenían que rendir examen de latín!... 


— 168 — 
Era menester entrar, no - había mas reumecuio 
que someterse á las horcas caudinas y recibir 
aquel bautismo de neófito, para ingresar en la 
masonería estudiantil... Aproveché un-momento 
de.calma y me lancé como un perseguido al in- 
terior del claustro. 

Ni una cara amiga, ni una mirada alentadora; 
el egoísmo estudiantil fomentado por el miedo. 

No se oía más quesel ruido de las urnas y de 
las cajas, que hacían sonar las bolillas, y las 
voces imperativas de los examinadores, que ha- 
cian sus preguntas como jueces que rastrean la 
eonfesión de un delincuente. 

A cada instante oía la biografía de los date 
dráticos pintada á:grandes rasgos en. tono subi- 
do, se trataba del enemigo y la O 
estaba. demás. z 

—¡Qué suerte si te examina Larsen!. En 
medio de todo, es bueno; no es PEnCorOSO; al 
contrario, á los barulleros les hace pasar para 
evitarse el fastidio de lidiar con ellos... Estas 
y Otras noticias se daban los compañeros para 
ahuyentar el micdo. , | 

—¡Ah! si me examinara á mí... pensaba yo 
para mis adentros, y sin conocerlo, sin haberlo 
visto nunca, le cobré cariño, cariño-que le con- 
servo y que le guardamos todos los que hemos 
sido sus discípulos y su pesadilla... 

Un observador habría tenido tela para hacer 
cuadros espléndidos de ese conjunto de cabezas, 
de fisonomías, de gestos, de actitudes: en cse 
desfile de caras alegres, serias, preocupadas, 


- 169 — 


audaces, inquietas, graves, con la grotesca gra- 
vedad infantil de-1os.-doce-añes. Allí -ge hablaba 
de Cioerón, de Ovidio, de Horacio y de toda la 
falange clásica con la misma llaneza que emplea 
un académico.. -- : 

-Elexamen estaba icpnóN á la buena de Dios; 
cada uno llevaba cn.su memoria las preguntas 
y respuestas hilvanadas con una hebra frágil: el 
orden, los pretéritos, los nominativos, las era- 
ciones de relativo, estaban acomodados en las 
circunvoluciones cerebrales como .en un estuche. 
¿Para qué servía todo aquello? ¿por qué.nos 
hacían estudiar así? Nadie.lo sabía; era menes- 
ter aprenderlo, repetirlo, ordenarlo y... docto- 
res tiene.la santa madre iglesja.. 

Recuerdo que estudiando -el Co año de 
latín, nos hicieron traducir, copiar, estudiar y 
aprender de memoria, con orden y todo, una 
tragedia en tres actos, en prosa, en la que figu- 
raban personajes antipáticos, y hasta, si no re- 
cuerdo mal, una mujer de mala vida cuya con- 
- ducta escandalosa nes daba mucho que pensar. 

Menos mal cuando se trataba de Medea, de la 
Eneida, de las fábulas y de las Catilinarias; en 
estas últimas me reprobaron. : a 

Esta confesión me honra, aunque parezca una 
paradoja. Cuando, después de muchos años, leí el 
precioso libro de Rovani sobre la juventud de 
Julio César y me encontré con un Catilina tan 
distinto del que en: otra época me enseñaron á 
execrar, ¡cómo lamenté que la suerte le hubiese 
sido adversa! Con él cometicron la injusticia 


— 170 — 


de lanzarlo á la posteridad como un ser á quien 
se debe tomar con pinzas: y conmigo la de re- 
probarme por na hacer confesión púbica de 
sus maldades. 

Sus fechorías, que yo ocultaba piadosamente 
en mi ignorancia de estudiante, me valieron un 
aplazado, que me hacía languidecer y mirar el 
mes de Marzo como el ancha de salvación. 

Yo debí mi desgracia á las pillerías de Cati- 
lina, rcales Ó inventadas; otros, tuvieron que 
llorar sobre la correspondencia de Ciceron con 
su hija Tulia, aunque el grin orador le HEblASe 
de preparar los baños de Tusculano. 

Cuando el señor Gigena decía con vez mebi- 
flua y que á pesar del tono no inspiraba con- 
fianza: Niño: los nominativos. ¿Eh!... ¿tos 
nominativos?... hubiéramos preferido que se 
nos dijera: Niño, párese usted de cabeza sobre 
un cuchillo... 

El pobre Álvarez, bondadoso y suave, entor- 
nando sus párpados y comprimiéndose el vien- 
tre con sus manecitas cortas, gordas y relueientes, 
era el paño de lágrimas; á él iban todas las 
quejas, todos los zummbidos, todas las protestas, 
todas las lamentaciones, todas las reclamaciones 
de injusticias reales ó imaginarias y á todos con- 
testaba con la misma mansedumbre: Preséntese 
usted en Marzo.. 

Llegó el día de cxamen de quinto año; los 
alumnos «de este curso tenían ya otro aspecto, 
muy graves, cireunspectos. Algunos, que habían 
tomado á pecho las lecciones de filosofía, apa- 


a 


rentaban cierto desdén académico por los de 
años inferiores; se habían leído al padre Balmes, 
magullaban los argumentos de san Anselmo y 
desan Agustín sobre la existencia de Dios, como 
quien rompe nueces con los dientes, y la misma 
metafísica con sus embolismos, sus intermina- 
bles é insulsas discusiones sobre el espacio y el 
tiempo, revestía á sus ojos las formas colosales 
de un gigante, y mientras algunos hacían corri- 
llos para hablar de sus novias—que lo eran ge- 
neralmente las muchachuelas del barrio—otros se 
preguntaban gravemente las bolillas del progra- 
ma para hacer gimnasia de la memoria. Los 
filósofos, que se habían dejado crecer el cabello 
y lo usaban alborotado como si la filosofía y los 
peines fueran enemigos irrcconciliables; que 
escribían versos llenos de desaliento, y para 
quienes la vida era á los veinte años una carga 
abrumadora, la mujer una serpiente de cascabel 
y los hombres un almácigo de egoístas, seguían 
paseándose por los claustros, buscando los rin- 
cones solitarios, donde las arañas, más filósofos 
que ellos, tejían sus primorosas telas en la obs: 
euridad, en el silencio y sin recompensa. 
Protestaban de la química, esa ciencia que se 
encerraba en las retortas y en los matraces, que 
no admitía más discusión que la de la teoría 
atómica, que acababa de asestar un golpe de 
muerte á la de los equivalentes. La ciencia de 
las probetas, con sus precipitados de color da 
iris, no les merecia el más mínimo respeto, 
¿Qué cran Chevreul, Liebig, Lavoisier, Guy- 


— 172 — 


Lussac y wWurst, al lado de Bacón, de Condi- 
llac, de Descartes y de la falange de menor 
cuantía encabezada por Balmes y terminada en 
una cola que hacía flamear á Geruzes como una 
laucha atada á un hilo? 

Amaban las paradojas, los problemas absur- 
dos, los silogismos como juguetes de sexta ba- 
llesta, las cuestiones revestidas pomposamente 
con títulos de textos apolillados, como el ejem. 
plar del hombre trascendental, que se balancea- 
ba en un programa de segundo año de filosofía 
nebulosa; la enseñanza superficial, frívola, de 
acceso fácil, que no fatigaba la inteligencia, qne 
daba rienda suclta á la charla y á la orato- 
ria de los que tenían la circunvolución de Broca 
un poco desarrollada. En cambio, la química, 
la física, las ciencias naturales, cran cosas impo- 
sibles. 

Y allí adentro, en ese gabinete forrado de ar- 
marios de pino pintados de punzó, imitando un 
cedro que no figura en ninguna flora, con vi- 
drieras desaseadas, impregnadas de polvo y de 
humedad, con las pilas de retortas, de embudos, 
de hornillos, de bolas de Liebig y otros objetos 
de arsenal químico, que les hacía estremecer: 
las exhalaciones de amoníaco, de ácido sulfúrico, 
las chispas que saltaban de los hornillos incan- 
descentes, el oxigeno que se escapaba por un 
matraz mal lacrado y el pizarrón negro, tieso, 
puesto como una pantalla delante del banco 
donde se hacian los experimentos, les ocultaba 
una trastienda donde el sabio doctor Arata hacía 


sus primeras armas con los alambiques, los re- 
activos y el análisis químico. 

Era curioso ver á uno de nuestros filósofos 
parado junto á la pizarra, sin argumentos que 
discutir, sin réplica que arrojar á la arena del 
adversario, y en cambio, con la fisonomía seve- 
ra é impaciente del malogrado doctor Perón, 
que le decía secamente: Escriba usted el ácido 
nítrico y el ácido yodrídrico. Los filósofos se 
quedaban tiesos, temblorosos con la tiza en la 
mano, sin poder trazar esos jeroglíficos diabó- 
licos; miraban alternativamente al catedrático y 
á la pizarra, y por último, al techo abovedado 
del aula, con una expresión de resignación des- 
deñosa que parecía parodiar aquello de «perdó- 
nale, Señor, que no sabe lo que hace ». 

Con que fruición habrían visto caer la pizarra 
en pedazos, si hubiesen tenido las trompetas 
milagrosas que derribaron los muros de Jericó, 
para proclamar allí el juicio final de la químien, 
emprendiendo el saqueo y el piilaje de los ar- 
marios. 

Cómo gozaban cuando en un experimento re- 
ventaban las burbujas de Liebig ó un matraz 
se hacía añicos en un descuido; aquella ciencia 
positiva, de estudio, de experimentación, era una 
tortura para esos espíritus elegidos, que guar- 
daban la pureza de sus ideales como las vestales 
on el templo. 

¡Ah! el hombre trascendental, la existencia de 
Dios, la conciencia, el espacio, el tiempo, en fin, 
el tira y afloja de los argumentos, que se tira- 


— 174 


ban á la cara como puñados de tierra, para 
ofuscarse... ? | 
Y no les faltaba levadura á esos cerebros ; 
todo era culpa de la mala y pésima dirección, 
tan hueca, tan absurda, tan árida como el estu- 
dio de los temas, de los latines, con toda su 
secuela de pretéritos, de nominativos, de órde- 
nes y desórdenes, estudiados de memoria. 
Nuestros maestros hacían lo que humanamente 
les era posible: ellos comprendían el estudio de 
csa manera; ajustaban la enseñanza á su crite- 
rio, formado en el ambiente de la época. No les 
hagamos un reproche; al fin y al cabo, algunos 
jirones de Ovidio y de Cicerón nos hacen dra- 
goncar de entendidos cuando encontramos citas 
latinas que procuramos ordenar, haciendo cade- 
na del sujeto, del verbo y del complemento de 
la oración, olfateados con el instinto fonético 
que nos imprimió la costumbre de andar á la 
caza del orden como animales de presa... 
Volvamos al examen, y aquí aparece nuestro 
protagonista, nuestro héroe, el estudiante de 
más coraje que hayamos conocido, el que supo 
afrontar el peligro de un examen con la impa- 
videz de un griego ante los persas, con la calma 
de Catilina ante el senado romano: un colmo 
portentoso de audacia, de sangre fría, de indi- 
fereneia, una fieura que no se borró nunca de 
nuestra memoria, una fisonomía que nos bastó 
ver de nuevo, después de muchos años, para 
recordarla intacta, un judío errante de la Uni- 
versidad, ua paria, que ada todavía en busca 


de carrera, de fortuna, y que 1a suerte trakdora 
y parcial no ha tocado con su dedo mágico. 

Habiamos formado un corrillo en el piso alto, 
en el claustro que daba acceso al salón de gra- 
dos, á la clase de química y á la de ciencias 
fisiconaturales; de tiempo en. tiempo, salía del 
aula un examinando, colorado, jadeante, hacien- 
do girar su sombrero entre sus manos temblo- 
rosas, y la ovación improvisada, ruidosa, cordial, 
daba la enhorabuena al que havía salido triun- 
fante. Fra el examen de. física, examen serio, 
de prueba, de verdadera prueba y cn el que 
cada estudiante era escudriñado en sus antece- 
dentes, su aplicación, sus faltas de asistencia y 
el número de barullos y desórdenes que hubía 
promovido. 

Los examinadores tomaban aspecto grave, 
imponente, y para nosotros, cierta satisfacción 
mal encubierta de perseguirnos, de despotizar- 
nos y hacernos caer en el error, como Mefistó- 
feles que anda á la busca de almas para perder. 

Si el examinando no contestaba inmediata- 
mente una pregunta y el profesor procuraba 
encaminarlo, pase, aquello era de buen augurio 
y merecía nuestra aprobación íntima y nuestre 
simpatía; si el profesor se quedaba callado, yo- 
zando, á nuestro entender, con las tribulaciones 
del compañero, veíamos entonces una intención 
siniestra y malvada que nos servía para cuargal- 
le la medida de nuestro odio en la rechifla de 
salida. 

De pronto, y causando general sorpresa y cu 


riosidad, asema por la pesada escalera de már- 
mol que remataba en el vestíbulo del claustro, 
la sombra de nuestro desconocido colega. 

El murmullo, la conversación, el bullicio con- 
fuso y desalentador para un extraño que caía 
allí como un aerolito, cesó por encanto: un si- 
lencio solemne, salpicado por cuchicheos y pre- 
guntas sotto voce, hizo detener en el umbral al 
extraño personaje. 

Era un alumno de quinto año que iba á ren- 
dir su examen; nadie lo conocía, jamás había 
frecuentado la clase, y sólo supimos que aquel 
era su objeto al afrontar tan peligroso percance, 
cuando él mismo, con una timidez de doncella, 
nos preguntó sin dirigirse directamente á nin- 
guno: ¿Hoy hay examen de física? Sí, señor, 
le contestó uno, y nuestro hombre, sin decir pa- 
labra, se introdujo sin miramientos y por equi- 
vocación en el salón de grados, cuya puerta estaba 
inmediata á la escalera. 

Detrás de él entramos todos; la curiosidad y 
la figura misteriosa del estudiante-acrolito nos 
habían arrastrado. 

Tenía la traza de un héroe de Murger sin 
tener la distinción del talento y la chispa de la 
audacia inteligente. 

Alto, muy alto, flaco, con la flacura del ham- 
bre, con una cara puntiaguda, demacrada, ama- 
rillenta, con esa piel lisa, estirada, como si algún 
maleficio le. hubiese hecho perder la movilidad 
que da la expresión fisonómica. Los ojos ne- 
gro3, tristes, pensativos, que vagaban en dos 


órbitas demasiado grandes, ahuecadas como las 
de un muerto; frente alta, fugitiva, con arrugas 
prematnaras y más acentuado que en el resto de 
la cara el color de pergamino viejo; una cabe- 
Mera alisada con la palma de la mano mojada. 

La expresión del miedo y de la desconfianza, 
trazada en líneas resaltantes, hacía pendant con 
el azoramiento que se dibujaba en la comisura 
de sus labios entreabiertos y en los relampa- 
gueos fugitivos de sus ojos de demente. Una 
hilera de pelos desiguales, finos, erizados, cir- 
cundaban esa cura envejecida á los veinte años, 
revelados por un bezo que parecía tiznado con 
un corcho. 

El inmenso salón de grados, medio desman- 

telado y grotesco, parecía sumergsirlo en el vacío. 
Había tomado asiento en uno de los escaños 
laterales y de allí miraba para todas partes como 
si quisiese grabar en sua memoria el recuerdo 
de los muebles antiguos y de los cuadros que 
ndornaban las paredes. 
- Alguien le observo que allí se daba examen 
de derecho y que en la sala contigua podría dar 
el suyo de física; nuestro enigmático colega se 
levantó, echó una última mirada al damasco an- 
ticuado que cubría el estrado de los catedráticos, 
volvió los ojos al cuadro del doctor Sáenz, que 
pareció seguirlo con una mirada compasiva, y 
abandonó la sala... 

El pobre iba mal vestido; con un levitón lar- 
go, arrugado, calumniado por algunas manchas 
rebeldes, lustroso en los codos y deshilachado 
en el ruedo amplio y mal cortado, 


a 


Hacía sonar sus pisadas, como si en vez de 
vapatos tuviera un fuelle en cada pie, y compri- 
mía nerviosamente en sus manos garfias un 
programa rotoso y borroneado. 

Al poco rato de ingresar en el recinto de examen, 
suena un nombre desconocido para todos, y de 
pronto, como movido por un pinchazo, y cuando 
buscábamos con la mirada al dueño de tal ape- 
Mido, el individuo estaba ya crguidd, tembloro- 
so, transfigurado y hacía girar la manija de la 
urna para sacar su bolilla. Á la segunda vuelta, 
salta una: el número 13, fatídico, estaba graba- 
do con tinta negra de relieve en la pequeña 
esfera de madera. Mbla estrella, pensamos, y 
efectivamente, el deseraciado empezó á revolver 
su programa, á acomodarse cn el asiento, á 
fingir un poco de tos, y por último dijo con voz 
apagada: No la sé. ¿Eh? saque otra, le- dice 
el malogrado doctor Bortolazzi, con su' acento 
francachón y bondadoso: vuelta á la urna y 
otra bolilía, saltarina como un grillo, cae en el 
platillo de madera: número tantos. Número... 
un suspiro suave y un aire de resignación cris- 
tiana que Je habría envidiado un martir acom- 
pañan á otro: Nola sé, señor. Hombre, saque 
otra, vaya, saque otra le dice de nuevo el cate- 
drático, inspirandole un poco de coraje para 
disimular por su cuenta la vergúenza del recha- 
zO. Salta la tercera bolilla, más retozona que 
las dos primeras, y. el desdichado abre desme- 
suradamente los ojos, deja caer los brazos como 
dos ahorcadog y balbucia de nuevo su estribi- 
Mo: No la sé, | 


— 179 — 


—¿Y qué sabe usted?—le pregunta el cate- 
drático en el colmo de la impaciencia. 

—Yo sé los imanes. 

—¿Los imanes? Bien, diga usted los imanes. 

—Los imanes, empieza el afligido examinan- 
do... los imanes... señor... no los sé... 

Desapareció como una sombra sorprendida 
por un rayo de luz que la borra de improviso; 
y se deslizó por la escalera, haciendo sonar sus 
canillas largas y descarnadas y los fuelles de 
sus zapatos agujereados. 


Lo tengo por delante, con sus puertas des- 
vencijadas, leprosas de mugre y de pintura 
descascarada; sus paredes haciendo vientre, pró- 
ximas á estallar por falta de equilibrio y por el 
cansancio de tantos años de absorber humedad, 
miasmas y raíces de palán palán, que forcejea- 
ban como ganzúas por abrirse camino á través 
de las grietas. 

Ese recinto fúnebre, desolado, aislado del resto 
del vetusto edificio del hospital, estaba encuadra- 
do en la cumbre del barranco de la calle de San 
Juan y más dispuesto á darse un tumbo al pri- 
mer soplo del sudeste, que á quedarse en su sitio 
para servir de morada transitoria á los muertos 
de la clase de anatomía. 

Apenas franqueada una puerta, tembleque 
como un ebrio, se presentaba la faz desconsola- 
dora de lo que se llamaba anfiteatro: una pieza 
rectangular, húmeda, pintarrajeada de amarillo 
sucio, con un cielo raso de lona blanqueada, con 


— 180 — 


grandes manchones de agua filtrada por la Jlu- 
via, y haciendo esfuerzos por no deselavarse 
sino lo necesario para dejar ver el techo negro, 
apolillado, morada silenciosa de insectos de todo 
género. 

Pavimentada con chapas de mármol, puestas 
de mala gana; siempre cubiertas de manchas 
de sangre negruzca y pegajosa de trecho en 
trecho. 

Dos aberturas laterales, cubiertas con un en- 
rejado de alambre roto y tironcado por los 
alumnos traviesos y los curiosos que solían 
acudir á recrearse con el espectáculo de un ca- 
dáver abierto. 

El mobiliario hacía pendant al conjunto; lo 
completaba. 'Farimas escalonadas, mal dispuestas 
y muy propias para tullir á cualquier cristiano 
que tuviese la resignación de estarse sentado 
durante la lección en esos escaños duros, frios 
é incómodos. 

En el centro, una mesa de mármol, sostenida 
por pilares de argamasa y ladrillo, como las 
que sirven en las sacristías; en el fondo, dos 
armarios desquiciados, sobre cuyo techo se 
ostentaba, á guisa de letrero, una pomposa ins- 
cripción latina, con letras grandes, negras, fúne- 
bres y que cada uno traducía á su antojo, 
valiéndose de los restos de nominativos y pre- 
téritos que le habían quedado en la memoria. 

En los días de invierno el viento era inso- 
portable; las ráfagas heladas del río que pene- 
traban zumbando por las rendijas, hacían tiritar 


— 181 — 


á los alumnos que rodeaban la mesa con la 
avidez de ver en el cadáver el trayecto de una 
arteria dura, rígida como cordón y rellenada de 
cera y cardenillo. 

Algunos castañietcaban los dientes mientras 
se restregaban las manos coloradas y entume- 
cidas; otros marcaban el paso como soldados 
que han hecho alto. 

El profesor, de pie á la cabecera de la mesa, 
con su bisturí á guisa de punzón, trazaba sobre 
el cadáver el trayecto, la posición, las relaciones 
de los órganos puestos al descubierto, en tanto 
que el alumno de turno leía en un mal traduci- 
do texto la lección designada. 

En el patio, mejor dicho, en el amplio resu- 
midero que rodeaba la sala y debajo de un co- 
bertizo sostenido por una viga vieja, se arroja- 
ban los despojos inservibles; aquel. pedazo, 
eubierto por el alero medio derrumbado, era 
una sucursal del anfiteatro. Sobre una tarima 
forrada de cinc, se disecaba en verano y de un 
tirante transversal se colgaban las piezas anató- 
micas que querían conservarse. 

En el ángulo que formaban las paredes del 
cobertizo, un fogón primitivo, con una caldera 
de tres pies, para cocinar á los muertos. 

Era un espectáculo poco simpático el ver 
aquellos despojos humanos pendientes de un 
elavo y sujetos con piolas: piernas que les fal- 
taba la piel y cuyos músculos color vinagre su- 
bido tomaban matices negruzcos en distintos 
puntos, dejando ver en otros una faja brillante, 


— 182 — 


nacarada, tiesa, un tendón estirado, que había 
sido bien raspado con el bisturí para rastrear 
la inserción del músculo. Algunas veces pendía 
de la viga una mano descarnada, seca, medio 
momificada por el frío, en cuyo dorso serpen- 
teaban nervios, venas, arterias y un manojo de 
tendones que se irradiaban hasta la extremidad 
de los dedos, cuyas uñas de color plomizo pa- 
recían haber crecido por la falta de tejidos blan- 
dos que las rodeasen. Estas piezas, al parecer 
abandonadas allí, servían á los alumnos para 
los repasos; generalmente «eran escamoteadas 
por los más rezagados, que no querían darse el 
trabajo de prepararlas ni de soportar las inco- 
modidades de estudiar al aire libre. 

Ya era la mano perfectamente disccada; otras, 
una pierna, los pulmones enjutos, sin aire, col- 
gando como dos jirones de trapo y adheridos 
á la tráquea que servía de piola; el corazón, el 
noble músculo, lleno de cera, hinchado, repleto, 
sin la apariencia y la forma poética que le asig- 
na el misticismo: un corazón anónimo, colgado 
de un clavo. 

Sobre la mesa, trozos en preparación, á medio 
disecar; la parte que tocaba á cada uno en el 
reparto del cadáver que había servido para la 
clase. 

Una cabeza desprendida del tronco, arrojada 
allí como al acaso, y que hubiera podido servir 
de modelo al artista, con los matices, las líneas, 
la expresión, ese conjunto de medias tintas «en 
gradación sucesiva, desde el pálido cera al es- 
úninta 


— 183 — 


Algunos, con los párpados entreabiertos, de- 
jando ver los los ojos apagados, sin brillo y 
cubiertos por ese líquido glutinoso que les hace 
perder completamente toda expresión. 

En esa continua revista de restos humanos 
solíamos encontrar algunos muy bellos: figuras 
varoniles, de rasgos acentuados; individuos que 
habían muerto á consecuencia de traumatismos 
y en los que el padecimiento no había tenido 
tiempo de imprimir su huella. 

Una de esas cabezas, con su cabellera intacta, 
negra, lacia, cayendo sobre la frente pálida, 
marmórea, dejando ver dos cejas espesas, bien 
modcladas en arco sobre una nariz afilada, rec- 
ta, y encuadrada la cara por una barba tupida, 
larga, enmarañada, salpicada de sangre, conser- 
vaba esa fisonomía inmóvil, esa expresión do- 
liente de los últimos instantes, y su pupila 
dilatada parecía tener avidez de luz en las mis- 
teriosas tinieblas de la mucrte. ra una linda 
cabeza para transportarla al lienzo y figurar la 
leyenda bíblica de Salomé, comprimiéndola con 
crueldad inconsciente, con su mano fría, ner- 
viosa, en un plato de bronce cincelado. 

*;¡Qué exuberancia de material para esbozar 
telas de impresión! Pero en aquella époen no 
había tiempo para pensar en las bellezas de las 
piezas anatómicas ni en las leyendas bíblicas; 
teníamos por delante un programa de anato- 
mía, largo, difícil, enojoso. por sus detalles y 
por el tecnicismo grotesco que debíamos apren- 
der de memoria, y tocs nos afanábamos por 


— 184 — 


sacar del escalpelo y del libro el mejor provesho 
posible. 

El frío, la intemperie, los días húmedos, la 
incomodidad del local, los miasmas, los malos 
olores que despedían las piezas en descompo- 
sición, la curiosidad siempre creciente de cscu- 
driñar todos los rincones del cuerpo humano, 
nos hacían olvidar la poesía con que la imagi- 
nación quería revestir aquel antro, donde, á 
pesar de todo, se estudiaba mucho y se apren- 
día bastante. 

Teníamos un catedrático ilustrado, paciente, 
bondadoso, entusiasta por la materia, que ha- 
bía desterrado el sistema de las lecturas monó- 
tonas al lado del cadáver; nos trataba como á 
buenos amigos y nos inspiraba al mismo tiem- 
po que amor al estudio, esa emulación que 
hacía sobresalir á las inteligencias bien prepa- 
radas. 

El mismo había hecho allí su carrera; en ese 
mismo anfiteatro había pasado las mismas pe- 
nurias y afrontado los mismos peligros, y de 
ese hospital ruinoso, antigua morada de frailes 
mendicantes, salió el doctor Pirovano con fama 
hecha de cirujano habilísimo. d 

Nos enseñó anatomía con los escasos elemen- 
tos de que entonces podía disponer, y el atrac- 
tivo de sus lecciones nos hacía pasar por tode 
con la alegría de estudiantes y la despreocupa- 
ción de los veinte años. 

Los días en que no había cadáver para dise- 
car, estábamos descontentos, de mal humor, y 


— 185 — 


cuando pasaba mucho tiempo sin que se abricran 
tas puertas derrengadas de la sala mortuoria, 
empezábamos á recorrer las salas de enfermos, 
para espiar á la víctima que debía caer en nues- 
tras garras. 

¡Ni un tísico! solían decir los más desalma- 
dos con el desaliento del que tiene hambre y no 
encuentra en su cajón revuelto ni un men- 
drugo. 

Los tísicos eran los muertos apetecidos por 
su flacura, que permitía estudiar los distintos 
órganos sin necesidad de una disección labo- 
riosa. ! 

Repentinamente, la tarima de los muertos so- 
portaba tres y más desgraciados que estaban 
allí estirados, rígidos, descalzos, pobremente 
vestidos, con la cara vuelta al poniente, alinca- 
dos uno al lado del otro, formando muchas ve- 
ces un contraste lúgubre. 

En esa antecámara del anfiteatro se amorta- 
jaban los infelices parias que habían sucumbido 
en el hospital; en la pieza contigua se hacían 
las autopsias. 

Muchas veces, al entrar allí distraidos, nos 
encontrábamos «de improviso con ciertas caras 
y ciertas expresiones cadavéricas que, sin que- 
rerlo, nos hacían apresurar la salida. 

Eran dos cuartujos de techo bajo, sombrios, 
húmedos, con esa humedad pegajosa y molesta 
de las piezas que han estado cerradas mucho 
tiempo; amenazaban ruina; una ventana alta 
daba vista al patio donde habían crecido libre- 


= 6 


mente las cicutas regadas con las aguas servidas 
del anfiteatro. 

Las hojas de la ventana continuamente abier- 
ta, soportaban caritativamente el muro del teeho 
que amenazaba desplomarse. 

La primera vez que penetramos en ese recin- 
to lóbrego y frío como un sepulcro abandonado, 
retrocedimos instintivamente; cl espectáculo era 
poco alentador, y si no nos hubiese llevado el 
amor al estudio, seguramente no habríamos 
vuelto. 

Era menester, por otra parte, ocultar esas 
impresiones de aprendiz so pena de oir las pu- 
llas de compañeros más avezados y con sistema 
vervioso y estómago mejor dispuestos... 


Á cierta altura de nuestros estudios, tenía- 
mos necesidad de cadáveres de mujeres que 
era menester solicitar del hospital respectivo. 

Las bcatas de aquel establecimiento oponían 
generalmente una resistencia ridícula para en- 
tregarlos, y cuando lo hacían de buena gana, nos 
enviaban los cadáveres más inservibles. 

Generalmente nos remitían viejecitas atrofia- 
das por los años y la consunción ó cadáveres 
en estado de putrefacción tal que hacía imposi- 
ble el estudio. : 

Cierto día, sin embargo, y después de mu- 
chas instancias, hicieron una generosa excepción 
á la regla. 

Una mañana entramos en el anfiteatro en cir- 
cunstancias que el guardián se restregaba las 
manos con aire satisfecho. 


— 187 — 


Era un famoso ebrio consuetudinario; andaba 
siempre tambaleando y gruñendo por una futi. 
leza cualquiera, el alcoholismo crónico que lo 
había degradado hasta hacerle perder sus fac- 
ciones de figura humana, no le impedía mano- 
secar todo aquello como si se tratara de la cosa 
más sencilla. 

Hablaba de los muertos, de los restos huma- 
nos, como hubiera podido hacerlo de las hachu- 
ras de un matadero. 

El vicio había embotado su inteligencia, arrui- 
nado su sensibilidad y pervertido tan por 
completo sus gustos, que el alcohol que se em- 
pleaba para macerar las piezas anatómicas, y no 
pocas veces el que ya había servido, pasaba de 
las cubetas del anfiteatro al estómago del guar- 
dían con una facilidad asombrosa. 

Esa mañana estaba menos ebrio que de cos- 
tumbre; los compañeros traviesos no le habían 
hecho rabiar amenazándole con destriparlo 
cuando muriese; su fisonomía reflejaba cierta 
satisfacción, como si todo el alcohol de las cu- 
betas circulase por sus venas; sonreía con una 
sonrisa babosa, dando á sus labios amoratados 
y carnudos un pliegue oblicuo, como si quisiera 
sonreirse sólo por mitad; sus ojos de lobo ma- 
rino hacian guiñadas, pestañeando como las 
lámparas de aceite próximas á extinguirse; el 
colorete de sus mejillas flácidas, caídas, había 
subido de tono: esa mañana estaba más idiota 
que ebrio. 

Era un hombre como de rineversa años, pero 


— 188 -- 


revelaba tener más; la vida de anfiteatro y las 
continuas libaciones de líquidos espirituosos lo 
habían embrutecido; su estado normal era la 
ebriedad; cuando no estaba ebrio era insopor- 
table. 

La satisfacción de cesa mañana provenía de 
que las beatas del hospital de Mujeres habían 
mandado un cadáver en buenas condiciones 
para la disección. 

Don Pancho, cste era su nombre de anfitea- 
tro, quien sabe si cl de pila, había sacado el 
cadáver del humilde féretro de pino y lo había 
tendido sobre la mesa de mármol. 

Mientras él seguía paseándose y hablando cn- 
tre dientes con monosilabos ininteligibles, nos 
acercamos á observar á la muerta. 

Era una joven de formas bellísimas; la mor- 
videz cxuberante de sus contornos se conser- 
vaba perfectamente; se veía al primer golpe que 
la enfermedad había sido de corta duración y 
que su organización robusta y fuerte había su- 
cumbido á un choque violento. 

Completamente desnuda, con la cabeza recli- 
nada sobre el hombro izquierdo, los brazos 
caídos y cn flexión hacia atrás, contribuían á 
levantar más su seno marmóreo y amplio. Sus 
cabellos negros, lacios, abundantes, servían de 
almohada á su bella cabeza; tenía los ojos ce- 
rrados y velados por largas pestañas, relucien- 
tes, unidas en una espesa franja que hacía más 
duice la sombra que proyectaban sobre su senm- 
blante color de cera, 


— 189 — 


Una cara que debió ser muy bella y que la 
muerte no había alterado; sus labios pequeños, 
con comisuras afiladas, cstaban entreabiertos, 
dejando ver una dentadura compacta, blanca y 
diminuta; la barba, redondeada como una bola 
de marfil, tenía en el centro una depresión, 
como hecha con el dedo; largas hebras de ca- 
bello estaban pegadas á sus sienes y corrían 
á lo largo de sus mejillas para perderse en el 
dorso. 

Todos los atractivos de la mujer hermosa hia- 
bían sido paralizados por el frío de la muerte. 

La rigidez cadavérica, la corrección de sus 
formas contorneadas y esbeltas, la blancura 
mate de su cutis terso y suave, le daban cl as- 
pecto de una estatua caída de su pedestal, pobre 
pedestal de fango, tal vez, en cl que se había 
hundido para satisfacer las exigencias de la car- 
ne, que despotiza á la que se ata con cadenas á 
su frágil carro de triunfo. 

Sus manos finas, pequeñas, delicadas, con de- 
dos afilados, parecian haberse crispado en un 
esfuerzo supremo por asirse del hilo de la vida 
que sus ojos de moribunda veían próximo á 
romperse. 

Sus pies de niña, diminutos, arqueados, com- 
pletaban la belleza del conjunto haciendo más 
visible la distinción de la muerta. 

No podía saberse quien cra. No había en 
esas cuatro tablas de pino que la encerraban 
ninguna inscripción; en la tapa, una cruz sen- 
cilla, blanca, hecha con dos palmos de cinta 
clavada en los cuatro extremos. Liso cra todo. 


— 190 — 


Sus ropas estaban en un rincón: un vestido 
viejo, herencia de alguna otra desgraciada, y 
una camisa de hospital. ' Esos pobres trapos 
habían servido para amortajarla. 

¡Cuántas reflexiones se agolpaban á nuestra 
imaginación al pensar en las condiciones de ese 
cadáver que teníamos por delante! 

Ira para nosotros simplemente una muerta 
para la clase de anatomía que iba á ser abierta, 
cortada, dividida y repartida entre los alumnos, 
muchos de los cuales se disputarian la mejor 
presa. La belleza de esa mujer nos hacía en- 
trever una historia, borrascosa, triste; una his- 
toria que se puede escribir en una página, por- 
que la historia de todas estas desgraciadas se 
parece. Y si no la tenía, sentíamos necesidad 
de inventarla, sentíamos necesidad de hacerla 
revivir, hacerla mirar con el fuego de sus ojos 
apagados, hacerla sonreir con esos labios vo- 
luptuosos, hacerla caminar, para ver mover sus 
flancos flexibles; animarla, darle vida, hacer la- 
tir su corazón; llevar la sangre, el color de sus 
tejidos, liacer levantar como una ola de volup- 
tuosidad ese seno amplio, macizo, marmóreo;— 
convertirla en lo que era, devolverla á la vida, 
al calor, á la luz y cubrir la desnudez de su 
cuerpo con las telas finas, suaves, que más de 
una vez lo habrían rodeado. 

Si nuestros compañeros supieran, pensába- 
mos, que mientras ellos están en la sala, curan- 
do enfermos y aprendiendo á hacer vendajes y 
aplicar apósitos, nosotros estamos aquí hacien- 


— 191 — 


do poesía de brocha gorda, sin más testigos que 
la cara embrutecida y las miradas hoscas de 
don Pancho, ¡cómo se rcirían, qué excelente 
oportunidad para dar rienda suelta á sus bro- 
mas! 

Un alumno de medicina, un estudiante de ana- 
tomía, que convierte los muertos pobres, vulga- 
res; con el vientre ya medio verdoso por la 
putrefacción, en estatuas caídas ó en TFantinas 
desgraciadas, las cabezas de ciertos muertos en 
imágenes del Bautista, hubiera sido una nove- 
dad impagable y se labría tenido tema para 
colgarle un sambenito y mortificarlo durante un 
mes. 

¡ Poesía con las muertas del hospital!... Una 
infeliz cualquiera, medio achinada, que había 
caído en el hospital, como una de tantas, á ocul- 
tar sus vergúenzas y sus faltas, y á la que una 
peritonitis embarcó para la eternidad, es claro, 
en un cajón de pino sin chapas, sin galones pla- 
teados, sin coronas de violetas de trapo teñido, 
—más benéfica á la tierra por la restitución ge- 
nerosa que hacía de su cuerpo, rico en materia- 
les de combustión. 

AMí concluía el ideal, la poesía, y empezaba 
la realidad desnuda, fria, brutal como la cara 
de don Pancho. 

Su vida habría sido como la de todas: un día 
en la opulencia despilfarrada, conquistada en la 
especulación de la carne puesta en pública su- 
basta, y los demás, en el vaivén de la miscria, 
de la degradación, hasta bajar la pendiente rá- 


— 192 — 


pida que las lleva á morir desconocidas, cansa- 
das, en la cama de un asilo. 


Don Pancho seguía paseándose, haciendo so- 
nar el manojo de llaves que llevaba utadas de 
una piola llena de sangre: de vez en cuando 
dirigía sus miradas torcidas lucia cl cadáver, y 
meneando la cabeza, parecía sivnificar que aque- 
llo era nuevo, nunca visto, y aque tal vez una 
buena propina por el hallazgo Je facilitaría el 
medio de concluir cl día entregado á sus mejo- 
ves libaciones. 


Llegó la hora de clase; el profesor no se dió 
ni por entendido de la belleza, de la frescura» 
de la morbidez del cadáver. 

Empezó su lección con la seriedad que le cra 
habitual, y los compañeros, algunos de los cua- 
les habían fijado más la atención sobre la muer- 
ta, no podían menos de decir: ¡qué bonita ha- 
brá sido esta muchacha! ¿de-qué habrá muerto ? 
- parece que no ha sufrido mucho, pues está 
bien conservada--se conoce que no ha tenido 
familia, y otras observaciones sotto voce que en 
nada distraían al catedrático que iba disccando 
pacientemente:los órganos que debíamos cstu- 
diar. 

Los alumnos se habían agrupado cstrechán- 
dose alrededor de la mesa para escuchar mejor 
la lección y poder apreciar más de cerca la con- 
formación anatómica y la disposición, de Jas vís- 
ceras que se ponían al descubicato. 


— 193 — 


Era un momento de distracción, y cuando ya 
no veíamos en la muerta la heroína de un idi- 
lio, ni una desgraciada que hubiese pasado por 
esa serie de aventuras en los vaivenes de la 
suerte, sino un buen cadáver para la clase de 
anatomía, nos Hamó la atención un personaje 
exótico, cuya cabeza sobresalía por encima de 
las demás, y que había entrado en puntas de 
pie, evitando todo rumor para estar á sus an- 
chas contemplando por entre los grupos la di- 
sección de la muerta. 

La cara de ese individuo no nos era desco- 
nocida; á pesar de su flacura, de sus ojeras y 
de la expresión de dolor, de piedad, que se di- 
bujaba claramente en sus facejones, se aclaró 
en nuestra memoria la imagen de este indivi- 
duo. Era el mismo que cn años atrás había 
hecho una entrada tan original y desgraciada á 
la clase de física, para dar su examen sobre los 
imanes. 

¿Qué hacía allí? fué la primera y la más na- 
tural de las preguntas. Era quizá un curioso, 
uno de los tantos que solían olfatear el anfi- 
teatro para descomponerse é ir á contar en se- 
guida al círculo de sus amigos los horrores que 
habían presenciado con una valentía de héroes. 

Ir al anfiteatro un día de clase, cuando se 
abren los cadáveres y se extraen las vísceras 
arrolladas á la muñeca, ó se hunde la mano en 
la cavidad abdominal, entre la sangre negra, 
eoagulada, para ir á desprender un riñon ó cual- 
quier otro órgano; presenciar ese espectáculo, 


Vol. 100 7 


— 191 — 


verlo de cerca, aspirar esos malos olores, tocar 
con la punta del dedo una parte cualquiera del 
muerto, cra para los profanos una proeza que 
bien equivalía á la que referían otros, de haber 
pasado á media noche por el cementerio sin pes- 
tañar, Ó hacer apuestas de penetrar en él sin el 
más mínimo temor de los muertos—es claro, 
¡qué les van hacer los infelices! Referir estas 
aventuras acentuando los colores, agrandando el 
cuadro recargado por la impresionabilidad ó la 
exageración de cada uno, era adquirir fama de 
despreocupado, de hombre hecho, y tal vez mu- 
chos de ellos se han sentido espeluznados cuan- 
do en el silencio de la noche han leído un libro 
de Edgard Poe sin más compañero que el silen- 
cio y el tic-tac del reloj. | 

Nuestro personaje no había ido allí segura- 
mente ni á entretenerse, ni con la despreocupa- 
ción del estudiante vago que se mcte en todas 
partes por cohonestar su haraganería. 

Su cara decía mucho y los movimientos que 
hacía de vez en cuando, significaban perfecta 
mente que la escena que tenía por delante no 
le era indiferente. 

Su permanencia allí fué de pocos momentos; 
en puntas de pie, callado, cabizbajo, con las ma- 
nos cruzadas sobre los faldones de su levitón 
descolorido, se dirigió al patio, donde empezó á 
pasearse despacio y meneando lentamente la 
cabeza. 

En un rincón estaba cl cajón de pino y las 
ropas de la muerta; sospechándolo, se paró de- 


— 195 — 


lante de esos humildes despojos y desde lejos 
pudimos contemplarlo sacando su pañuelo para 
enjugar sus lágrimas. 
Sin saber por qué, nos inspiró compasión. Á 
pesar de su figura ridícula, de su conjunto po- 
bre, desairado, nos dimos cuenta de que ese hom- 
bre desconocido venía siguiendo el rastro del 
cadáver que estaba sobre la mesa de mármol. 
- Y ese sentimiento de compasión que experi- 
mentábamos, se exaltaba más en nuestro espiritu 
al pensar que, si se encontraba allí ese indivi- 
duo á la terminación de la clase, no le faltarían 
pullas, indirectas y hasta diabluras más pesadas 
con que podrían asaltarlo los compañeros. 
Salimos del anfiteatro movidos por ese senti- 
miento, por el temor de verlo comprometido 
en una broma estudiantil y por la curiosidad 
que sentíamos de averiguar algo sobre tan ex- 
traño individuo, á quien ya en dos ocasiones 
habíamos visto de una manera tan singular. 
Sin vacilar, nos acercamos, y cun el aire de 
dueños de casa, le preguntamos sin ambages si 
buscaba á alguno de los alumnos. | 
Nos miró con cierta desconfianza, y como abo- 
chornado de que se supiera el motivo que lo 
llevaba á aquel recinto, nos dijo:—He sabido 
que esa muerta, en vez de ser conducida al cc- 
menterio, fué traída aquí para el estudio, y como 
me interesaba por esos restos, he venido á cer- 
ciorarme... 
—¿ Luego, usted la conocía; era acaso alyo de 
usted ? 


— 196 — 


—Era todo,—nos replicó con acento impetuo- 
so, —y siguió mirando con ojos idiotizados el 
cajón de pino y los vestidos amontonados sobre 
el lado del patio. 

Teníamos un hilo de la historia y no quería- 
mos soltarlo tan fácilmente: un retazo de novela 
viviente por delante, una especie de libro trun- 
co cuyos capítulos empezaban con el examen de 
física, con la rechifla de los alumnos, el encono 
de los catedráticos y la huida del hombre de 
los imanes, como le llamábamos cada vez que 
nos acordábamos del examen,—y una escena pa- 
tética, conmovedora, un pequeño drama en el 
anfiteatro, sin que los demás lo sospecharan. 

—¿ Y qué harán con los restos del cadáver? 
—nos preguntó de pronto. 

—Los restos van al cementerio en el mismo 
cajón en que han venido, solos ó acompañados 
de otros. 

Parcció disgustarle la respuesta, pues se que- 
dó un largo rato pensativo; no quisimos decirle 
lo peor, es decir, que á veces no volvían al ca- 
jón ni al cementerio, pues los estudiantes los 
utilizaban para hacer sus preparaciones y gene- 
ralnente eran preferidos los de mujer para cx- 
tracr Jos huesos de la pelvis y los del cráneo. 

Hizo entonces ademán de retirarse y efec- 
tivamente empezó á marchar hacia la puerta. 
Nosotros, que no lo perdíamos de vista, y me- 
nos desde el instante en que se nos ocurrió que 
pudiera tratarse de un individuo medio alocado, 
nos pusimos al lado de él y seguimos acompa- 


— 197 — : 


ñándolo hasta cl primer patio, donde tenían su 
habitación los practicantes. 

Izn el anfiteatro nadie había notado esta apa- 
rición misteriosa. 


EN EL HOSPITAL 


El hospital de hombres era una especie de 
ciudad de enfermos. Tenía sus callejones anchos, 
espaciosos, rodeados de filas de corpulentas aca- 
cias, que proyectaban grandes manchones de 
sombra sobre los cuartujos de los practicantes; 
una seric de patios como plazas, algunos con 
dibujos y laberintos de jardín, otros incultos, 
abandonados, donde crecía á su antojo la hierba, 
que cra segada de vez en cuando por uno de 
los locos, que tenía el triple oficio de jardinero, 
peón de cocina y mandadero. : 

Era un resto arruinado de la época colonial, 
un antiguo convento de padres Belermitas que 
sostenían con limosnas aquel recinto de caridad 
y en donde se refugiaban enfermos y convale- 
cientes para compartir con los santos varones 
los beneficios espirituales y ne de la 
casa. 

La gran puerta de entrada, maciza, clavetea- 
da, con el corte señorial de una morada suntuo-» 


— 193 — 


sa; en seguida, el vestíbulo amplio, sombrío, 
pintarrajeado con figurones que no decían nada 
y que, sin las inscripciones emblemáticas que 
tenían al pie, habrían pasado inadvertidos; 
una serie de puertecitas de convento á ambos 
lados, y después, las salas de los enfermos, for- 
mando grandes cuadras unidas por uno de sus 
cantos. j 

Respiraba por todos los ámbitos un ambiente 
antiguo, rancio: los sillones de baqueta labrada 
groseramente, los escritorios de la oficina del 
ecónomo, el gran péndulo que se ostentaba como 
una Obra de arte y un recuerdo histórico de la 
época de la Reconquista, que se cuidaba como 
un objeto precioso en la sala de administración; 
era un reloj de mesa, con pie de alabastro y 
mármol negro, en el que se había fijado una 
chapa de oro que llevaba grabada una dedicato- 
ria de los oficiales ingleses heridos y prisione- 
ros, y á quienes los padres Belermitas habían 
asistido, prodigándoles todo género de atencio- 
nes; un dístico latino completaba el pensamiento 
de gratitud de nuestros enemigos de entonces. 

Describir en detalle el resto del hospital, sería 
hacer la historia de las miserias y de los dolo- 
res que se encerraban en sus cuatro paredes. 
Aquello era pobre, desaseado, antihigiénico, in- 
- culto. | 

De noche, cra imponente, lúgubre, pavoroso: 
los grandes patios que servían de salas á los 
enfermos, estaban envueltos en sombras sinies- 
tras y la escasa luz de algunos mecheros de gas, 


— 199 — 


les daba un aspecto fantástico; los locos vaga- 
ban per los canteros del jardín, moviéndose len- 
tamente, cabizbajos, hablando solos Ó dando 
gritos como aullidos de un animal extraño; 
hubieran hecho retroceder al más despreocu- 
pado. 

In los meses de invierno, nublados, tristes, 
aquella soledad, aquel silencio, tenían algo de 
cementerio. Los árboles desnudos, mostrando 
el esqueleto de sus ramas secas, heladas; uno 
que otro enfermo que se atrevía á cruzar rápi- 
damente aquel descampado y las hermanas de 
esridad con sus gorras blancas, como gaviotas 
con las alas abiertas, que atravesaban el jardín 
para ir á rezar á su capilla, la monotonía de los 
toques de la campana de llamada y los repiques 
descompasados de las de la torre de San Telmo, 
la aparición de algún practicante malhumorado 
y tiritando de frío, que estaba de guardia y 
acudía al llamamiento; esta repetición sucesiva 
de las mismas cosas, de los mismos toques, del 
mismo ambiente, de los mismos dolores; los 
heridos, los moribundos, las mismas impresio- 
nes, los mismos padecimientos, las mismas que- 
jas, todo aquel conjunto triste, abrumador para 
un espíritu débil y reflexivo, acababa por engen 
drar la nostalgia y nos hacía desear la libertad, 
la calle, las horas fuera del hospital, como á los 
internos de los colegios que cuentan día por día 
y minuto por minuto la época de salida. 

Había, sin embargo, cierta vanidad oculta en 
ser practicante interno. en vivir al lado de los 


— 2UuUu — 


enfermos, en estar á la “mano con todos los su- 
írimientos : y con todas las. lacras, y por esto 
se veía en las puertas de las habitaciones 
el nombre de cada praeticante, esculpido pacien- 
temente, como un anticipo de gloria, :en esc 1no- 
numento en ruina, del que hoy no quedan simo 
los escombros. 

Habíamos instalado al hombre de Jos imanes 
en nuestra tbabitación; receloso y turbado mira- 
ba de arriba abajo las paredes, los rincones, las 
vigas del techo, contemplando el arreglo de la 
vivienda, tal vez con sorpresa de verla tan des- 
mantelada y sombría: 

Tiritaba de frío y había doblado sus largas 
piernas pará esconder debajo de la silla sus bo- 
tines agujercados; con las manos cruzadas sobre 
las rodillas, sostenía su sombrero de copa, medio 
abollado y deslustrado por el uso. 

Nuestro prurito era hacerle hablar, hacernos 
contar en detalle todos los «antecedentes de la 
muerta; prevefamos algo de romancesco en la 
vida de ese personaje que se nos presentaba 
con la faz simpática de una pobreza heroica: la 
comparación y el tipo están buenos para enton- 
ces, para nuestro cerebro impregnado en aquetla 
época de las lamentaciones clegíacas que nos 
inspiraban los libros de literatura sentimental 
que estaban en boga. 

Ahora, lo miraríamos con la indiferencia del 
que entra en un gabinete de vistas y á través de 
lentes ordinarios ve la desolación y la ruina pin- 


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tarrajeadas en hifas do pupel: el acia 
que levantan los desengaños pone una barrera 
á-la sensibilidad. : E DA 

Se había acomodado en un sillón, dando más 
soltura á su cuerpo rígido como. una tacnara, y 
después de un momento de silencio. y cuando ya 
se hubo familiarizado. con nosotros por las aten- 
ciones que le PEOIEAmOS, nos 2 así' de Em- 
proviso: 

—Esa muchacha no cra malas tenía muy buen 
corazón, pero sus pasiones la dominaban: com- 
pletamente; cra una voluntad débil para resistir 
a las tendencias ardientes de su organismo; yo 
he luchado con ella lo que nadie podría creer, 
pero ni los ruegos, ni las amonestaciones, ni las 
amenazas, han io desviarla de su camino 
torcido.” E E 

Había nacido para enfangarse, y lo ha conse- 
guido, do ha conseguido plenamente: reconocía 
et bien, sabía diferenciarlo del mal, tenía con- 
eiencia plena de .sus actos, de sus afecciones; 
raciocinaba como un filósofo, sabía que le cau- 
sarían gran daño sus caprichos, pero su volun- 
tad cra eN para resistir, dia ha pocido 
detenerla..." 1. E 

Cuando se veía suby ebada. 'asediada por mis 

cariños, por mis consejos; por mis. sacrificios ; 
cuando comprendía que me había arruinado, 
que había tirado á:la calle mi carrera, mi por- 
venir, “mi nombre. tal vez, en el fondo de sw 
alma me agradecía.todos estos sacrificiog y los 
beneficios que podían reportarle, pero se mo 


202 o 


escapaba, huía, pasaba los días fuera de mi casa 
y volvía después, abatida, enfermiza, desgreña- 
da, con el fango hasta los ojos. 

Yo quería abandonarla, echarla brutalmente 
de: mi casa, tirarle á la cara su ingratitud, su 
corrupción, en fin, hacerla erujir entre mis ma- 
nes como un armazón que se destroza, pero 
cuando me asaltaban esas ideas horribles, me 
creía loco, y yo mismo huía de mi habitación 
para rozarme con las gentes, distraerme eon el 
ruido y ahuyentar los malos pensamientos que 
me asaltaban. 

¿Cómo podía yo sostener un cariño indigno, 
fomentar una pasión entre un ser bueno como 
yo y una mujer pervertida, depravada y que se 
complacía en jugar con mis sentimfentos, con 
mis palabras afectuosas, con mis demostraciones 
de un amor inmenso, inquebrantable ? 

Me dominaba, me dominaba como á un perro 
fiel, con sus miradas, con las sobras de sus ca- 
ricias,. con sas promesas de corrección y con el 
eansancio que solía retenerla á mi lado una se- 
mana, un mes, hasta que, ya repuesta, sonriente, 
más hermosa que antes, más provocativa, más 
sensual y más serpiente que mujer, se cseurría 
de mis manos. 

Era la fatalidad que la empujaba por la pen- 
diente: hay seres que no pueden contencrse, que 
no pueden dominarse; una fuerza Irresistible 
los lanza adelante y van en derechura al delito; 
inconscientes, ciegos, irresponsables tal vez de 
sus actos, hijos de esa perturbación transitoria 
y frecuente que embarga su mente. 


— 23 — 


Así era csa infeliz que están destrozando en 
el anfiteatro. 

Cámbiele el nombre, invierta el sexo, substitu- 
ya una pasión por otra, colóquela en un ambiente 
propicio, y tendrá esa larga seric de seres anó- 
malos, originales, depravados, delincuentes y 
desgraciados. 

Esa mujer ha tenido sus facetas brillantes, no 
era todo lodo; tenía sus arranques buenos, sus 
días de arrepentimiento, de lágrimas, sus súpli- 
cas de perdón y sus propósitos de enmienda, 
esos sentimientos hacía el bien, esas tendencias 
fugaces de reparación, esos momentos lúcidos 
en los que veía por delante el abismo cada vez 
más ahondado que ella misma cavaba á sus pies. 
Solía estremecerse y volvía hacia mí con los 
brazos tendidos, con los ojos azorados y lloro- 
sos, con las facciones alteradas por el miedo, y 
entonces me pedía protección, jurándome que 
no volvería á las andadas, que haría una vida 
ejemplar. Últimamente, ya no le erecí; estaba 
muy acostumbrado á oírla en csos arranques, 
que en el fondo eran sinceros y partían de la 
eonvicción profunda de que debía cambiar de 
rumbo, pero que se desvanecian cuando cesaba 
la exaltación del momento. 

Esa mujer joven, toda nervios, podía haber 
sido artista; se apasionaba por todo lo bello, lo 
grande, lo heroico; había conseguido instruirla, 
le hacía leer los pasajes más conmovedores de 
log pocos libros que tengo en mi biblioteca, le- 
vantaba en su alma sentimientos puros de reli- 


— 2 — 


giosidad hasta el misticismo; me hice poeta para 
tocar la cuerda sensible de su corazón de niña; 
le hice entrever un mundo de bellezas en la paz 
del hogar, en la tranquilidad de la familia; todo 
en vano: ni la religión, ni el arte, ni la felicidad 
tenían para ella atractivos duraderos; estos sen- 
timientos pasaban por su corazón y por su cere- 
bro como ráfagas, sin dejar huella y sin modi- 
ficar en nada la pasta maldita de que estab 

hecha. e 

Era adorable en esos momentos de reflexiva 
mansedumbre y cuando anhelaba volver sobre 
sus pasos para recuperar el tiempo perdido y 
emplear la fuerza de voluntad de que disponía 
en escuchar la voz de la razón. 

Pero cuando la dominaba la pasión y ella se 
entregaba dócil al demonio del mal, era detesta- 
ble, cbria, vulgar, ladrona, impúdica, provocati- 
va; hubicra llegado hasta manchar sus manos 
con sangre si la fatalidad hubiese puesto en 
frente de ella un rival ó un ser cualquiera que 
odiase. | 

¡Qué cúmulo de pasiones bastardas se amon- 
tonaban como nubes siniestras en ese horizonte 
brillante un minuto antes! Fra como si le diese 
el mal: me desconocía, me insultaba, me repro- 
chaba mi pobreza, mi carrera abandonada, mi 
negligencia para el trabajo, la humildad de sus 
ropas, la estrechez de nuestro: medios de vida, 
la existencia retraída que licvaba, y, como un 
animal dañino que se complace en destrozarlo 
todo, así destrozaba una por una las ilusiones 


— 205 — 


que me había hecho concebir. Era implacable, 
ingrata, malvada, su scr se transformaba: ergui- 
da, pálida, desencajada, centellcando los ojos, 
con los puños crispados y acercándolos con mo- 
vimientos nerviosos á mi rostro, me arrojaba á 
la cara todas las infamias que profería su len- 
gua de demente. Luego, huía rápidamente, y 
durante una temporada; sabía que iba á envile- 
cerse, á prostituírse, á cubrirse de raso, de jo- 
yas que desgarraba y pisoteaba cuando volvía 
en sí de ese rapto de aberración. 

Consulté á varios médicos. Uno de ellos ami- 
go de la infancia, que me tenía cariño sincero 
y que más de una vez me había tironcado, in- 
erepándome la negligencia con que miraba mi 
posición, no tuvo más respuesta que la de su 
afecto: es loca, histérica y corrompida, échala 
de tu casa y que siga su camino de perdición; 
tus esfuerzos son palos dados en el agua. Me 
trató duramente, y cuando me oyó expresar en 
términos bondadosos para sus veleidades y mi- 
serias, me miró azorado, con lástima, y tal vez 
con desprecio. ¡Qué dirán las gentes ! —agregó 
y me dió la espalda. Yo me encogí de hombros 
y quedamos á mano. 

Había abandonado por ella mi familia, mis 
amigos, mi carrera, todo, todo lo había sacrifi- 
cado. Era un soñador; solo, desamparado, no 
tenía otro ser con quien vincularme: ya no me 
llamaba hacia esa mujer el atractivo sensual, no 
sentía la irritación embrutecedora de la carne; 
no, esa alma extraña, enferma, original, desgra- 


— 206 — 


ciada, me tenía constantemente en jaque. Era 
natural que fuese mala, perversa, degradada; 
¡Cómo podía ser de otra manera, si su organis- 
mo estaba conformado así; pero yo debía sal- 
varme: quería abandonarla y hacer un esfuerzo 
para volver á la superficie social, de donde ha- 
bía desaparecido; mi resolución venía tarde; ya 
no tenía aliento; caído en el fondo, pasaba obs- 
curo, desconocido, feliz con este incógnito que 
me deja arrastrar tranquilamente una existencia 
que ya me repugna. 

No sé hacer nada, no puedo ocuparme en 
nada: soy un hombre inútil. Una vez recogí 
mis libros y mis programas de estudio, intenté 
dar un examen, fuí á la Universidad regular- 
mente preparado, pero aquel recinto, lleno de 
juventud, de alegria, de bullicio, de savia y de 
porvenir, se volvía hacia mí protestando; me 
rechazaba como á un ingrato, como á un hijo 
pródigo que vuelve al hogar con hambre pero 
no contrito. Todo lo encontré extraño, las caras 
de los compañeros me parecían más satisfechas, 
más alegres más desdeñosas para mi incuria, 
para mi pobreza; hice esfuerzos supremos por 
reucelonar; mi primera impresión fué huir co- 
mo un criminal, estaba humillado, confundido; 
hice ánimo y penetré en la sala de examen; llegó 
mi turno, y con toda la estupidez de un idiota, 
no supe qué decir ni qué contestar; salí des- 
esperado, enfermo abochornado; me parecía que 
todas las risas, que todos los rumores, que to- 
das las pullas de los estudiantes, eran dirigidos 


— 207 — 


á mí. En la puerta encontré algunos compañe- 
ros que se sorprendieron de verme. 

Quisicron detenerme, estrecharme la mano, 
preguntarme algo de mi vida, de mi auscnoia, 
de mi estado miserable, que debió sorprender 
los; los esquivé con toda descortesía y enfilú 
la calle como un hombre perseguico por la jus- 
tisia. 

Y, sin embargo, no sentía remordimiento; no 
me creía culpable, tenía un objetivo elevado, me 
había impuesto una misión, quería redimir á 
esa mujer á costa de mi propio sacrificio, sentía 
por ella amor y rabia, me había propuesto Ju- 
ehar con la fatalidad que me la arrebataba, que 
la transformaba como una pasta dócil, pero al 
fin caí vencido; era un imposible, una fantasía 
superior á mis fuerzas: era enderezar una planta 
que crecía torcida. 

Un día, cuando estaba más insoportable con 
sus agresiones, cuando ya había agotado todos 
mis esfuerzos, toda mi lógica persuasiva, toda 
mi ternura, que en los momentos buenos la 
conmovía hasta hacerle llorar, y cuando lieguú 
á persuadirme de que todos mis esfuerzos eran 
inútiles y de que no harían más que agrandar 
la mancha que me había arrojado encima, la 
abandoné con la firme resolución de no verla 
más. 

Mi cariño por ella no había menguado. ¡0Olh, 
cuánto hubiera pagado por que fuese buena, 
afectuosa, y hubiese correspondido á mi sacri- 
ficioi 


— 208 — 


+ Hace de esto pocos meses. La hs visto en 
diversas circunstancias, la he seguido, la he es- 
piado, y he podido comprender que, si no se 
había corregido, había cambiado de manera de 
ser; pasó un mes sin que la viera y al leer una 
mañana en un diario la noticia de que se había 
suicidado una joven, tuve la sospecha de que 
fuera ella, por las señas, que coincidían per- 
fectamente: su edad, su posición y algunos otros 
rasgos. 

La suicida, —agregaba el diario,—ha sido lle- 
vada moribunda al hospital de Mujeres. Puse 
en práctica todas las diligencias posibles para 
verla, pero mi esfuerzo fué inútil :. llegué tarde; 
muerta, su cadáver había sido transportado al 
hospital de hombres para servir á la clase de 
anatomía. 

Mis presentimientos se realizaron; la infeliz 
se había suicidado, había cumplido su designio 
fatal, del que tantas veces la alejara mi mano 
que velaba sobre ella. 

Muchas veces me he preguntado, qué son esos 
seres que, cual ella, cruzan la vida como incons- 
cientes, que van á estrellarse contra el primer 
escollo, sin rumbo, sin concepto definido, sin 
saber á qué atenerse y sin poder deliberar lo 
que harán mañana; seres que dan todo lo bueno 
y todo lo malo con'una prodigalidad vitupera- 
ble, que tienden la mano al caído para soco- 
rrerlo, para ayudarle, para enjugar sus lágri- 
mas, y con la misma mano generosa, noble, 
caritativa, borran log rasgos más simpáticos 


— 9 — 


para hacerse culpables, odiosos y muchas veces 
criminales. 

En esos cerebros así conformados hay un 
germen del mal en estado latente, que alcanza 
á atenuar la influencia social y la educación; 
pero que, en definitiva, hace sus estragos cuando 
la ocasión es propicia: falta el sentido moral, 
falta el equilibrio, falta en el cerebro la cámara 
obscura donde se reflejan las imágenes reales 
que dan la medida de los actos, de las delibe- 
raciones, con la conciencia plena de las impre- 
siones recibidas: son los ciegos morales que 
tropiezan á cada instante. 


Después de esta larga ON, interrumpida 
de trecho en trecho por observaciones y recuer- 
dos, el infeliz se levantó, nos tendió la mano y 
nos dijo: 

—Mi misión está concluída; yo no he podido 
hacer más por ella; esa mujer ha salido del 
caos; no conocí á su familia; la recogí de la 
calle mezclada con barro; quise darle techo, 
abrigo, pan y un nombre, pero ella prefirió val- 
ver al fango de donde había salido. 

Era su destino. 


— 20 — 


EL ÚNICO HAMBRIENTO 


La calle Florida tenía un aspecto brillante: el 
movimiento, cl lujo, la ostentación de las cosas 
y de las gentes, el vaivén de los pascantes, de 
los desocupados, de los mirones. 

Á lo largo de las aceras corrían las filas de 
mujeres hermosas, vestidas lujosamente, tal vez 
con lujo demasiado ruidoso para salpicarlo en 
las calles desasecadas; grupos de niñas bellísi- 
mas, alegres, frescas, bulliciosas, que conversa- 
ban fuerte, dirigiéndose saludos cariñosos de 
vereda á vereda, como podrían hacerlo en un 
salón; cortesías correspondidas bien óÓ mal á 
los gomosos, que hacen la moda de los saludos 
y de las piruetas; cuchicheos mezclados de ri- 
sas y de indirectas picantes, miradas perdidas, 
apagadas, rescatadas con sonrisas significativas; 
la correspondencia en la calle de los que se en- 
tienden en la casa, en la hora de visita, y que 
no pueden decirse todo lo que quisieran por 
temor de los que ven y lo adivinan... 

Corrillos de empleados que han pasado la 
piedra pómez y el cepillo áspero para borrar la 
huela de la tinta de sus dedos afilados, lustro- 
sos, cuidados con esmero; ticsos, cepillados, 


— 211 — 


ajustados á la moda rigurosa, como una llave 
de precisión, con su bouquet en el ojal, sus bi.-. 
gotes doblados como cuernos y encerados con 
cosmético perfumado. — 

Grupos esparcidos en las esquinas, intercep- 
tando el paso, haciendo crónica de bailes, de 
teatros, fiablando de la Patti, de Tamagno, de 
Stagno, de todas esas celebridades del arte, que 
seducen, que entusiasman con sus notas, y que 
tal vez se admirarán de encontrarse reunidas en 
este gran centro, habiendo oído decir por allá que 
todavía bailamos en camisa al lado del fogón. 

La calle Florida presentaba el aspecto de un 
salón inmenso, al descubierto, al aire libre; to- 
dos los paseantes hablaban fuerte, sin reposo, 
sin afectación; nuevos grupos se incorporaban 
á los ya instalados, y como si alguna noticia 
extraña, inusitada, hubiese producido alarma, no 
se oía más que exclamaciones de sorpresa, de 
disgusto. Algunos se desprendían de la rueda 
y tomaban la calle por su cuenta, sin reparar 
en las señoras y en las niñas que habían venido 
desde media cuadra dando la última mano á un 
saludo especial y de circunstancias; otros atro- 
pellaban sin miramiento al primero que se le 
cruzaba al paso, y sin pedir disculpa ni darse 
por entendido de las protestas del contuso, se- 
guían cabizhbajos su camino. 

La bulla, el movimiento, el cuchichco, las ri- 
sas, las exclamaciones de sorpresa, las despeai- 
das estrepitosas, efusivas y de pésame, hacían 
coro al ruida de carros, carruajes y tranvías 


— 212 — 


que cruzaban en distintas direcciones la cestre- 
cha calle. 

Aquello parecía un corso: larga fila de ca- 

rruajes lujosos tirados por caballos de raza, al- 
gunos improvisados, salidos ayer del caos de la 
fortuna, arrastrando á sus felices dueños repan- 
tigados en sus asientos, como si toda la vida 
hubieran gozado de la bicnaventuranza; otros 
revelando á los primeros su alcurnia, sus gene- 
raciones de carricoches y de antepasados reti- 
rados á la vida del campo con sus remiendos y 
achaques. 
Las vidrieras de las casas de negocio osten- 
taban sus mejores objetos, como para aguzar la 
codicia de poseerlos y sublevar los bolsillos del 
transeúnte. 

Había en un escaparate adornado como un 
altar, un puñado de brillantes sueltos, sin en- 
garce, apiñados, transmitiéndose el brillo; pie- 
dras riquísimas, de gran valor, que parecían 
moverse, tiritando, como salidas de un baño. 
Al verlas así, movedizas por la refracción chis- 
peante de los rayos de luz que se quebraban 
en sus facetas, se las crecría animadas como 
pescadillos saltoncs. Un curioso que las con- 
templaba con avidez, decía sotto voce: da ganas 
de comerlas. Tal vez esos apetitos de Cleo- 
patra aguzaban más su bolsillo que su estó- 
mago. 

Largas cadenas de perlas, haciendo guirnaldas 
en sus estuches de peluche, deslustradas, mo- 
destas, adheridas, como clavadas á un zafiro de 


— 213 — 


gran tamaño, parecían desprendidas de un tur- 
bante y pucstas allí para buscar el seno tur- 
gente que debía ostentarlas, como el pie de la 
cenicienta con el zapato de oro. 

En seguida, la larga serie de joyas de bueno 
Ó pésimo gusto, salpicadas de trecho en trecho 
por objetos de arte. 

Más allá, los tejidos, los brocados, los mue- 
bles de gran valor, lo que cuesta un ojo de la 
cara y parece esperar con impaciencia que lo 
rescaten de la exhibición: estatuas, bustos, bron- 
ces, cerámica; el bazar continuo que todos cono- 
cemos, que hemos visto cien veces, y en el que 
buscamos instintivamente, al pasar, un objeto 
nuevo para recrear la vista. 

Todo cse cúmulo de chucherías y de cosas 
inútiles, con su cachet aristocrático y la posición 
mágica con que están colocadas para herir me- 
jor la retina y cl bolsillo del pascante. 

La concurrencia se había hecho inmensa: por 
momentos había que detenerse, porque se hacía 
difícil el tránsito; las conversaciones eran más 
animadas y por todas partes no se oía más que 
hablar del ruidoso descalabro de la Bolsa. 

Era la noticia de última hora que había lle- 
gado á la calle Florida como el preludio de una 
catástrofe agigantada por el miedo ó por el 
arrepentimiento de los que habían expuesto su 
caudal, su crédito y tal vez su pan de cada día, 
en la ruleta disimulada. 


En una ql se habra formado un corrillo 


A e 


democrático alrededor de dos criaturas peque- 
ñas y harapientas que hacían gemir dos violi- 
nes, sacando algunas notas de Caramelo, entro 
los sonidos desacordes de sus cuerdas, chillonas 
como un vidrio raspado con un clavo. 

Dos pequeños inmigrantes, venidos de quién 
sabe donde, tal vez de vuelta de una jira por 
el mundo, en busca de fortuna y de las caricias 
que les niega su hogar errante. 

Recibían en ese momento una ovación de - 
aplausos y de centavos, que les arrojaban ge- 
nerosamente los que se delcitaban con la escena, 
generosidad correspondida con una canción po- 
pular que entonaban con voz aguda, y con acom- 
pañamiento de violín y de silbidos de los mu- 
chachos vendedores de diarios, que miraban á 
los artistas callejeros como colegas. La pequeña 
tiple podía contar á lo sumo nueve años, pare- 
cía una viejecita con su vestido largo, su delan- 
tal hasta el suelo, su pañuelo arrollado sobre el 
pecho y atado atrás sobre las caderas; flacucha, 
despeinada, de facciones acentuadas, ojos vivos, 
erandes, inteligentes, comprimía contra el pe- 
cho su violín como á una criatura que se aca- 
ricia para que no llore. 

Su acompañante no tenía más edad que eilas 
un muchachito movedizo, despejado con cierto 
aire de audacia provocativa, dibujada en los ras- 
gos de su fisonomía picaresca; bailaba dentro 
de su ropa más que holtrada, y tan pronto hze 
cía mover rápidamente el arco del violín, como 
atrapaba en el aire una moneda de cobre que 


— 215 — 


sin mirarla sepultaba en su bolsillo, conociendo 
por el tacto su valor. 

Cuando vemos estas pobres criaturas, huérfa- 
nas de afectos y de enseñanza, rodando por las 
calles como pájaros sin nido, viviendo de sus 
propios recursos y obedeciendo tal vez á las 
amenazas y á la maldad de sus padres ó de sus 
dueños, y que llevan dibujada en el rostro la 
precocidad maliciosa de los que han aprendido 
lo malo en la materialidad brutal de las escenas 
que no han podido esquivar, recordamos esas 
crónicas que hiclan el alma y en las que las 
víctimas han sido precisamente esos pobres pa- 
rias, sacrificados á todas las crueldades y á todas 
las aberraciones del bajo fondo humano. 

Su canto, sus alegrías, sus movimientos, su 
indiferencia, su edad, todo esto, muy propio pa- 
ra disimular la realidad, nos aleja, al contem- 
plarlas, de reflexiones amargas sobre su situa- 
ción y sobre su porvenir. 

Algunas vidrieras empezaban á iluminarse con 
los focos brillantes de las lamparillas eléctricas, 
que ponían de relieve la inferioridad de los me- 
cheros de gas con su luz triste y amarillenta. 

La tarde empezaba á despedirse perezosamen- 
te; la neblina avanzaba por las calles como una 
gran bocanada de aliento; el viento molesto, 
frío y húmedo, daba la señal de retirada. 

En medio de aquel vocerío, de aquella bulla 
confusa y animada, de aquel vaivén de personas 
y de vehiculos, vimos pasar rápidamente la íi- 


— 216 — 


gura escuálida de aquel personaje romuncesco 
que encontráramos en la universidad y en el an- 
fiteatro. ] 

Caminaba á grandes trancos, haciendo balan- 
cear sus brazos como para no perder el equili- 
brio, parábase de trecho en trecho, echaba una 
mirada á una vidriera, se quedaba como absor- 
to, con la vista fija en los objetos puestos 
en exhibición en alguna de ellas, sirviendo de 
estorbo inconsciente á los paseantes, que lo em- 
pujaban, lo codeaban, y hasta alguno, mal hu- 
morado por el encuentro, le dirigía pullas que 
él escuchaba con la indiferencia del que desafía 
el enojo ajeno contra su propio fastidio. 

Visto así de atrás: alto, más flaco, con su pes- 
cuezo de cigiieña saliendo de su levitón deste- 
ñido como empujado por los omoplatos, gran- 
des, chatos, dibujados sobre la tela como un 
cliché. 

Cubría su cabeza un sombrero alto de felpa, 
espeluznado en distintos puntos, viejo, con las 
alas recortadas y ribeteadas con desgarbo; aquel 
sombrero, medio cubierto por una tela de me- 
rino, arrugada y cosida atrás con una hilera de 
cuentitas de vidrio, era suficiente para caracte- 
rizar el gusto, la despreocupación financiera del 
dueño. 

Estaba de luto, tal vez cn memoria piadosa 
de aquella desalmada que lo había hundido en 
la miseria, que lo había segregado de la socie- 
dad y que le hacía caminar por las aceras como 
un escarabajo, 


— 217 — 


E! infeliz tenía una cara desolada; le había 
crecido la barba y el cabello con el desaliño de 
la miseria y del abandono; las huellas de. un 
gran padecimiento moral estaban impresas en 
sus miradas vagas, tristes, sin expresión; la es- . 
casez, el hambre tal vez, se pintaban en la fla- 
cura y en la palidez amarillenta de sus carnes. 

Ira un contraste ver aquel hombre joven, 
educado, con la preparación suficiente para la- 
brarse con el trabajo una posición social, con el 
aspecto mal disimulado de un pobre vergonzante, 
en medio de aquel bullicio, de aquella feria con- 
tinua del lujo, de la riqueza, de la distinción, 
empujado, desairado, mirado con desdén y me- 
nosprecio por los que pasaban á su lado, esqui- 
vado tal vez por los que fueron sus amigos y 
condiscípulos, y él, impasible, mal vestido, raído, 
con manchas en las ropas, mezcla de ridículo y 
de desprecio por las conveniencias sociales, in- 
diferente, enfermo, caído en el marasmo del 
abandono, suicidándose poco á poco tal vez por 
la anemia de un cerebro que funciona con un 
solo objetivo, con una sola aspiración: no hacer 
nada, ser inúti), caer en el fango poco á poco 
eomo un palo roto que el mar tira á la playa 
en una arcada de espuma y de resaca. 

Había perdido hasta su lado sentimental; ya 
no se sacrificaba por una pasión que le hacía 
olvidar todo, que se habia apoderado de su ju- 
ventud y de sus ilusiones; no tenía el mérito 
ni el heroísmo del que lucha con la miseria y 
del que preficre el amor á la ciencia, al tra- 


.— 218 — 


bajo; ya no tenía derecho á vivir como un 
buzo debajo de la capa social. 

Había franqueado los umbrales de la edad seria 
y no podía impunemente salir á la calle á os- 
- tentar sus miserias y sus trapos sin sentirse 
culpable. La lucha del trabajo era tan noble y 
tan elevada como la que había gastado sus me- 
jores fuerzas y su savia cuando abandonó la 
universidad para entregarse á los caprichos de 
una mujer. 

Todo el mundo trabajaba, todo el mundo se 
enriquecía, por todas partes veía palpitar el pro- 
greso, el bienestar. 

La ciudad se había transformado en diez años, 
Si durante cese tiempo hubiese estado ausente, 
al volver, habría abierto la boca hasta las fau- 
ces con el asombro del débil que ve un prodi- 
gio en cada adelanto. 

¿Cuál había sido su vida? ¿Qué había hecho? 
Sus ropas y su aspecto lo decían claramente. 

Había tenido que cambiar de domicilio y de 
barrio varias veces; unas, porque los alquileres 
se le amontonaban como cnemigos y lo espera- 
ban á fin de mes con una garra de hierro; otras, 
porque le cchaban abajo la casa para edificar. 

Estaba en un continuo vértigo; un día de 
asombro, otro de disgusto, y así iba rodando, 
hasta que tuvo que abandonar el centro y arrin- 
conarse en los suburbios. Allí mismo no le 
dejaron tranquilo, los huecos se llenaron, casas 
y palacios se habían improvisado en pocos me- 


0 


ses, y la soledad, el silencio, el bienestar que 
podía disfrutar, eran transitorios; los suburbios 
desaparecían, la ciudad iba avanzando alegre, 
elegante, con sus calles abiertas, adoquinadas y 
el ruido, el bullicio, de que era su mortal ene- 
migo, le tocaba una nueva retirada. 

Era un inservible; su cerebro empezaba á 
atrofiarse en la inacción, - quiso volver á sus li- 
bros, la ciencia de su tiempo había envejecido; 
nuevos descubrimientos, nuevos adelantos, le po- 
nían en el caso de renunciar á su empresa; la 
literatura, sus versos, sus versos mal .rimados 
que figuraban en las gacetillas como intrusos, 
no le despertaban. ya los entusiasmos que había 
acariciado en su imaginación de estudiante; el 
estro no se presentaba á calentar su imagina- 
eión y lo dejaba con los codos apoyados sobre 
la mesa, como un espiritista que no ve llegar 
su evocación. Su inteligencia se había derrum- 
bado como se había derrumbado su organismo. 
Hojcó varias veces sus papeles y se encontró 
con una novela empezada: la leyó y la encontró 
estúpida; sus personajes cra gentuza Ó tipos 
triviales que sólo hahrían servido para formar 
un romance de pacotilla sin ideales y sin objeto. 

Recordó haber escrito un drama: uno de los 
protagonistas era un infeliz, á quien su mujer 
hacía zancadillas; él la quería de buena fc, co- 
mo saben hacerse querer todas las mujeres de 
los dramas. me 

No estaba tan mal, se dijo para sí, el pasaje 
aquel en que muere fulana arrepentida y per- 


donada; estaba regular, cra conmovedor, una 
generosidad cicatera: perdonar porque se mue- 
re. In fin, buscó y rcbuscó su manuscrito y 
sólo pudo encontrar algunos fragmentos en una 
mesa, donde Jos ratones habían hecho una es- 
pecie de inclusa. 

Su cerebro, debilitado por los ayunos y por 
las cavilaciones que lo torturaban continuamente, 
le hacía padecer de largos insomnios, en los que 
daba rienda suelta á formar castillos en el aire, 
propósitos de estudio, de trabajo, reflexiones é 
inculpaciones amargas sobre cl tiempo perdido, 
programas fabulosos cuya realización le tracría 
un mar de oro, en el que alguna vez podría 
hundir sus manos, acostumbradas á acariciar las 
sobras de centavos y papeles mugrientos, que 
solía ganar en trabajos mezquinos y que le pro- 
ducían apenas para saciar tres días á la semana 
un hambre guardada durante tantos años; cra 
avaro sin tener nada, avaro por miseria, por 
escasez; á veces, hacía sonar los centavos cn 
sus bolsillos para experimentar una impresión 
voluptuosa, naciente en su sistema nervioso de 
neurótico y de hambriento. Cuando soñaba con 
la riqueza, deseaba tener un colchón de oro don- 
de revolcarse como un perro y gozar hasta el 
desmayo con el cosquilleo del metal precioso. 

En csas largas noches de insomnio y de frío, 
se tendía sobre su cama en la actitud de un 
mucrto; cruzaba sus largos brazos sobre el pe- 
cho, detenía su respiración ruidosa, abría des- 
mesuradamente los ojos en las tinieblas y pro- 


— 221 — 


curaba percibir la forma de los objetos que 
tenía á su alrededor; á veces le parccía que 
todo aquello se movía lentamente y avanzaba 
hasta él con aire de reproche y de amenaza; 
figuras cxtrañas de hombres y de animales se 
dibujaban en las paredes, donde se había caído 
el revoque. Esos manchones negros, huecos, 
que tomaban en la penumbra de la vivienda-las 
formas más caprichosas, los miraba fijamente 
- y se pintaban después en su retina, en forma 
de cabezas monstruosas, que le daban calofríos 
como á un niño. 

Otras veces hacía desfilar ante sus ojos la 
figura de sus amigos y condiscípulos; todos 
ellos habían adquirido una posición social con 
su trabajo, con su talento, con su aspiración. 
¡Es tan fácil adquirirla! 

Médicos, abogados, ingenieros, ministros, di- 
putados, comerciantes, todos ellos estaban en la 
cúspide de una montaña que él miraba desde 
la llanura, como un pigmeo, y no se sentía ya 
con fuerzas suficientes para emprender el viaje 
en la huella escabrosa que otros habían salvado 
airosamente. Veía sin envidia, sin prevención, 
el bienestar en los demás; hasta los más inser- 
vibles habían ascendido; lo que les negara el 
talento se los concedió la fortuna; pero al fin, 
á fuerza de luchar, á fuerza de caer y levan- 
tarse, habían trepado. 

Él estaba allí desfallecido, pobre, olvidado, 
sin rumbo, sin saber qué hacer, sin recursos. 
Estaba de más, y si alguna vez su desaliento 


— 222 — 


lo ponía en el colmo del abatimiento, no eneon- 
traba ni objeto á su existencia; pensaba cen el 
suicidio, y aun este recurso supremo de los que 
creen haberlo perdido todo y buscan en el ol- 
vido un consuelo á su egoísmo, le parecía que 
le negaba sus dercchos. ¿Qué grandes dolores 
había sufrido? ¿qué contrariedades intensas, de 
esas que laceran cl alma en lo más íntimo y á 
fuerza de gravitar sobre los espíritus apocados 
acaban por hora «w la piedra como la gota de 
agua? No había constituído un hogar, no había 
perdido ninguno de eses seres queridos que al 
desaparecer desgarran las fibras más sensibles; 
no había sido padre; había vivido como un pa- 
rásito, soñando constantemente y viendo pasar 
los días y los mcses con la indiferencia del que 
á nada aspira ó del que aspira á cosas imposi- 
bles; no era digno del suicidio, y aunque tu- 
viese valor para poner en práctica una resolu- 
ción heroica, su conciencia se revelaba contra 
sus propósitos y lo volvía á la id de su 
impotencia. 

Me moriré de hambre, solía exclamar en el 
silencio de la noche, interrumpiendo por un mo- 
mento la ilación de sus ideas, pero este gé- 
nero de muerte le parecía largo, fastidioso y 
tal vez no consiguicse su objeto; se había acos- 
tumbrado, como los fakires, á los largos ayu- 
nos y tal vez podría pasarse mucho tiempo sin 
comer. 

Pensaba en la política, en la política del día; 
sentía no haberse afiliado á un partido cual- 


Ñ — 283 - 


quiera; él consideraba eso como una masoncría, 
en la que todos son hermanos para ayudarse; 
muchos de sus amigos debían todo lo que eran 
á sus vinculaciones políticas. Habían empezado 
su caudal en esa carrera, y á fuerza de tesón y 
de habilidad habían obtenido lo que él jamás se 
habría imaginado. 

Cuando se acordaba de algunos, más pobres 
que él, y que comparaba á los ratones que le 
habían devorado su drama, y los veía muy ufa- 
nos, echando atrás la solapa y pasando á su 
lado con aire satisfecho, encontraba todavía una 
sonrisa en sus facciones desencajadas. Algunas 
veces eran cxclamaciones de sorpresa, y, como 
si los tuviese por delante, levantaba en la obs- 
curidad de la noche su brazo largo y flaco 
“como una espada, para decir: tú, tú, en esa po- 
sición... y luego añadía: yo debo estar loco ó 
ser muy desgraciado. 

En el fondo, debemos hacerle justicia, sin em- 
bargo; él no había alargado su mano para pe- 
dir, su espina dorsal estaba intacta, tiesa, rígida, 
y en su frente de pobre, de desgraciado, de 
paria, tenía un poco de altivez que no había 
enajenado. | 

Luego, miraba á la sociedad desde su cueva, 
sin las pretensiones de un Diógenes; él no exi- 
gía nada, no pedía nada, no cra pesimista, mi- 
raba el conjunto y le parecía bueno, no tenía 
por qué quejarse ni hacer reproches, y su filo- 
sofía brotaba de su estómago; aspiraba á muy 
poco, no había podido seguir su carrera, no te- 


AL 


nia preparación para producir algo que valiese 
la pena de ser hojeado, no acataba tampoco en 
su soberbia de pobre lo que otros lanzaban con 
petulancia á la circulación diaria come mues- 
tras de talento; levantaba luego sus puños, com- 
primiéndolos fuertemente, y se decía á sí de 
improviso: aun soy fuerte, puedo trabajar, pue- 
do conseguir dinero y tener lo que otros han 
conseguido: una posición holgada; lo demás, 
vendrá á su turno. El problema se reducía para 
él á sacar una mano, á asirse de un dedo, á 
puner un pie, y luego daría cl salto; segura- 
mente acertaría en el golpe. Iba refinando su 
cálculo, sutilizando sus medios de acción, ju- 
gando una partida de ajedrez con los escasos 
elementos de que pedía disponer. 

Y así, cavilando, pensando y haciendo cálcu- 
los y signos cabalísticos en el aire, esperaba 
el sueño que calmase su sistema nervioso exal- 
tado. 

Una mañana se despertó más lo niprano que 
de costumbre; abrió los ojos, y un signo mar- 
cado de disgusto y abatimiento se pintó en su 
fisonomía; estaba delante de la realidad, él, que 
durante cuatro Óó cinco horas se había visto 
transportado por la fortuna en alas de una posi- 
ción que sólo podía realizar en el sueño. 

Sus trastos viejos, abandonados, parecían mo- 
farse de su engañosa situación: miraba alterna- 
tivamente á un armario abierto de par en par, 
como una casa saqueada, y un escritorio de 


— 225 — 


eaoba, deschapado y polvoriento, que soportaba 
de mala gana una pila de libros, de diarios, de 
manuscritos entremezclados con mendrugos de 
pan y cortezas de frutas secas; luego, á las pa- 
redes, de donde habían emigrado algunos cua- 
dros de regular mérito. 

Quedaban los hilos colgados de clavos herrum- 
brados, por donde trepaban las arañas para es- 
calar sus cuevas. Se levantó rápidamente y 
en un rasgo de desesperación le dió tentación 
de prender fuego á la casa; aquella miseria, 
aquel abandono, aquella mugre, lo ahogaban, ya 
no podía vivir en ese ambiente; su origen, sus 
antecedentes, el bienestar de que antes había 
disfrutado, le tironeaban el deseo de algo mejor. 

En un movimiento brusco hizo rodar por el 
suelo una pila de libros; uno de ellos, desen- 
cuadernado, amarillento, con anotaciones gara- 
bateadas en las hojas, quedó abierto de par en 
par en el suelo, luciendo una curva como un 
vientre y en el que había un verdadero tatuage 
de líneas y trazados; ese librajo era su enemigo 
más implacable, el que había conseguido ulti- 
mar su carrera con un golpe de gracia, un libro 
de física, que, á fuerza de ser manoseado en un 
determinado capítulo — el libro lo hacía de por 
si—bastaba tirarlo al suelo para que aquella 
página funesta que se ocupaba de los imanes, 
quedase en exhibición. Cuando se inclinó y se 
encontró con aquel capítulo ante sus ojos, toda 
gu sangre anémica se le subió á los pómulos, 
se acordó de la rechifla de la universidad y de 

Vol. 100 8 


- 


— 226 — 


la huida en el día de examen, y como si aquel 
libro fuera sensible á su enojo y á sus recuer- - 
dos, le dió un puntapié que le hizo rodar á un 
rincón, luego recogió piadosamente un código 
que le habían regalado cuando aun tuvo espe- 
ranza de seguir su carrera, lo abrió con curio- 
sidad, leyó dos ó tres artículos y en seguida 
pensó que aquello se habría acomodado muy 
bien con sus ideas: habría sido un magistrado 
honrado, y modificó un poco sus pensamientos 
con respecto á la justicia, que había siempre 
considerado como un laberinto de embrollas. 
Smiles había caído también sobre el enladri- 
llado del pavimento: lo recogió, sacudió cuida- 
dosamente el polvo de sus hojas y lo colocó de 
nuevo sobre el escritorio: muy tien escrito, 
dijo pausadamente, tiene mucha razón Smiles, 
los ejemplos que encierra son de un valor in- 
comparable, pero es poco práctico para nosotros, 
para nuestra sociedad nueva y de carácter di- 
verso de la que él nos pinta; jamás podré yo 
realizar los ideales y los prodigios que él nos 
hace ver; es preciso tener una colectividad y 
un individuo tallado en el molde de sus perso- 
najes; todo está muy bueno, el carácter, el de- 
ber, el añtorro, pero, ¡ah! la ayuda propia, y 
aquí se quedó meneando tristemente la cabeza. 
En ese momento se fijó que una hormiga lu- 
chaba con todas sus fuerzas por levantar del 
escritorio un pedazo de corteza de nuez, y que 
otra, cargada con igual materia, se arrastraba 
bamboleándose hasta el borde de la mesa para 


— 227 — 


Mevar ufana su hallazgo. Esta lección, dada así 
de' improviso, con toda elocuencia de un hecho 
tantas veces admirado y tomado como ejemplo 
de trabajo, de perseverancia, de paciencia, le 
hizo abochornar... Meneó de nuevo la cabeza y 
dijo con acento de reproche: Smiles tiene razón, 
soy un necio. 

En el derrumbe de libros y folletos había 
caído también Zola; los mejores representantes 
de su ingenio original estaban en el suelo: 
Y Assommotr y Nana, comprados en un monte- 
pío de libros viejos, esparcian á su alrededor 
esa atmósfera acre y malsana que impregna el 
papel manoseado como el aliento de los ebrios 
que se tambaleaban en sus páginas. 

Recogió á Nana y estuvo hojeándola pacien- 
temente; deteníase de vez en cuando para ex- 
clamar: ¡oh! estupendo, qué estilo, qué belleza, 
qué naturalidad, qué filosofía amarga y posl- 
tiva! Al llegar al último párrafo, pareció estwe- 
mecerse, dejó caer el libro como si hubiese to- 
cado la mano temblorosa y cubierta de pústulas 
de viruela de la infeliz Nana. Luego, dijo entre 
dientes: á Berlín, á Berlín, y haciendo un gesto 
añadió: quizá. 

Tomó en seguida ¿'dssommotr y se sentó, 
cruzando sus canillas, en un sillón medio de- 
rrengado que hacía los honores del mobiliario 
abigarrado de la vivienda. 

Muchas veces se había deleitado leyendo esas 
páginas, conocía la historia de cada uno de sus 


— 228 — 


personajes, los había seguido en sus evolucio- 
nes y en las distintas fases de su vida, como si 
fueran antiguos camaradas; se había vinculado 
á su suerte por el parentesco de la miseria y 
de las ideas, tenía allí sus simpatías, sus renco- 
res, sus enemigos, y tan pronto se sentía <on- 
movido al leer la historia de Gervasia, buena, 
hacendosa, infatigable, como se indignaba por 
las brutalidades de su marido, que había caído 
del taller en la taberna y de la taberna en el hos- 
pital en las convulsiones estrepitosas del del?- 
riíum tremens. 

Odiaba á muerte á Lantier: ocioso, embus- 
tero, egoísta, con el refinamiento simulado de 
un animal felino que acecha pacientemente su 
presa; suave, reluciente, enmelado como una 
babosa, siempre sonriente, atento, lleno de chiste, 
haciéndose rogar con cierto aire de señor que 
le daba superioridad entre la turba de sus ami- 
gotes, y cierta preferencia mal disimulada entre 
las mujeres. 

Lantier era su pesadilla: cuando leía /'Assom- 
moir y aparecía el abominado personaje, solía 
doblar la hoja y exclamar: ¡eh! miserable, eres 
el más peligroso y el más malvado del gremio. 

Cuando llegaba á la escena de la entrada de 
Gervasia en casa de la Larilleaux, para darle 
parte de su casamiento en esa noche de verano 
sofocante, mientras la hermana del que iba á 
ser su esposa estaba ayudando á su marido en 
ese taller estrecho, sombrío, caldeado por el 
hornillo, nada le parecía más desolador que esa 


— 229 — 


miseria cubierta por el polvo de oro que sacaba 
Larilleaux al limar el engranaje de las cade- 
nas; mira á esos dos personajes trabajando 
como bestias, arremangados, sudorosos, despe- 
chugados, calentando una marmita de patatas 
al lado de un crisol, lanzando miradas de des- 
confianza á Gervasia y mirando al suelo por el 
temor de que se le adhiriese algún desperdicio; 
groseros, huraños, fastidiados, jadeantes en un 
rincón de un quinto piso, haciendo lo posible 
para que Gervasia se fuese lo más pronto para 
no interrumpir su tarea que les importaba al- 
gunos céntimos. 

Esta es misería de buena ley, esta es calami- 
dad que aquí no se conoce, y cuando Gervasia, 
tímida y contrariada, abandonaba el tugurio de 
los que iban á ser sus cuñados y la veía en el 
bulevar, á donde la había seguido su imagina- 
ción, respiraba ampliamente, se pasaba su pa- 
ñuelo por la frente como si él también hubiese 
estado encerrado al lado del hornillo, y excla- 
maba: ¡gracias á Dios!, no cuesta tanto aquí el 
pan nuestro de cada día. 

El viejo Mouche se le presentaba como un 
perro sin dueño, cubierto de lanas sucias, enlo- 
dadas, que se arrastraba tanteando en la obscu- 
ridad con su mano larga, descarnada, venenosa, 
agitada por el temblor senil, á su cueva infecta 
debajo de la escalera. Este personaje, idiotiza- 
do por el alcohol y por el hambre, le producía 
calofríos... Para sus adentros solía decir: al- 
guna vez seré así. 


— 230 — 


Be había detenido un par de horas en la lee- 
tura de este libro. 

Su cabeza estaba llena de las escenas de 
P'Assommotr: toda una sociedad de obreros, de 
viciosos, de ebrios, desfilaba ante sus ojos: se 
había revuelto una capa social como un avis- 
pero:—su índole, sus tendencias, sus pasiones, 
sus vicios, estaban estrechamente eslabonados 
con sus recursos, todo era lógico; eran fautores 
naturales del capital que absorbe, del trabajo 
que despotiza, que gasta, que caldea al lado de 
la fragua, que agota que consume la carne hu- 
mana, machacándola diariamente en el yunque, 
haciendo brotar de los poros la savia vigorosa 
eomo las chispas brillantes de un hierro incan- 
descente. 

La usina, devorando en sus grandes bocas, 
lHenas de llamas, al obrero; el carbón infiltrán- 
dose en sus pulmones para destruir su trama 
delicada, y luesro un salario escatimado y que 
apenas alcanza para cubrir las primeras necesi- 
dades. 

La contribución de carne humana que se siente 
oprimida, sofocada, que se retuerce, que se agita 
y que estalla por último en las huelgas, en el 
alcoholismo y en la comuna. 

Del taller al hogar, la taberna como estación 
intermediaria, como una tregua engañadora, el 
embrutecimiento gradual por el vicio, desde el 
licor inocente que habitúa el paladar, que lo es- 
timula, hasta la hala rasa que se mezcla á la 
sangre, que se infiltra en los tejidos, que llesra 


— 2Wl — 


al eorazón para curtir sus válvulas, para estre- 
char sus orificios y romper su ritmo con las 
convulsiones angustiosas de una enfermedad 
incurable; el abotagamiento físico con las hincha- 
zones, las hidropesías, trasluciéndose en la cara, 
en la expresión, en la mirada, burlando la en- 
gañosa insistencia de ocultar el vicio con la 
placidez de la sonrisa de una fisonomía de 
idiota. 

Una enfermedad del corazón era para él una 
cosa horrible; había seguido paso á paso los 
estragos ocasionados por una dolencia de este 
género en uno de sus parientes, y recordaba 
perfectamente todo lo que había sufrido; lo veía 
en sus transformaciones sucesivas, y á medida 
que la enfermedad había hecho sus progresos, 
le parecía que aquel hombre se iba despojando 
de su cubierta exterior, de su fisonomía y de ex- 
presión, para quedar en el último período con- 
vertido en un organismo blanduzco, fofo, trans- 
parente, una especie de hombre de cera donde 
el dedo dejaba constantemente su huella al com- 
primirlo. | 

Había cerrado el libro y continuaba haciendo 
reflexiones sobre los diversos tópicos que había 
hojeado: esa larga fila de seres desgraciados, en- 
fermos, enviciados, abatidos por el trabajo, por 
las necesidades, sin estímulo, sin aspiraciones, 
sin más compensacion que un día de fiesta, 
legítimo para tomar un desqlite en el des- 
canso. 

Le pareció lúgubre, horrible, la existencia de 
esa gente sedienta de alcohol. 


— os — 


Y luego, el criterio de todós' ellos ajustado á 
su condición miserable: Sus ideas, "sus afeccio- 
nes, su familia, todo remojado en el vino, en las 
bebidas espirituosas. 

Su cerebro trastornado, da perdien- 
do sus facultades de dirigir el equilibrio de la 
máquina humana; las ' observaciones del carác- 
ter, la postración moral, la locura, el delito, el 
caos de la neurosis, transmitiéndose á la gene- 
ración para imprimirle el sello del origen in- 
sano. 

Esas cabezas delirantes, y esos seres envile- 
cidos, degradados, eran capaces de todas lás 
monstruosidades, de todos los trastornos s0- 
ciales. 

El manicomio y la cárcel los tomaba bajo su 
amparo; enfermos criminales, inconseientes, caían 
allí como acorralados por la sociedad que quiere 
vivir bien, tranquila, holgada, sin codearse con 
el peligro y sin escuchar el dolor. 

¡Ah! si tuviese talento—exclamó arrojando el 
libro sobre la mesa;—¡qué me importarían la 
fortuna, el bienestar, la opinión pública! todo 
sería pequeño á mi lado; cómo me levantaría 
por encima del nivel común; ¡qué pequeñas, 
qué frívolas serían para mí tantas cosas que 
hoy me preocupan: esa lucha, ese afán cons- 
tante por aspirar á lo mejor, esas emulaciones 
que marean la masa social y hacen germinar 
tantas miserias par lo que cabe en el puño de 
un niño! 

¡Qué bien me encontraría en un gabinete con 


— BB 


nus libros, predilectos, dando rienda suelía.á 
mis _Aspiraciones, á las tendencias de mi espí- 
ritn: qué feliz me despertaría, siendo útil á esta 
misma sociedad, Que no me conoce, Para la que 
paso inadvertido! 

¡Ah! esta os la misevía de allá, que abre sus 
siete fauces. con hambre insaciable, este es el 
pauperismo que clava su garra de buitre en el 
eorazón de aquella sociedad secular! 

Aquí, el único hambriento soy yo. 


: | TRANS FORMISMO 


Después de aquella lertura, su espíritu había 
sufrido ina especie de con a | 

Era la primera vez que la verdad se Gestace- 
ba de sus libros, surgiendo espontánea, y con 
formas perfectamente lneas. para irá gra- 
barse en su cerebro. 

No erañ ya romances lo que hojeaba por en- 
trotenimiento y para emplear en algo las largas 
horas de ocho que constituflan la mayor parte 
de sus días --romances que Jeía distraído, sin 
preocuparse de la inten:ión del autor,—persona- 
jes que seguía maquinalmente en la lectura, y 
que, á poco andar, perdía de vista en los capí- 
tulos que salteaba, estimulado por el desenlace 


— 234 — 


Los personajes con quienes se había entrete- 
nido, tenían un relieve real; le paresían conoci- 
dos y hasta encontró semejanza entre alguno 
de los que él había tratado y la runfla de 7 4s- 
sommotr. 

Por momentos iba á completar el cuadro; no 
le hubiera fattado mueho para codearse con eNos 
y formar parte de la comitiva. 

Cuando pensaba en esta circunstancia, en es- 
tos puntos de contacto, veía que era fácil supri- 
mir ciertas angulosidades de 4 ó B para decir: 
—ese soy yo en cuerpo y alma. Él, que iba ba- 
jando las gradas carcomidas del desquieio, sin 
la esperanza de encontrar un punto de apoyo 
firme para el porvenir. 

La idea de que la miseria lo: eondujese al vi 
cio, á la degradación, á la inutilidad que gravita 
sobre la masa social como un estorbo, hacía su- 
blevar en sus sentimientos un peeo de dignidad 
y le haeía aventurar un propósito firnre, incon- 
movible, de cambiar de situación. 

Ideas nuevas, revestidas con colores halaga- 
dores, empezaron á trepar por las sinuosidades 
de su cerebro, ideas que ya no descchaba como 
utopias ó cosas imposibles de realizar; por el 
contrario, sentía el calor de la juventud y del 
entusiasmo extenderse por sus nrúúsculos, por 
su cabeza, por su sanere, cuya circulación em- 
pezaba á acelerarse. Temía volverse de nuevo 
poeta y que las frivolidades «dle su pensamiento 
lo ataran con sus redes sutiles y tentadoras. 

Estaba persuadido de que le faltaba tilento 


— 25 — 


para levantar su nombre en la esfera de la orl- 
ginalidad y de que, en vez de aplausos, cose- 
charía la indiferencia y las críticas amargas de 
los lobos de la literatura que esperan en la en- 
crucijada alguna oveja inocente. 

—Nada de poesía—exclamó de pronto, levan- 
tandó su brazo como un estandarte de guerra... 
Nada de poesía... Homero, Dante, Shalkespea- 
re... me despido de ustedes... tal vez para 
siempre. 

Estoy harto de Aquiles, de Héctor y de Ca- 
sandra; en cambio, mis bolsillos están más es- 
cuálidos que el estómago del conde Ugolino, y 
la Beatriz que me ha tocado en lote, no merece 
_ni los honores del infierno. Basta de Ofelias 
enloquecidas y de Hamlets meditabundos y fi- 
lósofos; estamos en una época de positivismo y 
el corazón está en el bolsillo. 

Pero no; aquí adentro hay algo que me vigi- 
la, que me observa y me hace reconciliar con- 
migo mismo cuando un mal pensamiento viene 
á enturbiar por un instante la calma de que 
disfruto; y al decir esto, se golpeaba con la ma- 
no abierta en medio del pecho, como si quisiera 
hacer un llamamiento á algún ser oculto dentro 
su cuerpo. 

Se puede ser hombre de bien y hombre de 
fortuna, se puede alcanzar la cima sin dislocar 
el espinazo, se puede comprimir puñados de di- 
nero sin que la mano quede embadurnada; no. 
hay que tener miedo del que dirán por ser ho- 
nesto... yo no necesito ese freno... aun puedo 


— 236 — 


ruborizarme... Por otra parte, no tengo nada... 
ni un centésimo, y al hablar así, dió vuelta 4 sus 
bolsillos, que parecían dos vientres destripados. 

No valgo nada—dijo encogiéndose de hombros, 
—soy urna nulidad: en arte, no distingo la recta 
de la curva; en finanzas... ¡bah! las finanzas 
se aprenden en un momento... 

He manoseado unos cuantos libros que han 
hecho la gloria de sus autores, me he asimilado 
una media docena de ideas, he podido codearme 
con las producciones de esos genios que han pa-' 
sado sobre millones de hombres, los he leído y 
releído, los sé de memoria, y ahora me pregun- 
to: ¿qué me hago yo de todos esos conocimien- 
tos? ¿qué empleo doy á ese caudal de ideas 
cultivadas con tanto esmero en mi memoria y 
guardadas como un tesoro? 

Dicen que el saber no estorba... ¡Bah! si yo 
no supiera tantas cosas, si no tuviera un bagaje 
de ilustración que me hace presumido, si fuera 
un individuo así, á la llana, un buen burgués 
cualquiera, tendría mi negocio, mis comodida- 
des, sería propietario, habría llegado á ser con- 
eejal, tomaría parte en los negocios públicos, 
me pondría guantes los domingos, y muy señor 
mío que andaría luciendo mis carrillos y mi 
vientre... Sería concejal—volvió á repetir len- 
tamente, y luego, riéndose con ironía, añadió: 
¡qué disparate! 

Esa vida, así material y fatigosa, no se ha he- 
eho para mis músculos ni para mi cerebro; era 
existencia prosaica, que nos despierta todas las 


— 237 — 


mañanas con un golpe de puño en el pecho, 
eomo un mazazo, y nos indica el camino del 
trabajo... No, no he nacido para eso. 

Mi constitución y mi temperamento me han 

Mevado por otros rumbos, he seguido á los poe- 
tas como una mujer enamorada, he gozado con 
sus versos, con sus bellezas, con sus sueños, he 
vinculado mi espíritu con el suyo, he llorado 
con sus lágrimas y batido palmas con sus 
triunfos. : 
- Cuando he visto su vida aporreada por las 
gentes, la humanidad me ha parecido más vul- 
gar y más egoísta, y sobre ese modelo he ido 
calcando mis ideas y mi criterio. 

Después que un hombre rinde su savia, su 
tranquilidad y su genio, se da un puntapié á su 
nombre y á sus huesos... ¡Ah! la posteridad 
se presenta compungida, los va olfateando como 
un perro, los encuentra, los desentierra, los co- 
loca bajo el amparo del mármol y del bronce 
y los cubre con su manto de gloria. 

Y hablando así, con cierto encono y con la 
aspereza de lenguaje de un individuo superior 
que vé á sus pies los hombres y las cosas, se 
iba engolfando insensiblemente en la filosofía 
descarnada del pesimista que todo lo vé som- 
brío y próximo á zozobrar. 

Accesible sólo á lo bueno, encontraba por to- 
das partes las rugosidades de la vida real; la 
verdad le hacía daño, le producía la misma im- 
presión del que, sin saberlo, acaricia el lomo de 
una víbora; soñador sempiterno con la fortuna, 


- 98 — 


esperando como los niños que la hada benéfica 
se le apareciese un buen día colmándole de 
dones. 

Tenía épocas en que estaba arrinconado, hu- 
raño; si en esos momentos alguien lo hubiese 
arrojado á la calle en medio del bullicio y del 
movimiento, al contacto de los hombres y en el 
comercio de las ideas y de los hechos, habría 
disparado como un animal enamorado que no 
puede vivir fuera de su cueva. 

En los instantes de exaltación maníaca solía 
exclamar: yo debí ser fraile; en ningún caso 
habría encontrado mejor ambiente para mi iner- 
cia. 

¡Oh! si hubiese sido fraile, cuánto bien habría 
hecho á mis semejantes... Es imposible, me 
falta la fe y no concibo mayor sacrificio que 
estar mintiendo en obras y en hechos cuando 
no se cree en nada. ¡Qué ideal, qué bella mi- 
sión sería la del sacerdote que ajustase sus 
actos al Evangelio!... pero, hasta allí ha llega- 
do la ráfaga del positivismo que lo materializa 
todo, y por esto hemos levantado el pico, afa- 
nados en demoler el edificio vetusto que cuenta 
diez y nueve siglos de existencia: los cimientos 
están descubiertos, pero la picdra secular resiste 
al choque... los mercaderes han invadido otra 
vez el templo y las gentes se ríen de la exco- 
nunión y del fuego eterno. 

La mejilla está harta de lodo y bofetadas y. 
nadie presenta la otra para recibir el estigma 
efrentoso que le conquiste el reino de los cielos, 


— 239 — 


Los bienaventurados pobres de espíritu van 
á los manicomios; la gente tiene hambre y sed 
de vida holgada; Belcebú se ha llamado á sosie- 
go, harto de perder almas y de achicharrar in- 
felices en sus hornallas. 

Venga el nuevo Mesías con el brazo nervudo, 
fuerte, la cara sudorosa cubierta de polvo y de 
carbón, el pecho cuádrado y velludo, y empuje 
con mano firme ese organismo de entrañas de 
fuego que va tragando distancias, dando alari- 
dos de regocijo. 

Esta es la lucha fructífera del siglo que va 
colmando de bienestar y de riqueza á las gene- 
raciones que surgen con otras ideas y con ho- 
rizontes sin nubes. 

El que espera que un rayo de sol le caliente 
el vientre, habrá perdido su-tiempo; la golon- 
drina habrá hecho ya su nido sobre el techo y 
se habrá buscado el alimento para sus pichones. 

Estamos en la época de la neurosis: la enfer- 
medad de los inútiles, de los débiles, de los pu- 
silánimes, de los que tienen un muro chino de- 
lante de los ojos. 

Después de esta declamación enfática, se que- 
dó un rato pensativo. Luego añadió: el trabajo 
rudo, continuo, sin tregua, que lleve su contin- 
gente al seno de las sociedades para mejorar 
sus condiciones y ostentar con legítimo orgullo 
el terror levantado en la aridez del desierto... 
Pobres zánganos, no hacemos más que devorar 
la colmena hasta ver las tablas del barril que 
la encierra. 


— 240 — 


En esta sociedad nueva, cosmopolita, que lo va 
improvisando todo, que se desarrolla con rapi- 
dez vertiginosa y que no se preocupa de lo que 
el hembre es, si no de lo que vale, yo me he 
cerrado las puertas, aquí donde á nadie se niega 
la entrada; amplias y abiertas están de par en 
par, y entre todo el que quiera y tenga deseos 
detrabajar, venga de donde viniere; traiga ideas 
nuevas, traiga su contingente de buena voluntad, 
y aunque sus bolsillos estén como los míos, en- 
contrará barro á mano y nadie se reirá de su 
nariz y de su joroba. 

¡Oh! es bochornoso languidecer en la inacción 
y esperar que nos pongan el pan en la boca 
amasado y. caliente. 

stoy metido en un callejón sin salida, y al 
decir esto, nHraba sus ropas que empezaban á 
desprenderse de sus costuras como una montu- 
ra vieja; cchó una ojeada á su sombrero que 
esíuba colocado como un maniquí sobre una 
percha; al mirarlo así, á la distancia, le parecía 
que se había conmovido y espeluznado más con 
su discurso; se veía él mismo debajo de su co- 
pa abollada y se tuvo lástima; ¡qué ridículo 
debo estar con este sombrero! ¡cómo se reirán 
de mí los que pasan! ¡bah! yo lo cambiaré por 
otro. Se fijó que tenía todavía el luto y que 
éste había tomado un color verde bronceado, se 
leyantó rápidamente, tomó el sombrero indefen- 
so y le arvancó el merino, diciendo: basta de 
duetos indignos y de remanticismo absurdo. 
Dirigió en seguida una mirada fiscalizadora á 


— 241 — 


todos los ámbitos de su vivienda: csa mañana 
le pareció más pobre, más desaseada; le parecia 
imposible que hubiese podido soportar tanto 
tiempo la presencia de esos muebles y de esas 
paredes; le dió repuenancia, fastidio, y sin pre- 
ocuparse de lo que quedaba, tonió de nuevo su 
sombrero, y dejando puertas y ventanas abier- 
tas, se lanzó fuera con una cara de demente. 

En la calle, hizo la firme resolución de ñno0 
volver á su casa, Estaba harto de vivir en la 
cueva y de aspirar constantemente cl ambiente 
rancio de la miseria en un país donde todos ha- 
cian fortuna sin gran esfuerzo. 

Era un gran culpable y sus propósitos de en- 
mienda tal vez lleraran tarde. 

Miraba el reverso de su situación y veía el 
buen camino, amplió, venturoso, para llevar á 
conquistar un puesto al lado de los demís. 

Era un día espléndido, de esos que olesía 
siempre para vagar y que los tenía gastados 
por docenas en echar cuentas de desocupado sin 
arribar á nada práctico; había adguiriito un po- 
co de buen humor; su cara enjuta, augulosa y 
macilenta, intentaba un esfuerzo para acomodar 
una sonrisa y saludar así á la naturaleza que 
reparte generosa el aroma de sus flores y ecm- 
puja suavemente un rayo brillante al través de 
las rendijas. 

Tendré mi pedazo de sol, tibio, que me aca- 
ricie la frente sin egoísmo y sin interés; tendré 
una pantalla verde que me fi: sombra suave, 


soñadora, y luego, mis pulmones, aguerridos con- 
tra los miasmas, tendrán oxígeno de sobra para 
dilatar ampliamente sus vesículas. 

¡Qué agradable es todo esto! —pensó después 
para sí. 

El sol, el aire, las flores, la sombra dulcísima 
de las plantas, todo le parecía encantador; poe- 
tizaba lo que tantas veces había mirado con in- 
diferencia; sensaciones nuevas recorrían su ce- 
rebro como ondas eléctricas que van á despertar 
impresiones adormecidas de otros tiempos, y un 
bienestar desconocido confortaba su organismo 
derrumbado. | 

Á medida que iba avanzando por las calles se 
sentía fuerte, vigoroso, capaz de algo que sig- 
nificara un esfuerzo, y hablando entre dientes, 
gesticulando como un poseído, iba haciendo 
planes y cálculos de esos que tantas veces ha- 
bía apuntado en su imaginación y que se ha- 
bian desvanecido como un palo dado en el agua. 

Andando así, lentamente, tropezando, empu- 
jando distraído á los transeúntes, oyendo á sus 
espaldas algunos refunfuños y amenazas de los 
que eran agredidos inconscientemente por ese 
personaje curioso, llegó á desembocar en la 
plaza del Retiro; se detuvo un momento, inde- 
ciso, en la esquina; respiró fuertemente el aire 
embalsamado que venía del río, y como si no 
se atreviese á andar solo por aquel descampado, 
retrocedió aleunos pasos. Le parecía que iba á 
sufrir el vértigo del vacío, estaba acostumbrado 
á pasar días y semanas encerrado en su vivien- 


— 243 — 


da estrecha, sombría, aplastada, bajo un techo 
que se tocaba estirando el brazo, y aquel aire 
fresco, aquel espacio cubierto de vegetación, 
aquel cielo azulado, diáfano, apenas surcado por 
pequeñas nubes que asomaban timidamente pa- 
ra desvanecerse en seguida; la hora, el silencio, 
la luz radiante que iluminaba el paisaje, todo 
este conjunto indiferente para los que están 
acostumbrados á no detenerse á contemplarlo, 
era para él una novedad, un estímulo, un atrac- 
tivo que le hacía cambiar insensiblemente de 
rumbo y que ahuyentaba de su espíritu las 
ideas sombrías que lo habían amarrado hasta 
entonces como un tronco hueco y carcomido. 

Había llegado lentamente hasta la plaza. Des- 
pués de vagar algunos momentos alrededor del 
césped, después de haber hecho una excursión 
á la gruta y haber recorrido con una sonrisa 
desdeñosa sus laberintos de ladrillo revocado, 
fué á buscar un sitio solitario á la sombra de 
un paraíso corpulento que se había librado nmii- 
lagrosamente de la furia de devastación que ha- 
bía exterminado á sus compañeros. 

Bajo la tupida copa de verdura se proyectaba 
una mancha suave de fresca sombra que invi- 
taba al reposo: se sentó en un banco rústico, 
estiró sus largas piernas, echó para atrás su 
cuerpo delyado que crujió como un armazón de 
caña, y poniendo cuidadosamente sobre el césped 
su sombrero de felpa raída y verdosa, se enitre- 
gó á un éxtasis inefable, 


— 244 — 


Largo rato permaneció así, con los ojos cerra- 
dos, la cabeza recostada sobre el tronco del 
árbol que le servía de respaldo, aspirando á sor- 
bos las ráfagas de aire embalsamado que agita- 
ban sus cabellos. Se sentía bien en aquel re- 
cinto, lejos del bullicio, arrullado por el murmullo 
de las hojas y por el zumbido de los insectos 
que se disputaban una gota de esencia en el 
eáliz de las flores. 

Los nervios empezaban á calmarse y su co 
razón de anémico, que latía fatigado y tumul- 
tuoso, fué regularizando su ritmo para derramar 
con las ondas de sangre más rica la placidez 
bienhechora á su cerebro -de neurótico. 

Muchos minutos pasó en este éxtasis, acari- 
ciando sus sueños, sus promesas, y un porve- 
nir que se le había presentado hasta entonces 
como un borrón de tinta en las faldas de una 
virgen. 

Sus sueños iban tomando formas cada vez 
más caprichosas y halagadoras; se veía transpor- 
tado á un bienestar envidiable por un camino 
accesible, fácil, un enjambre de manos amigas 
procuraban tomar las suyas, sus antiguos com- 
pañeros estaban allí, ricos, encumbrados, felices; 
ya no lo miraban de reojo, ni con desprecio; 
tenía hogar, familia, fortuna: estaba transformado. 

Por nada de este mundo habría abierto los 
ojos; cra tan feliz en esos momentos, que ponía 
todo su empeño en prolongar cesta dicha que 
tan pocas veces había disfrutado. 


— A5— 


Cuando despertó, el sol estaba ardiente; serían 
aproximadamente las doce; algunas mariposas 
doradas cruzaban delante de sus ojos, haciendo 
circulos voluptuosos y perdiéndose en los pe- 
queños bosquecillos del césped; el ambiente es- 
taba saturado del perfume de las flores, y su 
cuerpo enervado lo retenía en su asiento á pe- 
sar de su voluntad de alejarse de allí. 

A lo lejos empezó á divisar una caravana de 
hombres, mujeres y niños, que parecían acudir 
á alguna feria. 

Era una larga fila de inmigrantes que cruza- 
ban la plaza marchando detrás de sus equipa- 
jes que ellos mismos ayudaban á transportar. 

Jóvenes en su mayor parte, fuertes, vigoro- 
sos, con esa robustez peculiar de los hijos de 
las montañas. 

Vestían sus mejores trajes: los hombres sus 
chaquetillas lustrosas, con botones de metal, col- 
gadas del hombro derecho, y dejando ver su 
camisa blanca, amplia, de hilo crudo, sujeta al 
cuello con un pañuelo de seda multicolor; som- 
brero de fieltro, en cuya cinta habían colocado 
algunos una pluma; el brazo izquierdo desnu- 
do, musculoso, férreo; caras plácidas, de hom- 
bres sanos, contentos, sanguíneos; hablaban 
fuerte en su dialecto especial, echando tal vez 
sus cuentas sobre la probabilidad de una pró- 
xima fortuna. V 

Algunos llevaban en sus brazos criaturas ro- 
Mizas, rubias, con la plasticidad exuberante de 
la buena pasta con que estaban amasados; otros 


— 246 — 


iban encorvados, cargando sobre sus espaldas 
cuadradas sus baúles y sus valijas, jadeantes, 
colorados, dejando caer gruesas gotas de sudor 
sobre la arena caliente y brillante del suelo. Las 
mujeres, con sus trajes de aldeanas de colores 
vivos, con sus caderas anchas, redundeadas, 
sobre las que apoyaban negligentemente su 
mano. 

De facciones correctas, y algunas hasta her- 
mosas, con sus colores de manzana madura, sus 
grandes ojos negros, vivos y de mirar curioso; 
dentadura fuerte, blanca, compacta, y un seno 
elevado, turgente, capaz de alimentar tres chi- 
cuelos hambrientos; cubría su cabeza un pañue- 
lo de lanilla de fondo gris con flores estampa- 
das, atado adelante con un nudo abierto: una 
simple vuelta para que los dos extremos de sus 
puntas simétricas caigan con igual armonía so- 
bre los hombros; la garganta descubierta, blan- 
ca, ostentando vueltas de cadenas de gruesas 
cuentas de oro, en cuyo centro colgaban amu- 
letos de coral ó la imagen venerada de la 2.ma- 
dona de su aldea. 

Iban caminando lentamente detrás del carro 
de sus equipajes: un gran carro, en el que se 
había apiñado una pirámide de baúles, de va- 
lijas, de cestas nuevas, en cuyos escalones iban 
sentados alguno de los inmigrantes, en mangas 
de camisa, con el pecho descubierto, quemado 
por el sol, y á la sombra de grandes paraguas 
verdes y colorados para proteyer á los niños 
que estaban allí prendidos al pecho de las 


— 247 — 


madres recostadas cómodamente contra las va- 
lijas. 

Era una especie de marcha triunfal á las doce 
del día bajo los rayos del sol ardiente; parecía 
una ovación á este pedazo de la América, cuya 
fama corre hasta golpear las puertas de las al- 
deas más remotas, en busca de brazos vigoro- 
sos con la insignia de la mies y del arado. 

¡Cuántos se acordarían de sus hogares y de 
su cielo, á quienes habían saludado por última 
vez al doblar el camino de sus queridas mon- 
tañas, enviando una despedida cariñosa al cam- 
sanario de su aldea que parecía asomarse em- 
xinado desde el fondo del valle para decirles 
ina vez más: aquí los espero... ¡hasta la vuelta! 

Nuestro hombre estaba absorto. Contemplaba 
ese espectáculo tantas veces reproducido en 
nuestras calles, y sin saber por qué, experimen- 
taba un sentimiento de tristeza... Era una nue- 
va humillación para su estado. 

Esas pobres gentes que desfilaban ante sus 
ojos, contentas, fuertes, despreocupadas; que 
venían á una tierra extraña con la promesa ha- 
lagadora de un bienestar que en la suya no ha- 
bían conseguido; que habían abandonado su 
aldea, su hogar, sus afecciones; que habían re- 
unido todos sus pobres haberes para venir á la 
América; que los habían alojado á bordo como 
fardos, sufriendo todas las inclemencias de su 
pobreza, le daban envidia, le despertaban un 
sentimiento de admiración y de cariño y hubie- 


— 248 — 


se deseado ser fuerte como ellos para incorpo- 
ráarse á esa comitiva y lanzarse él también á las 
colonias á surcar la tierra con el arado. 

Pero él era un señor; sabía muchas cosas, 
había estudiado, había aprendido lo que esos 
infelices ignoraban y no aprenderían nunca; la 
sociedad le pasaba un nudo al cuello del que 
no podía desasirse; él era hombre culto, vestía 
ropas raídas, es cierto, pero estaban blasonadas 
con el corte de la moda; en cambio, esas cha- 
quetillas de pana y de estameña le parecían 
afrentosas para un hombre de su especie. Sin 
embargo, nunca halló más irónica esa civiliza- 
ción que todo lo ajusta á las formas y á las 
conveniencias, que lo convertía en un maniquí 
de sus propias pasiones y que no ¿2 dejaba dar 
una pase sin ponérsele por delante y decirle con 
aire de reproche: este es tu camino. 

—No puúutclo ser como cilos,--dijo lentamente; 
--estoy vinculado para siempre á esta miscría 
que me abruma, y cuando ellos hayan adquiri- 
do fortuna, bienestar, y vuelvan por aquí, ale- 
ores, satisfechos regresando por el camino que 
han venido, holgados en sus trajes de paño y 
en su camisa de batista, con aire de señores, 
acompañados de sus hijos con el tipo varonil 
que yo he perdido, pasarán orgullosos, fuertes 
todavía, bendiciendo la hospitalidad recibida y 
dejando con tristeza el penacho de humo de su 
fábrica, zambando en sus oídos la rueda del 
molino ó pintada en la retina la llanura inmen- 
sa enbierta de espigas y de verdura, para ir á 


— 249 — 


divisar de nuevo la cumbre de las montañas y 
á cumplir en romería la promesa á su mado- 
na protectora. 

—Yo estaré allí, —dijo,—y extendió su brazo 


en dirección al cementerio. 


¡SIN AMIGOS! 


¡Un amigo! 

Era para él un problema:—un amigo verda- 
dero, leal, capaz de sentir en toda su noble ex- 
pansión ese sentimiento delicado que vincula á 
los hombres, capaz de comprenderlo, de tole- 
rarlo, de ayudarle con desinterés y de estrechar 
su mano sin egoísmo. El, no creía que ese ser 
pudiese existir; por el contrario, veía siempre 
las medias tintas del interés personal, del cálcu- 
lo, de las conveniencias, envolviendo lo que en 
el comercio de la vida social se llama pompo- 
samente amistad. 

Huía de sus condiscípulos, de sus relaciones; 
miraba con indiferencia á todos aquellos que en 
otro tiempo habían constituido el núcleo de sus 
afecciones y le bastaba el menor signo que pu- 
diese dar lugar á una interpretación desfavora- 
ble, para borrar inmediatamente al sospechoso 
y no reemplazarlo nunca. 


— 250 — 


— ¿Para qué me quieren?—se preguntaba al- 
guna vez, coherente con sus ideas.—Si estuvie- 
se en una posición encumbrada, si pudiese dis- 
pensar favores, si mi nombre rodase como una 
bola de nieve por la cuesta de la montaña y mi 
influencia tuviese siempre un nivel alto, ya los 
tendría por docenas, solícitos, cariñosos, dispues- 
tos á todo, adivinándome el gusto por agradar- 
me. Podría contarlos, reunirlos, dividirlos en 
categorías, y luego, elegir aquellos más flexibles 
para darme el lujo de tener amigos, de verme 
acariciado, entretenido y aclamado por todas 
partes como un hombre de valer. 

Parece que hoy se entiende así la amistad. 
Tal como soy ahora, sería locura pretender en- 
contrar una alma piadosa que me hiciera el favor 
de ser mi amigo. ¿Qué podría ofrecerle?.:.. 
¡Mis miserias! 

¡Ah! pero yo veo, desde mi rincón, á esos po- 
bres cómicos de la amistad, prepararse, tomar 
posturas, arrodillarse, hacer gimnasia de salu- 
dos, de apretones de manos, de sonrisas, de 
sorpresas interesadas, de exclamaciones de jú- 
bilo, de dolor, de simpatía; conmoverse, irritar- 
se, llorar con lígrimas de repuesto, con indig- 
nación que sale de la laringe cuando vociferan 
y juran que tienen el corazón dividido en terro- 
nes... ¡Bal! agregaba con ironía, ¡qué sacrificio 
mezquino y bajo se imponen esos desgraciados! 
Más les valiera mostrarse tales cuales son, sin 
hacer el esfuerzo de esos afeites que alguna ves 
acaban por olvidar para dejarse sorprender ey 


— 251 — 


pleno público, accionando econ entusiasmo, sin 
oir las burlas de los bastidores. 

—Seres asi, — decía para sus adentros y le- 
vantaba á la altura de sus ojos su mano izquier- 
da haciendo una paralela estrecha con el índice 
y el pulgar. 

Peor para ellos. 

Se miraba luego con detención y agregaba: 
mi presencia, mi traje, mi aspecto, todo en mi 
está combinado para infundir recelo; si voy á 
golpear la puerta de alguno, me espiará por la 
rendija, el corazón le dará un salto y muy cor- 
tesmente me cerrará la entrada. 

Tienen razón. 

Iré probablemente á mmolestarlos ó sospecha- 
rán que voy en línea recta al bolsillo... 

Después que han empezado á esquivarme, he 
aprendido á despreciarlos; no me perdonarán 
que mi altivez de pobre les toque tan de cerca. 

Mientras hablaba, iba haciendo desfilar en su 
imaginación ú todos los que en otra época com- 
partieron sus alegrías, sus holguras y sus ex- 
travagancias; movía con lentitud la cabeza, co- 
mo despidiéndolos. 

De pronto se dió un golpe en la frente, excla- 
mando: este, este, al menos, ha sido víctima 
expiatoria de mis arranques, y á pesar de tado 
siempre ha sido bueno y condescendiente. 

Se refería á un condiscípulo con quien había 
vivido en la intimidad en sus mejores tiempos 
de estudiante; habían pasado juntos muchos 
años, compartiendo las horas agradables y los 


— %9 — 


días amargos, y con un cariño probado en la 
adversidad 'de los veinte años, se habían creído 
inseparables. 

Su amigo había concluido su carrerra; era un 
corazón fuerte, que poco se preocupaba de las 
neurosis y de las lamentaciones de su compa- 
ñero: contento, feliz, con la cabeza Jlena de as- 
piraciones, con el propósito firme de conquistar 
una posición, se entregó á los azares de su pro- 
fesión y de la fortuna-—en esta última, con 
éxito. 

Hoy, estaba rico, en buena posición social, y 
tal vez su recuerdo se había borrado, si no de su 
memoria, por lo menos de su cariño. 

¡Qué diferencia entre aquella época y ahora! 

La amistad es un sentimiento que se modi- 
fica según el ambiente donde nace y las fuerzas 
que la sostienen;-á su amparo, yo no habría 
sucumbido. 

¡Ah! él también... ha seguido la corriente de 
los demás: á medida que su posición se ha ele- 
vado, su amistad ha sufrido las oscilaciones de 
mi descenso; un día quedó estacionaria bajo 
cero y el calor de otros tiempos no tuvo fuer- 
zas suficientes para hacerla subir! 

Muchos años habían trascurrido sin que se 
hubiesen encontrado, y sin embargo, desde el 
fondo de sus sentimientos, sentía trepar una 
raíz de simpatía que empezaba á rctoñar. Tal 
vez se lamentaba injustamente, pues, cuando se 
encontraron en la calle, casi frente á frente, su 


— *%3 — 


impulsión de esquivarlo fué vencida por un sa- 
ludo cariñoso; su amigo había agitado la mano 
en un movimiento expresivo, acompañando el 
acto con una mirada de benévolo interés. Á esta 
demostración afectuosa había correspondido con 
una sonrisa amarga y una inclinación de cabe- 
za fría y displicente. 

Tenía la convicción de que cra egoísta y de 
que no debió abandonarlo así. Él, en su lugar, 
lo habría buscado para atraerlo, para aconse- 
jarlo como un padre cariñoso, para sostenerlo 
con su apoyo moral, como á un enfermo á quien 
se recomienda la observancia prolija y minu- 
ciosa de un método cualquiera. 

En los días turbios cargaba la paleta de co- 
lores «chillones, para esbozar la figura de su 
amigo, acabando siempre por encogerse de 
hombros y decir para sus adentros: es otra 
planta que se ha secado en este corazón que 
mata con exuberancia de vida la mezquina se- 
milla. 

Su amigo había nacido pobre, sus padres no 
. pudieron costearle los elementos de que él pudo 
disponer á manos llenas para emprender con 
brios la lucha por la vida. 

La escasez y las privaciones le eran descono- 
cidas; en cambio, su condiscipulo se había pues- 
to de frente á la fortuna, para arrebatarle sus 
promesas, y aun cn las largas estaciones que 
hacía en su habitación, cuando se encontraba 
sitiado por falta de ropa y otros elementos in- 
dispensables para atender á sus más apremian- 


— 254 —= 


tes exigencias, jamás se le oyó una queja. En 
los meses de invierno, cuando la lluvia pene- 
traba como por un arnero en la pobre vivienda 
que á duras penas podía costearse, lo veía ale- 
gre, bromista, estudioso, haciendo castillos en- 
cantados para el porvenir y con humor de reirse 
un poco, á través de su rendija, de los hombres 
y de las cosas. 

En esa misma época, él nadaba en la abun- 
dancia, tenía la llave de oro de la felicidad, y 
sin embargo, miraba con secreta envidia la in- 
diferencia con que su amigo se avenía á su 
condición humilde. 

—Hay tiempo para todo—le decía, poniendo 
un semblante alegre y burlón;—la fortuna ven- 
drá, vendrá sola; el mejor sistema es despre- 
ciarla para que no se erea indispensable; primero 
está mi novia que ella—añadía riéndose, y to- 
mando de entre los libros un ramillete de vio- 
letas marchitas, aspiraba un resto de fragancia, 
que había quedado como adherida, y le decía: 
¿ves estas flores?... pues no las cambiaría por 
un puesto de ministro. 

—¡Qué temperamento envidiable! —solía de- 
cirse para sus adentros, —¡qué fuerza de volun- 
tad probada diariamente en el yunque de la 
pobreza!...¡qué resienación para vencer los 
obstáculos! 

Lo que para él era una montaña, para su 
amisro era un terrón despreciable que salvaba 
alrosamente. 

Cuando los primeros síntomas de su desfalle- 


— 233 — 


cimiento y de su neurosis empezaron á asaltarlo 
y en la intimidad le hizo las primeras revela- 
ciones, éste, que lo escuchaba con «aparente in- 
terés, concluía por reirse y muchas veces por 
exasperarlo, ridiculizando sus manías. 

Una noche, su amigo se había acostado más 
temprano que de costumbre; el frío y los exá- 
menes le hacían tiritar; era la última prueba de 
preparatorios y había corrido la voz, en el gre- 
mio estudiantil, de que los profesores iban á 
presentarse inexorables: los reprobados y apla- 
zados caerían por centenares sin inspirar lás- 
tima. 

El miedo había ganado terreno, y por la noche 
no se encontraba en los paseos y en las reunio- 
nes ni un estudiante para remedio. 

Éste leía en voz alta un tratado de filosofía 
y se engolfaba en las cuestiones de la metafísica 
como en un laberinto sin salida. 

Interrumpía por momentos la lectura, dobla- 
ba el libro, dejando el pulgar entre sus páginas; 
recostaba su cabeza sobre la almohada y em- 
pezaba á cavilar sobre el espacio, el tiempo, el 
infinito, etc., y á medida que sus transportes 
filosóficos lo hundían en las nebulosidades de 
esa metafísica erizada de espinas, como un 
abrojo, iba poblando el techo de su cuarto con 
un kaleidoscopio de mundos y de idcales, hasta 
constituir el cosmos que conciben los cerebros 
estudiantiles. 

Absorbido en estas abstracciones que concluían 


— 2%56 — 


por hacerle saltar de la metafísica á su novia, 
por esa asociación de ideas que se anuda con 
un pretexto, con una reminiscencia, con un re- 
cuerdo cualquiera, que pasa por el campo de la 
memoria como una vibración eléctrica, no había 
oído el ruido de pisadas inseguras y lentas que 
chapaleaban el agua del patio. á 

Nada había oído en medio de esa confusión 
de rumores, de gritos, de aullidos, de vibra- 
ciones que parecen venir en tropel, persiguien- 
do al viento que empuja puertas y ventanas y 
se escapa por entre las rendijas para perderse 
en las tinieblas de la noche. 

De pronto, 0oyó sin embargo su nombre, pro- 
nunciado claramente; después... el silencio in- 
terrumpido por la lluvia que caía lentamente 
desde el techo, como entretenida con el tac-tac 
de su música cadenciosa. ' Permaneció otro rato 
con el oído tendido hacia la puerta, y como cl 
llamamiento no se repitiese, pensó que sería ilu- 
sión de sus sentidos, y sacando el dedo de las 
páginas que comprimíia, volvió á abrir el texto 
para continuar su interrumpida lectura; pero 
no había aún terminado el quinto renglón, cuan- 
do oyó de nuevo su nombre... Esta vez no 
podía equivocarse; era la voz de su amigo, que 
lo llamaba y forcejeaba la puerta para entrar. 

Dió un salto de la cama, hizo rodar una silla 
que llevó por delante y de un tirón abrió la 
puerta: una ráfaga de viento que había estado 
mugiendo por la rendija, como implorando pro- 
tección, entró con furia en el cuarto; detrás de 
ella, su amigo, completamente mojado. 


— 7 — 


¡Su amigo! 
esas horas, empapado, enclenque, tamba- 
leando y balbuciendo palabras ininteligibles. El 
lo miró con sorpresa y con una mezcla de re- 
proche y curiosidad empezó á preguntarle el 
motivo de aquella visita inusitada. 

—Es tarde—le dijo éste,—es tarde, bien lo sé— 
y dejó oir en seguida una risotada de idiota á 
tiempo que inclinaba su cabeza para un lado, 
como si el cuello estuviese cansado de sosterrer- 
la... es tarde, he venido á verte porque no daré 
ya examen, he abandonado mi carrera... ya sa- 
bes por qué... he disipado también todo lo que 
tenía y ahora no sé que haré... 

Su compañero lo escudriñaba de arriba abajo 
como quien procura reconocer á una persona 
que se ha visto alguna vez, y no acertaba á ex- 
plicarse aquella transformación. 

Mientras, él se había sentado sobre er borde 
de la cama, cubriéndose apenas con una manta 
provinciana, y contemplaba á su amigo con ex- 
trañeza y con zozobra. 

¡Qué transformación repentina! Hacía apenas 
algunos meses que no lo veía y casi no lo ha- 
bría reconocido; parecía que la naturaleza lo 
hubiera despojado en un buen momento de su 
organismo exterior, como cuidadosa de sus cria- 
turas, para ponerle uno gastado é inservible: 
su cara, que en otros tiempos tenía la placidez 
tranquila de sus líneas bien acentuadas, era 
ahora una cara de convaleciente; la piel, que 
sobraba. caía sin elasticidad, arrastrando los 

Vol. 100 y 


— 258 — 


sabros entreabiertos; los ojos, que parecían per 
queños para las órbitas. ahuecadas y sombrías, 
Ja barba crecida, desaliñada, la exprésión de todo 
su conjunto de líneas y de rasgos que se iban 
borrando ó modificando, daba á su fisonomía 
cierto aire de idiotismo y de abandono que hizo 
estremecer á su amigo. 

Lo miraba con lástima mientras él hablaba 
entre dientes con voz temblorosa... de vez en 
cuando, alzaba los ojos sin brillo, miraba fija- 
mente un objeto cualquiera... luego, reía, con 
esa risa sarcástica y convulsa de los, ebrios. 

—Como su padre...—se dijo para sí, recor- 
dando una escena de familia que había presen- 
ciado una vez.—Alzando luego la voz—le dijo:— 
¿quieres que te acompañe á tu casa? 

Mi casa, mi casa... no tengo.casa desde esta 
noche... y dirigiéndole reproches inmerecidos y 
tomando todas las cosas al revés, como se dice 
vulgarmente, abandonó la habitación tambalean- 
do siempre, y llegando por gradación desde el 
reproche al insulto, del insulto á la amenaza... 

Vulgar, grosero, insolente, con esa insolencia | 
mujeril que desarma el brazo, y que, lejos de 
inspirar indignación, nos mueve á la piedad ó al 
desprecio... 

Su amigo lo vió salir, sin atinar á.seguirlo; 
estaba abstraído en reflexiones dolorosas, y 
nada se le.ocurrió para socorrerlo... Oyó sus 
pisadas que se perdían en el patio obscuro y 
resbaladizo y los ladridos del perro que no se 
aventuraba á salir de su casucha para afrontar 
el frío de la noche. 


— 259 — 


Cuando se levantó, para cerrar la puerta, miró 
hacia afuera: la lluvia había cesado. Algunas 
estrellas brillaban en el cielo azul, verdoso, man- 
chado con nubes blancas como espuma de jabón, 
que corrían arrastradas por las ráfagas del 
pampero. 

Fué aquella la última entrevista, el último 
amigo que borró de sus sentimientos con la 
complacencia vanidosa que le sugería su or- 
gullo. 

Fué también una lección severa que había 
puesto á contribución su carácter, su dignidad, 
sus sentimientos y que lo había humillado hasta 
el fango: Ni el perro me ha hecho caso—se 
dijo al día siguiente, cuando pudo salir del so- 
nambulismo alcohólico. 

Su organismo era una mesa revuelta, en el 
que estaba confundido lo bueno con lo malo de 
una manera deplorable; quiso poner orden á 
aquel desquicio, pero sólo lo consiguió en parte. 
En donde quería asegurar una hebra fuerte y 
estable, se le rompía el canavá y tenía que de- 
jar á un lado un sentimiento, un recuerdo, una 
afección, un deber, un impulso generoso, y su 
trabajo de reconstrucción, sus propósitos, que- 
daban truncos... Iba caminando por una senda 
accesible, suave, fácil; de pronto, un abismo, 
un escollo, un vacío... y empezaban aquí los 
desfallecimientos y las quejas. Como conse- 
cuencia de esto, el abandono, el hundimiento... 
la fatalidad, que le hacía flotar sin rumbo como 
una escoria. 


— 280 — 


Saltó bruscamente la valla que lo retenía en 
un medio social distinguido y en el que se ha- 
bía empezado á formar; se encontró libre, libre 
como un individuo venido de otras regiones, 
sin parientes, sin amigos, sin afecciones, sin 
deberes, sin aspiraciones; su objetivo era subs- 
traersé6 á todo, y si hubiese sido posible imitar 
en ta vida real á los personajes de Verne, ha- 
bría elegido el centro de la tierra para irá 
plantar en las soledades del abismo su estandar- 
te de guerra contra la humanidad, que pesaba 
sobre su cerebro para aplastarlo. 

Con estas ideas y con estos propósitos, y el 
encadenamiento lógico de los hechos que lo pre- 
cipitaban en la nada, iba poco á poco despoján- 
dose de todo lo que podía pertenecerle, de todo 
lo que podía constituir un atractivo para vivir; 
iba arrojando al vacío y á manos llenas su cau- 
dal, como un náufrago que arroja al mar hasta 
su comida por temor de que el peso haga hun- 
dir la barca. 

llegado á estos extremos, su desesperación 
tenía que pesar sobre su ánimo para hacerle 
tornar una resolución que lo salvase del abismo 
que lo atraía con sus fauces insondables. 

Volvió con su memoria al pasado, en el que 
pudo encontrar días felices, como perlas en el 
Océano, y en cambio, una cadena de trastornos, 
de amarguras, de sacudidas, y una larga serie 
de vacios, que iba llenando con su miseria, con 
su indolencia, con sus reproches, con su impre- 
Vision. 


— 261 — 


Recordó la noche que había golpeado á la 
puerta de su único amigo y no pudo sentir el 
rubor en su rostro, porque ya su sangre estaba 
zansada de servir á sus nervios enfermos; le 
vino á la memoria, aerandada por el reproche 
y por la humillación, la primer caída; habia es- 
ado ebrio y había insultado con torpeza incons- 
ciente al que había tenido siempre palabras de 
carviño y de estímulo para su postrarión injus- 
tificada, y aquí se pasó la mano con cierta 
mezcla de vanidad y de satisfacción por haber 
podido vencer las tendencias que lo arrastraban 
al vicio con cesa seducción misteriosa que tantas 
veces lo había acechado. 

—¡Ebrio —decía,— nunca! Pesaría sobre mi 
nombre y sobre mis huesos esa huella funesta 
que debía ser una trisie herencia para mi por- 
venir... He podido hasta ahora aplastar su ca- 
beza... pero ¿en adelante?... ¡quizál 


ANTAÑO 


Apretó temblando el timbre cléctrico de la 
puerta «ie calle de la suntuosa easa donde vivía 
su cendiseípule; la campanilla hizo ojr sus so- 
nidos cortos, repetidos, saliones, y un sirviente, 
desgarbado y obtuso, que lo miró de arriba á 


— 262 — 


abajo, como Minos delante de las almas, estaba 
á punto de echarlo sin miramientos, cuando vió 
con sorpresa que el personaje al entrazado 
que tenía por delante, le alargaba una cartu- 
lina... 

Aquello era inaudito: un sujeto vestido de una 
manera tan rara, tan pobre, tan original, con 
una cara de ayuno y con todo el aspecto de un 
pobre vergonzante, se permitía el lujo de ha- 
cerse anunciar de esa manera. 

Tomó la cartulina, la miró sin saber leer, le . 
parcció un tanto amarillenta y deteriorada, y 
azorado é indeciso, se quedó plantado delante 
del caballero rotoso, á tiempo que á su vez le 
devolvía la tarjeta (aquí pareció que era el sir- 
viente quien se anunciaba). 

Nuestro personaje lo miró con encono, com- 
prendiendo todo lo que pasaba en el ánimo del 
criado, y sin darle tiempo para replicar, le gri- 
tó con aire de amenaza: ¡vaya y entregue á su 
patrón esta tarjeta! 

El serviente estaba fascinado, nunca había 
presenciado una cosa jgual; aquel atrevimiento 
tenía todos los ribetes de una insolencia y la 
mejor contestación hubiera sido un escobazo 
en el sombrero. En fin—se dijo para sí, —tal 
vez sea un personaje incognito, y no pocas ve- 
ces debajo de una mala capa se oculta un buen 
bebedor. Luego, reflexionando que su actitud 
podría ocasionarle serios daños, si era delatado, 
cambió de táctica, y con toda la amabilidad del 
mundo le dijo: pase usted, señor, abriendo el 
cancel de par en par- 


— 263 — 


El hombre de los imanes se encontró en el 
vestíbulo, solo, con su sombrero y un perro de 
tierra romana que lo miraba desde su rincón 
con dos ojos de vidrio, como si se los hubieran 
_arrancado á una foca para implantarlos en su crá- 
neo chato de mastín. 

Aquel vestíbulo, pavimentado de mosaico, con 
las paredes estucadas y pintadas de colores 
chillones, con la gran portiére de cristales opa- 
cos al frente, daba ya la medida del lujo de la 
casa. 

En los ángulos, jarrones de porcelana, relu- 
cientes, soberbios, con sus formas de tinaja 
india, sostenían como senos obesos una colec- 
ción de hojas artificiales que imitaban perfecta- 
mente la flora de los trópicos. Una gran percha 
de nogal deslustrado, con un bonito espejo bi- 
sauté, le llamó particularmente su atención; iba 
á colgar allí su monumental sombrero, pero se 
dió cuenta bien pronto de que el perdant era 
ridículo, pues los que estaban colgados tenían 
el brillo flamante de las cosas nuevas, y el 
suyo... ¡Oh!... ya conoce el lector la escuela de 
contratiempos, ó contrapelos diremos mejor, que 
lo habían envejecido. 

Se conformó con mirarlo con lástima y ocul- 
tarlo piadosamente debajo de una silla de fan- 
tasía. 

Algunos cuadros de pacotilla completaban el 


adorno. 


Á poco rato de estar allí, apareció de nuevo 


— 264 — 


el sirviente, pero ya con otro aspecto, tranquilc, 
casi sonriente, amanerado:—pase usted, señor 
—le dijo con tono melifluo, á tiempo que abría 
con estrépito la puerta del fondo. 

Nuestro hombre se encontró de golpe en el 
galón principal, sin atreverse á dar un paso: 
un poco por la cortedad y la emoción, pero más 
por la dificultad de distinguir en la penumbra 
la inultitud de muebles y objetos que tenía por 
delante. 

Los horizontes habituales de su retina eran 
limitados, cercanos:—paredes revocadas con cal 
Óó pintarrajeadas con cardenillo; los muebles, 
cachivaches de la peor especie; ahora, estaba en 
un salón, con humos aristocráticos, tapizado de 
papel dorado que le hacía percibir en las pare- 
des, de trecho en trecho, rayas brillantes, como 
las que hacen los niños en la obscuridad con 
los fósforos humedecidos. Á medida que procu- 
raba ajustar su visión á la media juz de la sala, 
aspiraba de á poquito, como olfateando, el aire 
impregnado de emanaciones olorosas de los 
muebles, de las flores marchitadas en las mace- 
bas, de las pastillas consumidas y olvidadas en 
un rincón de la chimenea; esa mezcla de buen 
olor, de pieza cerrada, de tufo disfrazado, que 
espera perado á una rendija para desahogarse 
en la callo, 

Fl ambiente tibio, el silencio interrumpido por 
las vibraciones y los ruidos que venían de afuera, 
ei confort de aquella sala, que parecía un nego- 
cio cerrado á la hora de la siesta; todo esto 


— 265 — 


infundía calma á su esptritu y apaciguaba los 
latidos de su corazón sobresaltado. 

Hacía vagar sus miradas por todos los rin- 
cones, de los que veía surgir de pronto un ob- 
jeto cualquiera, que había pasado inadvertido, 
y que al fijarlo con insistencia, para adivinar 
sus formas y su valor, se le iba perdiendo poco 
á poco en la ofuscación de su retina debilitada. 

Por una rendija entraba un curioso rayo de 
luz, estirado como un tul finísimo; lo siguió con 
la mirada y lo vió morir al pie de una consdla 
dorada, cargada de objetos que le parecían ani- 
mados; se figuraba que se codeaban, que se 
avisaban unos á otros que un intruso había ido 
á turbar su tranquilidad. 

Detrás de las pesadas cortinas de damasco, le 
pareció que hubiese personas escondidas que 
le estaban espiando, y que aleunos se mofaban 
de él: oía ruidos y crajidos extraños, miraba 
fijamente hacia la puerta de comunicación inte- 
rior, esperando ver aparecer de improviso la 
figura de su amiyzo; estudiaba posturas, acomo- 
daba los pliegues de sus faldones, plegándolos 
en donde una mancha inveicrada quería osten- 
tarse con descaro; tosía y acomodaba la gar- 
ganta; se preparaba en la mejor actitud para 
no causar mala impresión y para evitar, si real- 
mente era espiado, que su situación fuera me- 
nos enojosa. Á medida que percibía más clara- 
mente los objetos, las escenas iban cambiando 
eomo cambiaban el color, la forma y la posición 
de los muebles que tenía por delante- 


— 266 — 


Impaciente, nervioso, abochornado por las im- 
presiones que iba soportando, avanzó resuelta- 
mente hacia el costado más accesible del salón 
y abrió de par en par los postigos de una 
ventana. 

Al dar vwuelta, le pareció que estaba en otra 
casa. 

La escena había cambiado totalmente, la luz 
había. penetrado, como llevando á cada cosa un 
ropaje especial: los bronces, los brocados, ias 
porcelanas, los tapices, las flores, estaban ahora 
como alegres, con sus colores vivos, resplande- 
cientes. 

Un gran espejo que reproducía á la distancia 
su figura, entremezclada con la turba de mue- 
bles, parecía mofarse de él, reflejando una ima- 
ven que tenía prestados, en ese momento, todos 
los matices de los jarrones, de las consolas y 
de las mil chucherías que lo rodeaban. 

-—¡Cuánta riqueza!-—se dijo para sí;—con un 
puñado de miseria vive un pobre, y aquí hay 
para hacerle vivir un siglo. 

Iistaba deslumbrado en aquel bazar de mue- 
bles de valor, de bueno ó pésimo gusto, bien ó 
mal dispuestos, pero, al fin, haciendo su papel 
en el convencionalismo del lujo y de la moda. 

Entregado á estas reflexiones, fué sorpren- 
dido de pronto por el sirviente, que traía una 
bandeja de plata con te, cigarros, licores y un 
número de: un periódico del día. 

El patrón le pedíaxdisculpa por la demora, — 
dijo el sirviente, en cuya cara se veía que la 


— 267 — 


sorpresa de un visitante que merecía tantos 
agasajos, había aumentado de una manera vi- 
sible. 

Mi amigo podrá ser egoísta, orgulloso,--se 
dijo para sí,—pero eso no quita que sea muy 
bien educado, añadió mirando plácidamente la 
bandeja, como á una persona á quien se hace 
una confidencia. 

Tomó en seguida, con mano trémula, acari- 
ciándola, la botella de cristal, transparente, bri- 
llante, llena de líquido dorado; derramó hasta 
el borde en una copita pequeña y la acercó con 
cierto desdén á sus labios, poco habituados ya 
á esas miniaturas. 

Topacio líquido, —dijo á media voz, haciendo 
un chasquido con la lengua, y se arrellenó có- 
modamente en una butaca. 

Continuaba inspeccionando desde su sitio to- 
dos los rincones: todo «aquello estaba muy bien, 
era muy rico, de mucho valor, pero parecía 
como si no estuviese definitivamente instalado. 
¿ran muebles y objetos que habían llewado de 
á uno, en distintas épocas; pertenecían á «dis- 
tintas jerarquías y estaban como agrupados en 
soriedad democrática. 

Había lujo, pero no había gusto; mucho di- 
nero convertido en butacas, en sofás, en bion- 
ces, en espejos, pero poco de artístico, de verda- 
deramente artístico, y que revelase la delicadeza 
de gusto de su dueño. 

Amplias y pesadas cortinas, recogidas en dis- 
tintos puntos, como el baldaquín de una cama, 


A: 


muy altas y muy pesadas para las ventanas 
bajas, enrejadas y forradas de pino pintado, 
como la cámara de un buque. 

Una serie de pequeños sofás dorados, jibo- 
sos, forrados de telas de gran valor, como para 
adornar el boudoir de una artista, Ó de otra 
cosa, si el lector lo quiere. 

Consolas doradas, como pequeños altares, car- 
gando un mundo de chucherías, de bronces 
legítimos y de imitación, cajas de cristal, jarro- 
nes, pequeños retratos sobre atriles de ébano, 
—en el fondo, una estufa de mármol blanco con 
el indispensable reloj dorado sosteniendo en la 
cúspide de sus arabescos una muchachita de 
bronce en actitud de pescar; dos candelabros á 
los lados, compañeros inseparables del reloj, 
parados á igual distancia, como centinelas de 
vista. 

Sillas de todas clases, algunas doradas, en- 
clenques, delicadas, como scñoritas raquíticas 
vestidas de baile; luego, una serie de asientos 
redondos, cuadrados, fieurando unos enormes 
turbantes y Otros, como almoliadón, estirados 
con indiferencia en cualquier parte, afectando no 
tener la intención ae servir para sentarse. 

De trecho en trecho, columnas de pelouche, 
con alma de pino, rodeadas en espiral por he- 
bras de kilo de oro, como víboras que se en- 
roscan al troneo, soporteban bustos de cualquier 
persenaje ¡lustre ó deidades mitológicas que no 
protesiaran nunca del parecido. 

Todo esto, completado por una alfuinbra que 


— 269 — 


parecía vista al través de una gran lente: de 
fondo blanco, con flores punzó, haciendo cur- 
vas caprichosas en las hojas entrelazadas; ha- 
bía estampadas rosas de más de medio metro: 
una hoja sola hubiera podido dar sombra á un 
regimiento. 

Las paredes ostentaban algunos cuadros de 
familia pintados en actitud de retrato:—caras 
rígidas, severas, defectuosas algunas, con manos 
deformes por la corrección fatua y la actitud 
forzada que les había impreso el autor. 

En medio de este lujo, de esta pacotilla, y al 
lado de algunos grabados, vistos tantas veces é 
indispensables en todos los salones, dos grandes 
oleogrofías colgadas respetuosamente á ambos 
lados de la estufa: dos caras sajonas destacán- 
dose de un fondo obscuro con sus colores sua- 
ves, lustrosos, y sus miradas adormecidas y 
lánguidas de enamoradas. 

La gran portada en seguida, y la antesala, 
conservando, como un museo, el demi- monde de 
sillas, sofás, mesas de arrimo, los cuadros de 
antepasados, desconocidos y olvidados por dos 
generaciones, sirviendo para tapar claros y ha- 
cer simetría en el conjunto de antiguaillas que 
pintaban la época de la primitiva opulencia. 

La antesala de ciertas casas cs el blasón de 
familia, es la pieza favorita, el cuarto de los 
recuerdos, de las evocaciones de otros tiempos 
mejores. 

Una abuela seniada en un gran sofá, capaz 
de alojar cómodamente diez personas, con su 


— 210 — 


respaldo recto, tieso, enchapado de caoba, con 
dos rollos de almohadones en los cantos, es la 
imagen viva de tres cuartos de siglo con los 
ribetes del lujo macizo y severo de la época 
colonial. Forma parte integrante de los hábitos, 
de los gustos, de los recuerdos y del apego que 
tienen los viejos á las cosas de su tiempo. 

Estos muebles rancios, desquiciados, con ar- 
mazones fósiles de tablas y colchados, despiden 
para ellos un perfume, de juventud, de frescura, 
de reminiscencias, que alborota su memoria de- 
bilitada de aquellos buenos tiempos, que tanto 
echan de menos á cada paso, y así como los 
defienden cariñosamente del desgaste del tiem- 
po, los defienden de las imputaciones calumnio- 
sas que arrojan sobre su anticuada vetustez las 
críticas y las miradas burlonas de los que al- 
canzaron la elegancia de una moda que parece 
preparada para enanos. 

La antesala es el santuario de esos recuerdos 
que hacen estremecer á los jóvenes, pues las 
conversaciones giran alrededor de los cincuenta 
años, cuando las gentes eran más buenas y más 
sensatas, cuando la amistad era un sentimiento 
verdadero y cuando el egoísmo era una mala 
hierba que se extirpaba de raíz. 

¡Qué diferencia, exclaman con énfasis de con- 
vicción y de desconsuelo las señoras que tocan 
por todas partes el positivismo de la época, con 
la sencillez, la moralidad, el respeto y las cos- 
tumbres patriarcales de nuestros padres! 

¡Qué cambio tan radical ha venido operándose 


— Y — 


en esta sociedad, reducida : ayer á" cuatro gatos 
y hoy á un hervidero de gente de todas clases 
y de todos los países que se incorporan con su 
trabajo, con su inteligencia, con su sangre, á la 
corriente natural del país; que van engrosando 
las filas diariamente, hasta formar 'centros' de 
cientos y miles de almás cuya filiación es una 
mesa revuelta! 

¿Cuál será la tendencia genia: de las nuevas 
generaciones ? 

Los que echan de menos esos buenos pos 
echan de menos, más que todo, su juventud, 
esa juventud que se les escapa de fas manos y 
que deja como recuerdo de su paso un pliegue 
de la piel ó un mechón blarico que van despo- 
blando los años. 

En, el fondo, no es la materialidad de las co- 
sas, pues hoy las hay iguales ó mejores, sino 
las hebras frágiles que se han ido O 
poco á poco. a 

Hoy un.recuerdo, mañexa un amigo, una alec- 
ción, un sentimiento educado y alimentado por 
años y años, y que de pronto desaparece y no 

puede reemplazarse. 

La alegrías, el calor, la luz de los años iuve- 
niles; los entusiasmos fáciles, las impulsiones 
bulliciosas, que hacían revivir el organismo á 
cada paso; todo eso que pasa, que se debilita, 
que se extingue, que muere con anticipación, 
que se aleja como para esperarlos. 

El tiempo EAISnOos ha cambiado para los vie- 


— 9 — 


jos: el que ellos conocieron, no tenía las tran- 
siciones malvadas que los exponen á cada paso 
á una pulmonía; sus crudezas eran más benig- 
nas y con un abrigo cualquiera podían desafiar 
la intemperie; hoy, el frío penetra por todos 
los poros; es que la máquina humana va poco 
á poco enfriando sus calderas. 

En las noches, esas camas altas, solemnes 
como altares, cobijaban cariñosamente á la pa- 
reja enamorada, y el calor de la juventud se 
unía al del ambiente para dar á la temperatura 
de la alcoba una suavidad deltciosa de bienestar 
y de confort. 

Hoy, el lecho es frío, duro, rebelde; está como 
cansado de cobijar gente; el ambiente no tiene 
alientos tibios y los huesos, entumecidos por el 
frío de los años, van sintiendo el roce de las 
tablas, como si estuviesen cercanos al féretro. 

Por todas partes, el frío, la indiferencia, el 
egoísmo, la juventud deosdeñosa: ¡no hay ya 
caras sonrientes para los viejos! | 

Cuando miran un rostro bello, juvenil, que en 
otro tiempo se comunicaba con el suyo por el 
ariillo de sus miradas, tienen que guardar en lo 
más intimo sus impresiones; el ridículo aletea 
en torno de sus cabezas y una mirada indis- 
ercta, una expresión que á fuerza de ser urbana 
podría parecer galante, comprometería la rigl- 
dez de su posición y la seriedad de sus anos. 

La juventud, la beileza, los sentimientos tier- 
10s no son más nielos, ni más indiferentos, ni 
más Cyorstas que ayer,—-€s la vejez que les va 


dando la espalda, que ha perdido sus áerechos, 
que ha gozado ya ampliamente de esas primi- 
cias y que encuentra yerto el hogar donde an- 
tes chisporroteaba el tronco vigoroso que des- 
pedía su alegre llama; son los muebles viejos, 
usados, "antiguos, fuera de lugar, que van dis- 
putando en vano su puesto á las butacas do- 
radas, livianas, cubiertas de raso, con flores 
estampadas, vivas, frescas, con la frescura bri- 
lante de la rosa recién abierta que invita á 
aspirar su fragancia. 

La mano crispada, amarilla, surcada por venas 
azules, hinchadas, sinuosas y como estirada por 
los tendones duros, tiesos, que hacen relieve 
debajo de la piel gastada, no puede ya impune- 
mente acariciar la mejilla fresca, sonrosada ó el 
seno mórbido, turgente, sin experimentar el ten- 
blor senil que le hace tantear la carne como si 
hubiese perdido la sensibilidad. 

El raso no puede crujir ya debajo de esos 
dedos que se vam momificando, ni los labios 
caídos, flácidos, descoloridos, pueden pretender 
caricias voluptuosas que no podrían corres. 
ponder. 

La mirada está apagada, con horizontes cer- 
canos; se ofusca con el brillo, con las cosas 
nuevas, donde se refleja vivamente la luz; ne- 
cesita los colores sombríos, las medias tintas, el 
negro, que va cubriéndolos poco á poco, como 
un anticipo de la tumba. 

Es el punto de parada en la azarosa jornada 
de la lucha 


— 274 — 


¡ Y cómo desean prolongarla todos, á pesar de 
estar tambaleándose en su puesto de descanso! 


e... oo .o cono. .n.p.....0000900008000...%2.0..0...00...1.10..n.AI1ouwO.OO” 


e... .0000000000000000600000000000000000 00001. ... 


Muere la abuela y las butacas antiguas y los 
sillones de respaldo floreado, los sofás hospi- 
-talarios y las consolas de caoba, empiezan á 
peregrinar en la casa en busca de un refugio... 
Una mañana hacen su entrada humilde en el 
cuarto de los trastos viejos, como un mendigo 
que golpea á las puertas de un asilo. | 

Los retratos quedan pegados á las paredes, 
con sus miradas frías, severas, como enconados 
de ver partir á los amigos de su tiempo... 


IRRESPONSABLE 


Volvamos á nuestro personaje. 

Una puerta que se abrió con estrépito, le hizo 
estremecer y dar un salto en su asiento; tenía 
en la mano la segunda copa de licor y estuvo á 
punto de derramarla. | 

No atinó á balbucir un cumplimiento ni se 
atrevió á tender la dicstra á su amigo; sólo 
pudo articular una disculpa humilde :—perdó- ' 
mame, si soy molesto. 

Su amigo, sin hacer caso de su protesta, se 


— M5 — 


limitó á tenderle la mano y apretar la suya con 
efusión, como buen camarada, como si el día 
antes se hubiesen visto en el claustro de la Uni- 
versidad cuando concertaban un paseo. 

Esta conducta sencilla, deferente, casi afee- 
tuosa, de hombre educado, le hizo cobrar ánimo 
y despertar, como movido por una vibración, un 
sentimiento de gratitud... 

¡Qué bueno es! pensó; siempre el mismo, y 
suspirando fuertemente le dijo: me he acordado 
de ti, ahora que estoy en el último ¿rámite de 
una existencia que ya no sé qué hacer de ella; 
me voy sobrando á mí mismo, quisiera redu- 
cirme á una cosa cualquiera, quisiera refundir- 
me en otro ser, aunque fuese el más desprecia- 
ble, ya que de la vida no me queda más que la 
animalidad. Intelectualmente no me preguntes 
lo que valgo ni lo que puedo ser, creo que se 
ha borrado en mi cerebro el sitio que ocupa 
esta facultad y que no me queda de ella sino 
un jirón de instinto que mueve todos mis actos. 

Su amigo le interrumpió sonriendo, y dándole 
una palmada sobre el muslo derecho, le dijo: 
después de tantos años que has andado vagando 
como una sombra, sin encontrar tu centro de 
gravedad, todo tu caudal científico, toda tu for- 
tuna, todo tu bagaje, es la metempsicosis... ¿De 
dónde sales con esas ideas?... 

Si yo creyese en las doctrinas espiritistas, te 
supondría un ser de otro mundo que viene á 
escudriñar un poco las cosas de la tierra. 

Nuestro hombre abrió los ojos como dos lin- 


— 276 — 


ternas, y mirando á su amigo con aire de tris- 
teza, exclamó: tienes razón; no parezco un ser 
de este mundo, ni de estos tiempos... estoy en- 
vilecido y aburrido de mí mismo, me encuentro 
como si tuviere un grillete al pie, que me con- 
denase al trabajo forzado de estar pensando 
siempre en cosas imposibles y que me alejase 
cada vez más del contacto de los hombres, de 
quienes no he recibido ningún daño y á quienes 
he mirado siempre como miran las hienas en- 
_jauladas á los que van á mortificarlas con la 
punta de su bastón. 

Es una extraña manera de ser y de pensar 
la mía; pero no tengo yo la culpa... ¡Ah! si 
pudiese abrirme el cráneo,—añadió, agarrándose 
la cabeza con ambas manos, —y poner dentro un 
cerebro más igual al de los demás, indudable- 
mente sería la persona que tú deseas, y en cam- 
bio de un bagaje absurdo y ridículo, habría 
traido á tu casa la buena nueva de mi felicidad; 
pero, ¿qué quieres?... genio y figura... 

—Eres un niño, un niño mal dirigido, que ha 
dado los primeros pasos en falso sin más guía 
que el impulso de su tendencia genial y á la 
cual te entresgaste en cuerpo y alma desde los 
primeros días sin ver más allá de tus ojos y de 
tu esolsmo. 

—¡Lxoísmo yo!- exclamó, poniéndose de pie, 
pálido y convulso,—¡egoísmo!... yo que he sido 
una especie de pelícano, capaz de hacerme pe- 
dazos por los demás. 

—NXo te alarmes... esa manera de ser no te 


Es 


engrandece ni te da méritos... ese sistema de 
prodigar todo tu saber, como un filántropo, es 
una generosidad derrochadora, de la que no has 
sacado más provecho que desengaños, miserias, 
ideas equivocadas y sombrías sobre tus seme- 
jantes... Has dado tus sentimientos, mejor di- 
cho, los has derrochado, adornando con ellos la 
existencia de una perdularia á quien debiste 
dejar en el fango de donde había salido. Has 
pagado tu tributo á la experiencia, conquistán- 
dote, en esa jornada, el alejamiento de tus ami- 
gos, y tú, la huída de la sociedad, como un 
réprobo que tiene necesidad de ocultar un de- 
lito... Andabas después espiando á las gentes 
con aire de Diógenes, y bicn decían tus ojos, á 
falta de linterna, que tu desdén por todo lo que 
te rodeaba era más alto que el del misántropo 
griego. | 

Tu carrera la tiraste á la calle, como quien se 
despoja de una carga pesada y abrumadora... 
y luego... aquí perdóname que sea más fran- 
co... brutal... has envenenado tu organismo 
con el alcohol para que tu cerebro y tus nervios 
fuesen siempre rebeláes, y á trueque de tus des- 
dichas imaginarias y reales, te diesen el bicn- 
estar que apetecías... Has perdido en el cambio, 
querido amigo: por una copa de licor entrega- 
bas un jirón de tu organismo moral que has 
ido destrozando y enajenando poco á poco para 
quedar reducido, como tú decías hace un mo- 
mento, á la animalidad. 

El hombre de los imunes había escuchado 


— 218 — 


azorado el discurso de su amigo; cuando éste 
concluyó, pudo notar que dos lágrimas gruesas 
como garbanzos corrían divergentes por los sur- 
eos de sus mejillas acartonadas. 

—Tienes razón —dijo lentamente --tienes sobra- 
da razón. 

——No es este un reproche que te dirijo ni un 
consejo que pretendo darte, —continuó su ami- 
go, —pero ya que te has resuelto á golpear la 
puerta de mi casa y que tus últimas palabras 
de cariño para mí fueron un puñado de insul- 
tos que me tiraste á la cara, como quien arroja 
lodo, yo tomo, después de tantos años, mi des- 
quite para mostrarte que el único culpable de 
tus males eres tú... no te guardo rencor... 
aquella noche estabas ebrio, y sin sospecharlo, 
así has vivido hasta ahora. 

—Luego, soy un miserable que merezco ser 
arrojado de aquí como un perro... 

—No, eres un desgraciado, uno de tantos, en 
los que se cumple fatalmente una ley de heren- 
cia, de la que pocos pueden substraerse. 

Felizmente para ti, el medio social en que has 
vivido, la educación que te infiltraron desde 
niño, las barreras que forzosamente tenían que 
contener el desborde de tus pasiones, han hecho 
de ti un ser inofensivo... 

—¡Pero inútil! —le interrumpió desesperado 
nuestro personaje. 

—-¿ Tú crees, —prosiguió su amigo,—que po- 
niendo una pantalla delante de tus ojos, te subs- 
tracrías á las miradas de los demás?... ¿crees 


— 279 — 


que no he adivinado tu existencia á pesar de tu 
alejamiento ?... Me bastaba verte, de cuando en 
cuando, en la calle, cuando marchabas distraído, 
agobiado, indiferente por el desaliño de tu per- 
sona, para formar un concepto definido de tu 
situación. Tú crees que mis miradas no te han 
seguido hasta la intimidad de tu vivienda y que 
no he escuchado los monólogos de tu desespe- 
ración y de tu alegría. 

Podría contarte, día por día y hora por hora, 
lo que has hecho, lo que has pensado y los pro- 
pósitos que han movido tus pasos... ¿Crees 
que muchas veces cuando tú, en el silencio de 
la noche, en la obscuridad de tu vivienda, te 
levantabas sobresaltado de la cama para escu- 
char, con ansiedad y espanto, voces é impreca- 
ciones de amenaza, no te seguía mi pensamiento 
y mis ojos no te veían arrojarte de ella con el 
cabello erizado, tambaleando y comprimiendo 
en tus manos temblorosas una arma para defen- 
derte y agredir á tus enemigos imaginarios ? 

¿Crees que, cuando salías despavorido, huyen- 
do á medio vestir, de esos mismos enemigos 
conjurados para hacerte daño, no te veía ganar 
la calle desesperado, loco, fascinado por una 
sombra, para ir á pasar el rosto de la noche 
acurrucado en un banco de una plaza cualquie- 
ra como un perro sin dueño? 

¿Crees que no te he visto con los ojos azora- 
dos, la boca torcida como en la convulsión de 
un epiléptico, acariciar la intención siniestra de 
prender fuego á la casa? 


380. 


Estas revelaciones, hechas asf, á boca de ja- 
rro, patentizando la verdad más completa, po- 
níanle por delante escenas que tantas veces se 
habían repetido y de las que se crela actor y 
único testigo. 

Hondamente conmovido, miró á su antiguo 
compañero con ojos de súplica. 

Lo veía delante de él, en el apogeo de su ju- 
ventud, fuerte, bondadoso pero severo, rico, 
inteligente, y por grados lo convertía en un titán, 
á medida que él se achicaba como un pigmeo. 

En su pequeñez enfermiza, parccíale su amigo 
un ser sobrenatural que se le presentaba de 
improviso, justiciero, para darle el golpe de gra- 
cia y destruir en un minuto sus restos de va- 
nagloria por su independencia y por lo que él 
MDamaba su carácter. 

Le había horadado la conciencia como había 
horadado las paredes de su miserable vivienda; 
estaba deseubierto; no le quedaba otro camino 
que disparar de allí y arrojarse debajo de las 
ruedas del prin:er vehículo que pasase. 

Después de una pausa, su amigo tomó el hilo 
de sus revelaciones, aparentando la mayor na- 
turalidad. Se había propuesto sacar partido en 
favor de ese desgraciado, ya que la casualidad 
le proporcionaba una entrevista con todas las 
ventajas para sus desienlos, 

Tal vez exhibiéndolo á sus propios ojos en toda 
la desnudez monstruosa de la realidad, habría 
conseguido desviar las tendencias de ese infeliz, 
que marchaba ciego ó al manicomio ó al suicidio. 


— 281 — 


—Esto no es todo, mi querido amigo; debo 
decirte más; sé muy bien que tus nervios reci- 
ben un choque violento y que abuso un poco 
de la hospitalidad que te doy, pero tú tienes la 
culpa; has venido á mi casa como un camalote 
arrastrado por la corriente, y tal vez sea esta 
la última vez que nos veamos... Te conozco 
muy bien y sé que no volverás, si no consigues 
redimirte, 

Un apretón de manos violento, cfusivo, que 
parecía implicar un juramento ó una prosa 
fué la contestación á sus palabras. 

—Deja las efusiones para después, siéntate y 
escucha... Esa sensibilidad de mujer que ha 
reemplazado á tu virilidad de otros tiempos, no 
me conmueve lo bastante para hacerme callar. 

In medio de todo, ha sido una felicidad para 
ti que tu situación no te condujese á extremos 
más peligrosos. 

Cuando estabas alucinado por las impresiones 
que trastornaban tu cerebro y veias por delante 
la imagen de enemigos que atentaban contra tu 
existencia, has podido ser al e 

Si en las huídas de tu casa encuentras al paso 
algún desdichado que te sorprende en esos mo- 
mentos de delirio, no habrías titubeado en xmi- 
rarlo también como á un enemigo y en hacerle 
víctima de tu furor. 

—¡Asesino también! —exclamó el hombre de 
los imanes, ocultando avergonzado entre sus 
manos su cara desencajada. 

—¡Qué linda manera de ser filósofo, de reirse 


> e e 


de los hombres y de mirar con encono y des- 
precio á la sociedad, de llorar como un niño 
sobre las rimas de un,poeta sentimental, y de 
estarse torturando con impaciencia, sin más ob- 
jetivo que el de llegar pronto á una meta poco 
envidiable para decir desde allí: quisiera ser una 
bestia cualquiera, antes que ser un hombre útil 
é inteligente! 

Verdad que es la única contestación lógica á 
una vida malgastada en la inacción y en la in- 
conveniencia del propio deber. 

¡Ah! bien sé que no eres el único y que eres 
tal vez el más desgraciado del gremio. 

Seres enfermos, organismos morales truncos, 
que van esparciendo, como la mala semilla, el 
germen insano de una existencia peligrosa, que : 
lleva de una generación á otra su marca inde- 
leble, 

Felizmente, no has constituído una familia. 

La providencia no ha sido tan injusta contigo, 
agregó sonriendo, y no tienes derecho á ser 
ingrato; ha cortado en ti la huella funesta que 
te han transmitido tus antepasados, y otros infe- 
lices no tendrán que padecer lo que tú has su- 
frido. 

—¡Basta!—exclamó de pronto el hombre de 
los imanes, que había quedado cabizbajo, escu- 
chando la última parte del discurso;—no me 
tortures más, mis nervios no resisten á tus pa- 
labras. | 

Te he escuchado como á un padre, como á un 
amigo, como á un juez; te he permitido que me 


— 283 — 


aconsejes, que me delates ante mi propia con- 
ciencia, que me despecdaces haciendo el análisis 
de mi vida, de mis sentimientos; pero no me 
envilezcas más de lo que estoy, me queda aún 
un resto de sentido moral para medir el abismo 
que tengo por delante. 

—Sentido moral pervertido, que te hace ver 
como en el daltonismo los colores cambiados; 
así recibe tu cerebro las impresiones equivoca- 
das Ó no las recibe en el grado que ha herido 
tu sensibilidad. 

—Escúchame ahora y no lo tomes á mal; ten- 
go por ti el cariño de otros tiempos, soy toda- 
vía tu condiscípulo, y aunque nos haya separado 
una larga jornada, no puedo olvidar que siem- 
pre fuiste para mí el amigo de la infancia con 
quien he compartido Jas mejores horas de esa 
edad. 

Icsta revelación afectuosa acabó por enterne- 
cerlo y hacerle pedir disculpa. 

—No te hagas más culpable, —siguió,- de lo 
que eres realmente. 

Nadie mejor que tú mismo ha podido ponde- 
rar, dia por día, hora por hora, los estragos 
que han surcado bondadosamente tu existencia, 
y si esa necesidad de reparación, si ese desco 
de algo mejor, de alvo más duradero y útil, 
surgiese en ti con toda la fuerza necesaria para 
darle el vigor de un sentimiento estable, podría 
batir palmas y creer que has conseguido tu ob- 
jeto; pero no debes olvidar que las impresiones, 
los sentimientos, los afectos, no se substraen á 


— 284 — 


la materialidad de las vibraciones nerviosas, y 
que todo ello no es obra de la imaginación ni 
del idealismo con que nos acostumbrábamos á 
pensarlo cuando sacábamos engreídos nuestros 
argumentos de esos textos perdularios de filo- 
solía que andaban rodando deshojados debajo 
de los bancos de la clase. 

Tú has quedado estacionario, y cuando has 
querido avanzar un paso, has encontrado inme- 
dintamente un escollo, puesto en tu camino por 
tus propias manos. 

Piensa que la máquina dea ma, tanto en su 
organización física como moral, está sujeta á la 
leyes del funcionamiento de de órcanos que en- 
tran como factores perfectamente equilibrados 
en su composición. 

Es cnestión de Iimpresionabilidad más Óó me- 
nos delicada. 

Un pineliazo dado en un dedo no será adyer- 
tido por el que tiene las extremidades nerviosas 
atrofiadas, pero hará saltar de dolor al que con- 
serva sn sensibilidad intacta. 

Una insolencia Óó una bofetada te harán reac- 
cionsr y tomar, en la justa medida del ultraje 
recibido, una reparación inmediata; en otro, la 
impresión leva al cerebro, pero la reacción no 
se hace sentir como una vibración Instantánea, 
la mníquina no funciona econ perfección y el ofen- 
dido apenas sí se pasa la mano por el rostro 
para comprobar la afrenta. 

Tú cometes una mala aeción y te Gas cuenta 
de ello; otros hacer lo mismo y apenas si le 


— 285 — 


dan importancia; tú tienes sangre en tu rostro 
para sonrojarte, otros tienen su circulación en- 
torpecida y jamás sienten el rubor. Ya lo ves, 
sin ir más adelante, sin engolfarnos en estas 
apreciaciones que llaman materialistas, puedes 
ver en ti mismo un ejemplo palpitante de lo 
que estoy diciendo. 

Agrega ahora á esa máquina defectuosa la 
acción maléfica del alcohol y tendrás el des- 
equilibrio lento, pero seguro, del orranismo más 
perfecto. 

El hombre de los imanes oía extasiado la ex- 
plicación filosófica de su amigo, y éste, con el 
entusiasmo que había aumentado por grados, 
no advertía que había llegado tarde y que sus 
palabras, si daban en el blanco, no dejaban ves- 
tigio alguno del choque. 

El alcohol es un ladrón que penetra dulce- 
mente para llevarse todos los días algo: hoy 
destruye una célula, mañana inmoviliza un re- 
sorte que era el eje sobre el que giraba un sen- 
timiento; ataca una víscera importante y le 
saquea toda su savia hasta matarla traidora- 
mente, y á medida que va penetrando en la in- 
timidad del organismo, va rompiendo el ritmo 
de nuestras acciones, de nuestros sentimientos, 
de nuestros afectos, para convertir al hombre 
en un idiota, en un malvado, en un criminal, 
dejando cabida en la penumbra de ese cuadro 
sombrío á una serie de seres desgraciados, in- 
conscientes, degenerados, y todos ellos capaces 
de las aberraciones más monstriosas 


— 286 — 


Búscame ahora el alma en medio del tufo del vino 
y de los licores, y la encontrarías esclava de un 
cerebro salpicado de células degeneradas, inúti- 
les, reblandecidas; lo encontrarás todo revuelto, 
como si escarbaras con un palo dentro de una 
colmena. 

Pon una mano sobre el corazón y lo sentirás 
latir como si estuviese epiléptico y quisiese sal- 
tar fuera del pecho. 

Búscame un afecto tierno, duradero, una idea 
progresista, un impulso generoso, un móvil ele- 
vado. Reune como en un juego de paciencia 
todos esos pedazos desgastados; hazlos servir 
al engranaje de la vida, y verás lo que sale de 
ese desquicio. 

——¡Yo!—exclamó en un arrebato el infeliz, —yo, 
que no he sabido luchar y que me he dejado 
subyugar miserablemente, sin oponer más re- 
sistencia que mis preocupaciones y el nervosis- 
mo de que estoy empastado. 

—¡Ah! te juro, —añadió á tiempo que se levan- 
taba con la resolución de un hombre decidido, — 
que después de este discurso y estos consejos 
cambiaré completamente de rumbo y pondré 
remedio á todas las desdichas... Tomó Juego 
la mano de su amigo, y al comprimirla, hizo 
crujir sus dedos como si estuviesen fracturados. 

Éste lo miró con lástima, y moviendo la ca- 
beza con aire de incredulidad, le dijo Pon niendo: 
¡Diga usted los imanes! 


— 281 — 


EN POLÍTICA 


Una copita de licor, que le sirvió apenas para 
humedecer las fauces, vino á sellar el solemne 
juramento. 

Su amigo había tomado ahora un tono fes- 
tivo; le dió unas palmadas en el hombro, á 
tiempo que le decía:—Bueno, vamos á otro te- 
ma. Después de esta larga disertación, en la que 
he puesto á prueba tu arrepentimiento, te daré 
una buena noticia: estoy rico, puedo ayudarte 
y puedo contribuir así á asegurar tus propó- 
sitos. 

—No me hace falta el dinero—replicó el hom- 
bre de los imanes, alarmado por su delicadeza 
y por el decoro de sus bolsillos... 

—Ya lo sé, ya lo sé—replicó con insistencia 
su amigo;—has resuelto el problema de vivir 
sin gastar... y sin producir... Debes agregar 
ese nuevo sistema á algún tratado de economía 
política. 

Si todos fueran como tú ¡qué perspectiva gra- 
ciosa tendría la sociedad!... Sería curioso ver 
una colectividad de hombres á tu imagen y se- 
mejanza. 

Basta de niñerías y hablemos ahora con for- 
malidad. 


— 288 — 


Tú no has venido á esta casa para ver á tu 
amigo, para darle un abrazo y tomar en su 
compañía una copita de licor; te conozco lo bas- 
tante para comprender que no has dejado á la 
puerta toda la soberbia con que has dragoneado 
hasta ahora; vienes, pues, con algún propósito, 
por algún motivo... ¿0 has venido simplemen- 
te para oir mis paternales consejos ?—añadió con 
ironía. 

—VYengo para figurar en política-—exclamó el 
hombre de los imanes, lanzando la frase á boca 
de jarro y sin fijarse en el efecto que había 
hecho en el semblante de su amigo. 

—¡Tú!... ¿Y tus ideales purísimos y tus ex- 
plosiones de perfeccionamiento? ¿En política?... 
Figurar en política...—decia su amigo, movien- 
do ientamente la cabeza y paseándose con las 
manos cruzadas á la espalda. —Tienes razón... 
tú también puedes figurar... pero veamos, ¿4 
qué aspiras?... ¿cuál es el puesto que ha me- 
recido tu simpatía, para despertar en un buen 
momento tu entusiasmo ya momificado ? 

—Es que... como soy un inservible... quisie- 
ra empezar por hacer carrera, por hacer méri- 
tos, por codearme contigo, por ejemplo, reflejar 
en mí algo de tu posición, para que la gente 
me fuese conociendo, para que, ya á fuerza de 
verme junto á ti, pudiera y se acostumbrase á 
decir: aquel es fulano, que va con zutano; es 
decir, van en politica los dos... Ya lo ves—dijo 
tímidamente el hombre de los imanes, —aspiro 
á un poquito de consideración social, necesito 


— 289 — 


que las miradas se fijen en mí... pero al decir 
esto, le subieron como dos viborillas de rubor 
por las sinuosidades de sus mejillas. Se levan- 
tó de golpe de su asiento, y echando mano á las 
solapas de su levita, las abrió de par en par, 
exclamando: ¡pero no con este traje; no con. 
esta figura! — añadió mirándose de arriba á 
abajo. | 

Su amigo sonreía maliciosamente de la inge- 
nuidad y del bochorno que causaban al hombre 
de los imanes sus trapos viejos y aguerridos; 
él estaba de pie, con las solapas abiertas, como 
las alas de un pajarraco que se dispone á alzar 
el vuelo. 

—¡Bah!... el traje no hace al monje... sin 
embargo, es menester presentarse siempre de 
una manera conveniente; sobre todo, cuando se 
aspira...—Al pronunciar esta última frase, diri- 
gió una mirada intensa á su amigo... 

—Pero tú, que has abandonado la política, 
que has considerado á los hombres públicos 
como si fuesen trastos arrumbados á quienes 
todo el mundo tiene derecho de dar con el pie; 
tú, que has vivido en un ambiente completa- 
mente ajeno á los movimientos de esta socie- 
dad; tú, que has llegado hasta creer, en los mo- 
mentos de tus aberraciones, que tus enemigos 
políticos eran hombres de otra especie y de 
otra raza, vienes ahora, como caído del cielo, á 
decirme sencillamente: quiero figurar en polí- 
tica... es decir: á parodiar al hombre aquel de 
Larra que quería ser cómico... y yo te replico: 

Vol. 100 10 


— 2%) — 


¿y tu partido, tu hermoso partido, aquel que 
estaba compuesto de hombres selectos, de inte- 
ligencias brillantes, de ciudadanos abnegados, 
de mártires del deber, de varones ilustres, que 
apenas si te atrevías á tocarles con el dedo 
por temor de llevarles la impureza con tu con- 
tacto ? | 

¿Ya no te seducen, ya no son partido, ya no 
inflaman tu pecho, ya no arrancan de tu fibra 
patriótica el grito del entusiasmo?... ¡Mal par- 
tidario, mal ciudadano, vienes á renegar de tus 
tradiciones, de tus creencias, de tus dogmas!... . 

¡Qué mala inspiración has tenido!-—agregó, 
viendo las torturas por que pasaba el infeliz, 
que estaba como arrumbado en un sillón, oyen- 
do la arenga. 

Vuelvo á repetirte que eres un niño... un 
gran niño vicioso... que ha perdido su tiempo 
y que está en la anagnosia. 

« Quiéres figurar en política? ¿Cuál es el con- 
tingente que traes á la lucha?... ¿Tu buena 
voluntad?... ¿Tu buena voluntad, tus ideas 
transformadas, como quien pinta bigotes á una 
virgen para hacer un San Juan?... No, no vale 
nada. 

Á la política debes ingresar con la disposición 
firme y tranquila de cumplir con tu deber, sin: 
preocuparte de tus ideales ni de tus creencias, 
sino de las de tu vecino. 

Si no estás con él, es tu enemigo, y te bas- 
tará serlo para encontrarle todos los defectos 
posibles é imaginables, aunque tenga virtudes 
espartanas. 


— 9 


¿Sabes lo que es la política?... ¿lo sabes?... 
la política es el arte que enseña á defenderse 
siempre del enemigo... El día que no lo atacas 
ó cometes la tontería de elogiarlo, eres hom- 
bre perdido, completamente perdido:—esta es la 
ley... k | 

Los partidos políticos son siempre, recípro- 
camente, los mejores... son como las mujeres. 
Aunque sean viejas, feas y desairadas, siempre 
son mujeres, es decir, tienen flaquezas, veleida- 
des y no olvidan hablar mal del prójimo. 

¡Qué diferencia entre las doctrinas que él se 
había forjado, y las enseñanzas que había en- 
contrado en los libros! 

—¡Esto lo dices tú!...—se atrevió á replicar 
timidamente, sin poderse ya contener.—Los li- 
bros enseñan otra cosa... 

-—¿Los libros?... Lo que encuentras en los 
libros es lo mismo que dicen los médicos: en 
los lieros todas las enfermedades se curan... 
en el enfermo es otra cosa. 

No era posible comparar lo que él había 
leído con lo que estaba escuchando; no veía la 
necesidad de que los hombres se sacasen los 
ojos por pensar de distinta manera, ni de que 
estuviesen ocupados en encontrarse defectos 
para tirárselos á la cara como arma de com- 
bate. 

Su amigo le pintaba la política como una lu- 
cha innoble, en la que siempre había que ver 
enemigos... Los adversarios, los que él llamaba 
candorosamente sus adversarios, debían tener 


buena fe, equidad, justicia é imparcialidad, para 
ponderar sus actos y los de los demás. 

No estaba conforme con esa gritería de gen- 
tes peleadoras que andaban siempre al tira y 
afloja por disputarse las posiciones con la con- 
vicción de que, el día que cediesen un palmo, 
el vencido tendría que pasar por las horcas 
caudinas. 

—¡Así es la política!...—exclamó después del 
largo silencio con que había escuchado la tesis 
de su amigo, y alzando sus ojazos de loco, pare- 
cía asumir una actitud de lástima por las here- 
jías que estaba oyendo. 

—Sí, es así, no es metafísica, no es juguete 
de raciocinios ni de lógicas huecas... eso que 
tú crees, es por ahora teología, y así será por 
mucho tiempo, hasta que se equilibren las fuer- 
zas intelectuales, sociales y numéricas de los 
partidos. 

—De modo que la política obedece á las cir- 
cunstancias, á la ocasión, á la evolución social, 
á la selección... 

—Déjate de on y de on; la política es siempre 
la misma; la de hoy, la de ayer, la de antaño; 
es la de siempre: la preponderancia de un par- 
tido sobre otro, preponderancia que le da ven- 
tajas, que le gana posiciones, como gana interés 
el dinero puesto á rédito, interés que se capita- 
liza y que aumenta diariamente el caudal de la 
colectividad que lo maneja. 

Se trata de hombres, mi querido amigo; se 
trata de pasiones, de estímulos, de luchas, de 
ganar terreno... Esto, por ambos lados. 


— 293 — 


11 que es enemigo, porque es enemigo.., y 
el otro, porque es también enemigo... luego, 
aquello de los niños: ¿quién ha roto el plato?... 
es claro que nadie... y sin embargo, todos se 
acusan á un tiempo. 

—¡ Y la patria! —exclamó el hombre de los ima- 
nes, saltando de su asiento, como si quisiese 
colgarse de un trapecio.—Y los grandes hom- 
bres! j 

—¿La patria?... es harina de otro costal... 
deja á la patria en su lugar... el sentimiento 
de la patria entra en todos los pechos y en to- 
das las fibras, y es más malo el que duda de 
que haya quien no la quiera, que el que es acu- 
sado de no quererla... 

Veo que estás en mal camino; todavía sigues 
creyendo lo del principio; el enemigo es malo, 
malísimo, porque no piensa Óó hace lo que tú... 
Oye bien esto: cualquier partido no desdeñaría 
el peor de los clementos que figura en otro de 
ellos, y tratándose de un partidario, tiene que 
soportar lo bueno, lo malo, lo pésimo. 

Será mala doctrina, pero tiene sin embargo 
un correctivo... la sanción social—ésta toma su 
desquite; —bien sabes que en sociedad no todos 
nos tendemos la mano. | 

Ahora, hazte todas las cruces que quieras, 
golpéate el pecho con una piedra, carga con 
todas las culpas de la mala organización de los 
partidos; pero, si quieres figurar en política, 
aprende bien el santo y seña de la masoneria, 
y luego me sabrás decir si estoy equivocado, 


— 294 — 


Sé más partidario, más humano contigo mis- 
mo... Ni tú, ni yo, alcanzaremos esos ideales 
que tienen todo el prestigio de la tierra prome- 
tida, pero que dan escasos frutos. 

—¿De modo que en política todos los parti- 
dos son buenos?—se aventuró á decir con cu- 
riosidad el hombre de los imanes. 

Sí, todos son muy buenos, menos los malos 
y los óptimos, y aunque esto te parezca una 
paradoja ó un juego de palabras, debes inter- 
pretarlo así, al pie de la letra, los óptimos están 
más arriba del cielo, los malos están en todas 
partes. 

El neófito no se aña perfecta cuenta de esta 
manera extraña de juzgar de la política de los 
partidarios. Siguiendo su habitual manera de 
pensar de los hombres, encarnaba todas sus 
aspiraciones políticas en conceptos elevados, y 
le parecía que, al ponerlas en práctica, la socie- 
dad quedaría instalada sobre cimientos incon- 
movibles. 

—¡Una buena levadura hace un buen pan— 
repetía sonriendo—ya que tú hablabas hace un 
momento de harina de otro costal! 

El, que no había reconocido sino los partidos 
extremos: los buenos á su manera, con aspira- 
ciones nobilísimas, que hacían de la patria su 
culto más ardiente, y los malos, que se echaban 
la patria al hombro, como un fardo, para darle 
un tumbo en cualquier parte. 

Las revelaciones de su amigo eran como un 
cuerpo extraño encerrado en una llaga; le eau- 


— 9% — 


saban un dolor profundo, intenso, y él, que tenía 
á cada instante que tirar la cuerda de su cere- ' 
bro para ponerlo en equilibrio, miró á su com- 
pañero con lástima, á tiempo que decía para 
sus adentros: este hombre está loco. 

Permanecía sentado, “silencioso, con sus pier- 
nas cruzadas, cabalgando la derecha sobre la 
izquierda, imprimiendo movimientos de vaivén 
al pie, á tiempo que golpeaba con la mano sobre 
el muslo. 

—¿ Y qué dices á todo esto? 

—¿Qué digo? ¿qué digo?—murmuró el opti- 
mista.—Mucho tendria que replicar á tus teorías 
de política práctica--y aquí guardó de nuevo 
silencio, como esperando la llegada de una idea 
que estuviese componiéndose en el cerebro cual 
en la caja de un tipógrafo. Saltó en seguida de 
su asiento, y poniéndose por delante de su ami.- 
go, con los brazos cruzados sobre el pecho, el 
pescuezo estirado, la mirada convulsa y extraña, 
como si saliese de un ojo del cual el iris se 
hubiese despegado, estiró de pronto sus brazos, 
poniéndose en actitud de esgrima, y, como si 
quisiese tirárselos á la cara, exclamó :—¡suponte 
que yo sea tu enemigo político! ¿qué harías? 

Su amigo se dejó caer en un sillón, sonriendo 
plácidamente, é indicándole con la mano para 
que volviese tomar asiento, le contestó en 
estos términos:—si tú fueses mi enemigo polí- 
tico... no haría nada... Los enemigos políticos 
como tú, son inofensivos... no te enfades... 
ahora, si tú fueses un político activo, trabaja- 


é 
á 


— 296 — 


dor, que se moviese para Mevar su influencia, 
en la esfera de su valimiento, ya sería otra 
eosa; en esas condiciones, y puestos frente á 
frente, empezaría por decirte que los principios 
que sostiene tu partido son herejías políticas, 
que sus aspiraciones desmedidas no tienen otro 
objetivo que el de arruinar á la patria, que 
jamás ha hecho nada por el bien de ella, que 
en su carrera ha dejado un surco árido donde 
no podrá arraigar la mejor semilla;—y luego 
para hacerte desesperar más, levantaría la voz, 
protestando del fraude, de la violencia, y habla- 
ría á nombre del pueblo sin pedirle la venia. 

Ya lo ves, un hombre que quiere figurar en 
política debe aprender, antes que todo, á mane- 
jar la hipérbole, debe tener al pueblo siempre 
pendiente de sus labios. 

—Y la mentira en el bolsillo, para pagar al 
contado cualquier giro—replicó el hombre de los 
¿manes. 

—No, amigo mío; no, la diplomacia... el arte 
de fingir bien, de sonreirse á tiempo, de hacer 
un ¡oh! en la oportunidad requerida, de restre- 
garse las manos cuando sea necesario, de mos- 
trar confianza, abatimiento, convicción, alegría, 
tristeza, sorpresa é indiferencia según el resorte 
que ha de comprimirse; reservar la intención 
para la almohada y no hablar más de lo que 
sea necesario: allá veremos, si si, esto esta bien, 
es de mi agrado, asi lo haremos, hay conve- 
niencia en ello, naturalmente debe ser ast, 
geómo podría ser de otra manera?... ¡oh! ce- 


— 9297 — 


lebro mucho que hayamos llegado « esa con- 
clusión;—así de frente... á la espalda, ni esto, 
dijo el diplomático improvisado, haciendo sonar 
la uña del pulgar derecho contra el primer in- 
cisivo izquierdo, que parecía haber tomado ex 
profeso una desviación adecuada. 

Esto es gran política, política de los libros, 
como tú lo sabes... la otra, es el pan nuestro 
de cada día... política de catecismo y más fácil 
que aquello del fiel cristiano. 

Cuando tomes parte activa en ella, ya verás 
que mis palabras reflejan la imagen de lo que 
tendrás ocasión de presenciar. 

—Así lo pensarás tú... pero, ¿y los grandes 
hombres de nuestro país?... 

—Vuelves á la manía de mezclar los grandes 
hombres de nuestro píís en estas cosas :pura- 
mente mundanas... Los grandes hombres de 
nuestro país no entran para nada en lo que 
acabo de decirte... no comprendes los térmi- 
nos... ellos no son los partidos ni pueden cons- 
tituir los ideales que has forjado... tienen su 
lugar aparte y han pasado muchos malos ratos 
y los pasarán antes de que la gente se resuelva 
á hacerles justicia. 

Constituyen nuestros períodos históricos, im- 
primiendo con su ideal el sello especial á una 
época... . esto sucede en todas partes, desde Gre- 
cia y Roma antigua hasta la fecha. 

¡Si la humanidad es siempre la misma y las 
épocas se renuevan en la bistoria con una se: 
mejanza que asombra! 


— 28 — 


Muchas veces se tiene la tentación de creer 
que un personaje antiguo se ha encarnado en 
uno moderno y que fuera del círculo de ciertas 
obras sería difícil hacer otras... es tan grande 
la semejanza que los vincula, son tan iguales 
sus actos, son tan idénticas sus tendencias, qne 
parecería que la humanidad tuviera un gran 
cerebro y que lo fuese repartiendo de á peda- 
zOS... y bienaventurado el que le toca una taja- 
da privilegiada. i 

Deja, pues, á los grandes hombres; ellos son 
iguales en todos los tiempos, y la historia, que 
es una especie de coleccionista de objetos viejos 
y curiosos, se los apropia, los despoja de todo 
lo que es pequeño y vulgar, retoca los deterio- 
ros que les imprimió el roce con los demás, y 
luego, los acomoda piadosamente en su catálogo 
para que las gentes se saquen el sombrero, se 
crucen de brazos, y los miren con respeto y 
con asombro y puedan decir para sus adentros: 
¿quién había de creer que este hombre, que ha 
hecho tanto por sus semejantes, haya sido tan 
maltratado ? 

Esa es la ley, señor alumno de física. 

Concluída su campaña gloriosa, pero general- 
mente empequeñecida por las pasiones propias 
y ajenas, recogen pausadamente los pliegues de 
su túnica, levantan las coronas y las flores que 
que han arrojado á la arena sus admiradores, 
echan al hombro la lanza mellada, borran á su 
paso el lodo y las injurias que han quitado el 
brillo á la arcna movediza. y tranquilos, pero 


— 299 — 


quebrantados, satisfechos, pero sin ilusiones, se 
meten modestamente en su tienda, cierran her- 
méticamente sus puertas y dejan que la huma- 
nidad grite Ó aplauda según su antojo. 

Si alguna vez tienen la veleidad de dar una 
correteada por la antigua arena, donde aun que- 
da la huella de sus triunfos, se exponen á 
comenzar de nuevo la lucha fatigosa, á dejar 
los jirones de la túnica y recoger con las coro- 
nas marchitas el eco del palmoteo impertinente. 

¡Ah! yo también soy partidario de los ideales, 
soy admirador del talento, respeto las virtudes 
cívicas y aspiro á poseerlas, me inclino con 
anticipación ante los hombres eminentes, tengo 
verdadero culto por los que se sacrifican por la 
patria, no sería capaz de defender mi partido 
con injurias, ni usar de armas innobles; pero, 
provocado á la lucha, el talento, las virtudes 
cívicas, los ideales, los sacrificios, los hombres 
eminentes, todo esto reunido, mezclado al apa- 
sionamiento del combate, no se libra del zarpazo 
con que se defienden los que ven atacada su 
' trinchera, y precisamente, cuanto mayor es el 
bagaje del enemigo, mayores deben ser las 
fuerzas del que combate para vencerlo. 

Y luego... ¿no estamos en un país democrá- 
tico, no tienen nuestros partidos idénticos prin- 
cipios, no quieren todos el bien de la patria, no 
son vástagos del mismo tronco, no han evolu- 
cionado en el mismo orden de ideas, no etitan 
todos los días que ellos, recíprocamente, son los 
mejores? Y esto lo verás pronto, si sigues mis 
consejos. 


— 300 .-- 


¿No se han quitado las asperezas como quien 
lima un hierro herrumbrado para dejarlo relu- 
ciente? 

Deja, pues, á los hombres eminentes, á la 
patria, y á todas las cosas que están en el am- 
biente del idealismo. 

Fíjate en lo que sucede con dos individuos, con 
dos hermanos que han vivido distanciados por 
una causa cualquiera, que se han mostrado los 
dientes, que han buscado á un tercero para con- 
fiarle recíprocamente los defectos del contrario, 
que han llegado en su ofuscación hasta creerse 
enemigos irreconciliables, y otras tonterías por 
el estilo, y por último, en un buen momento, se 
abrazan, lloran juntos, se dicen todas las ternu- 
ras más delicadas, evocan todos los recuerdos 
de familia, se juran incapaces de las felonías 
hechas en las horas de despecho, se toman del 
brazo con efusión y van rápidamente á presen- 
tarse unidos, satisfechos, más hermanos que 
nunca, ante la madre, ante la viejecita ya tem- 
bleque pero venerable, que al verlos, se acomo- 
da los anteojos, se levanta encorvada de su 
sillón, deja caer su libro de lectura religiosa, y 
llena de júbilo, con lágrimas aun calientes, los 
abraza, los reune, besa alternativamente sus 
frentes de hijos cariñosos, los bendice y da gra- 
cias á Dios desde lo intimo de su alma. 

Ella, la madre, la viejecita, sin pasiones, sin 
rencores, sin preferencias, es decir, la patria, 
siempre igual, siempre dispuesta, ampara bajo 
su techo, bajo su hogar tranquilo, á sus dos 


— 301 — 


hijos, que hoy ve reunidos, reconciliados... 
igualmente buenos y dispuestos á proteger su 
ancianidad. 

Ellos mismos no se creen ya tan malos, ni 
enemigos. 

Aplica la moraleja á los partidos y ii: ten- 
drás distanciados del hogar por sus pasiones, 
por sus miserias, por sus rencores... pero la 
viejecita está allí, fuerte, justiciera, cariñosa, 
esperando resignada que golpeen la puerta para 
abrirles sus brazos y mostrarlos después con 
orgullo, diciendo: ¡estos son mis hijos, son her- 
manos gemelos, llevan mi sangre y mis vir- 
tudes! 

Cuando son partidos de otro orden, cundo 
se arrojan á la lucha principios de otra índole, 
se comprenden la intransigencia y el encono; un 
republicano y un monárquico podrán llegar 
hasta el exterminio por hacer prevalecer sus 
creencias; un liberal y un clerical serán capaces 
de llegar á todos los extremos, y en esta forma, 
en estos excesos, hay una justificación que los 
hace tolerables. 

En los partidos que actúan «bajo los mismos 
principios, las luchas revisten el carácter de los 
juegos de niños. 

Se apoderán de los juguetes, se entretienen 
juntos, los contemplan extasiados, se los pres- 
tan reciprocamente; pero, si llega un momento 
en que el más fuerte ó el más mañoso encuentra 
agrado en poseerlo, le dice al otro con todo egois- 
mo: esto es mío, haz la prueba de quitárm:lo. 


— 302 — 


El hombre de los imanes estaba ahora des- 
lumbrado; su amigo le hacía ver un mundo 
real, y aunque percibiese las medias tintas del 
cinismo, no se escandalizaba ya de esas doc- 
trinas. uE 

Su misticismo político había concluído; estaba 
como un creyente que hubiese adorado por mu- 
chos años una imagen que creyera milagrosa, 
circundada de oropeles, y que de improviso una 
ráfaga malvada levantase las ricas telas para 
hacer ver desnudo y apolillado el armazón gro- 
sero de la santa. | 

Quiso dar sin embargo el último asalto, para 
ver la composición de las ideas que se habían 
emitido. 

— Empieza, pues, á figurar en política con 
toda confianza... empieza por formar número, 
por asistir como espectador, simplemente si te 
place, pero no creas que en política hay dere- 
chos reservados para determinados individuos... 
hay jerarquías, pero jerarquías que desapare- 
cen en la sociedad. 

En política no hay clases privilegiadas. 

Las distinciones no las da la política; las da 
el talento, las dan las condiciones individuales, 
las dan los méritos y virtudes que adornan al 
ciudadano, y si el que ingresa á la arena polí- 
tica trae además de su divisa ese caudal, tendrá 
más probabilidades de ascender en la escala, 
pero tendrá también más enemigos y más des- 
engaños. 

¡La honradez política es la base de todo sig- 


— 303 — . 


tema bien organizado y que merezca ser respe- 
tado!—exelamó enfáticamente el hombre de los 
imanes, creyendo pulverizar á su amigo con 
esta frase de efecto. 

—¡Bravo!—exclamó éste batiendo palmas;— 
hablas como un libro, pero esa frase, que se 
la atribuyen á Matusalén en un rato de buen 
humor, no te impedirá que tú mismo puedas 
hacer en un buen momento ciertas cosas que 
justifiquen que venga uno y te diga al oído; la 
honradez política es la base de todo sistema 
bien organizado, etc., etc. 

Mira, el más ideal de los sistemas, puesto en 
las manos de los hombres, tiene que salir defi- 
ciente, imperfecto... 

La sociedad se fabrica leyes buenas, óptimas, 
jura y rejura que las cumplirá y que llamará 
ante la justicia al que falte á su mandato... y 
ahí, á sus barbas, al dar vuelta á la esquina, se 
olvida de lo que ha hecho, de lo que ha jurado, 
de la ley, de quien la ha hecho y de quien debe 
hacerla cumplir. 

Y si por acaso le tocas en el hombro y le di- 
ces al que infringe: amigo, ¿y la ley?... ¡Ah! 
es cierto, la ley, la justicia ante todo... se me 
había olvidado... es una distracción... al llegar 
aquí, su amigo miró el reloj, y pretextando una 
comisión que cumplir, le dijo: estamos entendi- 
dos; desde hoy eres de los nuestros, reza un 
responso á tus antiguas creencias, haz acto de 
contrición, y hasta luego,—añadió tendiéndole la 
mano. 


ó — 304 — 


El hombre de los imanes salió de la casa co- 
mo quien baja de un viaje en globo y alargan- 
do el paso se decía para sus adentros: ¡ya voy 
en política! 


EN EL COMITÉ 


La casa decía á las claras lo que había aden- 
tro. 

Era una de esas que las señoras conocen des- 
de la fachada que no son para familia. 

Á pesar de su arquitectura exterior, donde se 
habían colocado grandes guirnaldas de flores 
de yeso y angelitos que sostenían en los cuadros 
de las ventanas coronas votivas, sobre urnas de 
tierra romana; á pesar de su friso de mármol 
blanco, herrumbroso en todas partes y medio 
deschapado en los cantos, y de su puerta de ce- 
dro labrada,—estaba revelando que el abandono 
reinaba como dueño absoluto de la vivienda. 

Un inquilino en desgracia la había habitado 
el último, promoviendo á la dueña todos los 
pretextos y todas las mañas, para disfrutar de 
ella, estirando el plazo de la ley, hasta que la 
amenaza de arrojarlo á la calle con sus trastos 
le hizo salir. 

En venganza del desahucio había desclavado 
media docena de cerraduras y roto todos los vi- 


— 305 — 


drios que estuvieron al alcance de su despecho 
y de su palo de escoba. 

El aljibe estaba medio relleno de desperdi. 
cios de todo género, y en las paredes, de las 
que se había despellejado el papel, un verdade- 
ro tatuage de figuras poco honestas y de inso- 
lencias colectivas, al dueño, al comisario y al 
juez de sección. 

Cuando entró su dueño y pudo apreciar la 
catástrofe que le había caído, se agarró la ca- 
beza con las dos manos, se arrancó unos cuan- 
tos mechones de cabello y lanzó ternos que 
hicieron sublevar á la colonia de ratones que 
dormía tranquilamente entre los bastidores de 
las paredes; juró que no la alquilaría más sin 
un legajo de fianzas y sin informes previos de 
la honestidad y buenas costumbres del inqui- 
lino. 

En esa vivienda se instaló poco después un 
comité parroquial. 

Era una ganga encontrar quien la alquilase 
así, sin hacer gastos que importarían toda la 
renta que había sacado desde que la adquirió, 
Al fin, destruida por destruída, más valía que 
la obra de desvastación continuase, y luego que 
el comité se extinguiese, él tomaría sus me- 
didas. 

Un buen alquiler mensual, como que nadie lo 
pagaba, y la fortuna de que no hubiese cria- 
turas, —estos enemigos irreconciliables de los 
dueños de casas. 


AS 


.. 706 — 


Con cuatro escobazos dados por el guardián. 
que se había instalado en el cuarto del baño, el 
arreglo estuvo concluido. 

Todo el mueblaje eran unas sillas de esteri- 
lla alquiladas, un escritorio medio derrengado 
y un cuadro flamante, con gran cornisa dorada, 
del candidato por quien se hacían todos los 
preparativos. 

Al cuadro se le agregaron borlas y cordones 
de seda y se le colocó en el sitio de honor, en 
el fondo del salón, en medio de dos banderas 
que servían para todas las manifestaciones del 
caso. | 

Dragoneaba de dueño de casa un jovencito 
flacucho, de ojos vivarachos y de bozo nacien- 
te, con su cuello de camisa que le daba hasta 
las orejas, circundado por una gran corbata de 
raso á rayas y sujeta adelante por un alfiler 
lustrado con un guante viejo. 

Gran cadena del mismo metal que el alfiler, 
prendida de un chaleco orillero;—chispa de bri- 
llante en el meñique. 

Era el secretario, con todos los poderes para 
dirigir esa cancillería improvisada, apto para 
hacer una nota con diez errores de ortografía 
en cada renglón, como para llenar boletas con 
nombres supuestos, si era menester. 

El presidente era un señor muy txxocido en 
la parroquia, á quien sus dependientes, secre- 
tario y amanuenses de ínfima escala, habían 
democratizado á su antojo, llamándolo simple- 
mente por su apellido, á quien lo colmaban de 


— 307 — 


reverencias y de señor y don, cuando caía al 
cenáculo del comité y cuando rendían cuentas 
de los chismes y habladurías que habían inven- 
tado. | 

Estos cran los personajes más importantes 
de la casa. 

El complemento era un cebador de mate, que 
no hacía otra cosa durante el día y la noche. 

Se había provisto de media docena de estos 
adminículos; los llenaba alternativamente en el 
fogón improvisado y los repartía de á tres en 
mano cuando había asamblea; por supuesto que 
en cada reparto los probaba todos, para cer- 
ciorarse de si las bombillas estaban corrientes. 

Era un tipo criollo, achinado, gordo, medio 
extrabizco, más por el vicio de hacer guiñadas 
cuando estaba saturado de alcohol, que por en- 
fermedad real de los ojos. 

. Tres camadas de pelo, ensortijado, entrecano, 
duro, con un ribete acanalado, alrededor de la 
nuca perfectamente afeitada; barba rala, como 
si se la hubiesen arrancado en distintos puntos. 

De estatura baja y piernas torcidas,—del ca- 
ballo, como él decía, —vicioso, incorregible, pero 
amigo de todos los tipos de rompe y raja de la 
parroquia; por consiguiente, útil y recomenda- 
ble para dar una embestida al atrio el día de 
la elección. 

Para él, destripar á un semejante era lo mis- 
mo que cebar un mate; su misión era esa, así 
se la habían enseñado, y desde joven adquirió 
fama de guapo y decidido. 


— 308 — 


Era mimado como un niño, y cuando le da- 
ban una palmada en el hombro y le decían: 
« Muy bien, don Fulano, aquí tiene para los vi- 
cios», su cara abotagada tomaba una expresión 
de júbilo feroz; se iba á su cuartujo, apuraba 
todo el alcohol de sus botellas y empezaba á ha- 
cer sus locuras, como le decían sus compinches. 

Sabía, por otra parte, que tenía la vida ase- 
gurada, y que en la policía no cstaría ni el 
tiempo para decir amén, si por casualidad se le 
iba la mano. 

El secretario y éste eran amigos cordialísi- 
mos; el primer mate y la mejor yerba eran para 
el niño, como él llamaba al señor secretario, 
quien, á su vez, retribuía las atenciones dándo- 
le las mejores dagas y revólvers cuando se to- 
caba generala. 

A sus colegas les llamaba los muchachos, y 
cuando se preparaban para hacer una escara- 
muza, él decía: «ya están prontos para hacer. 
una diablura -. 

Extraño contraste de buenos sentimientos, de 
aberraciones, sirviendo de coeficiente á todo este 
conjunto abigarrado de hombre y de bestia, las 
dosis de alcohol que diariamente infiltraba en su 
organismo. 

Son éstos el retazo de pueblo á quien se aren- 
ga con el propósito de sugerirle ideas y con- 
ceptos políticos, sublevando en ellos sentimien- 
tos torcidos, y á quienes se fomenta la haraga- 
nería y los vicios por una temporada, cuando 
hay que lanzarlos como perros de presa sobre 
el adversario, 


— 309 — 


El nombre de valientes les suena como una 
música celestial, trastornando su cerebro, y la 
interpretación que ellos dan á la palabra, con- 
siste en promover los mayores desórdenes, con- 
tando con la impunidad y la protección de sus 
jefes. 

La casa se llenaba durante la noche de todos 
estos ciudadanos dispuestos á derramar su san- 
gre, más por el patrón que por la patria, y que 
en la inconsciencia de sus derechos y en el rela- 
jamiento de sus costumbres, son capaces de to- 
das las temeridades más odiosas... y de todos 
los heroísmos más abnegados... al César lo que 
le corresponde. 

En las épocas de las elecciones hacen su apa- 
rición repentina, —vienen por bandadas, por gru- 
pos; otros, solos, taimados, haciéndose rogar, 
convencidos de su valimiento. 

Al obscurecer empiezan á desfilar lentamente 
hacia el Comité, haciendo estaciones y caídas 
en todos los negocios de bebida, en los que de 
paso reclutan á los más rezagados. 

Fácilmente se les puede rastrear por la franja 
descolorida que van dejando, pues es su hábito 
peculiar, caminar rozando las paredes. 

Los más jóvenes conservan bien la noción 
de sus actos, y aunque no puedan medir el al- 
cance de las obligaciones y de los derechos de 
que pueden disfrutar y que ellos enajenan fá- 
cilmente en beneficio de un tercero, saben muy 
bien apreciar la importancia de su puesto, y en- 


— 310 — 


tienden, como ninguno, el sistema de darse aire 
en su jerarquía de política transitoria. 

Sufren una curiosa perversión de sentimientos, 
pues, la patria encarna para ellos algo como la 
guerra, la lucha, la defensa de derechos usur- 
pados, y por esto en la guerra los vemos real- 
mente luchar brazo á brazo, como valientes, y 
sostener la fama de tales con un ardor y un brío 
que envidiaría el mejor soldado. 

La patria en la guerra, en el peligro, en lag 
«onvulsiones políticas, es la única patria que 
ellos reconocen, y puede decirse que en esto se 
cumple una ley de atavismo social. 

Felizmente, á estas ideas y á estos hechos, 
transmitidos conjuntamente con el coraje de pa- 
dre á hijo, se han sucedido otros conceptos que, 
en la evolución material y moral de nuestro pro- 
greso, borran los instintos bélicos y camorristas, 
por el amor al trabajo; y al amparo del orden, 
de la estabilidad, son factores útiles que se van 
incorporando insensiblemente al engranaje co- 
mún para contribuir al engrandecimiento del 
edificio social. 

Á la patria guerrera se ha substituído la pa- 
tria del trabajo; al arma, el arado, y á las con- 
vulsiones políticas de los caudillos, la propagan- 
da incesante por el orden y el bienestar común. 

En las estaciones políticas sube sin embargo 
la marca, y entonces vienen á la superficie los 
impenitentes, los rezagados, los aferrados á las 
ideas antiguas, los que quieren echar una cana 
al aire, arrastrando el poncho y arariciando el 


— 311 — 


facón; pero el entusiasmo dura poco, y los an- 
tiguos bríos no encuentran la resistencia ape- 
tecida. 

Ellos se mantienen fieles á su tradición y á 
su fama legendaria de valientes; leales hasta el 
sacrificio; audaces hasta la temeridad :—héroes 
anónimos, que todos sabemos donde caen y 
donde mueren. 

Su recompensa no cuesta á la patria muchos 
desembolsos. 

Los más viejos ya han corrido la ruda tarea 
de una vida azarosa, sin porvenir, sin horizon- 
tes, sin ambiciones:—un hogar que fácilmente 
se derrumba; hábitos nómadas y la herencia de 
la miseria como una perspectiva poco halagado- 
ra que ellos miran con indiferencia. 

Son los figurantes del Comité, los indispen- 
sables para dar á las manifestaciones públicas 
su carácter de grandes asambleas en plena calle, 
á los gritos de viva fulano y mengano, en me- 
dio del estrépito de la música destemplada y de 
las puertas y vidrieras que se cierran por temor 
de los estragos. 

Esa noche había gran asamblea. 

El Comité hervía de gente de toda clase.— 
Las piezas interiores estaban ocupadas por los 
personajes más conspicuos;—los miembros de 
la comisión directiva, con cierto aire de sufi- 
ciencia y de unción que les venía de lo alto. 

El secretario se había puesto su cuello más 
almidonado y una levita negra que le daba por 


— 312 — 


las pantorrillas; estaba embarazado con sus fal- 
dones, que en cualquier movimiento ¡se abrían 
como paracaídas, —lucía su mejor alfiler, y su 
anillo de chispa tenía un compañero tan ancho 
que le impedía doblar el dedo. 

Iba de un lado para otro, llevando papeles, 
entregando cartas y notas,—dando explicaciones, 
—escuchando pacientemente las preguntas que 
le dirigían y sonriéndose con malicia con algu- 
no de su confianza, cuando pasaba por delante 
de una serie de personajes adustos, graves que 
estaban sentados en hilera simétrica, en un tin- 
cón de la sala, fumando con desahogo, hablán- 
dose á hurtadillas con monosilabos, y dirigiendo 
de tiempo en tiempo sus ojos desconfiados á la 
puerta de salida. 

Tenía el aspecto venerable de los ancianos 
bíblicos. 

La buena fe les hacía considerar el Comité 
como un templo; su actitud era la de un testigo 
que espera la llegada del juez para prestar su 
declaración. 

Habían acudido al llamamiento, trayendo su 
contingente de influencia; en cambio, habían aban- 
donado su hogar y sus majadas con la des- 
preocupación que les caracteriza. 

El secretario aprovechaba la confusión para 
hacer sus excursiones al fondo de la casa, en 
busca del fulano de los mates que los tenía ce- 
bados en hilera y por cuyas bombillas pasaba 
alternativamente sus labios como quien toca la 
zampoña; luego, limpiándose con la manga del 


— 313 — 


levitón, entraba más serio que un obispo en el 
salón de su dependencia. 

Un vocerío sordo y molesto llenaba todo el 
ambiente, especialmente en el interior, donde 
se respiraba un aire denso y saturado de humo. 

En los distintos corrillos que se habían for- 
mado, se hablaba en voz alta, se discutía, se 
armaban apuestas y se ponderaban las virtudes 
y los méritos de los ciudadanos inscriptos en 
las listas.—Eran todos la flor y crema del par- 
tido; ninguna tacha podía arrojárseles; en cam- 
bio, á los que figuraban en la lista contraria, 
se les aplicaban los dicterios más usuales del 
vocabulario callejero. 

Se les presentaba como á seres de otra es- 
pecic. 

Esos no querían la patria feliz, engrandecida, 
sino abierta por los cuatro cantos para satisfa- 
cer sus ambiciones y su codicia.| 

Un extraño, al oirlo, habría creído que se tra- 
taba de enemigos feroces á quienes era mencs- 
ter negarles el fuego y el agua. 

En el patio, las escenas y los corrillog yeves- 
tían un carácter más especial, más democráti- 
co.—Era la gente, la troupe, que estaba espe- 
rando el santo y seña y el reparto de armas; 
—todos estaban listos, dispuestos al asalto y á 
defender sus derechos. 

Esa noche estaban acuartelados en el Cómité; 
habían recibido un pret generoso y una ración 
muy abundante de alcohol, de mates y de ci- 
garros. 


— 314 — 


Contentos, decidores, algunos habían impro- 
visado un fogón en el fondo, alrededor del cual 
se habían agrupado en cuclillas, doblando la 
cabeza sobre el pecho, para no respirar el humo 
que despedía un pedazo de carne asada, ensar- 
tada en un palo inclinado sobre el rescoldo. 

Contaban sus aventuras galantes y militares, 
sin énfasis, sin afectación, en esa media lengua, 
mezcla de castellano, de argot callejero y de in- 
terjecciones picantes. 

Un mocetón novicio, escuchaba como un dis- 
cípulo esas lecciones prácticas, en tanto qne 
tocaba una marcha con el cabo de su cuchillo. 

De pronto, un silbido especial, prolongado, 
que vino del primer patio, hizo levantar á uno 
de los camaradas que se abrió paso sin mira- 
mientos entre los grupos. 

Al llegar á la puerta de la sala, se encara con 
el secretario, que le dice algunas palabras al 
oído; luego, se aparece un personaje con levita 
de paño, sin sombrero, de melena escarchada y 
reluciente: con aire agitado lo toma del brazo, 
lo lleva á un rincón y allí le da las instruccio- 
nes necesarias, después de las cuales se retira, 
no sin haberle dicho nuevamente, acompañando 
sus palabras de un gesto significativo:—¿ya sa- 
bes, eh?—Pierda cuidado, contesta el aludido, 
echando su: mano al ala del sombrero y abrién- 
dose paso nuevamente, más ufano y engreído 
que un canciller que lleva ¿9 pectore un grave 
secreto de estado. 

Los camaradas miraban con curiosidad y en- 


— 315 — 


vidia al jefe improvisado, y algunos, con cierta 
audacia curiosa, se atrevían á preguntarle :— 
¿qué te ha dicho? ¿qué hay... Nada hombre, 
nada; lo que hay, es que mañana tendremos 
que relucir las latas, —añadió con aire de impa- 
ciencia el caudillo, mientras volvía á su fogón, 
donde lo esperaban veinte ojos para ii a 
lo de nuevo. 


o. *.0,... . . 0.0.5: 091. :*:;1004n000000000000000000000000o0o0oao0aos eo. 


Un mulatillo imberbe, que había colocado su 
cigarros detrás de la oreja y que estaba arri- 
mado de canto contra la pared, con el ala del 
sombrero sobre los ojos, sonreía irónicamente, 
al tiempo que decía con tono rencoroso:-—ya 
veremos mañana si es tan guapo como dicen. 

Continuaba la bulla y el vocerío; habían dado 
las diez; el presidente del Comité no aparecía, 
faltaban él y algunos otros miembros conspicuos 
de la comisión directiva. 

La gente empezaba á impacientarse, y algu- 
nos se disponían á abandonar el recinto. 

De pronto, uno que estaba de centinela avan- 
zada, dió el grito: ¡ahí vienen!. 

Efectivamente: el presidente, eciando adelante 
su blando abdomen y abanicándose con el pa- 
ñuelo, entró sofocado en el zaguán. 

Detrás de él venían los personajes de mayor 
cuantía, procurando hacerse de importancia cada 
uno á su modo. 

No bien hubo llegado el presidente al patio, 
un estruendoso viva hizo retumbar la casa- 


— 316 — 


¡Viva fulano, viva mengano, muera el de más 
allá!—gritaba cada uno, según su entusiasmo y 
sus instintos. 

Un negro veterano, aguerrido, acribillado de 
heridas y de porrazos, abría una boca como un 
horno, y en los momentos en que prolongaba 
la cantinela, parecía una de esas cabezas que 
sirven á los niños para jugar á los tejos. 

Restablecido el orden, y una vez que cl pre- 
sidente hubo cambiado varios apretones de ma- 
nos, abrazos y demostraciones cordiales y cfu- 
sivas con los más íntimos, cl señor secretario 
tocó violentamente la campanilla para llamar la 
atención del auditorio y restablecer el silencio. 

Una vez obtenido el objeto, cl presidente, que 
había sentido algo como un baile de vísceras 
en cl interior del cuerpo, tomó la palabra, em- 
pezando con un ruidoso:—¡Señores!—como quien 
da un gran sablazo en el aire.--¡La patria!— 
añadió en seguida (¡siempre la patria tomada 
de los cabellos para servir de pantalla á todas 
las diabluras, como decía el cebador de mates!) 
—Todos los ojos estaban clavados en el fondo 
del salón, y las miradas, en los distintos pun- 
tos de Ja respetable economía del señor presi- 
dente. 

—La patria, que avanza con pasos gigantes- 
cos por el camino de la gloria (¡bravo, bravo! 
aplausos y vivas prolongados; algunos mueras, 
dados á destiempo, produjeron un poco de hila- 
ridad, pero, en fin, el presidente, sin desconcer- 
tarse, —continuó su peroración)... Estamos en 


a 


una epoca de lucha por los grandes principios 
(¿cuando no lo estamos?), y por las ideas (esta 
es otra música). 

Es menester que aunemos nuestras fuerzas 
para el bien común (esto, dicho sin vacilar y 
con aire de convencimiento) y entonces necesi- 
tamos el esfuerzo de todos, de todos los que 
amamos las instituciones libres (los adversarios 
las detestan) para que la patria de San Martín 
y de Belgrano (indispensables en todos los dis- 
cursos patrioteros;—vivas y aplausos prolonga- 
dos: menos mal cuando se aplaude á los pró- 
ceres)... Y bien, señores (recurso como la ayuda 
de la virgen María en los sermones), y bien, 
señores, mañana es el gran día, en el que ire- 
mos á demostrar á nuestros enemigos (la enemis- 
tad es recíproca) que estamos preparados al 
triunfo, y que nuestros elementos, secundados 
por nuestros derechos (benditas sean tus armas, 
joven soldado) pondrán la justicia de nuestro 
lado, para que se salven los principios (gran 
pausa; mirada significativa de un íntimo del pre- 
sidente, que le dice con admiración silenciosa: 
¡eres un Demóstenes!) Que se salven los prin- 
cipios, sí, señores (pausa y espera de aplausos 
ruidosos; y por último, en nombre de... aquí, 
el nombre del candidato, de efecto mágico, pro- 
nunciado con dulce languidez de enamorado... 
vivas y aplausos á discreción; la campanilla del 
secretario vuelve á sonar con estrépito. Se res- 
tablece el orden, y el presidente, á quien em- 
pezaba ya á flaquear la memoria, y creyendo 


— 318 — 


haber cumplido de sobra con el encargo del can- 
didato, se lanza con bríos al epílogo del dis- 
curso con otro'): ¡señores! (tirado á fondo): en 
nombre de... os pido á todos y á cada uno que 
os encontréis mañana en el puesto de honor, en 
defensa de nuestras instituciones y de nuestros 
derechos! Las instituciones están tan tranqui- 
las como los papeles viejos de un archivo. Ke- 
sonaron nuevamente los vivas, los aplausos, y 
la música contratada para esa noche empezó á 
preludiar un trozo destemplado de opereta. 

En ese momento, hizo su entrada el hombre 
de los imanes, acompañado de su amigo. 

En la mitad del zaguán se le había empaca- 
do; quería retroceder;—huir como los chicuelos 
que se escapan del colegio. 

—Vamos, entra de una vez, ¿tienes miedo ?— 
le dijo su amigo impacientado. 

—No miedo precisamente... Es que me ma- 
rean tanta gente, el humo y el mal olor que aquí 
se toma. 

—No, hombre, en política, no hay malos olo- 
res; debes acostumbrar tu olfato, —¡todo es am- 
brosía! y el hombre de los imanes, con su cara 
triste, vieja, lángida, sus barbas que parecían 
postizas, sus largas piernas de esqueleto, y sus 
manos de desocupado, entró en el patio con el 
sombrero debajo del brazo, como quien lleva 
un instrumento de música. 

Una vez allí, empezó á mirar para todas par- 
tes, con ánimo de disparar; le latía el corazón, 
como si estuviese cercano á un gran peligro; 


— 319 — 


todo era nuevo para él: era la primera vez que 
afrontaba esas reuniones, de las que tantas ve- 
ces había oído hablar y en las que nunca había 
penetrado. 

No había vuelto en sí de su azoramiento, no 
había acabado de buscar un sitio oculto, obscu- 
ro, desde donde pudiese observar todo sin ser 
visto, cuando empezó á sonar de nuevo la cam- 
panilla: se hizo el silencio, menos solemne que 
cuando había hablado el presidente, pues el que 
iba á tomar la palabra:en nombre de los dere-. 
chos del pueblo, etc., era carta conocida, y como 
orador no tenía sino la figura. 

Habló, historiando las peripecias de su gran 
partido, los sacrificios que todos habían hecho, 
incluso él, que andaba merodeando por un pues- 
tito cualquiera y haciendo acopio de méritos. 

Los vivas y los aplausos interrumpían el dis- 
curso; el entusiasmo iba en crescendo; las pa- 
labras, patria, amor á las leyes, defensa de de- 
rechos, peligro de instituciones, grandeza futura, 
próceres y semiprocéres, todo había salido á 
relucir, como quien sacude el polvo á la ropa 
vieja. Para nuestro hombre de los imanes eran 
cosas raras, singulares, algo como si estuviese : 
en un manicomio. 

Se desconocía á sí mismo, desconocía á su 
amigo, á quien veía en medio del salón con el 
cabello alborotado, los ojos brillantes, haciendo 
ademanes grotescos, dando exclamaciones impe- 
tuosas que le hacían saltar los botones del cha- 
leco. 


— 320 — 


Él mismo se sintió entusiasmado; una ráfaga 
de patriotismo de comité le recorría la medula 
como un sacudimiento voluptuoso. 

Tuvo tentaciones de gritar, de subir á la tri- 
buna improvisada y ostentar él también su elo- 
cuencia de patriota por la buena causa, por los 
principios sagrados de la libertad, por el amor 
á las leyes y á los derechos del hombre;—se 
sentía transportado, era otro; allí, en su rincón, 
había perdido el miedo; se sentía inflamado por 
el ardor juvenil, por sus ideales: Lamartine y 
Pelletan le bailaban en el cerebro; se ponía ner- 
vioso, frenético; las escenas de sangre, las cons- 
piraciones, la patria en peligro que lo reclamaba, 
todo pasaba en tropel delante de su pupila di- 
latada. 

En ese momento hubiera deseado la lucha, el 
combate, la guerra, el estruendo de los tambo- 
res, el silbido de las balas, los ayes de los heri- 
dos y de los moribundos; él, en medio del 
peligro, fuerte, valiente, peleando brazo á brazo, 
derribando enemigos, asaltando fuertes, toman- 
do trofeos de guerra;—y luego, en medio del 
humo y del combate, levantando el estandarte 
de la patria sobre las ruinas y los cadáveres 
del enemigo;—aclamado, victoreado, cubierto de 
laureles y de flores, en una apoteosis brillante 
que lo saludase como al benefactor de la patria 
querida. 

Su cerebro daba vueltas como un molino; se 
le nublaba la vista; ya no veía la masa enorme 
de gente que lo rodeaba; tenía zumbidos en los 


— 39 — 


oídos; estaba fuera de quicio; su entusiasmo lo 
había llevado al delirio; € los gritos de vivas y 
mueras se sentía estremecido como si le diesen 
Una gran sacudida en la nuca. 

En ese instante la manifestación debía salir 
á la calle; los grupos se iban uniformando, y 
al compás.de una marcha ramplona iban mar- 
cando el paso con palmoteos y silbidos; tenían 
que pasar frente al comité enemigo, para dar 
fe del entusiasmo y del número, y enseñar bien 
los dientes. 

—Vamos, vamos—decían desde adentro;—él 
se sintió empujado, arrebatado, y sin perder un 
ápice de su entusiasmo, se fué al fondo del sa- 
lón, arrancó rápidamente una de las banderas, 
con acento vibrante dió un grito de ¡viva la 
patria! que le salía del fondo del corazón, y se 
lanzó á la calle desplegando su estandarte. 

AHí, olvidándose de la consigna recibida, sus- 
citando en su memoria el recuerdo de otros 
tiempos, y con el delirio de su entusiasmo, iba 
á dar un viva á sus ideales del pasado, cuando 
sintió que una mano fuerte, nerviosa, le com- 
primía la boca, dejándole el viva en Jos carri- 
llos, abollados como los de un niño que juega 
con un buche de agua. 

—¡Bárbaro!...—le dijo su amigo al oído;— 
abrió él los ojos como un estrangulado; y con 
acento quejumbroso balbució:—;¡Tienes razón! 


Yol. 109 11 


— 92 — 


te 


INCONSCIENTE ” 


Era la primera tentativa. Había pasado hasta 
entonces de incógnito, entre las miserjas y los 
vaivenes del ocio, sin sentir rubor; se había 
substraído por su voluntad á las miradas fisca- 
lizadoras de las gentes; no tenía á quien rendir 
cuenta de su manera de ser, sino á sí mismo. 
Se había 'abandonado en cuerpo y alma á las 
exigencias caprichosas de su organización enfer- 
miza y pervertida, y cuando los ultrajes de la 
suerte levantaron en su espíritu algo como un 
reproche, no tenía más que golpearse la arma- 
zón del pecho para cantar el mea culpa. 

Le había asaltado ahora lá veleidad de la vida 
pública, el deseo de figurar, el entusiasmo de 
ingresar en las filas de los hombres que tenían 
influencia y que fácilmente habrían podido traer- 
lo á la superficie; pero en el primer asalto dado 
á la fortuna, se quebraron estrepitosamente sus 
armas, cayó vencido, y, lo que es peor, magu- 
llado, con la cabeza rota y la rechifla y las ame- 
nazas de las turbas. 

Había tómado las cosas á lo serio, se había 
sentido inflamado como una mecha de estopa 
con el ardor patriótico, en medio de los discur- 
sos abigarrados del Comité, y había creído, como 


398 


los niños que miran con la boca abierta las 
pantomimas, que todo aquello era de verdad. 

Esa fantasía tenía para él un atractivo irre- 
-_ sistible, se sentía arrastrado á lo heroico y hu- 
biera pagado con un año de su vida, á falta de 
otra cosa, por tener ocasión de poner á prueba 
su decisión y su valor. 

Cuando se vió arrebatado por los grupos y 
se encontró en la calle, dueño de una bandera 
que hacía flamear á los cuatro vientos, mar- 
chando al compás de la música retumbante, 
aturdido por los gritos, por la algazara, por los 
vivas, por el estallido de los cohetes y las bom- 
bas; empujado, pisoteado, arrebatado fraternal- 
mente por los que corrían, como enloquecidos, 
á transmitir las órdenes recibidas de los cabe- 
Cillas de la manifestación; cuando oyó de nuevo 
los discursos, á la puerta de la casa del candi- 
dato y vió á la gente frenética, entusiasta, y oyó 
gritar hasta el delirio y aplaudir con estrépito, 
y vió á los grupos apiñados, confundidos demo- 
cráticamente, y treparse á las rejas de las ven- 
tanas, se sintió de nuevo entusiasmado, enar- 
decido; una voz misteriosa le gritó desde su 
interior, con imperio irresistible: habla, habla, 
y él, rompiendo el incógnito y cediendo como 
un autómata á esta fuerza poderosa, empezó á 
pronunciar un discurso que debía levantar la 
piel de pollo en los oyentes. 

Tomó la palabra encaramado sobre un mon- 
tón de escombros que había en la calle, erguido, 
tieso, levantándose sobre la punta de los pies, 


— 324 — 


extendiendo sus largos brazos de crucificado, 
con su sombrero abollado en una mano y el 
estandarte desplegado en la otra; su melena en- 
marañada, volando al viento como un penacho; 
sus ojos centelleantes, sus labios trémulos por 
las ráfagas de ira, de coraje, de entusiasmo, de 
ardor patriótico, que le subían como calofríos 
por el espinazo, parecía la efigie de la desola- 
ción, pregonando las ruinas de la patria sobre 
un pedestal de escombros que el acaso había 
puesto bajo sus pies. 

Brotaban sus palabras como blasfemias en el 
atropello de reproches que lanzaba sobre los 
malos ciudadanos. 

Habló de conspiraciones, de delitos políticos, 
de regeneración social; se sublevaron en su 
cerebro desmantelado instintos neronianos; que- 
ría prender fuego, destruirlo todo, acabar con 
el género humano, á fin de hacer brillar la li- 
bertad que no podía vivir entre los hombres. 

Cuando les llegó el turno á los candidatos, los 
fué exhibiendo de á uno como leprosos; los col- 
mó de injurias y de epítetos. 

Eran una serie de monstruos, de ambiciosos 
sin antecedentes y sin prestigio, á quienes la 
patria nada debía y por la cual nada habían 
hecho; así, por grados, iba subiendo el tono de 
su arenga, interrumpida por los vivas de los 
que, estando á la distancia, no oían sino el eco 
de: patria, enemigos, exterminio, triunfo de la 
libertad, y veían siniestra y arrogante la figura 
convulsa del energúmeno orador... Aplausos y 


— 325 — 


vivas que no atinaban á comprender los que, 
estando cerca, habían seguido todas las varian- 
tes de su discurso, que caía como una bomba 
de dinamita en medio del entusiasmo de las 
turbas, que habían ya lanzado sus mueras y 
empezaban á mostrarle con irritación creciente 
sus puños teinblorosos. : 

Él seguía impávido y cada ves más fogoso, 
sin medir el alcance de sus palabras y el peli- 
gro que le rodeaba. Si sus frases, sus injurias, 
sus epítetos, hubiesen sido lanzados al rostro 
del enemigo, esa noche se conquista una ovación 
entusiasta; pero era á ellos, á sus amigos, á 
sus cabezas parlantes, á los que representaban 
las deidades veneradas del cenáculo. Luego, las 
turbas mismas recibieron su merecido, en me- 
dio del estrépito, de la música, de la gritería, 
de los silbidos; al llegar aquí, estalló la ira com- 
primida. 

Los mueras, las amenazas, los silbidos, los 
terrones de escombro, hendieron el aire, y cien 
manos frenéticas, rabiosas y arqueadas como 
ganchos, lo atraparon por todos lós costados, le 
desgarraron las ropas, le arrancaron el som- 
brero, le sacaron los mechones de pelo más al 
alcance de estas garras, y, derrumbándolo, lo 
habrían indudablemente sepultado en los escom- 
bros, si la presencia salvadora de su amigo no 
hubiese intervenido milagrosamente en ese ins- 
tante álgido del furor popular. 

El pobre hombre estaba desconocido, con las 
ropas desprendidas y rotas en jirones flotan- 


— 326 — 


tes; de su levita no le quedaba más que un 
-faldón huérfano que podía cubrir á medias el 
dorso afrentoso de sus pantalones; una manga 
había dejado el forro, como si pillada in fra- 
ganti, hubiese abandonado el resto de la ropa 
para huir del peligro. 

Su fisonomía pintaba el estupor, el delirio, la 
sorpresa, el aturdimiento, la inconsciencia del 
daño que había causado; no se daba cuenta de 
por qué lo estropeaban con tanta saña; oía las 
amenazas que le dirigían como un idiota á quien 
se le ¿.nputa un delito: recibía los golpes de 
puño sin sentir el dolor; le parecía que esos 
hombres enfurccidos, iracundos, que blasfema- 
ban y tentaban ultimarlo, mirándole con ojos 
inyectados de furor, eran locos, irresponsables, 
y un nuevo vértigo vino á unirse al primero, 
al que ya había tenido sin saberlo, y le pareció 
que toda aquella gente hacía en torno de él una 
danza infernal, aturdiéndolo con sus gritos, con 
sus hnproperios, con el ruido de sus músicas y 
con la gritería de otro orador que en ese momento 
hablaba del candidato como de un Dios. LEn- 
tonces le vino á la memoria el Comité, los dis- 
cursos, su entusiasmo, su bandera, el delirio con 
que había salido á la calle y la cara plácida de 
su amigo, que lo contemplaba con lástima y que 
con su prestigiosa voz de mando, impedía que 
sus enemigos le hicieran nuevos daños; y allí, 
sobre el lecho de escombros, con la cabeza en- 
sangrentada, rotoso, desgarrado, con la cara 
cubierta de lodo, las manos crispadas, compri- 


-— 397 — 


miendo los jirones de su bandera, sintió que le 
faltaban las fuerzas, que le zumbaban los oídos, 
que se le nublaba la vista, que perdía poco á 
poco la conciencia de su ser; hizo un esfuerzo 
para incorporarse, y aun no había levantado 
sus hombros del suelo, cuando dió un grito pe- 
netrante, cayó de nuevo y empezó á revolcarse 
en el fango en un horrible ataque de epilepsia. 

Sus perseguidores retrocedieron espantados; 
aquel hombre, con el rostro desfigurado por la 
contracción convulsiva de sus miembros, con la 
boca torcida y cubierta de espuma sanguinolen- 
ta, con las ropas desgarradas, cubiertas de man- 
chas de lodo y de sangre, era un espectáculo 
imponente; no se atrevieron ni á impedir que 
se despedazase contra el empedrado y contra 
el montón de escombros que le servía de lecho. 
SEOLLOILILILILLILIIAAAAIAIroI aras soso rr ro ro ro 

Su fiel sombrero de copa estaba allí, en el 
suelo, á su lado, como un ente piadoso que con- 
templase su desventura. 


— 38 — 


INSERVIBLE  - 


Estirado como un muerto, y sobresaliendo 
las canillas flacas y contusas de la angarilla, 
llevada por dos almas piadosas que se entrete- 
nían, en el trayecto, en imprimirle movimientos 
de vaivén, para reirse máliciosamente cuando 
el pobre hombre estaba á punto de darse un 
tumbo. 

Así iba en la víacrucis de la excecración pú- 
blica el desventurado hombre de los imanes. 

Detrás de él, los agentes del orden público, 
tiesos, adustos, convencidos de su alta misión 
y haciendo apartar á los curiosos con cierto en- 
cono impertinente, correspondido con murmu- 
raciones sordas y sátiras callejeras, que intercep- 
taban el eco de un silbido capaz de sublevar su 
sangre fría y su paciencia. 

Era una procesión grotesca, que hacía dis- 
traer á los transcúntes, parar los vehículos y 
agrandar la bola de nieve de las mentiras, in- 
ventadas al paladar de cada uno, sobre la causa 
y el estado del desdichado que iba en la an- 
garilla. 

Algunos manifestantes, más amigos de ver el 
desenlace del triste acontecimiento que de seguir 


12 pa 


gritando vivas y mueras por cuenta ajena, ha- 
bian seguido también la angarilla. 

Iban por grupos, alegres, alborotados, pro- 
longando su entusiasmo con libaciones que hacían 
á hurtadillas, escondiendo debajo del saeo el 
cuerpo del, delito. 

Entre ellos, algunos taimados, recelosos, es- 
quivando ciertos ojos que bien sabían que 
desprendían miradas que penetraban por las 
rendijas de sus pasadas aventuras, y que la 
puerta de la comisaría cra una boca hambrienta 
que los atraía con el vértizo del abismo. 

Se mantenían á una prudente distancia, echan- 
do sobre los ojos cl ala del sombrero y hacien- 
do del cuello del saco un tubo por donde sacaban 
de vez en cuando la cabeza como tortugas. 

La angarilla hizo alto en la puerta de una co- 
misaría; los guardianes se hicieron una venia 
ceremoniosa y el que diricía la 1rvareha dió la 
voz de entrada, rígido y adusto como un ceneral 
que manda asaltar un fuerte. 

En la confusión, poros advirtieron que al- 
gunos de los grupos fueron atrapados y con- 
ducidos al interior por agentes disfrazados 
que andaban en la semiobseuridad de la calle 
confrontando caras y buscando en los rasoos 
fisonómicos la imagen viva de los retratos qne 
tenían en los bolsillos ó de las señas que habían 
recibido. 

Si al lertor no le folesto, podemos entrar y 
tratar después del ben clié ve ¿SUL lie. 


— 330 — 


La angaárilla había hecho alto en medio del 
patio. 

El epiléptico seguía inmóvil; sólo de vez en 
cuando sacudía de golpe su cuerpo en una con- 
tracción convulsiva, como si recibiese un choque 
violento. 

Su fisonomía había perdido la expresión de 
estupor; por el contrario, sus músculos, que 
habían entrado en calma después del trabaje 
que habían soportado, estaban ahora plácidos, 
relajados, y le daban una expresión de calma y 
de bienestar. 

Dejaba oir un ronquido gutural que le hacía 
asemejar al estertor de los moribundos. 

Sus párpados parecian velar piadosamente sus 
miradas para evitarle la penosa sorpresa Gel 
recinto en que iba á encontrarse. 

El resto de su cuerpo, magullado y mal cu- 
bierto por jirones de ropa, daba la medida de 
la categoría social del sujeto. 

Largo rato estuvo así, estirado en el patio, 
visitado sucesivamente por el personal de la casa 
y sirviendo á los comentarios de los del bajo 
servicio que de tiempo en tiempo venían á dar- 
le una Sacudida para hacerle despertar en 
medio de risas comprimidas y de motes poco 
honestos. : 

La entrada de nuevos huéspedes les hizo dis- 
traer de su entretenimiento; habían recibido la 
orden de dejarlo en el patio para que le diera 
el aire, á fin de qué se le pasara el mal trago; 
empujaron la angarilla hacia el ángulo del fon: 


— 331 — 


do, y al hacerlo, cayó el famoso sombrero de 
copa, y como si estuvicse animado por el ins- 
tinto del.estado en que estaba su dueño, se fué 
rodando hacia él; un pie tosco, grosero, se le 
puso encima y en un golpe violento lo hizo so- 
nar como un globo de goma reventado; des- 
puús de este, otro y otro, hasta que en el último 
fué á rodar al medio de la calle, donde quedó 
desorientado para siempre de la cabeza que por 
tanto tiempo había protegido del sol y de la 
intemperie. 


Nuestro amigo había abierto los ojos sin dar- 
se cuenta en el primer instante de lo que le había 
pasado. 

Se encontraba tendido sobre un lecho duro, 
rodeado de paredes desconocidas y teniendo por 
techo un cielo bellísimo, salpicado de estrellas 
que. parecían próximas á caer sobre su cabeza 
como gotas briilantes. 

Quiso incorporarse, pero le faltaron las fuer- 
zas, se sintió todo dolorido, especialmente en la 
nuca y en las piernas, donde tenía dolores que 
por momentos le hacían contorcer. 

—¿Qué será?-— dijo para sí.— ¿UEstaré so- 
ñando? 

Se restregó los ojos y entonces pudo ver per- 
fectamente el sitio en que se encontraba. 

—¡En una comisaría! —exclamó. 

Poco á poco se fueron dando la mano sus re- 
cuerdos, hasta constituir una cadena que giraba 
en su cerebro como una rueda. El comité, los 


— 332 — 


discursos, la bandera, sus impresiones, su ami- 
go, la salida á la calle, el estrépito de las mú- 
sicas, sa entusiasmo y después... nada: el 
vacío, y ahora la comisaría... los agentes que 
pasaban á su lado eon aire de mofa; otros, 
marchando econ paso acompasado en la penum- 
bra del patio, y luego grandes manchones de 
sombras movedizas que se dibujaban de impro- 
viso en la pared alta y blanqueada que tenía 
por delante. 

Figuras humanas reflejadas grotescamente 
como en el bastidor de la linterna mágica. 

Un vigilante que salía de recibir órdenes, 
empezó á proyectarse en su forma natural; 
poco á poco, se fué agrandando, á medida que 
avanzaba, hasta tomar proporciones colosales. 

Se entretenía en mirar estos contornos gigan- 
tescos en la variedad curiosa con que los pre- 
sentaban los distintos reflejos de luz, cuando 
vió entrar rumorosamente un grupo de agentes 
conduciendo á un infeliz que pataleaba eomo un 
poseído. 

Los vigilantes le servían de muletas, él había 
dejado caer completamente su cuerpo, como un 
paralítico; arrastraba sus piernas, á las que im- 
primía de trecho en trecho movimientos nervio- 
sos y violentos, á tiem po que lanzaba blasfemias 
de un repertorio desconocido. 

Sus ropas viejas, harapientas, que apenas lo 
cubrían, estaban manchadas de lodo seco, y en 
su semblante, joven aun, podían verse ramifica- 
ciynes de colorete que se difundían por sus 


— 83 — 


mejillas como en un acceso de rubor incons- 
ciente. 

Luchaba con tenacidad por desasirse de sus 
conductores, pero éstos, que revelaban pericia y 
garras fuertes, no tenían que hacer esfuerzo 
para detener sus pretensiones. 

Un tirón estudiado, convencional, le hizo en- 
trar bruscamente en la sala de la audiencia. 

La pared, que iba reflejando en su variedad 
continua todas las formas plásticas del grupo, 
dibujó la última, grande, inmensa... 

El ebrio había tomado las proporciones de 
un animal gigante; si alguien se hubiese toma- 
do el trabajo de ir dibujando los lineamientos, 
habría podido sacar una figura grotesca, origi- 
nal, pues, á merced de los reflejos de luz y de 
las sombras, se había empastado una mole que 
había perdido por completo los contornos hu- 
manos. 

Un animal extraño, con una cabeza deforme, 
orejuda, cubierta de pelos largos, tiesos en la 
frente, enmarañados y abundantes en la nuca; 
una nariz larga, gruesa, completando un hocico 
repugnante, del que pendía un labio hinchado, 
redondo, apoyado sobre el colchón de pelos rí- 
gidos que presentaba la barba como un replie” 
gue de cuero colgante. 

Los brazos caidos terminaban en dos manos 
de oso; el lomo y las piernas formaban un todo 
que hizo sonreir al hombre de los imanes. 

—¡Qué particular!—se dijo, al ver esa som- 
bra;—cualquiera diría que se trata de una bestia 
y no de un ser humano. 


- — 384 — 


Por una extraña coincidencia, el espadon del 
vigilante, que en ese momento era desenvaina- 
do, probablemente para mostrar al superior que 
estaba virgen de la calumnia que se le imputa- 
ba, vino á aparecer adherido al dorso del ebrio, 
figurando una cola como nunca animal alguno 
la exhibiera. 

La sombra presentaba todas las faces del 
movimiento, hasta que desapareció: de golpe 
para dejar en su reemplazo una figura esbel- : 
ta, elegante, tiesa, delante de la mesa de escri- 
torio. 

Esta nueva sombra alzaba rápidamente los 
brazos, haciendo ademanes nerviosos, á tiempo 
que decía: soy inocente, soy una víctima, un 
«caballero... en las sombras, podría agregarse. 

Después de esta, otra y otra; cada una con 
las proporciones acrecentadas y deformes, según 
los sujetos que iban ingresando en el recinto. 

Este entretenimiento inocente le hacía dis- 
traer de reflexiones amargas y de cavilaciones, 
en las que su espíritu no podía anudar bien los 
hilos de su situación presente y de sus aventu- 
ras políticas. 

—¿Por qué estaré aquí?—-se dijo de pronto. 

—¿ Y la manifestación ? | 

—-¿S1 habré cometido algún daño, del que soy 
responsable sin saberlo? 

El amor propio de su pequeño valimiento, 
habiendo figurado como un factor de cierta im- 
portancia en la manifestación, le hacía pensar 
modestamente que tal vez se hubiese compro- 


— 335 — 


metido, llevando. sus ideas y Sus. AOS. más allá 
de do conveniente y de. lo pactado £on su ami- 
go; luego, añadió, saboreando una a de 
orgullo que ocultaba.en lo más íntimo: ¡tal vez 
soy, víctima de alguna confabulación! 

El papel de. víctima era para él un ideal. 

Cerró de nuevo los párpados y empezó á 
creer que eran sus enemigos los que habían di- 
_ suelto la manifestación, y que tal vez á su com- 
_pañero le había tocado peor suerte. 

Al fin, €l estaba” estira vda. en una angarilla, 
protegido. por el cielo, y y aunque olvidado en un 
rincón del patio, ya le llegaría su turno para 
ser, interrogado y juzgado como convenía á su 
posición y á sus compromisos. ,, 

Pero,aquí, piu che tl dolor pote al digiuno y 
empezó á sentir las ansias de su estómago que 
desde por la mañang no había sentido el roce de 
un mendrugo. | 

Sus dplores se habían calmado, pero cada vez 
que pretendía. levantar la cabeza, sentía que su 
cerebro pesaba como si fuese de plomo y que 
no podía fijar sus ideas eon la lucidez de otros 
momentos. 
Se hallaba abstraído por estas pbservaciones 
_autopsicológicas, cuando sintió que una mano 
le agarraba con fuerza un brazo, y.lo sacucdía 
- violentamente. ¡Una exclamación de sorpresa 
de disgusto, de dolor, contestó al. torpe. llama- 
miento del. guardían.—Levántese,—le dijo con 
.voz imperativa. 

—¿Levantarme?... no me es posible; es pro- 


ciso que usted me ayude... Otra sacudida, más 
violenta que la primera, le hizo llegar al borde 
de la angarilla... Miró esta vez al vigilante con 
ojos de reproche é increpándole su conducta le 
suplicó que no le hiciese daño. 

Éste, que no tenía en su masa cerebral un 
pequeño grupo de células que elaborasen la 
compasión ó sentimientos congéneres, se limitó 
á llamar en su auxilio á un colega, y entre los 
dos pusieron de pie y sin miramientos á la po- 
bre economía del infeliz. 

Estando en esta posición, le dió un vahido y 
hubiese caído desplomado, si los dos hombres 
que se empeñaban en hacerle caminar, no inter- 
vienen á tiempo para sujetarlo. 

—¡Qué delicado! —dijo uno de ellos con sor- 
na,-—acostumbrado á tramitar esa mercancía de 
ebrios y vagabundos sin el menor escrúpulo, 
tanto de su parte para tironearlos, cuanto de los 
otros para oponer una resistencia de bestia que 
lucha y patalea para quitarse el dogal. 

—¡Bah!—pensó el otro,—á éstos no hay que 
mirarlos con lástima... dan un trabajo!...es 
menester estar detrás de ellos como de criatu- 
ras... si yo fuese gobierno haría echar al río 
todas las pipas y botellas de bebida, para que 
nadie pudiese tomar. 

—Yo haría cortar todas las parras—anadió con 
énfasis su camarada para prezentarse más radical. 

Dos miembros entusiastas de la sociedad de 
temperancia no habrían discurrido con más con- 
vicción ni con más aplomo. 


- 337 — 


El hombre de los imanes estaba sentado en la 
angarilla, con el cuerpo caído hacia adelante, 
sus brazos largos, flacos, colgando, como si es- 
tuviesen desarticulados, la barba apoyada contra 
el esternón, saliente del pecho como una tablilla 
de fracturado. 

Los vigilantes le imprimieron uha nueva sa- 
cudida, y de pronto, como si le hubiesen dado 
un tirón al nervio más sensible, dió un salto tan 
brusco hacia atrás, que hizo espantar á sus dos 
perseguidores. 

Repuestos de su sorpresa, quisieron nueva- 
mente atraparlo, pero, su actitud hostil, su mi- 
rada tosca y brillante, su ademán amenazador, 
les hizo comprender que se ponía á la defensi- 
va, dispuesto á disputarles los últimos jirones 
de su ropa, que estaban ahora como erizados 
sobre su cuerpo de esqueleto. 

En esa actitud plástica, cerrando los puños 
crispados y levantados sobre su cabeza, sus 
largas piernas abiertas como un trípode, en- 
vuelto en las sombras del patio, tenía un aspec- 
to siniestro; era un animal desconfiado, erguido 
sobre sus garras, gue se ponía á la defensiva. 

Los dos asaltantes procuraban disuadirlo, em- 
pleando ahora toda la miel de su lópica autori- 
taria y tirándole de vez en cuando un zarpazo 
para asirlo y conducirlo á la presencia del su- 
perior. 

Querían evitar la camorra ruidosa; peleaban 
en silencio; él, en el rincón, defendiéndose de 
todas maneras: ellos. sin conseguir más ventaja 


— 338 — 


aus la de arrancarle un resto de la manga ó un 
pedazo de solapa para jugar como cachorros con 
los trofeos conquistados. 

Sus contendientes eran dos muchachos de pó- 
mulos salientes, de un cuarto de sangre, con el 
rostro aceitunado, la mirada: movediza y con la 
expresión traicionera del gato montés. 

Estaban allí de vigilantes como podían estar 
de cualquiera otra cosa; tenían ambición por el 
mando, por el sable, por los botones plateados 
y por ostentar entre sus camaradas su autori- 
dad y su persona. 

Al fin, una aspiración modesta, que los eman- 
cipaba á ellos mismos de caer en las redes de 
esa autoridad que estaban representando, y aun- 
que su mejor empejio era siempre en el barril, 
solían dar lastimosamente en el suncho. 

Su posición, su jerarquía, la gravedad que les 
imponía el puesto, no podían borrar del todo sus 
instintos y sus tendencias. Acostumbrados á 
tratarse así entre ellos, á estar horas enteras 
haciendo gimnasia de manoteos y pujilatos que 
suelen acabar con heridas y contusiones, la habían 
emprendido con el epiléptico sin la menor idea 
de hacerle daño, pues, de paso que lo conducían 
al interrogatorio, estimulaban su terquedad y su 
enojo con un poco de camorra bien inocente se- 
cún su manera de entender. 

En uno de los ataques, la mano dura, áspera 
y sudorosa del más musculoso, le cayó eomo una 
piedra sobre el hombro y de allí en un quite 
suave, meditado, le pasó por la cara rozándole 


— 339 — 


eon la yema de los dedos en una caricia feline 
y afrentosa. Un grito de despecho, de humilla- 
ción, que estalla en una protesta de ira y ame- 
-naza, puso fin á la escena; los dos muchachones 
se intimidaron, y para evitar que el jefe ó em- 
pleado superior interviniese castigando su gro- 
sero entretenimiento, empezaron ellos mismos á. 
apostrofarlo con' voz acentuada y hacerle mar- 
char ya sin miramientos al interior de la oficina. 

—¿Quién es éste ?—dijo el empleado que estaba 
sentado como un juez delante de su escritorio 
y que acababa de hacer dar el último ronquido 
á la bombilla de platina de un mate enmelado 
y reluciente. | 

—Ha promovido un gran desorden en la ma- 
nifestación, —exclamó el vigilante más embuste- 
ro,—como queriendo humillar la altivez con que 
se había presentado el reo á la presencia del 
juez improvisado. Este, 4 quien la figura ex- 
traña y el estado deplorable en que se encontra- 
ba el hombre de los imanes había llamado la 
atención, á punto de interrogar con la mirada 
al vigilante, como temiendo que le hubiesen 
tironeado demasiado y tuviese que reprender al 
agente con severidad. ¡Ah! es que le da el mal, 
señor; por eso está así,—replicó con énfasis el 
aludido, —comprendiendo el interrogatorio mudo 
pero elocuente de su superior. 

No ha de ser bueno él cuando se halla tan 
rotoso,—pensó el que hacía las veces de comisa- 
rio y tenía empeño en hacerse pasar por tal 
cuando le caía en las manos alguno de esos ho- 
nestos á quienes la autoridad tiene entre ojos. 


— M0 — 


Largo rato estuvo observando al reo; cual- 
quiera al verlo hubiera creído que estaba absor- 
bido en su filiación; lejos de eso, estaba arro- 
iilando entre sus manos un cigarrillo, duro, 
empedernido, con el tabaco enredado como una 
melena de preso y deseando que las horas pa- 
saran con rapidez, no para ir en busca de algún 
hilo misterioso que llevara la luz á la justicia, : 
ó de algún delincuente que anduviese merodean- 
do por los contornos, sino para ir como un don 
Juan de ínfima clase á hacer una conquista en 
los suburbios. 

Cuando el cigarro estuvo hecho, redondeado, 
cuando pasó por el labio inferior el canto del 
papel para arrollarlo mejor y pegarlo como un 
sobre; cuando hubo doblado con la uña dura y 
encanutada del pulgar derecho una de sus extre- 
midades, el vigilante, que seguía sus movimientos, 
raspó un fósforo sacaojos, y con la urbanidad 
más criolla se lo alcanzó para que su señoría 
encendiese el puro y pudiese darse así los aires 
de dueño y señor de la oficina. 

Después que hubo aspirado con fruición algu- 
nas bocanadas de humo, apoyó el codo derecho 
sobre el escritorio, teniendo el cigarro entre el 
índice y el medio, á la altura de sus labios, 
mientras lanzaba por los conductos nasales dos 
hebras divergentes de humo espeso y se rasca- 
ba con la otra la pofisis mastoide, prominente 
y cubierta de pelo. 

En esta actitud, miró un instante al preso, y 
luego, echando su cuerpo p£sa atrás. hizo llegar 


— 341 — 


su rodilla huesuda hasta el borde del escr*torio, 
á tiempo que decía: ¿cómo se llama usted ? 

- —Yo,—dijo el presunto reo, con voz débil, — 
aplicándose su mano derccha abierta y tiesa 
contra el pecho. - 

—¿ Quién ha de ser, sino usted ? 

Este miró á su vez al seudocomisario con 
una sonrisa que hubiese sido compasiva, si el 
mismo que la dibujaba no hubiese inspirado 
lástima. 

Harto, aburrido, enconado, hambriento, con la 
desesperación que todavía atormentaba su espí- 
ritu, poco le importaba ya de lo que pudiese acon- 
tecerle, de su situación, de la comisaría, del 
castigo que le impusiesen, y aunque le hubiesen 
tirado al pozo como á un perro muerto, no ha- 
bría opuesto resistencia. 

Corrían por su cerebro las impresiones como 
si se disputasen el sitio de la atención; ninguna 
conseguía fijarse en ese negativo incansable 
para estimularlo á la vida real, al acto presente, 
á lo que le estaba pasando. 

Había momentos en que tenía alucinaciones 
que lo atormentaban, poniéndolo en una situa- 
ción difícil. 

Tenía por delante un pillastre que había caido 
en la remanga; uno de los que hacen la jira 
por las comisarías para ser presentado, filiado 
y reconocido por los agentes, á fin de que lo 
dejen nadar en río revuclto. 

Al mirarlo fijamente, se le pintaba con dos 
cabezas; una grande, redonda, maciza, cubierta . 


— 342 — 


de pelo duro y cortado en cerquillo sobre la 
frente chata y deprimida: ojitos de topo, brillan- 
tes, movedizos, labios finos, con comisuras ple- 
gadas en una sonrisa taimada y burlona. 

La otra, una cabecita pequeña, de feto mace- 
rado, con tintes lívidos, párpados semicaídos y 
una contracción en los músculos del rostro que 
le hacía asemejar á un pequeño Mefistófeles 
agarrado con tcnazas. 

Le parecía oir los gritos agudos, chillones, y 
le veía en las contorsiones de dolor ocasionadas 
por el hierro que lo comprimía. 

—¡Qué impresión extraña!—pensó,—y fijando 
más su atención, procuraba encuadrar en sus 
lineamientos reales, despejando los contornos 
ilusorios, para hacer entrar uno por uno en su 
quicio, los rasgos del delincuente, teniendo de 
nuevo por delante la fisonomía astuta, vulgar y 
desalineada que había recuperado sus facciones. 

Estas impresiones eran tan rápidas y tenían 
para él tanta influencia, que forzosamente hacía 
llamar la atención con sus movimientos, con sus 
sorpresas, con sus monosilabos, cuando perdía 
de vista los objetos reales para engolfarse en la 
contemplación de las imágenes que le creaba su 
delirio. 

Después de la transformación del ratero, le 
tocó el turno al escribiente, y en seguida al vigi- 
lante que estaba de ordenanza. 

Era un lindo tipo criollo cuadrado militar- 
mente en un ángulo de la pieza; alto, ésbelto, 
de pecho saliente, de tez bronceada, musculoso, 


— 343 — 


y revelando á pesar de sus años ia elasticidad 
de un cuerpo ágil y aguerrido. 

Sus facciones acentuadas daban á su fisono- 
mía una expresión marcada de virilidad bonda- 
dosa, y en su mirada tranquila y su acento 
reposado se advertía al instante al hombre pa- 
ciente, sumiso, pero de propósitos firmes. 

Era una cara simpática, con su barba entre- 
cana, recortada prolijamente alrededor de las 
mejillas, cejas espesas, bien delineadas, unidas 
en la raíz de la nariz por un plirgue acentuado. 

La autoridad, representada por hombres así, 
no despertaría las resistencias que en algunas 
circunstancias levantan sin quererlo y sin sos- 
pecharlo, psas figuras adustas y antipáticas de 
hombres de escala y de raza inferior. 

Había cruzado sus brazos sobre el pecho, de- 
jando, sin embargo, por un legítimo sentimiento 
de vanidad, que se exhibiera plenamente una 
medalla de cobre suspendida de una cinta con 
log colores de la patria, un modesto premio á 
su abnegación y á su valor. 

Este hombre estaba allí, mudo, inmóvil, in- 
cansable, acostumbrado á esa tarca sin pesta- 
ficar, sin dar señal de fastidio, obediente á la 
consigna y satisfecho de merecer esa confianza, 

Esperaba el escribiente la respuesta, cuando 
penetraron en la pieza dos agentes conduciendo 
maniatado con la cadenilla á un nuevo persona- 
je que tenía la inocente tendencia de apropiarse 
lo ajeno contra la voluntad de su ducño, 


— 344 — 


Era un mocetón lampiño, con la cabellera 
ebundante y alborotada; había para proveer de 
pelo á media docena de calvos 

Pómulos angulosos, como sirviendo de punto 
de apoyo á una mandíbula cuadrada, gruesa, 
con un borde como una quilla. 

El resto hacía pendant á estos rasgos que 
un antropologista habria completado con dos 
orejas en ansa y dos pares de caninos afilados 
como flechas. 

La peculiaridad de este sujeto estaba, sin em- 
bareo, en los ojos: parecia que la mirada se 
dividía en dos; la primera natural, indiferente, 
una mirada como otra cualquiera; debajo de 
esa relampagueaba la segunda, corta, rápida, 
desconfiada, hipócrita, escudriñadora. 

La primera era la mirada ordinaria, la que le 
servía diariamente para dar á su fisonomía la 
expresión de un ente inofensivo; la segunda 
pintaba al delincuente y echaba mano de ella en 
los momentos intimos, cuando creía no ser obser- 
vado y cuando emprendía, poniéndola a la van- 
guardia, el plan de campaña que había meditado. 

Para mentir, para ocultar su pensamiento, 
para tomar los aires de santulón indefenso, se 
valía de la primera; para ver en la obscuridad, 
pira taladrar una cerradura, para dirigir una 
amenaza, de la secunda, que absorbía entonces 
todo el juego y la expresión de su pupila. 

Era su mirada de guerra, su escudo, su arma, 
su esudal; cuando se mezclaban las dos, su Íiso- 
nomía tomaba un aspecto extraño, diabólico. 


Mientras el escribiente bosquejaba con gran 
ruido de pluma y jeroglíficos en las letras ma- 
yúsculas, las primeras anotaciones del sumario, 
él magullaba entre dientes una protesta, ocul- 
tando todo lo más posible su segunda mirada 
rebelde de culpable. | 

Á una señal convenida, cuatro manos empe- 
zaron á sondar los bolsillos y los repliegues de 
sus ropas y. el cuerpo del delito que salió á re- 
lucir, no calmaba sus protestas, pero su mirada 
se encargaba nuevamente de desmentirlo. 

Entre tanto, el hombre de los imanes se había 
ido arrinconando; miraba fijamente al vigilante 
impasible y le parecía que lo amenazaba; había 
perdido la noción de la distancia y se figuraba 
que lo tenía á un palmo de la nariz, empuñan- 
do el arma filosa para ultimarlo. 

Retrocedió algunos pasos, y enredándose en 
una silla, fué á caer á poca distancia de la puer- 
ta, dando gritos y presa nuevamente de un ata- 
que convulsivo. 

En la confusión que produjo al caer, el de las 
miradas dobles había emprendido una retirada 
decorosa hacia la puerta, pero en la mitad del 
camino sintió una mano como una ganzúa que 
le asía de la nuca; dió vuelta, y tomando la más 
plácida expresión de mansedumbre, dijo suave- 
mente: creía que estaba cn libertad. 

En ese instante entraba un agente con un 
envoltorio debajo del brazo; dentro de los tra- 
pos arrollados se movía algo que no podía dis- 
tinguirse, pero los gritos y el llanto peculiar 


— 346 — 


pusieron de manifiesto que se trataba de una 
eriatura. 

Un niño recién nacido, aterido de frío, que el 
vigilante había encontrado en la calle, abando- 
nado como un gatito en el hueco de una puerta. 


EL DEPÓSITO 


Se había destinado una de las piezas del fondo 
para los presos.de menor cuantía. 

Se encerraba en ella á los sospechosos, á los 
que eran inculpados de causas leves, á los va- 
gabundos, á los ebrios, y algunas veces á los 
heridos que no podían ser trasladados inmedia- 
tamente al hospital. 

In ese recinto cuadrado, con una puerta in- 
segura que daba al patio, pavimentado con ta- 
blas movedizas y horadadas en los cantos por 
una larga generación de ratones que disfruta- 
ban holgadamente de la bienaventuranza, pues 
no había-perro, ni gato, ni trampa que hiciese 
peligrar su pacífica existencia. 

En otros tiempos, había sido tapizada con 
papel adamascado; ahora, el payel había sido 
arrancado en grandes franjas en los momentos 
álgidos de fastidio y como un desahogo á la 
ira comprimida de los que tenían que pasar allí 
las largas horas de ocio y de zózobra.- 


— 347 — 


La pared desnuda, mostrando en algunos pun- 
tos los ladrillos descarnados y rojos como una 
matadura, y de trecho en trecho, una variedad 
.abigarrada de fechas, recuerdos, nombres de 
mujeres, imprecaciones y versos mal rimados, 
rodcados de jeroglíficos ininteligibles. 

Pendían del cielo raso las franjas sutiles y 
vpolvorientas con que habían entretenido sus 
ocios las arañas, que alguna vez descendían cu- 
riosas hasta el suelo para fiscalizar la catadura 
del huésped que las acompañaba ó atrapar una 
mo3ca incauta que zumbaba desesperada como 
presintiendo su suerte. 

In ese recinto húmedo, mal sano y que había 
sido bautizado con el nombre de depósito, en- 
cerrarron piadosamente al epiléptico, hasta que 
fuese reconocido por el médico seccional, á fin 
de enviarlo al manicomio ó dejarlo en libertad. 

Con el silencio que reinaba en la habitación, 
lejos del bullicio y del roce poco fraternal de 
sus semejantes, el infeliz había recuperado poco 
á poco su calma habitual; los nervios iban en- 
trando en quicio, y su cerebro, que había dado 
una verdadera batalla, iba conquistando con el 
descanso el funcionamiento semifisiológico que le 
permitía darse cuenta de su situación y de los 
peligros que había corrido. 

En los primeros momentos, empezó á vagar 
por la pieza, teniendo siempre por delante las 
imágenes bizarras que levantaban en su imagi- 
nación la anemia y las desdichas. 

Hablaba, gesticulaba, hacía ademanes que pa- 


— 348 — 


recían de loco, se llevaba la mano á la frente, 
dándose palmadas que sonaban como chasqui- 
dos; luego, se quedaba inmóvil durante largo 
rato con los brazos cruzados sobre el pecho, 
cabizbajo, como si un pensamiento fijo lo absor- 
biese. O 

Un mechero de gas que iluminaba el patio, 
proyectaba algunos rayos amarillentos al inte- 
rior de la habitación, dándole un aspecto si- 
niestro. 

En ese fondo claroobscuro, á esa hora, en un 
recinto desmantelado, el hombre de los imanes 
tenía el aspecto de un foragido, de un demente. 

Visto de improviso, se hubiera creído una 
aparición empastada de lodo, de sombras, de 
carne contusa y amoratada, vagando dentro de 
las franjas colgantes de sus ropas raídas y des- 
garradas. 

Si él mismo se hubiese visto reflejado. en la 
la pared como el ebrio que había contemplado, 
habría tenido repugnancia de sí mismo. 

Cuando avanzaba lentamente desde el fondo 
sombrío del depósito y recibía de golpe la luz 
tenue, oscilante y amarillenta, que despedía el 
mechero del patio, parecía envuelto en las som- 
bras misteriosas del sepulcro. 

En los últimos escalones de su existencia ha- 
bía dejado su ropaje de filósofo inútil, tirando 
su último mandoble á la sociedad con la que 
había roto por completo y en la que no dejaba 
afectos ni rencores. | 

Ahora estaba encerrado y eustodiado en el 


— 349 — 


depósito; la sociedad no quería sus miserias, 
su epilepsia, su impotencia; era un presente 
griego que relegaba al último rincón, para ha- 
serlo inofensivo, inútil. 

La polilla había invadido el tronco dejando 
ver una rajadura seca, en la que no podrían 
echar sus raíces ni las plantas parásitas. 

En aquel silencio lúgubre, en medio de aquella 
obscuridad que aun se disputaban los manojos 
de luz que venían del patio, en aquel pobre ser, 
medio hombre y medio ente, tuvo un momento 
de lucidez intelectual y afectiva. 

Su cerebro, harto de elaborar ideas descabe- 
lladas y sentimientos egoístas, le hizo vislum- 
brar un horizonte de calma: la posibilidad re- 
mota de una regeneración, y con ella, un cúmulo 
de bienes. 

Iba anudando con hebras de entusiasmo este 
programa privilegiado, y á medida que brota- 
ban esas ideas y esos sentimientos modelados 
sobre conceptos más reales, se iba esbozando 
una entidad moral que él contemplaba exta- 
siado como un sicólogo que ha resuelto un ar- 
duo problema. 

—¡Si yo fuese así! —decía con ansiedad, dan- 
do un toque á un sentimiento, como podría ha- 
cerlo un escultor con un perfil torcido y que 
con un golpe de buril lo levanta para hacer 
brillar la pureza de la línea. 

Acariciaba luego una idea y la elevaba pau- 
latinamente hasta hacerla digna de un cerebro 


— 390 — 


delicado, equivocaba á veces los tintes y los 
matices, haciendo resaltar los colores chillones 
donde era menester la sombra suave, y enton- 
ces se perdía de nuevo en el caos de su exal- 
tación neurótica. 

El tipo moral que había elaborado paciente- 
mente, quedaba convertido en una figura gro- 
tesca y deforme. 

—No—exclamaba, — no, ese soy yo, y apre- 
taba sus manos temblorosas y crispadas para 
amenazar á su modelo. 

¡Ah, si hubiese podido materializar esta fan- 
tasía que tantas veces le había hecho soñar, 
como si fuese una creación posible de refundir 
en su propio organismo! 

¡Si hubiese podido tocarla con la fruición del 
avaro que hunde sus manos en el oro para ex- 
perimentar las impresiones acariciadoras del 
metal! 

Venían después sus instintos abriendo brecha 
en ese ser ideal y de creación reciente, para 
embadurnarlo con sus torpezas, y entonces, el 
vicio, el abandono, la zozobra sin tregua, la in- 
diferencia, el agotamiento prematuro que trae 
el desgaste de las fuerzas, como final de una 
lucha estéril y sin más objetivo que el egoís- 
mo triunfando con descaro de todos los arran- 
ques nobles, de todos los sentimientos más 
puros, de todos los impulsos más desintere- 
sados. 

Siempre se interceptaba él mismo como una 
mancha en la tela sutil donde había elaborado 


— 351 — 


esa organización exquisita, y una impulsión de 
despecho le hacía considerar su situación más 
odiosa y desgraciada. 

Se hacía más culpable ante sus propios ojos, 
y en un arrebato de ira se acabó de arrancar 
los jirones de harapos que lo cubrían. 

- Aqurrucado en el rincón más sombrío, había 
apoyado su barba descarnada sobre sus rodi- 
las y pasando sus largos brazos en forma de 
arco por delante de sus piernas, había entrela- 
zado los dedos nudosos y huesudos, sosteniendo 
unidas y tiesas sus piernas flacas y filosas como 
dos aristas. Así, en esa actitud, plegado dos 
veces sobre sí mismo, parecía una de esas Íi- 
guras grotescas de la alfarería india, arrumbado 
como un trasto inservible. , 

Gozaba ahora de ese silencio tan grato á sus 
nervios: percibía apenas el rumor lejano y con- 
fuso que le traían las ráfagas que penetraban 
por los vidrios rotos, y se hacía la ilusión de 
que estaba lejos, muy lejos de la ciudad, como 
en sus buenos tiempos, cuando huía instintiva- 
mente á los suburbios, á cobijarse bajo una hu- 
-_ milde pieza de casa de inquilinato. 

No había sabido vivir del trabajo, no había 
tenido energia para soportar con serenidad las 
zozobras y desfallecimientos con que se tropieza 
á cada instante, no había querido días amargos, 
ni un momento de disgusto para abrir amplia- 
mente sus brazos á la esperanza soñadora; 
tampoco había tenido alegrías; no había visto 


— 352 — 


desflorar la tierra por la semilla que empuja 
llera de savia su tallo erguido, cubierto después 
de frutos sonrosados y como pudorosos de su 
fresca desnudez. 

Su filosofía escéptica, fría, descarnada, des- 
consoladora, hueca como una ampolla de jabón 
que refleja engañosa los colores del iris y se 
desvanece con un soplo, había servido de coefi- 
ciente á su egoísmo, que le subía ahora á los 
labios como una ola turbia y amarga hasta darle 
náuseas desí mismo. ] 

¡Sus recuerdos!... ¡sus gratos recuerdos!... 
¡ni ellos!... ¡Estaban salpicados de fango y le 
mostraban una juventud árida, sin amigos, sin 
hogar, sin familia. | 

El vacío, el tiempo perdido, los años pasados 
velozmente, siempre iguales, reducidos á un 
día y acompañados del vicio, exhibiéndose en 
la copa dorada engañadora que oculta la ser- 
piente enroscada en las cinceladuras primorosas 
del pedestal. 

—Basta — se dijo, — es menester concluir... 
Desanudó sus dedos entumecidos, como si rom- 
piese sus ligaduras, y agarrándose fuertemente 
la cabeza, estalló en un sollozo prolongado. 

Parecía el aullido de un perro delante de la 
tumba de su amo. 

El sueño puso término á sus dolores y re- 
flexiones. 

Á fuerza de agitarse y de buscar acomodo á 
sus huesos, para ocultar mejor su desnudez, 


— 393 — 


encontró una postura menos molesta, y poco á 
poco se fué transportando al mundo de las fan- 
tasías. 

Soñó como los hambrientos, con grandes pilas 
de pan y manjares muy cerca de sus labios, 
. pero se encontró con manos entorpecidas que 
no le permitían atraparlos. 

Horas interminables de felicidad hacían sus 
danzas caprichosas delante de su pupila como 
mofándose de sus desdichas. 

Un bazar de mujeres hermosísimas le exhi- 
bían con descaro sus formas voluptuosas; él 
abría sus brazos para envolverse en los plie- 
gues de sus túnicas sutiles, pero en ese ins- 
tante se desvanecían en sus manos como si 
fuesen formadas de aliento y de lujuria. 

Un ambiente fresco y perfumado dilataba las 
ventanas de su nariz, y poco á poco, los colo- 
res más tenues iban mezclando sus tintas para 
forjarle horizontes deslumbradores. 

Largas alfombras de verdura y de flores se 
extendían á sus pies, y las mariposas de alas 
de oro, y las flores de más esquisita fragancia, 
cambiaban sus caricias; la buena fortuna, ves- 
tida con rayos de luz y llevando en sus manos 
de dedos afilados y transparentes un cetro bri- 
llante, se acercaba suave como el suspiro de un 
niño á tocar su frente dolorida. 

Si de improviso se hubiese acercado una luz 
á su semblante descompuesto por el hambre, 
por el dolor, por los sufrimientos morales, se le 
habría encontrado transfigurado. 

Vol. 100 13 


— 354 — 


Hubiera sido curioso poder examinar esas 
impresiones traducidas por sonrisas que pre- 
tendían dibujarse en sus labios machucados; 
ver esas líneas que formaban surcos prematu- 
ros en su piel apergaminada, estirarse poco á 
poco, levantar sus bordes en una curva suave 
y desaparecer después en un pliegue bien mo- 
delado, obedeciendo á las fibras musculares que 
habían permanecido en la inacción, casi atro- 
fiadas. 

Los músculos fisonómicos, recuperando poco 
á poco su vigor, excitado por un cerebro que 
elaboraba lentamente panoramas de felicidad, se 
contraían, se tonificaban, luchando con el ceño 
y la expresión enfermiza y de dolor á que es- 
taban habituados. 

Verle, de pronto, abrir desmesuradamente los 
párpados para presentar sus ojos fijos, inmóvi- 
les, de sonámbulo, en los que relampagueaba 
de cuando en cuando un rayo de alegría que 
animaba de pronto su rostro macilento. 

Balbucía palabras ininteligibles, y de pronto 
una exclamación de sorpresa y de estupor, al 
propio tiempo que estiraba sus brazos descar- 
nados para asir la felicidad que aun en el sueño 
le daba la espalda. 

En esa actitud de animal cansado se iba arrin- 
conando cada vez más hasta quedar como in- 
crustado en la pared. 


Una escena roles que tenía lugar en el 


— 355 — 


patio, á poca distancia del depósito, vino á po- 
ner término á este éxtasis venturoso. 

Un ruido sordo de voces, de protestas, de 
gritos y gruñidos roncos, reemplazó á los mur- 
mullos suaves, á las promesas halagadoras, y 
el tufo insoportable de humedad y mefitismo 
ahuyentó el fragante aroma de las flores, y las 
ráfagas de viento helado que entraban por los 
vidrios rotos, hicieron tomar el trote á los cé- 
firos que habían arrullado el sueño del hombre 
de los imanes, y á las mariposas de alas de oro, 
los insectos zumbones y molestos que andaban 
haciendo círculos en el aire y chocando de tiem- 
po en tiempo contra las paredes y la cabeza 
magullada del preso, con sus corazas negras, 
duras, relucientes. 

—¡Era un sueño! — dijo después de restre- 
garse los ojos.—¿Y esto?—añadió, tendiendo el 
oído en dirección al paraje de donde venían los 
gritos. 

Olvidado por un momento del sitio donde se 
encontraba y del tiempo que había transcurrido, 
creyó que eran de nuevo los manifestantes que 
querían concluir con él. 

Un sentimiento de terror y de rabia conmo- 
vió todo su organismo, y en la actitud de una 
fiera acosada, extendió sus puños crispados al 
propio tiempo que apostrofaba á sus enemigos, 
llamándoles cobardes y sin corazón. 

En medio de la bulla y de la gritería que le 
mandaban desde afuera los ecos confusos y 
chillones, no podía distinguir sino estas pala- 
bras: 


— 356 — 


—¡Es el loco!... ¡el loco! 

—¡El loco!—repetía él entre dientes... —¡ah! 
creen que estoy loco... ¡ya verán!-— exclamó 
impetuosamente y haciendo movimientos brus- 
cos para levantarse y salir al encuentro de sus 
enemigos imaginarios... pero las fuerzas le 
abandonaron y cayó de rodillas, dando pesada- 
mente con la frente contra la pared. 

—¡Me muero!—gritó con voz ronca. 

Y esa pobre carne que estaba ya deshilacha- 
da, no pudo reaccionar. 

En ese momento, á los gritos, á las protestas 
y al ruido de esfuerzos y de empujones, y al 
arrastre que hacía crispar los nervios, se agregó 
el estrépito de la puerta que se abrió violenta- 
mente, recibiendo el choque de un hombre que 
fué lanzado como un fardo al interior de la ha- 
bitación. 

Cayó produciendo un ruido seco y extraño, 
como si estuviese inflado, lanzando una inter- 
jección de ira y de dolor. 

Cerróse nuevamente la puerta, y el rumor de 
pasos y de voces se perdió poco á poco hasta 
quedar todo en el más completo silencio. 

Permaneció pensativo y amedrentado el hom- 
bre de los imanes, esperando descubrir la filia- 
ción de su compañero, ya que respecto de los 
manifestantes no tenía por qué temer; estaban 
tranquilos en el comité, echando sus cuentas 
sobre el efecto de los vivas y mueras que ha- 
bían lanzado á los cuatro vientos. 


— 301 — 


En la actitud del gato que acecha al ratón, 
esperaba que la mole que se había desplomado 
cerca de él, se moviese ó lo llamase en su 
auxilio. 

Nada; el infeliz seguía estirado en el suelo, 
roncando cada vez más fuerte y lanzando á in- 
- tervalos unos gruñidos roncos de apoplético que 
le hacían estremecer. 

Lo llamó repetidas veces, le instó para que 
se levantase y fuese á contarle sus cuitas; pero, 
«viendo que sus tentativas no daban resultado, 
se aventuró á estirar en la semiobscuridad su 
brazo largo para tocarle con su índice puntia- 
gudo como una alezna. 

Empezó por palparle suavemente una pierna 
que había quedado desnuda, sintió el contacto 
de la piel lisa, turgente, suave, caliente, y al 
querer imprimirle la presión de su dedo, retiró 
bruscamente la mano como si hubiese tocado la 
piel de un animal repugnante. 

Se había hendido la carne, dejando un hueco, 
como si fuese un hombre empastado en ma- 
silla. 

Se arrastró de nuevo hacia un rincón, procu- 
rando distinguir en la obscuridad los movimien- 
tos del ebrio. 

Miraba fijamente el bulto que estaba á poca 
distancia, é instintivamente tuvo miedo; le pa- 
recía que venía lentamente rodando como un 
gran montón de escoria que quisiese sepultarlo. 

Luchaba con tenacidad contra el sueño, y 
cuando ya estaba á punto de quedar vencido, 


— 358 — 


se contundía con los puños las carnes más do- 
loridas Óó se hincaba las uñas en el pecho para 
estimularse. 

Empezaba á aclarar. 

La luz del mechero de gas se hacía cada vez 
más pálida. 

Grandes franjas de nubes rojas asomaban por 
el horizonte, salpicadas de trecho en trecho por 
manchones negros, revueltos, como si la luz se 
apresurarse á despojarse de esas vestiduras, 
para tirarlas en jirones que el viento disper- 
saba, dándoles formas caprichosas. ' 

El depósito iba exhibiendo su contenido como 
con desgano; las sombras huían abochornadas, 
á medida que se iban despejando los contornos 
de ese cuadro de la miseria y del vicio. 

El hombre de los imanes daba la espalda á 
á la puerta con los brazos cruzados sobre el 
pecho y esperando resignado la terminación de 
sus desdichas. 

Cuando daba vuelta á la cara y veía á su com-. 
pañero tendido á sus pies como una res deso- 
llada, le venía á la memoria la figura grotesca 
que había reflejado en la pared los contornos 
de aquel infeliz que había contemplado desde la 
angarilla en el rincón del patio. 

Levantaba luego su mano á la altura del 
pecho y la restregaba rápidamente contra sus 
costillas salientes, como si quisiese alejar de sus 
dedos alguna partícula venenosa que hubiese 
quedado adherida por el contacto con la pierna 
del ebrio. 


— 359 — 


Éste continuaba tendido en la misma postura. 

Sobresalíale el vientre en una curva enorme, 
dejando ver su piel reluciente por entre las 
aberturas de la camisa sucia y desgarrada. 

Parecía que las piernas quisieran reventar la 
tela del pantalón rotoso que las envolvía, y sus 
manos hinchadas, escarlatas, elefantíasicas, pe- 
gadas á las caderas estaban cubiertas de ampo- 
llas y lastimaduras como en los miembros ata- 
cados de gangrena. 

Tirado así de espaldas, con su vientre above- 
dado que parecía próximo á estallar, el pecho 
se levantaba en sacudidas precipitadas, como 
si tuviese apuro de almacenar aire en los pul- 
mones congestionados. 

Por instantes detenía la respiración, su cara 
se hacía más rojiza, abría los ojos inyectados 
y sus labios tomaban el color del vinagre; que- 
daba inmóvil, sin hacer ruido, hasta que una 
sacudida nerviosa le estremecía todo, como un 
perro envenenado; y luego, otra vez la inmo- 
vilidad y el silencio. 

En estos momentos el hombre de los imanes 
estiraba el pescuezo, lo miraba fijamente, y, jun- 
tando como en un palmoteo las manos descar- 
nadas, exclamaba asustado: ¡se ha muerto! 

Y como si esta exclamación fuese á herir el 
oído del ebrio, empezaba de nuevo á respirar; 
primero, con una respiración amplia, ruidosa, 
algo como un esfuerzo supremo de vida, como 
si nuevas combustiones hubiesen recalentado esa 


- 


hoguera próxima á extinguirse. 


— 360 — 


Volvían á caer sus párpados hinchados, glu- 
tinosos, equimóticos; entreabría su boca para 
dar salida á la espuma sanguinolenta que se 
pegaba como un copo á sus labios gruesos, car- 
nudos, amoratados, sosteniendo el superior una 
hilera de pelos duros, entrecanos, adheridos á 
la carne como una costra. 

Las mejillas surcadas por venas azules, sinuo- 
sas, formando arborizaciones que iban á termi- 
nar en el cuello, donde las gruesas venas estaban 
hinchadas, pletóricas, y amenazando romperse. 

Un pescuezo de buey, corto, colorado, que se 
dilataba en cada sacudida respiratoria, como si 
el aire de los pulmones pasase al través de las 
mallas de sus tejidos. 

Ese conjunto ya no era un hombre; el al- 
cohol había impreso sucesivamente su huella 
en esas carnes, robándole su nobleza plástica, 
hasta ahogarlo en una capa de grasa blanduzca 
y pegajosa. 

Había recorrido todas las vísceras, en las 
que había dejado un recuerdo de sus estragos; 
ahora, asomaba al exterior con la hidropesía, la 
hinchazón de las piernas, las manchas violáceas 
y escarlatas que se difundían por toda la piel 
como si fueran el bochorno del vicio descu- 
bierto de improviso, 

El cerebro descansaba de las fatigas y tortu- 
ras del delirio, obedecía como un esclavo á los 
estímulos de la animalidad; todos los sentimien- 
tos nobles habían huído del corazón;—ebrio él 
también y dando traspiés dentro del pecho;—del 


= 0 


cerebro se habían desalojado las ideas para dar 
entrada á las alucinaciones, á las impulsiones 
disparatadas, á la perversión maniática, á ese 
mundo compuesto de monstruos, de gentes de 
ojos de sangre, de caras verdes, de labios ama- 
rillos de agonizantes, de bocas torcidas como 
en una burla de demente:—todo esto había des- 
aparecido, á su vez, para dejar en su lugar el 
caos, la inconsciencia, el reblandecimiento, la 
atrofia... la orgía concluída en el sueño del 
embrutecimiento. 

En su intimidad más sensible se había pro- 
ducido una catástrofe: una arteriola desgastada, 
enferma, había estallado, y la sangre compri- 
mida se había abierto un camino sinuoso al tra- 
vés del tejido blanduzco, desgarrando masas pre- 
ciosas que habían dado el toque de alarma, 
llevando la confusión á sus compañeras. 

Un asalto brusco, traidor, le había hecho abrir - 
los ojos desmesuradamente, como el buey que 
recibe el mazazo de improviso; luego, la convul- . 
sión, y el coma, como un preludio de la muerte. 

Ahí estaban, el uno frente al ato, estos dos 
seres, los que, encaminados por distintos rum- 
bos, habían venido á converger al alojamiento 
inmundo del depósito. 

Separados ayer por una arista débil que in- 
terponía la sociedad con sus preocupaciones y 
sus distancias convencionales; hoy, abrazados, 
unidos, vinculados fraternalmente en la comuna 
del vicio: uno, al borde del sepulcro; otro, ha- 
ciendo antesala al manicomio. 


— 362 — 


APOTEOSIS 


Pasa á nuestro lado rozándonos como una 
sombra; cabizbajo y tembloroso como un perro 
que se estremece al salir del agua. 

Su aspecto es otro; así, al primer golpe, no 
lo reconoceríamos. Le han cortado el cabello, y 
su cara, completamente afeitada, tiene el aspecto 
de esos santos que mueren de consunción por 
la disciplina y los ayunos. 

Está ahora en el manicomio, custodiado sin 
sospecharlo, por temor de que un ataque de 
epilepsia ó un rapto de delirio le haga terminar 
sus días de una manera dolorosa. 

Extraña mezcla de hombre y de ente, de co- 
raje y de debilidad, de entusiasmo y de desfalle- 
cimiento, de ideas elevadas y de conceptos mi- 
croscópicos, de afectividad tierna y enfermiza y 
de egoísmo inconsciente. 

Caso frecuente de hombre de carácter, de 
imaginación ardiente, de apasionamiento exal- 
tado, de orgullo, de niño y de viejo, como si las 
dos edades se hubiesen refundido para llevarlo 
á una existencia aventurera. 

Adherido á la sociedad como un musgo que 
crece en los cimientos, buscando siempre los. 
rincones, las sombras, el alejamiento, para amar 
y odiar á su modo; arrastrado muchas veces 


— 363 — 


al sacrificio, pero sin fuerzas para contenerse; 
sepultado en el fango, para inspirar lástima; 
flotando en la superficie, para alimentar las bur- 
las; desafiando el ridículo, para satisfacer su 
vanidad despreciativa. 

Enfermo moral,—inconsciente de su estado y 
de su condición, —quebrando en sus manos la 
felicidad que iba generosa á golpear sus puertas. 

Soñador, poeta que ha escrito rimas envene- 
nadas con la savia malsana de su cerebro alco- 
holizado. 

Con envoltura de filósofo pesimista, inclinado 
al suicidio por cansancio de su inutilidad y por el 
desaliento innato que lo comprimía con su garra. 

Crítico y moralista, con las pretensiones deli- 
rantes del neurótico. 

Generoso, delicado, humilde hasta la manse- 
dumbre... soberbio, irascible hasta el furor. 

Ebrio por herencia, sin los refinamientos del 
vicio. 

Ser transformado sucesivamente por la neu- 
rosis, por el alcohol, por la mancha hereditaria, 
que fué agrandándose con los años hasta eclip- 
sar su personalidad. 

Hombre á ratos... artista siempre... artista 
para llorar sus desdichas, para exhibirse él mis- 
mo como un modelo de su obra; juzgado y des- 
preciado por sí mismo cuando se encuentra 
indigno del suicidio. 

Ironía viviente de la criatura humana que se 
levanta como una efigie en la aridez de sus 
propias obras. 


— 361 — 


Una mueca grotesca que befa el orgullo del 
que se empina desde el fango para tocar el cielo. 

Descreído hasta el ultraje,—en uno de esos 
momentos hubiera sido capaz de reírse hasta 
de Hamlet y de su monólogo y de dar un pun- 
tapié al cráneo que extraía de la fosa... se hu- 
biera burlado de Dios mismo en su petulancia 
rebelde y enfermiza. 

De rodillas, besando el suelo, hundiendo su 
frente en la tierra que había escarbado con ra- 
bia, derramando lágrimas ardientes, hubiera 
esperado sin zozobra el rayo que lo destruyese, 
porque se creía maldito y desgraciado. 

Miraba á sus espaldas y veía á la sociedad 
correr detrás de él como una turba insensata y 
desenfrenada, estirando un millón de manos para 
asirlo, lapidarlo, y tirarle á la cara sus vicios 
para ahuyentarlo lejos, como á un animal dañino. 

Las puertas del infierno de Dante, abiertas 
de par en par ante sus ojos, y las figuras im- 
ponentes de los desdichados que se revolvían 
en el abismo, salir airados y amenazadores para 
defenderlo. 

Él, en medio de las dos turbas, estirando sus 
brazos para contener la pelea horrible, abrirse 
después el pecho y decir á los de la tierra... 
Aquel es nuestro cielo; el infierno soy yo... y 
arrancarse el corazón, tirarlo ensangrentado, de 
carnada, para aplacar los alaridos de la muche- 
dumbre famélica y enloquecida. 


.c...o.. e. 4... .nÁ..kOÓO;/)/'/yÑs.eS.OG.e.aLI€COSO_OasOnas asasasasAasaasarsasaAaosA ama ÓÍ($«<¿£.-».óoo.. ¿<¿+€. ...<.e.... 


En la materialidad de las cosas diarias, en el 


— 365 — 


roce de la vida, era un infeliz que se le miraba 
con desdén despreciativo. 

Había recorrido su víacrucis, impasible, re- 
cibiendo los azotes con la resignación y la insen- 
sibilidad del sectario. 

En sus debilidades, en sus angustias, en sus 
miserias, en sus esperanzas engañadoras, era el 
hombre tirado á la orilla, como la espuma que 
lame la escoria... La escoria se había revuelto 
y había ennegrecido la espuma que venía co- 
lumpiádose en la onda mansa. 

Tenía aún, en el supremo abandono en que 
se encontraba, sus ratos de lucidez; desaparecía 
entonces el daltonismo que le cambiaba los colo- 
res reales, y con aire desconfiado empezaba á 
contemplar la larga fila de hombres macilentos 
y silenciosos que pasaban á su lado como otras 
tantas efigies de su existencia. 

Miraba con curiosidad esas caras deformadas 
por el sufrimiento; sentía frío ante esas risas 
inconscientes; llamaba con cariño á algunos de 
ellos, pero éstos, con el miedo del animal huraño, 
le hacían un gesto indescriptible, le clavaban 
sus miradas de burla, de lástima, de reproche, 
de rencor, y se alejaban cabizbajos, vacilantes, 
cantando unos, blasfemando otros, como seres 
maldecidos que van en busca del caos. 

Fijaba su pupila en esas cabezas que se mo- 
vían lentamente, como un mar que empieza á 
agitarse, y sentía un estremecimiento nervioso 
que lo dejaba como petrificado. 

Veía una serie de cráneos exhibiéndose como 


— 366 — 


en un museo vivo: algunos redondeados, como 
si hubiesen sido refundidos en un molde; com- 
primidos y abollados otros, como si una mano 
maléfica hubiera querido impedir su desarrollo. 

Algunos, pequeños, torcidos, angulosos, habían 
usurpado á la cara la belleza de sus líneas para 
mostrar una frente que hubiera podido medirse 
con el dedo puesto á través. ' 

En un rincón se columpiaba en el suelo como 
una caterva de cabezas de gigante, enormes, 
monstruosas, en las que se adivinaba un cere- 
bro pequeño chapaleando dentro del agua. 

Las caras de esos desdichados le hacían re- 
troceder; él las veía aún más enormes, y cuando 
sonreían, dando á su pupila cierta expresión 
consciente, agitaban en el aire sus manos, levan- 
tadas con aleteos de pengúinos. 

Este cuadro, que se iba desarrollando á reta- 
zos ante sus ojos, le producía á él mismo la 
alucinación de los hechos reales. 

Oía una discusión animada, calurosa; gritos, 
blasfemias, amenazas... Corría rápidamente al 
sitio de la lucha, y los dos infelices que habían 
simulado la escena, se callaban de pronto, se 
miraban como dos personas extrañas, daban 
vuelta á la espalda y se alejaban silenciosamente. 

En un rincón, un individuo joven, de aspecto 
simpático, de mirada brillante, estaba acurruca- 
do como un mendigo; de pronto, un sollozo 
violento le hacía dar vuelta á la cabeza. 

Veía á ese hombre, deshecho en lágrimas, gol- 
pearse el pecho y acusarse de delitos atroces; 


— 367 — 


se acercaba compasivo para consolarlo... una 
mirada del guardia bastaba para secar las lágri- 
mas y cambiarlas en risas nerviosas de alucinado. 

Se veía despreciado, humillado por un arro- 
gante millonario que había poblado su cerebro 
con todas las grandezas de la tierra... pasaba 
á su lado desdeñoso, mostrando sus trapos y 
sus miserias... la felicidad se complacía en en- 
gañarlo sin tortura... y él, que adivinaba esa 
felicidad verdadera, la única real que había teni- 
do, no le tenía envidia. 

Iba pasando así una revista minuciosa á la 
larga fila de desgraciados que habían entrado 
antes que él á ocupar su pequeño círculo en 
ese infierno que se iba agrandando y que lo 
envolvía por todas partes como un laberinto 
sin salida. 

Su existencia anterior se había borrado poco 
á poco, no le quedaba más que un recuerdo 
confuso, se veía rodeado de individuos que le 
codeaban, que le hablaban sin comprenderlo, 
que lo abrazaban sin cariño, que le sonreían 
sin conocerlo, que lloraban sobre su pecho do- 
lores imaginarios, que lo maldecían sin rencor, 
que lo amenazaban inconscientes, y que tan 
pronto le lanzaban una blasfemia, como le ten- 
dían una mano sin afecto. 

En medio del patio, al rayo del sol que cal- 
deaba el cráneo rapado, se había arrodillado 
uno para murmurar plegarias que no llegarían 
á su destino; otro, silencioso, pensativo, con la 
vista clavada en el suelo, parecía meditar sobre 


sus desventuras, hacía signos en el aire, y luego 
se levantaba como enfadado de no encontrar 
solución á sus miserias. 

En un buen momento, un orador se le puso 
por delante, le habló con énfasis, con entusias- 
mo, anudando frases, palabras, fechas, nombres 
y citas; y por último, en su irritación creciente, 
un asalto brusco, inesperado, que habría con- 
cluido con él si una mano fuerte, avezada, no 
lo hubiese tomado de un brazo para desviarlo. 

Él estaba allí como el emblema de esa larga 
serie de hombres :á quienes no podía querer, 
porque no era comprendido, y de quienes recibía 
mil protestas á un tiempo, de afecto y de odio. 

Su mayor dolor, era darse cuenta de la reali- 
dad de estas desdichas. 

Su felicidad hubiera sido la inconsciencia, la 
locura completa, rápida, que anulase para siem- 
pre los ratos lúcidos que asomaban como deste- 
llos dentro de su pobre cabeza. 


0.0000.0000000000000000000000000000000000000000000 


La sociedad estaba lejos. 

Era un país del que había emigrado para no 
volver... Desde su rincón solitario, la veía agi- 
tarse, agrandarse, venir hacia él, como á recla- 
marlo para restituirlo á su cueva y á sus dolores. 
Él retrocedía, se replegaba, corría desatinado, 
buscando un refugio, y cuando creía ver avan- 
zar las calles, que se abrían como brazos enor. 
mes para estrecharlo, daba un grito y caía en 
un ataque convulsivo... 


FIN 


“UNIVERSITY OF CALIFORNIA LIBRARY | 

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